¿Cómo sería un ataque de EEUU a Cuba? Expertos ven golpe rápido, riesgos duraderos
Si el presidente Donald Trump ordena una acción militar contra el régimen cubano, analistas dicen que la operación probablemente no se desarrollaría como una invasión, sino como una carrera — una medida en minutos más que en semanas.
Los movimientos iniciales podrían involucrar ciberataques, guerra electrónica y equipos élite de operaciones especiales dirigidos contra figuras clave o centros de mando antes de que gran parte del aparato militar cubano pudiera reaccionar. Pero aunque los expertos sostienen que Cuba podría ser vulnerable a un ataque rápido, advierten que el desafío más difícil podría comenzar después de que cesen los disparos.
Analistas militares y exoficiales entrevistados por el Miami Herald afirman que, si Washington recurriera a la fuerza, la operación tendría muy poco parecido con las invasiones a gran escala que definieron intervenciones estadounidenses anteriores.
En cambio, imaginan una campaña limitada centrada en el sigilo, ataques de precisión y operaciones especiales destinadas a desarticular redes de mando o apuntar contra la alta dirigencia — una misión que, según ellos, Cuba podría tener dificultades para detener militarmente, pero cuyas consecuencias políticas podrían resultar mucho más difíciles de contener.
El Pentágono no ha dado indicios públicos de que una acción militar contra La Habana esté siendo considerada, y muchos de los escenarios operacionales descritos por los analistas siguen siendo hipotéticos más que evidencia de planificación activa.
Pero a medida que crece el debate en círculos del exilio y de política exterior sobre cómo podría lucir la operación contra el régimen de La Habana, la discusión se centra cada vez más en una pregunta distinta: no si Estados Unidos podría atacar a Cuba, sino qué implicaría realmente una intervención de ese tipo, cómo podría responder el aparato militar cubano y si una operación exitosa podría producir un resultado estable.
Para muchos exiliados cubanos, la perspectiva de una acción militar estadounidense contra La Habana posee un peso emocional e histórico que va mucho más allá de los debates estratégicos contemporáneos.
Desde la revolución de Fidel Castro en 1959 y la posterior consolidación del régimen comunista de partido único, generaciones de cubanos asentados en el sur de la Florida han imaginado — y en ocasiones defendido abiertamente — una intervención contundente que pusiera fin al gobierno al que responsabilizan de represión política, ejecuciones, encarcelamientos y del éxodo masivo que convirtió a Miami en la mayor comunidad cubana fuera de la isla.
Esa esperanza fue moldeada por una historia marcada por confrontación y desencanto. La fallida invasión de Bahía de Cochinos de 1961, lanzada por exiliados cubanos con apoyo de la CIA, se convirtió tanto en un trauma definitorio como en un símbolo duradero de una lucha inconclusa. Crisis posteriores — desde la confrontación nuclear de 1962 hasta el derribo en 1996 de las avionetas de Hermanos al Rescate y las sucesivas olas migratorias — reforzaron entre muchos exiliados la creencia de que el liderazgo de La Habana no abandonaría el poder voluntariamente y que un cambio significativo podría requerir finalmente una fuerza externa.
Una carrera antes del amanecer
El Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció el 20 de mayo una acusación por asesinato contra Raúl Castro por el derribo en 1996, sobre el estrecho de la Florida, de dos avionetas civiles procedentes de Miami, abriendo la posibilidad de que Washington intentara capturar al líder cubano de manera similar a como fuerzas especiales estadounidenses hicieron con el hombre fuerte venezolano Nicolás Maduro a principios de este año.
Desde una perspectiva estrictamente militar, analistas dicen que cualquier intento de remover o capturar a un alto dirigente cubano caería dentro de una categoría conocida como “ataque de decapitación” u operación contra un objetivo de alto valor.
El concepto difiere marcadamente de una guerra convencional. No comenzaría con columnas de tanques, un desembarco en playa o una fuerza completa de ocupación. Más bien involucraría preparación de inteligencia, interrupción cibernética, interferencia de radares, ataques de precisión y comandos élite moviéndose rápidamente hacia un objetivo definido.
Los analistas sostienen que el ejército estadounidense no recurriría a una invasión terrestre masiva para capturar a un solo individuo. En cambio, una operación así dependería del sigilo, la velocidad y una abrumadora superioridad electrónica.
El teniente coronel retirado del Ejército estadounidense Octavio Pérez sostiene que la proximidad geográfica de Cuba y el deterioro de sus capacidades militares podrían hacer que una misión así fuera militarmente más manejable que la operación del 3 de enero en Venezuela que condujo a la captura de Maduro.
“Sería más fácil”, dijo Pérez.
