90 millas en 14 meses, la travesía de un balsero cubano hacia la libertad
La relatividad, esa categoría filosófico-física enunciada por Einstein en su teoría, logré entenderla mejor en 1994 cuando, pensando que la distancia entre Cuba y EEUU era de tan solo 90 millas, traté de cruzar el Estrecho de la Florida en balsa.
Intentarlo le ha tomado a miles de cubanos tiempos y distancias diferentes de forma insospechada, algunos recorren miles de millas a través de Europa y les lleva tan solo días o semanas, otros solo recorren unos cientos de millas en este hemisferio y les toma mucho más. Yo empleé 14 meses en el intento. Mi viaje en balsa parecía ir de maravillas, unas 120 millas en casi 70 horas. Desde el pueblo de Santa Fe, al oeste de la Habana, llegamos a cuatro millas de Cayo Maratón. Lo narré en una carta titulada Como me fui en balsa. Esas cuatro millas que faltaron para tocar la tierra de la “Yuma” fueron las que me costaron 14 meses. Al ser detectados por la Guardia Costera de EEUU, nos transbordaron a un buque nodriza y de este a la Base Naval de Guantánamo. Allí compartiría destino con 34,000 cubanos de la llamada Crisis de los Balseros del 1994.
La aventura de Guantánamo se ha contado en libros, artículos y entrevistas, generalmente hablando de las vicisitudes y malos momentos que pasamos allí, el calor exorbitante de esa única zona desértica cubana, desencuentros con el ejército norteamericano que nos protegía y la zozobra del encierro en lo que se llamó campo de concentración: balseros en huelga de hambre, presos a la cárcel conocida como X-Ray –que después sería prisión de los terroristas islámicos– y otras situaciones indeseadas que llevó a algunos balseros a retornar a Cuba, a otros hasta atentar contra sí mismos y presionar a los norteamericanos por la libertad.
Sin embargo, menos se ha hablado de cómo el exilio de Miami logró infundir en los balseros esperanza y voluntad de mantener una actitud positiva de paciencia y esfuerzo para lograr cambiar la opinión del pueblo norteamericano y su gobierno, para que nos aceptaran al final en Estados Unidos. Militares y cubanoamericanos mostraron a los balseros que el trabajo duro y la creación positiva serían la mejor carta de presentación ante la nación norteamericana, que ya a mediados de los 1990 era reacia a seguir aceptando flujos incontrolados de inmigrantes.
Así comenzaron a surgir en Guantánamo obras de arte y esculturas que los balseros creábamos con nuestras propias manos. Se transformaban catres de dormir en butacas, mesas y sillones, se creó un mercado interno en los campamentos en el que se intercambiaban lo inimaginable; con cajas de cartón se construían cómodas y gavetas, centenares de balseros obsequiaban o cambiaban a los propios militares sus obras de arte por pinceles, tubos de pinturas de óleo y aceite, telas y cartulinas que les permitían seguir creando. Otros balseros, aprovechando la amistad con los soldados, “resolvían” herramientas de esculpir, espátulas y cortadoras de tallar en arcilla y plástico.
Surgieron publicaciones periódicas. En nuestro campamento, un geógrafo persistente, Jorge del Río, me invitó a fundar un periódico al que sumamos escritores, caricaturistas y tipógrafos manuales, logrando una colección importante que conserva hoy la Universidad de Miami. Las publicaciones eran fotocopiadas, multiplicadas y distribuidas semanalmente. Se podía ver al campamento entero leyendo uno u otro de los periódicos producidos por los propios balseros o el semanario del ejército, medio de información sobre la sociedad y leyes norteamericanas, el modo de vida o hechos que impactaban la población de refugiados en la Base Naval.
Muchos trabajaban con el ejército en la recogida de basura, en los centros de procesamiento de alimentos y algunos nos dedicamos a labores de organización y mejora de la vida dentro de los campamentos. Los menos eran los ociosos a los que el tiempo se les convirtió en un martirio. En mi caso el día no me alcanzaba, entre el periódico, un diario y las cartas a familiares hubiera necesitado más de 24 horas. Alfabeticé a cuatro balseros, impartí clases de español y matemáticas a niños de uno de los campamentos de familia. En otro momento varios artistas me pidieron hiciera las funciones de organizador de cultura y entonces realizamos conferencias y conversatorios de ciencias y literatura, encuentros de música, exposiciones de pinturas y esculturas. Dos grandes amigos, Leo Peña y Andrés Pulido, con donaciones del ejército y del exilio cubano, formaron la biblioteca de nuestro campamento, que atesoró una colección maravillosa y permitió a los balseros acortar el tiempo de desesperación y nostalgia por sus familiares, además de aumentar la educación y preparación para el encuentro cercano con la libertad.
Guantánamo fue el primer contacto de aquellos cubanos, la mayoría nacidos dentro del comunismo insular, con la libertad, la democracia y las responsabilidades que ello implica. Los balseros aprendieron a respetar las opiniones ajenas cuando desde el principio se destapó la diversidad de pensamiento y expresión que no se acostumbraba en Cuba. Comenzaron a respetar la diversidad de creencias cuando cada refugiado decidió asistir a las diferentes iglesias que surgieron y conocieron cómo en democracia se debe tolerar al prójimo y a la vez defender las opiniones con libertad y mesura. También aprendimos que el trabajo duro y decente obtiene siempre una recompensa.
La llegada de los 34,000 cubanos a Miami fue de forma escalonada en un periodo de medio año y a los balseros nos sorprendió la bienvenida en la Base Aérea de Homestead, antes de entregarnos a los familiares y que se resumía en un documento que advertía: “…usted ha salido de un país paternalista donde el estado le provee trabajo, comida, salud pública gratuita y ha llegado a un país donde ya eso no existe. Usted es responsable de sí mismo y no va a encontrar ayuda ajena, usted ha llegado a un estado individualista donde solo obtendrá lo que sea capaz de agenciarse por sí mismo, con su esfuerzo y su trabajo…”
Aunque la advertencia presagiaba momentos duros, el estado ofrecía determinadas ayudas económicas y de salud durante el primer año hasta que lograras entrar al mercado laboral. También los familiares del exilio hicieron una diferencia enorme, muchos tíos y primos de Miami y a lo largo de la nación patrocinaron y ayudaron a sus familiares balseros, en muchos casos como el mío, sin siquiera conocerlos. La ayuda de las familias cubanas del exilio fue invaluable para el nuevo éxodo cubano. Hoy la mayoría de aquellos balseros trabajan y un grupo considerable ha logrado el éxito como empresarios, periodistas, obreros y profesionales en campos muy diversos, pero coinciden en que la libertad no tiene precio, puedes emplear un tiempo inimaginable para lograrla o recorrer una distancia inesperada, esa relación tiempo y espacio es relativa para todos, pero lo que es casi absoluto es el deseo humano de vivir en libertad.
Autor, camarógrafo y fotógrafo, graduado de Ciencias Económicas y Políticas en la Universidad de La Habana. Coeditor del blog Elbalserosuicida.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de septiembre de 2017, 8:06 p. m. with the headline "90 millas en 14 meses, la travesía de un balsero cubano hacia la libertad."