Venezuela

Tras terremotos, el régimen socialista de Venezuela enfrenta grietas políticas

Us soldiers and Venezuelan military police patrol the streets of La Guaira, Venezuela on June 29, 2026, following twin earthquakes. Hopes were fading on June 29, 2026 of finding survivors more than four days after powerful twin earthquakes struck Venezuela, as residents grow increasingly frustrated with the government's response to the disaster that has killed at least 1,450 people and left tens of thousands unaccounted for. (Photo by Juan BARRETO / AFP via Getty Images)
Soldados estadounidenses y policías militares venezolanos patrullan las calles de La Guaira, Venezuela, el 29 de junio de 2026, tras dos terremotos consecutivos. El 29 de junio de 2026 se desvanecían las esperanzas de hallar supervivientes —más de cuatro días después de que dos potentes terremotos sacudieran Venezuela—, mientras crece la frustración de los residentes ante la respuesta del gobierno al desastre, que ha causado la muerte de al menos 1,700 personas y ha dejado a decenas de miles en paradero desconocido. (Foto de Juan BARRETO / AFP vía Getty Images) AFP via Getty Images

Desde su casa en Miami Beach, Nilka Simosa Verde pensó que lo más difícil sería aceptar que sus familiares desaparecidos en Venezuela podrían estar muertos. No esperaba que incluso recuperar sus cuerpos pudiera convertirse en una pesadilla.

Durante días, ha estado tratando de reconstruir qué pasó con su familia después de los terremotos.

Después de que su cuñado localizó el cuerpo de su madre en La Guaira el domingo, desapareció mientras él completaba los trámites necesarios para el entierro. Al mismo tiempo, la cuñada de Simosa Verde y sus tres hijos siguen desaparecidos bajo los escombros de un edificio derrumbado.

Su cuñado, Francisco Rodríguez, había llevado el cuerpo de su madre para procesar los documentos del entierro, pero regresó y descubrió que el cuerpo no estaba. Pasó horas buscando entre hileras de cadáveres sin éxito.

Para Simosa Verde, la experiencia surrealista se ha convertido en un símbolo doloroso de lo que muchos venezolanos ven cada vez más como la característica definitoria de la respuesta al desastre: el desorden superpuesto a la tragedia.

Historias como la suya se han vuelto emblemáticas de una respuesta que muchos describen como desorganizada, burocrática y dolorosamente lenta, alimentando una ira que, según los analistas, podría amenazar la frágil estabilidad del orden post-Maduro en Venezuela.

Esa creciente frustración está generando preocupaciones de que el desastre natural más mortífero del país en décadas pueda estar desencadenando algo más que una crisis humanitaria: una peligrosa erosión de la tolerancia pública hacia el liderazgo socialista de Venezuela.

Mientras los equipos de rescate continúan sacando cuerpos de los edificios derrumbados en La Guaira, Caracas y los estados vecinos, la ira crece entre los venezolanos que dicen que la respuesta del gobierno fue demasiado lenta, demasiado centralizada y, en algunas áreas, obstructiva.

Para el gobierno interino liderado por Delcy Rodríguez, el terremoto se está convirtiendo en la prueba definitoria de su legitimidad. Rodríguez asumió el poder en enero después de que una operación estadounidense capturara a Nicolás Maduro, heredando un país políticamente fracturado. Ahora, con réplicas aún sacudiendo las ciudades dañadas y miles de desplazados, algunos analistas advierten que el manejo del desastre por parte del gobierno puede estar acelerando la desilusión pública con la estructura de poder chavista.

“La rabia está ahí, contenida por la emergencia por ahora, pero una vez que esta fase pase, podría convertirse en algo mucho más visible”, dijo Rubén Chirinos, presidente de la firma encuestadora venezolana Meganálisis, quien dijo que sondeos de campo informales en múltiples regiones sugieren que la frustración pública ha alcanzado niveles extraordinarios.

