Cuba

Decenas de cubanos viven y trabajan de forma clandestina en Panamá

En la radio se escuchan temas del momento que son amplificados por decenas de altavoces en comercios y hogares. Temas de salsa, reguetón y merengue retumban en calles estrechas junto a edificaciones de mediados del siglo XX.

Podría parecer La Habana, pero Rita María Triana sabe que no lo es.

La capital cubana —en la que nació Triana— está a 932 millas de distancia. En Ciudad de Panamá decenas de cubanos como ella viven indocumentados y trabajan de forma clandestina después que el gobierno estadounidense puso fin en enero pasado a la política conocida como “pies secos, pies mojados”.

“Fue bien feo aquello, bien duro, bien triste. La desesperación del cubano con tal de lograr la libertad hace que uno haga cosas incluso contra la salud”, dice Rita María mientras rememora el cruce por las selvas del Darién, donde se fracturó dos costillas mientras cruzaba un río crecido.

La cubana Rita María Triana en la entrada al pequeño apartamento donde vive en la Ciudad de Panama.
La cubana Rita María Triana en la entrada al pequeño apartamento donde vive en la Ciudad de Panama. José A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

Triana es gastroenteróloga y psicóloga. Tiene 57 años y durante 35 trabajó en un hospital en Cuba, pero tuvo que renunciar por la enfermedad de Parkinson que sufre su madre.

“Comencé a trabajar como sirvienta ganando 15 dólares al mes. Con ese dinero iba ahorrando lo que podía para ayudarla en sus necesidades”, cuenta.

Como buena parte de los cubanos que emprenden el viaje a través de las rutas continentales para llegar a Estados Unidos, la médica vendió cuanto tenía en la isla para reunir el dinero del viaje y partió junto a su hija y su yerno hacia Trinidad y Tobago.

Después viajó a Guyana, y de allí se fue en una embarcación a Venezuela, donde la hospedaron en un hotel “de militares”. Cruzó Colombia pagando sobornos y se adentró en la selva. En el albergue de Cáritas, dirigido por la Iglesia católica, recibió la noticia del fin de la política “pies secos, pies mojados”.

El 12 de enero de este año, Estados Unidos y Cuba firmaron un nuevo acuerdo migratorio que eliminó la política especial de refugio que concedía a todos los cubanos que pisaban territorio norteamericano la posibilidad de residir legalmente en el país hasta su posterior regularización bajo la Ley de Ajuste Cubano.

“Estados Unidos en lo adelante aplicará a todos los ciudadanos cubanos, de conformidad a sus leyes y normas internacionales, el mismo procedimiento y normas migratorias aplicados a los ciudadanos de otros países”, expresó la declaración conjunta firmada por ambos gobiernos.

“El recibimiento que le dimos a Obama [cuando visito la isla en el 2016] fue muy por encima de lo que él hizo después. Defraudó a los cubanos”, dice Triana con tristeza. “Nos hemos quedado varados todos por una cosa que nadie esperó de él”.

Triana vive ahora en la casa de un colombiano que ha acogido a varios cubanos de manera desinteresada. En agradecimiento, la médica realiza las labores hogareñas. Llegó ahí tras rechazar la propuesta del gobierno panameño que buscaba reubicar en mejores condiciones a unos 300 cubanos que estaban en el albergue de Cáritas.

Los cubanos que decidieron acogerse al programa fueron llevados a Gualaca, en el occidente del país, a la espera de que se tome una decisión sobre su futuro: deportarlos, acogerlos o enviarlos a un tercer país.

Menos de la mitad de los migrantes tomaron la opción de las autoridades y se quedaron como indocumentados en la capital panameña. Tanto Rita María como sus familiares permanecen ocultos por miedo a ser detenidos por las autoridades migratorias y deportados a Cuba.

“Estamos esperando a que el presidente [Juan Carlos] Varela o el encargado de Migración [Javier Carrillo] se compadezcan de nosotros. Sólo pedimos que nos dejen estar aquí para trabajar honradamente”, dice.

Yuniel Mesa, también migrante, conoció a Triana en el albergue de Cáritas en la Ciudad de Panamá. Desde entonces no se han separado. Villaclareño de origen, cuida uno de los locales de su anfitrión colombiano, que prefiere permanecer en el anonimato.

Yuniel Mesa es uno de varios cubanos que decidieron no ir al campamento en Gualaca y permaneció en la Ciudad de Panamá. “Trabajo por una miseria, pero tengo que hacerlo para comer y salir adelante”, dice, mientras espera “un milagro” que le permita legalizarse en Panamá o acogerse a la condición de refugiado en un tercer país.
Yuniel Mesa es uno de varios cubanos que decidieron no ir al campamento en Gualaca y permaneció en la Ciudad de Panamá. “Trabajo por una miseria, pero tengo que hacerlo para comer y salir adelante”, dice, mientras espera “un milagro” que le permita legalizarse en Panamá o acogerse a la condición de refugiado en un tercer país. José A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

“Mi recorrido comenzó en Guyana y luego seguí por Brasil, Colombia y Panamá”, dice Mesa de 36 años, quien era cuentapropista en Cuba y atendía una finca y varios negocios. En Panamá trabaja como albañil “por la izquierda”.

