Escapar del limbo
Colgado de la cerca fronteriza por mi cinturón, a dos pisos de altura, castigado por el sol de Sonora y por el sol de Arizona, con nada en mis bolsillos excepto mi inscripción de nacimiento y mi libro de poemas, temí por unos segundos interminables que nunca llegaría a tocar suelo estadounidense.
Me había llevado allí el curso de mi vida entera. Desde que tuve uso de razón, mi familia se estaba yendo de Cuba. Cuando, trabados por demoras burocráticas e indecisiones familiares, acabé por cumplir los 15 años, la edad del Servicio Militar Obligatorio, mi familia ya no pudo irse y quedamos atrapados en el limbo de los “desafectos”.
En ese limbo transcurrió el resto de la vida de mis padres; en ese limbo padecieron y murieron, tras sufrir al final la traición última de la supuesta maravilla del sistema de atención médica cubana. En ese limbo viví yo. Conseguí ir a la universidad, conseguí publicar libros, pero siempre nadando contra corriente. En ese limbo tuve que esconder la verdad de mi pensamiento tanto como la verdad de mi sexualidad, amenazado de convertirme en un paria tanto para la sociedad como para mi propia familia.
Y ahora, tras mucho batallar, yo había conseguido escapar de ese limbo, sólo para encontrarme atrapado en otro limbo, colgado en la línea imaginaria que divide Sonora de Arizona, traicionado por mi propio cinto. Nunca llegaría a Estados Unidos, sería enviado de vuelta como paquete sin abrir, y ya no al limbo, sino a los círculos inferiores del infierno.
Colgado de la cerca, decidí que eso era inaceptable. Agarrado con una mano del metal abrasador de la cerca, luché ferozmente para librar mi cinto de la trampa. Mi cinto cedió al fin. Con un suspiro, solté mis manos y me dejé caer.
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de diciembre de 2016, 11:07 a. m. with the headline "Escapar del limbo."