Su evaluación descansa sobre una premisa simple: Cuba hoy es más débil, más pequeña, más pobre y más aislada que Venezuela. El ejército cubano, que alguna vez fue una fuerza expedicionaria formidable durante las campañas africanas de la Guerra Fría, ahora enfrenta escasez crónica de combustible, equipos envejecidos, movilidad limitada y bajos niveles de preparación, dijo Pérez.
“El ejército cubano no es el ejército que tenía en África en los años setenta”, afirmó.
El analista militar Evan Ellis, profesor del U.S. Army War College especializado en temas de seguridad latinoamericana, coincide en líneas generales en que Cuba representa un problema militar manejable desde el punto de vista operacional. Pero advierte sobre el riesgo de confundir la viabilidad táctica con la simplicidad estratégica.
“Es mucho más fácil que Irán, pero podría resultar más difícil que Venezuela”, dijo Ellis.
Esa distinción, sostiene, es crucial. Irán posee profundidad estratégica, fuerzas misilísticas, infraestructura fortificada y un territorio mucho mayor. Cuba no. Pero, a diferencia de Venezuela — donde la captura de Maduro abrió espacio para que figuras de alto nivel negociaran con Washington — La Habana podría no contener una facción evidente dispuesta a cooperar si Castro, el principal dirigente Miguel Díaz-Canel u otros líderes claves son removidos.
Ellis dijo que el desafío militar podría ser menos intimidante que el político.
“El problema difícil generalmente no es derribar las defensas”, dijo Ellis. “El problema difícil es, una vez que has iniciado la acción militar, esencialmente lograr asegurar tus objetivos sin tener que ocupar físicamente el territorio.”
Por donde vendrían los tiros
Cualquier intervención, dicen los analistas, probablemente comenzaría mucho antes de que aeronaves crucen el estrecho de la Florida.
Las fuerzas estadounidenses necesitarían inteligencia precisa sobre los movimientos de los líderes cubanos, centros de mando, búnkeres, unidades de protección, redes de comunicación y posibles rutas de escape. Esa preparación podría involucrar satélites, drones, aeronaves de reconocimiento, monitoreo cibernético, inteligencia de señales y fuentes humanas.
Pérez sostiene que la penetración de inteligencia fue decisiva en Venezuela y cree que esfuerzos similares casi con certeza precederían cualquier operación contra Cuba. Señaló el presunto uso de informantes y métodos de rastreo en Venezuela como evidencia de que este tipo de misiones se preparan durante largos períodos y se ejecutan en una ventana muy estrecha.
“Las operaciones toman años y se ejecutan en un momento”, dijo.
La fase física del ataque — o “cinética”, como la llaman los analistas — podría desarrollarse rápidamente.
Un escenario probable involucraría equipos élite de operaciones especiales — posiblemente apoyados por helicópteros, aeronaves de rotores basculantes, drones, aviones de guerra electrónica y medios navales — desplazándose hacia un complejo de liderazgo o instalación protegida bajo la cobertura de la oscuridad.
La misión podría lanzarse desde Florida, la base naval estadounidense en Guantánamo, buques en alta mar u otras instalaciones regionales, dependiendo del objetivo y de la inteligencia disponible.
Antes de que llegaran los comandos, los sistemas estadounidenses de guerra cibernética y electrónica probablemente intentarían cegar los radares cubanos, interferir las comunicaciones militares y aislar a las unidades locales del mando nacional. Esa supresión electrónica estaría diseñada para impedir que las fuerzas cercanas alertaran al liderazgo, coordinaran refuerzos o rastrearan aeronaves entrantes.
Si la captura resultara imposible o el objetivo cambiara, la operación podría depender en su lugar de armas de ataque a distancia, como misiles de crucero Tomahawk o aeronaves furtivas dirigidas contra centros de mando, búnkeres o nodos militares.
Nada de esto, enfatizan los analistas, requeriría una invasión convencional.
“Dudo muchísimo que se trate de infantes de marina ocupando territorio”, dijo Pérez. A su juicio, una operación más probable sería “súbita, rápida y con una misión muy específica” para recuperar “a alguien o algo”.
Entrar, capturar y salir
Ellis ofreció una visión similar, señalando que no percibe apetito político en Washington para una ocupación prolongada de Cuba, particularmente una que pudiera generar bajas estadounidenses o requerir una estabilización extensa.
“No veo apetito para lanzarse a una ocupación prolongada e innecesaria de una pequeña isla”, dijo Ellis.
En cambio, señaló, una eventual operación probablemente implicaría fuerzas especiales y ataques de precisión — “múltiples operaciones de captura y extracción”, como las describió — en lugar de un esfuerzo por controlar físicamente el país.
La lógica militar detrás de ese enfoque descansa en parte sobre evaluaciones de la debilidad cubana.
