Guerrilleras de las FARC no quieren regresar a la cocina
Durante sus 35 años en el mayor grupo guerrillero de Colombia, Viviana Hernández tuvo que combatir, acampar, acarrear cargas y enfrentar la muerte lo mismo que un hombre. A cambio, ella y otras mujeres combatientes tenían un puesto en la mesa, recibieron ascensos de rango y pudieron tomar decisiones sobre la lucha armada más prolongada del hemisferio.
Ahora, con el acuerdo de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el gobierno colombiano, que podría poner fin a un conflicto de medio siglo, mujeres en ambos lados de la división política están tratando de garantizar que las mujeres combatientes no pierdan el estatus ganado con su esfuerzo al regresar a una sociedad que a menudo ha resistido la igualdad entre los géneros.
Culturalmente, la guerra se hace para los hombres... La actitud de la sociedad es que las mujeres no tienen nada que hacer ahí para empezar, así que ahora tienen que sufrir las consecuencias
María Paulina Riveros
representante del gobierno en las conversaciones“No queremos repetir lo que hemos visto pasar a otras guerrilleras en otras organizaciones”, dijo Hernández, de 50 años, miembro de la delegación de paz de las FARC en La Habana. “Una vez que llegan los acuerdos de paz, regresan a lavar los platos y a cuidar a los hijos de sus maridos… y brillan por su ausencia en los espacios donde se toman las decisiones”.
Hernández y otros líderes guerrilleros afirman que entre el 35 y el 45 por ciento de los 7,000 combatientes que se estima tienen las FARC son mujeres.
En el 2012, poco después de que las conversaciones de paz empezaron formalmente en Cuba, se estableció una subcomisión de género para asegurar que no se dejara atrás a las mujeres combatientes.
Uno de los objetivos principales de la comisión de género es vencer el estigma que rodea a las combatientes, dijo María Paulina Riveros, representante del gobierno en las charlas.
Mientras que los hombres son bienvenidos a menudo a su regreso del combate como “héroes” o “veteranos”, a las mujeres se les culpa a menudo por abandonar sus familias o sus hijos, dijo.
“Culturalmente, la guerra se hace para los hombres”, dijo Riveros. “La actitud de la sociedad es que las mujeres no tienen nada que hacer ahí para empezar, así que ahora tienen que sufrir las consecuencias”.
Entre los asuntos con los que está lidiando la comisión está cómo respaldar a las mujeres que podrían dedicarse a la agricultura en un país donde la tierra está a menudo a nombre de sus esposos o parientes masculinos. El grupo está asimismo desarrollando mecanismos para garantizar que las mujeres miembros de las FARC que renuncien a sus armas puedan jugar su papel en la política.
Seguridad personal
Tal vez la mayor dificultad consistirá en mantener la seguridad de los combatientes desmovilizados, sean hombres o mujeres.
Durante un intento anterior de conseguir la paz, las FARC y otros grupos de izquierda trataron de entrar a la política formando el partido Unión Patriótica en 1985, sólo para ver a miles de sus miembros (más de 3,500 según la cuenta de la propia organización) asesinados, incluyendo a senadores, representantes y candidatos presidenciales. Las FARC acabaron abandonando ese esfuerzo y se levantaron en armas de nuevo.
Aunque ambos géneros podrían ser vulnerables una vez regresen a la vida civil, hay diferencias clave, dijo Riveros.
“Las amenazas a las mujeres también se extienden a sus familias, sus hijos”, dijo, “y eso no sucede con los hombres”.
El jueves, el presidente Juan Manuel Santos y el líder de las FARC Timoleón Jiménez establecieron bases para un cese del fuego y desarme bilateral. Además, establecieron mecanismos para proteger a los guerrilleros en su vuelta a la vida civil. Esos eran algunos de los asuntos más espinosos que impedían un acuerdo, y Santos dijo que es posible que se firme un acuerdo final de paz para el 20 de julio.
Historial de reintegración
En los últimos 13 años, la Agencia Colombiana para la Reintegración ha ayudado a 49,022 combatientes de todo tipo a desmovilizarse y regresar a la sociedad, entre ellos 6,466 mujeres.
