Colombia, el perdón de crímenes abominables en nombre de la paz
Cuando el hombre se sentó frente al escritorio de su oficina, Myriam Criado observó de inmediato que estaba nervioso. Se rascaba constantemente la palma de la mano izquierda con los dedos de la derecha, en un gesto que Criado más tarde concluyó era un deseo subconsciente de “deshacerse de su antigua personalidad”. Este individuo era un ex jefe militar de nivel medio de las ahora disueltas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Durante años, las AUC libraron una guerra brutal contra las guerrillas izquierdistas de las FARC y el ELN, y el visitante a la oficina de Myriam estuvo profundamente involucrado en esa guerra, y compartió recuerdos horribles de aquellos tiempos.
Aquí en las oficinas del Centro Nacional de la Memoria Histórica (CNMH), en el centro de Bogotá, Myriam ha escuchado historias horribles en los últimos años, pero ésta la estremeció. El hombre habló de un día en que su pelotón de 37 paramilitares se topó con dos mujeres que lavaban ropa en un río en una zona selvática remota en el norte del país. El individuo no puede ser identificado debido a razones de privacidad.
El jefe militar y sus hombres mataron a las dos mujeres en el lugar, y entonces algunos de los soldados llevaron las cosas más lejos, y las violaron cuando ya estaban muertas. Pero el espectro de estas atrocidades persigue al individuo, quien tenía unos veinte y tantos años cuando ocurrieron los hechos. La confesión a otra persona fue un intento de hacer una transición oficial a la sociedad y a la civilidad, y quizás una forma de aliviar su conciencia.
La CNMH se creó para recopilar y recuperar todo el material documental, información y testimonios sobre violaciones de derechos humanos ocurridas durante el conflicto, tanto de las víctimas como de los culpables.
Myriam Criado fue una de las primeras “asesoras” en el proceso de este hombre por regresar a la sociedad. En la estructura de la CNMH, ella es la persona que toma la primera, clave, y con frecuencia agonizante decisión sobre los ex combatientes. Criado les presenta 110 preguntas, que van desde recuentos de sus misiones de combate y violaciones de los derechos humanos, hasta el grado de cercanía que puedan tener con sus compañeros de armas.
Si Criado siente que un ex paramilitar le ha dicho la verdad y está dispuesto a cambiar, envía una recomendación a equipo de validación formado por expertos, que a su vez emiten un “certificado positivo”. Pero quedan más pasos en este arduo proceso. El certificado se emite después de varias investigaciones, cada una de las cuales dura aproximadamente dos o tres meses. Finalmente, si el individuo es aprobado, el director de la CNMH lo certifica. El certificado firmado tiene un gran peso porque evita que los ex paramilitares vayan a prisión y posteriormente les ofrece la asistencia de instituciones de reintegración con prestaciones como ayuda financiera, educación y programas de capacitación laboral.
El caso del jefe militar de nivel medio de las AUC es un ejemplo del complejo proceso de reconciliación en el centro del debate nacional de Colombia en estos momentos. Es una expresión de cuán lejos está dispuesta a ir la sociedad para olvidar los delitos que han plagado a Colombia durante seis décadas para encontrar una forma de sanar la sociedad y avanzar.
De manera simultánea, el gobierno colombiano está por concluir un histórico acuerdo de paz con las FARC, que se negocia desde hace tiempo en La Habana. Se espera que el acuerdo final se firme en las próximas semanas. Sin embargo, una cosa es acordar la paz y otra es mantenerla. Por otra parte, la manera en que los ex combatientes, tanto de las FARC como de las AUC, naveguen el futuro, determinará si la transición sale adelante. Muchos de los que se sumaron a las dos organizaciones lo hicieron en un intento por escapar a la pobreza.
“El encuentro con seres humanos que consideraron una opción salarial para ir a la guerra es un inicio muy fuerte. Descubrir personas que invalidan, aunque en algunas ocasiones no, su paso por las organizaciones paramilitares es importante, pero duele saber que viven esa condición en completo anonimato, a veces sin el apoyo, y ni siquiera el conocimiento, de la familia”, dijo Criado en una entrevista en su oficina.
Sus grandes ojos cálidos irradian la empatía que lleva a sus casos. Dice que la línea entre las víctimas y los agresores en una guerra con frecuencia no es clara. Y menciona el jefe militar de nivel medio de las AUC que participó en los asesinatos y violaciones en grupo. Como resultado del proceso del CNMH, Criado explica que este hombre recibió el certificado positivo, y agrega que expresó su remordimiento por lo que hizo, señal de que puede haber cambiado. Naturalmente, esto es sólo su percepción, una apuesta a la bondad. Por otra parte, el individuo es ahora padre de dos hijas y le dijo a Criado que está aterrorizado ante la idea de que les pueda suceder lo que él y sus soldados les hicieron a las dos mujeres.
