Colombia

Charras, entre el sueño de la paz y la esperanza de subsistir sin coca

Fotografía del 31 de mayo de 2017, del campesino Eduardo Pérez, mientras habla con Efe de la situación de los cultivadores de coca en la zona de Charras, en San José del Guaviare (Colombia), poco antes de la visita al lugar del presidente colombiano, Juan Manuel Santos.
Fotografía del 31 de mayo de 2017, del campesino Eduardo Pérez, mientras habla con Efe de la situación de los cultivadores de coca en la zona de Charras, en San José del Guaviare (Colombia), poco antes de la visita al lugar del presidente colombiano, Juan Manuel Santos. EFE

Para los habitantes de Charras, caserío perdido en la inmensidad del llano colombiano, la paz con las FARC trae también la esperanza de dejar los cultivos de coca de los que han vivido durante años y sustituirlos por productos legales.

El nombre Charras, en el departamento del Guaviare, en el sureste del país, era prácticamente desconocido para los colombianos hasta que su territorio, al que se llega por una carretera de tierra en regular estado, fue escogido como una de las 26 zonas de reunión de las FARC para su dejación de armas y desmovilización, un proceso que llena de ilusión a la gente.

“Para nosotros la expectativa es llegar a acabar definitivamente con el tema de la coca, ese es el primordial enfoque que tenemos hoy en el campesinado”, asegura a Efe Carlos Coy, un dirigente comunal de la zona.

En Charras, situado 106 kilómetros al este de San José del Guaviare, la capital regional, nadie sabe cuántas personas viven, pero algunos pobladores calculan que son unas 60 familias en el caserío, cuyo trazado es una calle larga de tierra con casas de madera a lado y lado en el que las FARC se hicieron fuertes durante décadas.

En los años noventa el cultivo de coca alcanzó un auge tal en la zona que la droga se convirtió en la “moneda” corriente de un sistema de truque en el que el valor de todo se fijaba en gramos del polvo blanco, pero la fumigación de las plantaciones por parte del Gobierno los redujo considerablemente, sin llegar a eliminarlos.

“Tuve coca pero en este momento ya casi se ha acabado por la fumigación. Lo que estoy cogiendo de coca son 20 arrobas que me producen más o menos 600.000 pesos (unos 210 dólares), ese es el sustento para mis chinos (hijos)”, afirma a Efe Eduardo Pérez.

El arbusto de la coca se regenera rápidamente y aproximadamente cada 40 días produce nuevas hojas que son recolectadas y vendidas por arrobas por los campesinos, que tienen la planta como única fuente de ingresos.

“Ese es el sustento de nosotros por acá, la coca”, añade Pérez, quien dice que también siembra plátanos pero solo para el consumo casero porque los únicos compradores que llegan hasta esa zona son los de la hoja de coca.

Este campesino, viudo y padre de dos hijos de once y siete años de edad, recorrió a caballo un camino durante cuatro horas desde Unión de Buenos Aires, donde vive, hasta Charras, para escuchar al presidente Juan Manuel Santos que esta semana visitó el caserío para presentar el programa “Sustitución voluntaria de cultivos ilícitos”.

“La esperanza mía es que ojalá nos cambie un poquito la vida con eso, ver qué nos promete el Gobierno, porque estamos cansados de trabajar con la coca, esa es la verdad, porque eso no nos está dando nada, y la idea es sembrar otros cultivos que nos mejoren la situación”, afirma.

Lo mismo espera Robinson, quien llegó de la vereda Caño Negro y aguarda con unos amigos en una casa, al lado de los billares del pueblo, la hora en que hablará el presidente, pero quiere propuestas concretas.

“Nosotros no estamos de acuerdo con que de pronto acabemos los cultivos (de coca) y nos dejen con las manos cruzadas (…) Nosotros necesitamos que el Gobierno nos cumpla y nosotros también le cumplimos”, afirma con desconfianza.

La prosperidad efímera que tuvieron con la coca y la violencia que ese negocio engendra han convencido a la gente de la zona de que es mejor lo legal, un cambio para el que esperan el apoyo del Gobierno y no piden mucho: una buena carretera, que les ayuden a comercializar sus productos, profesores en la escuela y dotación para el puesto de salud.

“Tenemos cultivos como cacao, maracuyá, yuca… pero necesitamos el apoyo del Gobierno nacional para la comercialización. Como campesinos estamos dispuestos a sembrar y producir porque esta tierra es apta para producir lo que sea”, afirma Coy.

El líder campesino lamenta que aunque en Charras se producen yuca y plátano en abundancia, en la zona veredal donde está el campamento del Mecanismo de Monitoreo y Verificación (MM&V) del alto el fuego, integrado por miembros de la ONU, la fuerza pública y las FARC, no les compran esos productos sino que los traen de Villavicencio e incluso de Bogotá.

“Estamos pidiendo la oportunidad de que nos compren los productos que se producen en esta región”, afirma, y concluye con un llamado al Gobierno: “Que centre los ojos en el Guaviare, en nosotros los campesinos que hoy queremos salir de la ilegalidad”.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de junio de 2017, 10:36 a. m. with the headline "Charras, entre el sueño de la paz y la esperanza de subsistir sin coca."

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