Las mujeres combatientes desmovilizadas, en particular si son madres, tienen a menudo mucho más éxito que sus contrapartes masculinas en lo que se refiere a hacer uso de programas y fondos gubernamentales, dijo Joshua Mitroti, director de la agencia.
Pero, en lo que se refiere a la interacción con la sociedad en general, su realidad puede ser más difícil.
“En una sociedad machista como la nuestra, las mujeres tienen papeles que son menos valorados, y son estigmatizadas”, dijo. “Ellas enfrentan barreras más grandes [que los hombres] en lo que se refiere a encontrar empleo, educación y el acceso a la atención médica”.
Parte de ese estigma proviene de la manera en que se percibe la vida de las mujeres en la guerrilla.
De acuerdo con un informe del 2010 de la agencia sin afán de lucro Mesa de Trabajo, las mujeres guerrilleras reportaron haber sido explotadas sexualmente y obligadas al aborto. Docenas de artículos periodísticos e informes de derechos humanos han reforzado esa sombría imagen durante años.
Hernández dijo que esas historias exageraban las cosas, pero ella es asimismo un ejemplo de las duras decisiones que las mujeres combatientes tienen que tomar.
Hernández contó que se fugó de su casa a los 8 años, huyendo de una madrastra abusiva y una familia insoportable. Cuando entró en las FARC a los 14, ellos le brindaron el entorno afectivo que nunca había experimentado.
Dos años más tarde, sin embargo, estaba embarazada. Hernández dijo que sus comandantes le dieron una opción simple. “Me dijeron que la decisión era mía, pero que yo no podía ser madre y combatiente a la vez”.
Ella decidió dar a luz y entregar el bebé a los padres de su compañero para que lo criaran.
“Son dos cosas importantes para mí”, dijo, “mi compromiso revolucionario y mi hijo”.
Cuando su hijo tenía apenas 12 años, tuvo que cortar todos los lazos con él porque era vigilado por la inteligencia militar, contó. El tiene ahora 38 años, y no tiene la menor idea de dónde podría estar ella.
“Estas situaciones dolorosas y tristes son el precio que hay que pagar para ser revolucionario”, explicó.
Historia de batallas
Las mujeres no fueron siempre tan prominentes en la organización. Cuando las FARC se fundaron en 1964 por Manuel “Tirofijo” Marulanda, eran en gran medida un ejército campesino con actitudes rurales. Las mujeres eran relegadas a menudo a papeles estereotipados como cocineras y lavanderas. Pero, en la década de 1980, las mujeres entraron en las FARC en grandes números, según el website del grupo, y asumieron más responsabilidades.
Hernández se enlistó en 1982, y en menos de dos años ya estaba participando en emboscadas y tiroteos, dijo. (En contraste, las fuerzas armadas de EEUU no abrieron todos los papeles de combate a las mujeres hasta el 2015).
“La vida de un revolucionario es muy difícil”, dijo Hernández. “Veinticuatro horas al día, un guerrillero tiene que estar listo para todo: si te dicen que pelees, peleas; si te dicen que cargues, cargas; y si te dicen que acampes, acampas, y no hay diferencia en absoluto ente las mujeres y hombres”.
A pesar de su falta de educación formal, ella fue ascendiendo hasta que se integró a la escolta de seguridad del líder de las FARC Alfonso Cano, quien fue muerto en el 2011. Cuando empezaron las conversaciones de paz, fue escogida para formar parte de la delegación.
Si se firmara un acuerdo final, Hernández dijo que espera convertirse en organizadora y líder política en el nuevo partido político de las FARC. Pero tiene asimismo otra prioridad: encontrar a su hijo.
“Sé que él va a tener muchas preguntas que hacerme, y yo también las tengo”, dijo. “Espero que sea una reunión feliz, y que podamos reconstruir todo lo que perdimos a causa de la guerra”.
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de junio de 2016, 4:56 p. m. with the headline "Guerrilleras de las FARC no quieren regresar a la cocina."