Cuba

Las dictaduras abren y cierran puertas

Armando Portela.
Armando Portela. pportal@elnuevoherald.com

Por lo general comienzan cerrando. Después abren con rígidas condiciones. La fidelidad es la primera de ellas, pero no es la única. Exigen un libreto bien aprendido, exigen entusiasmo, corta iniciativa y saber esperar órdenes.

Hasta que la gente se harta. Unos antes y otros después, pero se hartan.

Y ahí mismo, si el dictador es profesional, separa a los que lo desafían hasta de la manera más inocente. Un vendedor de fritas puede ser un singular ejemplo de patriótica creatividad hoy, pero en otro momento es una impresentable execración social. Así mismo pueden serlo un cura, un ingeniero, un gay, un poeta o hasta un muerto. ¿Se acuerdan de Humberto Pérez? ¿Y los “merolicos mercachifles”? Como si no hubieran existido, ¿verdad?

Al final, privados del derecho de hacerse oír en su propia casa, los hartos se van. Casi siempre es así. En cualquier parte. Unos antes y otros más tarde. Dejan el Mar de la Felicidad. A la carrera. Por eso en la población de Cuba hay un déficit de dos millones de habitantes. No es solo porque los cubanos optaran por reproducirse menos (no nos gusta mucho la idea), sino porque los hartos, los muy hartos se han ido siempre.

Se larga la élite, la que tiene ambiciones y sabe crear sin esperar la orden, la que multiplica la riqueza y venera la eficiencia. Son olas que dejan en esta orilla a gente pelada que en unos años fundan empresas, talleres, cátedras, redes, revistas; que lo mismo manejan camiones que lo atienden a uno en cualquier hospital, que tienen un apartamento –o dos, o tres, o seis.

¿Lo podían haber hecho allá? Claro, incluso mejor. Solo era dejarles las manos libres y alejarlos de la sombra paralizante de la Idea Suprema, la que convirtió al país en un erial que compra café en Vietnam, tomates en México y azúcar en Colombia; o que debe traer plomeros del Ganges para remodelar un viejo hotel habanero ganando más que un médico de Jovellanos enviado a servir a Timor del Este. El país donde la gente –apartada a la fuerza de su religión seminal– teme enterrar a sus muertos (o sus cenizas) por temor a que les roben los restos para venderlos a practicantes de ritos oscuros.

Por eso se van. Por eso se han ido más de dos millones, la mitad desde 1994. Por eso me cuentan a mí por acá, y por eso cuentan al cura, al ingeniero, al gay, al poeta o a un millón de compatriotas que sembraron sus huesos aquí porque un iluminado decidió que la felicidad no era la que ellos imaginaban, sino la que él diseñó para ellos y sus familias. Sin discusion, sin apelación.

Nunca el Día de Acción de Gracias nos fue tan oportuno como este 24 de noviembre. Justo a tiempo para agradecerle a este país que haya recogido a dos millones de hartos ajenos.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de diciembre de 2016, 11:07 a. m. with the headline "Las dictaduras abren y cierran puertas."

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