Según Chirinos, el resentimiento es particularmente intenso hacia las fuerzas armadas, los servicios de seguridad y altas figuras del establishment chavista, incluidos Delcy Rodríguez, el ministro del Interior Diosdado Cabello y el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez.

“El país está arrecho”, dijo Chirinos. “Donde vayas, la rabia se siente”.

Heridas viejas

Los desastres naturales a menudo ponen de manifiesto las fortalezas -o debilidades- de las instituciones estatales. En Venezuela, muchos ciudadanos afirman que los terremotos revelaron vulnerabilidades cuya existencia ya temían.

Los residentes de las zonas más afectadas describieron situaciones en las que civiles, vecinos y voluntarios actuaron como primeros auxilios, mientras a las instituciones formales les costaba movilizarse.

Desde Miami Beach, Simosa Verde pasó el domingo intentando desesperadamente ayudar a sus familiares en La Guaira a afrontar lo que describió como una pesadilla.

Su familia extendida se vio atrapada en el derrumbe de edificios residenciales en Los Corales, una de las zonas más afectadas de La Guaira. Simosa Verde relató que su cuñada y tres hijos se encontraban dentro de uno de los edificios que colapsaron la noche del miércoles. Días después, seguía sin tener información confirmada sobre su suerte y temía que hubieran fallecido.

Foto publicada en las redes sociales de Nilka Simosa Verde solicitando ayuda para localizar a sus seres queridos tras el derrumbe de su edificio en La Guaira, Venezuela, una de las zonas más afectadas por los terremotos.
Foto publicada en las redes sociales de Nilka Simosa Verde solicitando ayuda para localizar a sus seres queridos tras el derrumbe de su edificio en La Guaira, Venezuela, una de las zonas más afectadas por los terremotos. Cortesía

Su padre, su hermana y su cuñado sobrevivieron.

La tragedia de la familia se agravó el domingo cuando su cuñado encontró el cuerpo de su madre, Rosa María Díaz de Rodríguez, entre otros cadáveres.

Tras envolver el cuerpo en trapos y trasladarlo a una oficina de seguridad social para tramitar la documentación necesaria para el entierro, se ausentó brevemente para organizar los servicios funerarios. Al regresar, el cuerpo había desaparecido. Pasó el resto del día buscando entre hileras de cadáveres, sin lograr encontrarla de nuevo.

“Es una cosa insólita, pero insólita”, dijo Simosa Verde.

En otro edificio derrumbado donde se creía que sus familiares estaban atrapados, los equipos de rescate detectaron señales de vida el sábado e informaron a las familias que esperaban maquinaria. Según Simosa Verde, esa maquinaria nunca llegó.

Cuando los equipos regresaron el domingo, ya no había señales de vida.

“Mi temor ahora es que vayan a agarrar y llevarse los cuerpos y entierren a mi familia en una fosa común y ya no aparezcan los cuerpos de mi familia”, dijo Simosa Verde. Historias como la suya alimentan una indignación generalizada ante lo que muchos venezolanos consideran una respuesta oficial lenta y mal coordinada.

En entrevistas con medios regionales, los sobrevivientes relataron repetidamente cómo buscaron a sus familiares sin apenas apoyo oficial.

“Aquí no hay brigadas de rescate, no hay nada. Muchos edificios se vinieron abajo y todavía no sabemos dónde están nuestros familiares”.

“La gente salió a ayudar por su cuenta”, dijo Roison Figuera, residente de una zona afectada por el desastre. “Aquí no hay brigadas de rescate, no hay nada. Muchos edificios se vinieron abajo y todavía no sabemos dónde están nuestros familiares”.

Estos testimonios han reforzado la creciente percepción de que fue la sociedad civil -y no el Estado- la que asumió la respuesta inicial. Durante más de dos décadas, el chavismo cimentó gran parte de su legitimidad en la promesa de un Estado capaz de proteger a los venezolanos de a pie en tiempos de crisis. Los críticos sostienen que la respuesta ante el terremoto ha socavado gravemente esa afirmación.