“Trabajo por una miseria, pero tengo que hacerlo para comer y salir adelante”, dice mientras espera “un milagro” que le permita legalizarse en Panamá o acogerse a la condición de refugiado en un tercer país. En Cuba tiene a su hija y a su madre, quienes le proporcionan las fuerzas para levantarse cada día, según cuenta.

“Me fui porque quería prosperar y también por las cosas que pasan allí”, explica. Según Mesa, el gobierno cubano no deja que sus ciudadanos salgan del país para que no “se les abran los ojos”.

No obstante, desde que en el 2013 se promulgó una nueva ley migratoria, las autoridades cubanas permiten la salida del país siempre que no haya una causa pendiente en los tribunales. Según los datos de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, desde el 2014 un total de 120,273 cubanos han sido recibidos como refugiados en los puestos fronterizos de esa nación, una cifra que contrasta con los datos reportados por Cuba, que hasta el 2015 apenas documenta 24,684 salidas del país.

Mesa dice que no fue a Chiriquí por temor a ser deportado. “Cerca de ese lugar hay un aeropuerto y pensamos que era una trampa”, agrega.

Lo peor para Mesa es el miedo con el que cada día va a trabajar. “En cualquier momento te puede descubrir la policía migratoria y deportarte a Cuba. Esa es nuestra principal preocupación”, explica.

“Ya no esperamos nada de Trump, queremos legalizarnos aquí para trabajar. A Cuba no voy a regresar porque no hay futuro alguno. El gobierno no quiere que haya cambios y mientras tanto el pueblo es el que sufre”, añade.

El 16 de junio, el presidente Donald Trump presentó su nueva política hacia Cuba en el Teatro Manuel Artime de Miami. En su discurso dijo que no restaurarían la anterior política migratoria “para evitar que los cubanos arriesguen la vida en viajes ilegales a Estados Unidos”.

Las autoridades panameñas han dejado claro que para los migrantes cubanos que no aceptaron ir al campamento de Gualaca, en la provincia de Chiriquí, la única opción viable es la repatriación.

“Mientras no sea nada de política, de cualquier otra cosa podemos hablar”, advierte Otoniel Tápanes Fleites, chófer y mecánico de profesión quien salió de su natal Santa Clara con rumbo a Guyana para buscar una ruta hacia Estados Unidos.

Otoniel Tapanes junto a uno de los vehículos que está arreglando. Decenas de migrantes indocumentados cubanos viven clandestinamente y trabajan sin autorización a la espera de un milagro.
Otoniel Tapanes junto a uno de los vehículos que está arreglando. Decenas de migrantes indocumentados cubanos viven clandestinamente y trabajan sin autorización a la espera de un milagro. José A. Iglesias jiglesias@elnuevoherald.com

“Por mar son como 8,000 o 10,000 dólares, y yo no tenía tanto dinero. Escasamente pude comprar el pasaje a Guyana. Luego trabajé en Brasil más de un año como mecánico, intentando reunir el dinero para continuar el viaje”, relata.

Tras cruzar Venezuela y ser extorsionado por la Policía Nacional Bolivariana, fue deportado por las autoridades colombianas hacia Brasil. En ese país tuvo que trabajar nuevamente para reunir el dinero necesario para seguir su camino. Atravesó Perú, donde enfermó de malaria y fue curado por los indígenas. Una vez recuperado, cruzó Ecuador y volvió a entrar a Colombia clandestinamente.

Finalmente, tras atravesar el conocido Tapón del Darién (una zona de selva fronteriza con Panamá y de difícil acceso), se enteró que la política estadounidense de admisión de los migrantes cubanos había cambiado.

“En todas las esquinas hay un retén. En todas las esquinas tienes que estar escondido. Estamos como ratas escondidas”, dice sobre su condición actual de emigrante indocumentado.

En todas las esquinas tienes que estar escondido. Estamos como ratas escondidas.

Otoniel Tápanes Fleites

Tápanes ha improvisado un taller de mecánica en el portal de una casa.

“Esta gente es como mi familia y la viejecita como mi madre. Me han ayudado con las herramientas y con el espacio para que trabaje. Ya hasta tengo alquilado mi propio espacio para vivir”, dice orgulloso.

Al santaclareño no le falta trabajo porque como cubano está acostumbrado a “inventar” con las herramientas que tiene y además cobra menos que la competencia.

“Yo no puedo estar trancado”, dice refiriéndose a los 126 cubanos que están en el campamento de Gualaca, en Chiriquí.

“Si Trump no acaba de decidir lo que va a hacer con nosotros”, dice, “lo único que espero es que nos permitan legalizarnos aquí para trabajar honradamente”.

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ESTE ARTÍCULO FORMA PARTE DE LA SERIE “UNA NUEVA ERA EN LA MIGRACIÓN CUBANA” REALIZADA POR EL NUEVO HERALD, EL DIARIO 14YMEDIO Y RADIO AMBULANTE CON EL AUSPICIO DEL PULITZER CENTER ON CRISIS REPORTING.

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de junio de 2017, 7:30 a. m. with the headline "Decenas de cubanos viven y trabajan de forma clandestina en Panamá."

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