Según Pérez, las defensas antiaéreas convencionales de Cuba siguen dependiendo en gran medida de sistemas soviéticos envejecidos, entre ellos las plataformas SA-2, SA-3, SA-6 y SA-8. Dijo no creer que La Habana posea sistemas S-300 más sofisticados del tipo que alguna vez complicó discusiones sobre un eventual ataque contra Venezuela.
“Cuba tiene sistemas viejos”, dijo Pérez, describiendo el SA-3 Pechora como “muy viejo”.
La fuerza aérea de la isla parece igualmente limitada. Pérez estima que Cuba podría contar apenas con entre seis y ocho aeronaves operacionales capaces de realizar misiones de combate, incluidos MiG-29 y MiG-23 envejecidos.
“Si un portaaviones tiene más de 70 aviones y tú tienes seis o siete, ¿qué crees que eso va a hacer?”, preguntó Pérez.
Un día cualquiera en la oficina
Ellis también describió al aparato militar tradicional cubano como obsoleto, aunque reconoció que La Habana podría haber adquirido algunas capacidades más recientes de Rusia, China o Irán, incluidos drones y equipos de defensa aérea. Aun así, sostuvo que esos sistemas probablemente serían considerados obstáculos manejables por los planificadores estadounidenses.
“Probablemente sí tienen algunos drones. Probablemente sí tienen algunos sistemas de defensa aérea que serían motivo de preocupación”, dijo Ellis. Pero neutralizarlos, añadió, es “lo que hace SouthCom y el ejército de Estados Unidos todos los días”, en referencia al Comando Sur estadounidense con sede en Doral.
“Esto es otro día en la oficina”, afirmó, aludiendo al uso de guerra informativa, guerra electrónica y ataques coordinados para superar o degradar defensas enemigas.
Desde esa perspectiva, añadió Ellis, las defensas cubanas no son “obstáculos insalvables”, sino “factores de planificación”.
La proximidad de Cuba a bases estadounidenses profundiza aún más esa vulnerabilidad. Ellis señaló que la isla está rodeada por importantes capacidades militares estadounidenses, incluidos activos navales, destructores, aviación embarcada, instalaciones regionales y bases aéreas distribuidas por el sureste de Estados Unidos y Centroamérica. Actualmente, el portaaviones USS Nimitz y su grupo de combate acompañante se encuentran en el Caribe.
“No necesitas al Nimitz para tener aviones sobre Cuba”, dijo Ellis, señalando que activos de la Fuerza Aérea estadounidense también podrían participar porque los tiempos de vuelo desde instalaciones del sur de Estados Unidos hacia Cuba se miden en minutos y no en horas.
Pérez describió al grupo de combate del USS Nimitz como una poderosa fuerza de tarea, acompañada por destructores o cruceros, submarinos de ataque armados con misiles Tomahawk, decenas de aeronaves de combate y miles de infantes de marina. También mencionó activos cercanos en Puerto Rico y Florida que podrían entrar en juego.
‘Guerra de Todo el Pueblo’
Pero la superioridad militar es solo parte de la ecuación.
Cuba ha pasado más de seis décadas preparándose precisamente para un escenario en el que se encuentre en desventaja frente al poder convencional estadounidense. Su doctrina, conocida como Guerra de Todo el Pueblo, está diseñada no para derrotar a Estados Unidos en batalla abierta sino para sobrevivir, descentralizar la resistencia y encarecer cualquier intervención.
Esa doctrina difumina la línea entre soldado y civil. Si se detectara una operación estadounidense, las estructuras defensivas cubanas podrían transitar hacia una resistencia descentralizada. Se esperaría que comandantes locales actuaran incluso si el mando central en La Habana quedara incapacitado, mientras milicias territoriales, reservistas y redes vecinales podrían complicar los movimientos de tropas estadounidenses.
El sistema cubano también descansa sobre la redundancia del liderazgo. Capturar o matar a una figura importante no necesariamente provocaría el colapso del Estado. El mando podría dispersarse entre generales de alto rango, funcionarios del Partido Comunista u otros integrantes del aparato de seguridad nacional.
Ellis dijo que esa es una de las diferencias más importantes entre Cuba y Venezuela.
“Raúl Castro es simbólico”, afirmó, especialmente por su papel histórico y por la demanda aún pendiente de justicia entre exiliados cubanos por episodios como el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate. Pero Ellis cuestionó que capturar a Castro transformara la realidad cubana del mismo modo en que la captura de Maduro alteró el equilibrio político venezolano.
“No estoy seguro de que eso cambiara la realidad sobre el terreno en Cuba de la misma forma en que capturar a Maduro cambió la realidad” en Venezuela, dijo Ellis.
Lo mismo aplica, señaló, al dirigente cubano Miguel Díaz-Canel.