Mientras el proceso se desarrolla en Colombia, muchos combatientes están recibiendo los certificados positivos. Según cifras de la CNMH, de los aproximadamente 3,000 casos que la organización acordó aceptar e investigar, sólo 600 fueron rechazados y recibieron un certificado negativo.
Sin embargo, en muchos otros países, incluso los que reciben un certificado positivo, serían condenados a prisión. Pero este caso es Colombia, un país que desde hace decenios ha estado en medio de lo que parece una ola inacabable de violencia entre las guerrillas, los paramilitares, el ejército, los carteles de las drogas y las bandas de delincuentes.
“Es fácil juzgar a la gente, pero al final, nuestras acciones y comportamiento son simplemente un reflejo de sucesos y entornos a los que quedamos expuestos a lo largo de la vida, especialmente durante la niñez”, dijo Andrés Moya, profesor de Economía de la Universidad de los Andes.
“En un país como Colombia, con un nivel tan elevado de pobreza y desigualdad, y un legado de violencia, algunos de estos comportamientos y atrocidades son sólo un reflejo de nuestra sociedad”, agregó.
En los últimos 12 años, Moya ha realizado un profundo estudio de las víctimas de estos conflictos y ha concluido que la mayoría de los afectados tienden a dejar atrás los horrores y a dar a los agresores una oportunidad para reinsertarse en la sociedad.
Pero eso no significa que las víctimas puedan olvidar con facilidad su traumático pasado. Muchas perdieron familiares, tierras, casas y vínculos sociales, y tuvieron que dejar sus lugares de origen para irse a ciudades como Bogotá.
“El desplazamiento es un choque terrible y te pone la vida patas arriba. Llegan a barrios marginales y con frecuencia son discriminados y marginados”, dijo el profesor Moya, quien agrega que esto resulta en estrés postraumático, ansiedad crónica y depresión.
Además, hay un sentimiento palpable de resentimiento y humillación entre ciudadanos de a pie. Una tarde reciente, William Jiménez compartió su rechazo mientras conducía a comprar regalos para su hijo de 6 años. “Odio la idea de tantos criminales sean premiados con beneficios del gobierno, mientras gente que trabaja duro como yo, que nunca hemos cometido un delito, no recibimos nada. Ni siquiera una pensión”, se lamentaba Jiménez mientras conducía en el frenético tráfico de Bogotá, donde se gana la vida como taxista.
Más tarde ese mismo día este reportero tuvo la oportunidad de conocer a Ederlidia Garizao Pinto, ex empleada de Diego Murillo Bejerano, alias “don Berna”, un tristemente célebre líder paramilitar, quien cumple 30 años de prisión en Estados Unidos. Ederlidia confeccionaba uniformes a los paramilitares.
Después de conocer las atrocidades cometidas por la unidad, Ederlidia escapó, pero unos sicarios que envió don Berna la encontraron. Los sicarios no lograron llevársela y la costurera pensó que había encontrado refugio seguro en Bogotá. Pero cuando sus vecinos se enteraron de su pasado con los paramilitares, vandalizaron su casa y la amenazaron. Ederlidia tuvo que huir de nuevo.
Ahora es costurera comercial, finalmente ha encontrado alguna paz mental y sueña con exportar sus productos a Estados Unidos o Europa. Pero no habla de sus relaciones pasadas con los paramilitares en su nuevo vecindario.
Así las cosas, el decididamente complejo proceso de tratar de avanzar dejar atrás el pasado se mantiene en Colombia, pero ese avance no es en línea recta. El empeño está lleno de incertidumbres éticas y morales, pero en general parece existir la voluntad de decir adiós a un pasado violento y dolorosos. Sólo el tiempo dirá el proceso es el correcto.
El taxista Jiménez es un buen ejemplo del impulso hacia adelante. A pesar de su furia sobre “premiar a los criminales de guerra”, está listo para apoyar el proceso de paz en un próximo referendo. “Mi hijo no debe experimentar la guerra y la violencia como yo, como mi padre y mi abuelo”, dice mientras compra regalos para su hijo de 6 años.
En este momento, el taxista está en sintonía con el jefe militar en su preocupación mutua sobre el futuro de sus hijos.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de junio de 2016, 5:38 p. m. with the headline "Colombia, el perdón de crímenes abominables en nombre de la paz."