De enemigos a socios: La apuesta de EEUU por el chavismo para gobernar a Venezuela
Bajo cualquier parámetro ideológico que se mida, una alianza entre Estados Unidos y la dirigencia superviviente del régimen chavista de Venezuela debería ser imposible.
Durante más de dos décadas, el chavismo —la ideología que lleva el nombre del fallecido líder socialista Hugo Chávez— se definió a sí mismo a través de la confrontación con Washington. Su legitimidad descansó en la retórica antiimperialista, la resistencia a la influencia estadounidense y las alianzas con los principales rivales geopolíticos de Estados Unidos: Cuba, Rusia, Irán y, más tarde, China. Al mismo tiempo, sucesivas administraciones estadounidenses presentaron a Venezuela como una amenaza a la seguridad hemisférica, un narcoestado y un ejemplo aleccionador de colapso democrático.
Sin embargo, tras la salida de Nicolás Maduro y una serie de extraordinarias acciones militares y legales de Estados Unidos, Washington parece ahora abierto a un escenario que antes habría sido políticamente impensable: trabajar con los restos del régimen chavista —en particular con su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y su hermano, Jorge Rodríguez— para estabilizar, administrar y reorientar Venezuela sin instalar primero un gobierno democrático.
Analistas que han seguido durante años la crisis venezolana dijeron al Miami Herald que el acuerdo anunciado el sábado por el presidente Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio une a actores caracterizados por la profunda desconfianza entre sí y con visiones del mundo radicalmente opuestas.
Pero también se trata de un experimento que podría funcionar porque tiene el potencial de satisfacer los intereses centrales de ambas partes y, bajo ciertas condiciones, podría ser uno de los pocos escenarios capaces de gobernar Venezuela sin desencadenar violencia a gran escala, colapso institucional o migración masiva.
“Creo que esto probablemente pudiera funcionar por una razón, y es que el temor último que tendrán es que Venezuela caiga en el caos, y creo que eso existe en todos los bandos”, dijo Oren Kesler, director ejecutivo de la consultora geoestratégica y empresarial Wikistrat.
El acuerdo podría servir simultáneamente a los intereses de la dirigencia chavista que permanece —que, por encima de todo, busca mantenerse en el poder— y a los de Estados Unidos, que incluyen recuperar influencia en Venezuela frente a Rusia, Irán y China, y presionar a funcionarios venezolanos para frenar el narcotráfico, sin sumir a la nación sudamericana en el desorden.
El precio, sin embargo, podría recaer sobre los venezolanos comunes, ansiosos por recuperar la democracia tras dos décadas de gobierno socialista autoritario que coincidieron con el colapso económico, la emigración masiva y el deterioro institucional.
Entre los mayores perdedores se encuentra la sufrida oposición venezolana encabezada por la ganadora del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado. A pesar de contar con un amplio respaldo popular —las encuestas y estimaciones opositoras lo sitúan cerca del 80% — Machado carece de lo que Washington ve cada vez más como decisivo: el apoyo de las fuerzas armadas venezolanas.
Tras la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses el sábado, Trump dijo que Estados Unidos “dirigiría” efectivamente Venezuela hasta que se produzca una transición política, una afirmación que parece apoyarse en un entendimiento con figuras dentro de la coalición socialista gobernante y que deja de lado a Machado.
En una conferencia de prensa, Trump habló como si la prolongada crisis política y económica de Venezuela estuviera llegando a su fin bajo un acuerdo supervisado por Washington.
“Vamos a dirigir el país hasta que podamos ver una transición adecuada y prudente”, dijo Trump. “No podemos correr el riesgo de que alguien más se haga cargo de Venezuela sin tener en mente el bien del pueblo venezolano”.
Tanto Trump como Rubio sugirieron que la dirigencia de Caracas, ahora encabezada por Rodríguez, seguiría de cerca las instrucciones de Washington.
Rodríguez “está básicamente dispuesta a hacer lo que creemos necesario para que Venezuela vuelva a ser grande”, dijo Trump, y añadió que Rubio había estado en contacto con la recién ungida líder chavista.
Realineamiento estratégico
Los analistas señalaron que la clave para entender la alianza contradictoria que ahora emerge radica en los objetivos recalibrados de Washington.
A pesar de años de apoyo retórico a la restauración democrática, sostienen que la administración Trump no ve la democracia como su objetivo final principal en Venezuela. En cambio, la meta dominante es el realineamiento estratégico.