“Si capturas a Díaz-Canel, él es realmente una figura decorativa”, dijo Ellis. “No es” toda la estructura de poder.
Nombres en una lista
Eso significa que fuerzas estadounidenses quizá tendrían que ir “más abajo en la lista” de nombres para encontrar figuras dispuestas y capaces de negociar, dijo Ellis. En Venezuela, recordó, Washington pudo trabajar con actores internos de alto nivel que tenían tanto incentivos de supervivencia como autoridad política. En Cuba, esa persona o facción podría ser más difícil de identificar.
“Si capturas a ambos”, dijo Ellis sobre Castro y Díaz-Canel, “en algún momento, si sacas o capturas a suficientes personas del liderazgo, llegas a gente dispuesta a cooperar”. Pero, añadió, podría requerir penetrar mucho más profundamente en la jerarquía.
Describió el resultado más plausible no como una transición democrática inmediata sino como un “acuerdo cínico” en el que partes de la estructura del Partido Comunista sobrevivan mientras aceptan aperturas económicas, compensación por propiedades estadounidenses expropiadas, mayor acceso a las comunicaciones y medidas que puedan crear condiciones para una transición de más largo plazo.
Los analistas coinciden en que Cuba difícilmente podría detener una incursión estadounidense decidida en campo abierto. Pero sí podría elevar el costo, especialmente si su aparato militar y de inteligencia detecta la operación con suficiente anticipación o logra obligar a equipos estadounidenses a operar en zonas urbanas o terreno fortificado.
Se cree que los líderes cubanos dependen de instalaciones reforzadas, búnkeres subterráneos, túneles, señuelos, complejos seguros y desplazamientos frecuentes. El aparato de seguridad de la isla ha sido entrenado durante décadas bajo la premisa de vigilancia permanente y de una posible agresión estadounidense.
Las figuras de mayor jerarquía podrían evitar comunicaciones vulnerables, recurrir a mensajeros o sistemas cableados y dispersar la autoridad antes del inicio de una operación.
Cuba también mantiene fuerzas élite entrenadas para misiones contra operaciones especiales, guerra de guerrillas, emboscadas, sabotaje y protección cercana de altos dirigentes. Esas unidades no necesitarían derrotar al ejército estadounidense. Su objetivo sería más limitado: retrasar la incursión, obstaculizar la extracción, causar bajas o preservar al liderazgo.
Esa dinámica podría convertir la fase de extracción — el esfuerzo por sacar del territorio cubano a comandos estadounidenses y a cualquier objetivo capturado — en un momento más peligroso que la propia inserción inicial. Llegar hasta un complejo de liderazgo podría resultar difícil, dicen los analistas, pero abandonar la isla una vez cumplida la misión podría ser aún más complicado si fuerzas cubanas, milicias o unidades locales de seguridad se movilizan con suficiente rapidez para bloquear rutas de escape o inundar el área de resistencia.
Operación comando
Un equipo comando que alcance su objetivo todavía podría enfrentar rutas bloqueadas, fuerzas locales armadas, movilización de milicias, caos urbano o incertidumbre sobre si el mando central continúa operativo. Una captura exitosa podría convertirse rápidamente en una crisis mayor si fuerzas cubanas lanzan ataques localizados o si milicias convergen sobre la zona.
Pérez duda que Cuba pudiera sostener una represalia prolongada contra bases o fuerzas navales estadounidenses. Sostiene que la base naval estadounidense en la Bahía de Guantánamo y otras instalaciones militares cercanas están protegidas por capas de defensa aérea, naval, misilística y electrónica.
“Guantánamo tiene varios paraguas de protección”, dijo Pérez, añadiendo que cualquier intento de atacar la base o instalaciones estadounidenses en Florida probablemente sería detectado y neutralizado rápidamente.
Reconoció, sin embargo, que no puede descartarse violencia aislada — fuego de mortero, sabotaje, células dormidas u otras acciones asimétricas — aunque argumentó que los comandantes cubanos comprenderían el carácter suicida de un ataque directo contra activos estadounidenses.
“Dudo muchísimo que, dadas las condiciones económicas de Cuba, exista algún general o coronel que se atreva a suicidarse” atacando Guantánamo o Key West, dijo Pérez.
Ellis presta menos atención a la represalia militar cubana que al escenario político posterior. A su juicio, el riesgo central es que un ataque limitado produzca consecuencias ilimitadas: un régimen fragmentado, un vacío de poder, resistencia irregular, colapso humanitario o una crisis migratoria a apenas 90 millas de la Florida.
Por eso, sostiene, incluso una operación militarmente exitosa tendría que evaluarse por lo que ocurra después.
“Derribar las defensas” no es el desafío principal, dijo Ellis. El verdadero reto es si Washington puede “asegurar sus objetivos sin tener que ocupar físicamente el territorio”.