Migrantes cubanos enfrentan peligroso viaje por selva colombiana
Lesandra Martínez estaba a la mitad de su jugo de mango y a 960 millas de casa cuando empezó a llorar.
Durante los últimos siete meses, la peluquera cubana de 27 años de edad y sus dos amigos habían desafiado ladrones, ríos interminables y autobuses atestados para llegar a esta pintoresca villa de pescadores en el norte de Colombia.
Aquí esperaban caminar 20 minutos a través de la frontera panameña y continuar su viaje hacia el norte. En su lugar, descubrieron que Panamá había sido el último país en cerrar sus fronteras a los cubanos. Si querían seguir en busca del “Sueño Americano” y evitar a las autoridades panameñas y los contrabandistas locales, les dijeron que tendrían que hacer una caminata de cuatro días a través del Darién - que se extiende por partes de Colombia y Panamá, y es una de las selvas más peligrosas del hemisferio, con bandas criminales y guerrillas.
“He estado en un río durante 18 días - vean mis pies”, dijo Martínez mientras mostraban una foto en el celular de sus tobillos hinchados y picados por mosquitos. “No sé si puedo hacer esto”.
Uno de sus acompañantes en el viaje se inclinó a lo largo de la mesa y le tomó el brazo.
“Hemos cruzado todo el Amazonas, así que no hay forma de que no podamos hacer esto”, le dijo. “Termina tu jugo y vamos”.
EL TAPON DEL DARIEN
Si se pusiera al mundo de cabeza, el Darién sería el punto más estrecho en un reloj de arena del hemisferio. Mientras los emigrantes de todo el mundo llegan a Sudamérica y comienzan su camino hacia el norte, deben pasar por aquí. Para los afortunados con documentos, es un simple paseo sobre una pequeña colina para arribar al punto de control panameño. Para los que evaden la ley, es aquí donde se debe tomar una decisión: entrar en la selva, desafiar a los océanos o regresar a casa.
La Marina Colombiana mantiene un registro del flujo total que pasa por la región. En sólo una semana, del 25 al 30 de marzo, contó 721 migrantes “irregulares” de Pakistán, Kazajstán, Somalia, Haití, Nepal y Senegal. Pero casi la mitad de ellos era de Cuba.
Al huir de las privaciones en la isla de gobierno comunista y verse atraídos por las políticas de EEUU que prometen ayuda económica y residencia automática, los cubanos hacen el viaje en grandes cantidades. Desde octubre del 2004, unos 755,000 cubanos han cruzado la frontera de Estados Unidos, según datos de inmigración.
Claudio González, un apicultor de 22 años de edad oriundo de Santa Clara, Cuba, estuvo tres semanas para hacer su viaje por tierra desde Guyana hasta el norte de Colombia. González dijo que hay un creciente temor de que Estados Unidos quite la Ley de Ajuste Cubano que beneficia a personas como él.
“Por supuesto, esperamos que nunca termine, porque realmente es nuestra única opción para salir de Cuba”, manifestó González. “Si [EEUU] pone fin a esta política, no sé a dónde podríamos ir”.
Justo cuando la gran cantidad de migrantes redefine la política de EEUU, también tienen un impacto a lo largo del continente.
En noviembre, Nicaragua cerró sus fronteras a los cubanos después que docenas de ellos burlaron un punto de control de inmigración. La decisión de Managua tuvo un efecto dominó, lo que creó una acumulación de cubanos en Costa Rica, que finalmente cerró el mes pasado su frontera a nuevas llegadas. Y esta semana, Panamá hizo lo mismo, al decir que no podía manejar más el influjo de cubanos. El país piensa en aerotransportar a más de 3,600 que ya se encuentran en el país hasta México, para que puedan seguir su viaje hacia Estados Unidos.
AL BORDE DE UNA CRISIS
Aunque todavía no hay señales de que los migrantes regresen a Colombia, esto no es improbable, dijo el Capitán de la Marina Juan Carlos Jiménez Howard, quien supervisa las fuerzas militares en el Golfo de Urabá que luchan contra el narcotráfico y el contrabando de migrantes.
“No tenemos planes de contingencia si eso sucediera”, agregó. “No tenemos los recursos para manejarlo y los alcaldes locales no tienen la capacidad de suministrar refugio de emergencia”.
Mientras que los flujos de migración se ven dictados por fuerzas globales, son los políticos locales los que tienen que lidiar con ellos, manifestó Jiménez Howard.
“Esta es una situación que requiere la atención de toda el área - desde Cuba hasta Estados Unidos”, añadió. “Todos necesitamos reglas claras. Tanto si abrimos nuestras fronteras, como si las mantenemos cerradas”.
¿FIN DE UNA ERA?
El cierre de la frontera de Panamá puso fin a un breve período dorado para los migrantes cubanos en Colombia.
