Protagonistas en operación Guacamaya cuentan como escaparon de la tiranía venezolana
En las elecciones venezolanas, ser el presidente en funciones que busca la reelección tiene ventajas con que solo podría soñar cualquier otro líder político sin escrúpulos y adicto al poder.
¿Vas abajo en las encuestas? Empiezas a arrestar a los líderes de campaña de cada estado que visita tu rival. ¿Sigues detrás? Acusas al jefe de campaña de tu rival y a su equipo de crímenes contra el Estado y ordenas que sean arrestados junto con el jefe se seguridad de tu oponente, así como de cualquier dirigente político, periodista conocido o activista de derechos humanos que abogue a favor del cambio. ¿El dueño de un hotel permite que tu rival hable allí? Bueno, lo arrestas también y, de paso, confiscas el camión del colaborador que lleva los equipos de sonido.
La amenaza de encarcelar a los opositores, sumada al justificado temor de ser torturados una vez detenidos, jugó un papel clave en la estrategia electoral de la campaña presidencial del gobernante Nicolás Maduro el año pasado, afirmó Magalli Meda, jefa de campaña de la líder opositora María Corina Machado y del candidato presidencial Edmundo González.
“El encarcelamiento no era solo una amenaza, era el plan”, afirmó Meda. Según ella y otros líderes de campaña de la oposición en el exilio, el miedo fue central en la estrategia de reelección del régimen de Maduro.
Para marzo de 2024, ese miedo alcanzó su punto máximo. Meda y cinco compañeros de campaña de Machado-González sabían que sus arrestos eran inminentes. Habían presenciado cómo se llevaban a sus compañeros de campaña.
“Sabíamos que éramos los siguientes”, dijo Pedro Urruchurtu, uno de los seis. Los demás —Omar González Moreno, Claudia Macero, Humberto Villalobos y Fernando Martínez Mottola— temían la misma suerte. Su decisión de dirigirse a la embajada argentina fue repentina, producto de una conversación casual con Gabriel Volpi, el agregado comercial de ese país, en un evento en el que habían coincidido.
“Nunca pensé que lo llamaría”, recordó Urruchurtu. Pero con las agencias de inteligencia del régimen acercándose, “me encerré en el baño y marqué. Le dije: ‘Gabriel, necesitamos urgentemente que nos reciban en la embajada porque es la única que hoy tenemos disponible”.
Volpi le pidió 15 minutos para realizar las debidas consultas, pero Urruchurtu le dijo que eso era mucho, que solo tenían diez. Antes de que culminara ese lapso de tiempo, Volpi llamó con la noticia de que le habían dado el visto bueno para que los seis entraran a la embajada.
En la sede diplomática los opositores encontraron protección, pero no libertad. Se les convirtió en una prisión luego que Venezuela rompiera relaciones con Argentina el 29 de julio, al día siguiente de las elecciones presidenciales, principalmente debido a desacuerdos sobre el resultado.
Cuando se le ordenó al personal diplomático argentino que se marchara, las fuerzas del régimen venezolano rodearon el edificio con francotiradores en los tejados vecinos, alcabalas en las calles aledañas, perros de ataque estaban apostados cerca y drones sobrevolaban constantemente.
Les cortaron la electricidad y el agua y restringieron el acceso de los alimentos y las medicinas.
“Lo que se suponía que sería un refugio se convirtió en una prisión”, dijo Macero. “No había rejas, pero estábamos enjaulados”.
En una entrevista de una hora con el Miami Herald, cinco de los seis opositores dijeron que durante meses aguantaron. No se permitían visitas. Les confiscaban comida y luego dejaban que entrara. Todo era parte de un perverso juego tormento psicológico. “Era como jugar al gato y al ratón”, dijo Villalobos. “Querían quebrarnos”.
La falta de agua era angustiante. Consideraron usar el agua de la piscina, pero estaba tan contaminada que no podían hacer mucho con ella, solo servía para bombear el inodoro.
González dijo que, a medida que la comida escaseaba y los días se hacían interminables, quienes estaban dentro comenzaron a sentir los efectos psicológicos de vivir bajo asedio. El propósito era evidente para todos: el régimen buscaba obligarlos a traicionar la causa.
Pero más insoportable que el hambre era el silencio, dijo: Lo envolvía todo, denso y opresivo, interrumpido solo por los gritos de los oficiales afuera, los ladridos de los perros o el zumbido de los vehículos y drones de sus vigilantes.
“Querían doblegarnos. Querían que nos rindiéramos, que el miedo nos consumiera por dentro. Anhelaban nuestra rendición, nuestra traición. Querían vernos renunciar a lo que defendíamos: a María Corina, a Edmundo, a la gente que nunca dejó de gritar desde las calles, exigiendo, creyendo”, dijo González.
De repente, todo se volvió demasiado para uno de los que estaban adentro.