Desde la perspectiva de Washington, Venezuela ha funcionado como un centro logístico para potencias adversarias y redes ilícitas: un corredor de tránsito de cocaína, un proveedor encubierto de petróleo a países sancionados y un entorno permisivo para operaciones de inteligencia rusas, iraníes y cubanas en el hemisferio occidental. Neutralizar esas amenazas, reducir la presión migratoria y restaurar un acceso predecible a los mercados energéticos ahora pesa más que la cuestión de una transición democrática inmediata.
“La democracia sería un resultado positivo”, dijo Evan Ellis, profesor investigador de estudios latinoamericanos en el Instituto de Estudios Estratégicos del Colegio de Guerra del Ejército de Estados Unidos. “Pero no es una necesidad”.
Esa distinción marca un alejamiento fundamental de la visión de funcionarios como Rubio, quien durante mucho tiempo ha presentado a Venezuela como una lucha moral e ideológica. Rubio, dicen los analistas, cree genuinamente en desmantelar la dictadura y restaurar la rendición de cuentas democrática. Pero en la práctica, sigue obligado a ejecutar la política del presidente, por transaccional o tolerante con el autoritarismo que esta sea.
El resultado es un enfoque estadounidense de dos carriles: un lenguaje ideológico sobre la democracia que coexiste con un compromiso pragmático orientado a asegurar el cumplimiento en materia de drogas, migración, alianzas exteriores y petróleo.
El círculo de los Rodríguez
Dentro de Venezuela, no todas las figuras chavistas están igualmente posicionadas para participar en un acuerdo de este tipo.
Los analistas señalan reiteradamente a los hermanos Rodríguez —Delcy Rodríguez, vicepresidenta y poder fáctico tras la salida de Maduro, y su hermano Jorge Rodríguez, veterano operador político y negociador— como eslabones singularmente capaces dentro de la cadena.
Su relevancia se deriva de tres factores críticos.
Primero, el control: la red de los Rodríguez conserva influencia sobre elementos clave del aparato de seguridad, los servicios de inteligencia y el sistema judicial. Ese control es esencial no solo para hacer cumplir cualquier acuerdo con Washington, sino también para tranquilizar a los actores internos del régimen de que la cooperación con Estados Unidos no conducirá a procesos judiciales, purgas o confiscaciones de bienes.
Segundo, la flexibilidad: a diferencia de ideólogos vinculados al proyecto inicial de Chávez, el grupo de los Rodríguez ha mostrado disposición a replantear alianzas como transaccionales y no doctrinarias. Los vínculos con Cuba, Irán o Rusia, sostienen los analistas, fueron mecanismos de supervivencia tras la imposición de sanciones estadounidenses, pero no compromisos inmutables. Romperlos sería doloroso, pero factible.
Tercero, la negación plausible: de manera notable, los hermanos Rodríguez no aparecieron en recientes acusaciones estadounidenses por narcotráfico que señalaron a otros altos funcionarios venezolanos como co-conspiradores. Esa omisión ha alimentado especulaciones —no confirmadas, pero ampliamente comentadas— de que ya existen conversaciones por canales alternos, o al menos que están siendo consideradas.
“Esto podría ser un ejercicio cínico de negociación”, dijo Ellis. “O podría ser pensamiento aspiracional por parte de Trump. La verdad puede que ni siquiera esté del todo clara todavía”.
Diplomacia coercitiva
Si una alianza de este tipo llegara a funcionar, no se basaría en la confianza, sino en la presión.
Las recientes acciones militares estadounidenses, dijeron los analistas, sirvieron menos como una invasión que como una demostración ante el régimen venezolano de su incapacidad para resistir. Las defensas aéreas de origen ruso de Caracas, según se informó, fallaron. Los servicios de inteligencia cubanos —desde hace tiempo incrustados en la estructura de seguridad venezolana— parecieron llamativamente pasivos. El mensaje fue inequívoco: Washington tiene la capacidad de escalar el uso de la fuerza y la disposición a hacerlo.
Esa presión va más allá del uso de la fuerza. Los fiscales estadounidenses conservan acusaciones selladas. El alivio de sanciones sigue siendo condicional. El acceso a los sistemas financieros internacionales puede concederse o retirarse con rapidez. Para las élites venezolanas que buscan supervivencia, legitimidad y reactivación económica, los incentivos —y las amenazas— están alineados.