Hace sólo unos meses, los cubanos tenían que esconderse de la ley mientras cruzaban el estratégico país. Como resultado, en la ciudad portuaria de Turbo estalló la violencia entre pandillas cuando varios grupos luchaban por tomar el control de las redes de contrabando y albergue, dijo Alejandro Abuchar, alcalde de la ciudad.
“Muchos de los migrantes se vieron prácticamente atrapados en barrios pobres y tomaron botes sin importarles la seguridad”, explicó Abuchar. “Muchos fueron abandonados a lo largo del río, muchos pueden haberse ahogado y muchos fueron asesinados en las selvas de Darién”.
Al trabajar con las autoridades de inmigración, Abuchar ayudó a promover un sistema en que se les daban a los cubanos salvoconductos de una semana para dejar el país. Eso hubiera permitido a los viajeros salir de las sombras y entrar en hoteles legítimos, así como usar el servicio regular de botes para dirigirse a la frontera.
Pero la reciente decisión panameña ha forzado a los migrantes a volver a caer en manos de las bandas de contrabando y más importante, obligarlos a penetrar de nuevo la selva.
El Darién es una de las franjas más inhóspitas de América. Es tristemente célebre que sus pantanos se han tragado los intentos de completar la Carretera Panamericana. Y las autoridades locales admiten que la región está más allá de su control. Es el lugar donde operan dos guerrillas izquierdistas, así como varias redes de traficantes humanos y de drogas.
Cuán peligroso puede ser el viaje se puede medir en las docenas de criptas sin inscripciones en el cementerio de Turbo. Ebelio Cortez, el encargado del cementerio durante las dos últimas décadas, dijo que algunos de los cuerpos anónimos enterrados parecían africanos o asiáticos.
“Pero nadie realmente sabe quiénes eran o adónde iban”, agregó. “¿Se ahogaron? ¿Los asesinaron? Simplemente no sabemos”.
Apenas minutos después que Martínez y su grupo llegaron a Sapzurro con sus bandas anaranjadas en la muñeca que los identificaban como migrantes indocumentados, se les acercaron los coyotes para ofrecerles llevarlos a través de la selva por $15 o $20.
Pronto, un hombre tatuado sin camisa comenzó a caminar a su lado y les dijo que cualquiera que cobrara tan poco seguramente los iba a dejar abandonados en la selva o algo peor.
“No les voy a mentir”, agregó. “Son cuatro días de una dura caminata y va a costar de $149 a $200 por persona”.
“Si no tienen ese dinero, deben regresar ahora a casa”, manifestó.
SIN REGRESO
Para la mayoría de los cubanos que llegaron al borde del Darién, es más la desesperación que el temor. Muchos de ellos tienen grandes deudas o han empleado demasiado tiempo y dinero para pensar en un regreso. En esta etapa, Martínez y sus dos acompañantes tienen apenas $100 entre ellos.
“No hay forma que podamos hacerlo”, se preocupó Martínez. “Nadie nos va a llevar a través de la selva si no tenemos el dinero”.
El viaje de Martínez comenzó en junio pasado, cuando ella y los otros trataron de volar a Ecuador. Debido a que era una de las pocas naciones en América que no requería una visa, fue un popular punto de inicio para los cubanos que se encaminaban hacia el norte. Incluso así, Martínez fue detenida en el aeropuerto y enviada de regreso a casa. (Ecuador comenzó a exigir visas a los cubanos en diciembre).
En noviembre, ellos trataron de nuevo, en esta ocasión al volar hacia Guyana, que tampoco exigía visas. El tercer día de su estancia, en el centro de Georgetown, les robaron a punta de pistola sus documentos y la mayor parte de su dinero. Pasaron tres meses ayudando a cuidar a un bebé por alojamiento y comida.
Su próxima escala fue en Brasil, donde pasaron otros tres meses tratando y fracasando en encontrar empleos. Eventualmente pudieron llegar al río Amazonas y esperaron una embarcación que los pasara toda la enorme vía fluvial y los llevara a un afluente llamado el Putumayo. La última parte del viaje pasaron 18 días en una canoa. Cuando desembarcaron en Puerto Asís, Colombia, hicieron su camino por tierra hasta Turbo. Y a continuación viajaron en bote hasta Sapzurro.
Después que Martínez contó su viaje de 2,400 millas, se secó los ojos. Dijo que esperaba llegar a Houston, Sarasota o Hialeah.
“Todo lo que les puedo decir es que no vamos a regresar a Cuba”, agregó.
En unos pocos minutos, otro pequeño grupo de cubanos se acercó a la mesa. Dijeron que habían encontrado a alguien que podría conocer a alguien que los podría hacer cruzar el Darién.
Martínez tomó su bolsa, dejó su jugo y comenzó a caminar hacia la colina.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de mayo de 2016, 8:54 a. m. with the headline "Migrantes cubanos enfrentan peligroso viaje por selva colombiana."