El 19 de diciembre, Martínez Mottola, de 71 años, exministro de Transporte en la década de 1990, se rindió, vencido por el asedio.
Tras nueve meses de confinamiento sin ver a su familia, salió y se entregó a las autoridades venezolanas. El 26 de febrero de 2025, murió bajo arresto domiciliario en circunstancias que aún no se han esclarecido.
Según funcionarios del régimen, Martínez Mottola se presentó voluntariamente ante la fiscalía y luego falleció tras sufrir un derrame cerebral. Pero para Meda la culpa recae firmemente sobre los hombros del régimen. “Murió por una orden de secuestro y alejamiento de su familia”, declaró, el gobierno “debe asumir la responsabilidad”.
Fuera de la embajada, la realidad política venezolana seguía deteriorándose.
Aunque las elecciones presidenciales del 28 de julio se consideraron ampliamente una victoria de la oposición, el régimen simplemente declaró a Maduro como vencedor.
El margen real de victoria de González, quien sacó dos votos por cada uno de Maduro, terminó siendo demasiado amplio como para manipularlo de forma convincente. Hoy, la mayoría de países está convencido que el hombre fuerte venezolano perdió la elección, al igual que nueve de cada diez venezolanos, según encuestas recientes.
Para quienes estaban dentro de la embajada, lo que estaba en juego era la vida o la muerte. Sabían lo que les sucedía a los disidentes detenidos por las agencias de inteligencia. La tortura era rutinaria. La desaparición era posible. “Estábamos en la lista de los que debían ser liquidados”, declaró Macero.
Aun así, hicieron planes. Esperaron. Y en mayo, bajo el manto del secretismo y una intensa coordinación, lograron escapar.
Los detalles de la Operación Guacamaya, como se denominó el rescate, permanecen bajo estricta confidencialidad. No hubo disparos. No hubo confrontación visible. Solo una ejecución silenciosa y disciplinada. Uno a uno, los seis se escabulleron a través de una de las zonas más fortificadas de Caracas, sorteando los controles militares, y salieron del país.
Pronto circularon por redes sociales informes de que Estados Unidos y Argentina habían colaborado en la extracción, pero nunca se confirmaron.
El mundo se enteró inicialmente de la operación gracias a un anuncio emitido por el secretario de Estado, Marco Rubio, en el que expresaba su gratitud a “todo el personal involucrado” y a “nuestros socios que ayudaron a asegurar la liberación segura de estos héroes venezolanos”, un mensaje que se interpretó ampliamente como una insinuación de la participación estadounidense.
Sin embargo, la Casa Blanca declaró posteriormente que ningún personal estadounidense participó activamente dentro de Venezuela durante el rescate. Para los cinco que lograron escapar de la embajada y que ahora se encuentran en Estados Unidos, su recién encontrada libertad tiene un valor simbólico monumental.
“No fue solo una fuga”, dijo González. “Fue un mensaje: que la resistencia aún se respira en Venezuela”.
Las implicaciones fueron más allá. Según González, su fuga y la presión pública que generó desprendieron la imagen de control y legitimidad cuidadosamente elaborada por el régimen. “El mundo vio lo que estaba sucediendo. Y lo que es más importante, los venezolanos también lo vieron”.
La fuga también colocó al relieve la creciente fractura dentro del propio régimen. “Se está desatando una guerra interna”, dijo González.
En el centro de esa lucha interna se encuentra Diosdado Cabello, una figura poderosa dentro del gobernante Partido Socialista Unido. Considerado durante mucho tiempo como la mano derecha de Maduro, Cabello actúa cada vez con más independencia y fuerza. Su control sobre el aparato militar y de inteligencia del país ha aumentado. Las decisiones tomadas por las élites de otros partidos, incluso el propio Maduro, están siendo socavadas o revertidas.
“El infame Cabello gana poder cada día”, dijo González. “Y eso indica un colapso más profundo dentro del régimen”.
Es un cambio con serias implicaciones. El control, otrora monolítico, del régimen se está fragmentando. Las lealtades están cambiando. “El abuso, la impunidad, ya no están en la sombra”, añadió González. “Están a la vista de todos. Ante las narices de quienes dicen gobernar”.
Para las cinco figuras de la oposición ahora en el exilio, la Operación Guacamaya no se trataba solo de sobrevivir, dijeron, sino de revelar la verdad y mostrar el precio de la disidencia, y la valentía necesaria para reivindicar un futuro.
Queda por ver si ese acto será recordado como el capítulo final o simplemente el prólogo de la próxima batalla de Venezuela. Pero una cosa es segura: quienes escaparon dicen que la libertad, aunque fuera temporal, lo valió todo.
“Vivir así no era vivir de verdad”, dijo Villalobos. “Si tuviéramos que morir, que fuera luchando por la libertad”.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de junio de 2025, 11:17 a. m..