“Esto sería diplomacia coercitiva”, dijo Ellis. “Negociación respaldada por la amenaza creíble de acciones legales y militares”.
En ese contexto, incluso figuras poderosas como el ministro del Interior, Diosdado Cabello, podrían volverse prescindibles. Los analistas sugirieron que el comportamiento reciente de Cabello apunta a ansiedad por ser “sacrificado” si Washington exige un chivo expiatorio simbólico para validar el nuevo acuerdo.
Tales purgas internas, aunque desestabilizadoras, podrían ser precisamente lo que permitiría a una coalición más estrecha consolidar el control y cumplir con las exigencias estadounidenses.
Manejar a la base chavista
El desafío más delicado para cualquier alianza entre Estados Unidos y el chavismo sería la legitimidad política dentro de Venezuela.
El chavismo no puede presentarse abiertamente como un apéndice de Estados Unidos sin fracturar a su base. En su lugar, creen los analistas, la dirigencia reformularía la cooperación como una asociación pragmática emprendida para evitar el caos, impedir una ocupación extranjera y proteger la soberanía nacional bajo nuevas condiciones.
“No dirán ‘somos un títere’”, dijo Kesler. “Dirán: ‘Estamos trabajando con un nuevo socio’”.
Ese encuadre podría funcionar porque el miedo —no la ideología— domina ahora la política venezolana. Los militares temen la fragmentación. Los civiles temen el colapso económico. Las élites temen la persecución judicial o el exilio. Y todas las facciones temen un descenso hacia una violencia descontrolada que podría invitar a una intervención extranjera directa.
Maduro, sostienen los analistas, se había convertido en el principal obstáculo para esa recalibración. Su salida ha creado un raro momento de transición en el que quienes detentan el poder están reevaluando sus opciones.
En ese vacío, una transición controlada y dirigida por las élites —incluso sin llegar a una democracia plena— podría resultar aceptable para actores que de otro modo resistirían cualquier cambio.
Lo que Washington exigiría
En política exterior, los analistas confían en que el cumplimiento por parte de Venezuela sería rápido.
Poner fin a los envíos de petróleo a Cuba, frenar las rutas del narcotráfico de cocaína, limitar el acceso iraní y ruso, y abrir el sector energético venezolano a empresas estadounidenses son medidas que pueden adoptarse sin desmantelar la estructura interna de poder del régimen. De hecho, probablemente enriquecerían a quienes controlen la transición.
“Nunca fueron compromisos ideológicos”, dijo Kesler. “Fueron estrategias de supervivencia”.
La cuestión más difícil está en el plano interno: reparto de poder, elecciones y rendición de cuentas por parte del gobierno que permanece. En esos frentes, los analistas esperan resistencia, dilaciones y concesiones selectivas más que reformas de fondo.
Pero desde la perspectiva de Washington, eso podría ser aceptable, al menos inicialmente. La estabilidad, la alineación y la previsibilidad podrían primar sobre la pureza democrática.
Un equilibrio frágil
Nada de esto garantiza el éxito.
Las declaraciones públicas de Delcy Rodríguez el sábado, rechazando la dominación estadounidense, sugieren o bien una puesta en escena política necesaria —o una resistencia genuina exacerbada por la fanfarronería pública de Trump—. Los analistas advierten que las afirmaciones exageradas de Trump sobre “dirigir Venezuela” pueden endurecer posiciones, obligando a los líderes venezolanos a adoptar posturas defensivas incluso si las negociaciones están en curso.
El resultado es un equilibrio inestable: conversaciones privadas, desafío público, cumplimiento incremental y recalibración constante.
“Es extraño”, dijo Ellis. “Podrían estar ocurriendo 16 cosas diferentes al mismo tiempo”.
La historia sugiere que acuerdos de este tipo no son inéditos. Estados Unidos ha trabajado repetidamente con socios cuestionables para alcanzar objetivos estratégicos, desde la América Latina de la Guerra Fría hasta el Irak de la posguerra y más allá.
En el caso de Venezuela, las alternativas —guerra civil, migración masiva o parálisis prolongada— podrían ser peores.
Una alianza entre Washington y los restos del régimen de Maduro uniría a actores que desconfían unos de otros, desprecian las narrativas del otro y esperan la traición. Pero también alinearía incentivos en torno a la supervivencia, el beneficio y el control.
Eso podría ser suficiente para que funcione —al menos por ahora.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de enero de 2026, 5:14 p. m..