“Aquí hay dos Venezuelas”, señaló Chirinos. “Una Venezuela de gente ayudándose entre sí, de solidaridad y sacrificio. Y otra Venezuela burocrática que pone trabas”.

Indignación por control y ayuda

Entre las quejas de mayor carga política figuran las acusaciones de que las autoridades ralentizaron o restringieron severamente la ayuda humanitaria durante las primeras horas cruciales tras los terremotos. Residentes y activistas de diversas zonas denunciaron restricciones a las iniciativas independientes de donación, exigencias de permisos y cuellos de botella que afectaron a los convoyes de voluntarios que se dirigían a las zonas afectadas.

En La Guaira, algunos vecinos señalaron que las autoridades parecían más preocupadas por el control y la militarización que por la rapidez. “¿Cómo van a bloquear el acceso o pedir permisos especiales cuando hay gente muriéndose bajo el concreto?”, comentó un residente, haciéndose eco de un sentimiento muy extendido en las redes sociales.

Las autoridades han defendido el control centralizado, argumentando que este evita el caos logístico, la contaminación de los alimentos y los problemas de seguridad.

Jorge Rodríguez ha instado a la ciudadanía a canalizar las donaciones a través de las redes oficiales de distribución, citando incidentes en los que envíos de alimentos mal gestionados supusieron riesgos para la salud. Sin embargo, los críticos sostienen que dichas medidas de control avivaron el malestar social precisamente cuando la rapidez era más necesaria.

En las redes sociales venezolanas, la frustración ha ido adquiriendo un cariz político. Durante el fin de semana, publicaciones en X acusaron a las autoridades de gestionar mal las operaciones de rescate, obstaculizar la ayuda y no trasladar con suficiente celeridad la maquinaria pesada a los barrios devastados.

“El dolor se está transformando en rabia”, escribió otro usuario.

Fuerzas armadas bajo fuego

Quizás ninguna institución se enfrente a un mayor daño reputacional que las fuerzas armadas.

Por años, las fuerzas armadas de Venezuela fueron el pilar de la supervivencia política del gobierno. Los analistas señalan ahora que el desastre podría estar agravando la ya profunda desconfianza de la población.

Chirinos indicó que los sondeos previos ya mostraban un índice de desaprobación de los militares superior al 70%, y que el terremoto pudo haber llevado el descontento social a un punto crítico.

“La Fuerza Armada tenía una oportunidad de reivindicar su imagen”, dijo. “En cambio, muchos venezolanos sienten que se quedaron observando mientras los civiles hacían el trabajo”.

Las acusaciones que circulan en internet -incluidos señalamientos de saqueos e interferencia en la entrega de ayuda- han exacerbado aún más el malestar público, aunque muchas de estas afirmaciones no han sido verificadas.

Durante el fin de semana, se difundieron ampliamente videos en los que se veía a residentes enfrentándose abiertamente a efectivos militares.

En un video publicado el domingo por la noche, un hombre con mascarilla y linterna en la frente increpa enfrenta a las fuerzas armadas cerca de la zona del desastre.

“Este es un país que necesita de ustedes”, dice. “¿Un arma? ¿Para echarnos plomo y coñazos? No estamos en guerra; estamos en una situación”.

Luego los desafía: “Cuando están en la autopista en la Francisco Fajardo son malotes. Demuéstrame tu maldad aquí con un pico y una pala”.

El video se difundió rápidamente en línea y resonó entre los venezolanos, quienes vieron en él el reflejo de una frustración creciente: la percepción de un aparato de seguridad mejor equipado para la represión que para las labores de rescate.

En otro video difundido el lunes por el medio digital El Diario, residentes de un edificio de apartamentos dañado acusaron a militares de entrar en las viviendas sin autorización. La persona que grababa revisó la mochila de un soldado mientras acusaba a las tropas de intentar robar pertenencias de los apartamentos abandonados.

Aunque en las imágenes no se identificaron objetos robados, las acusaciones reflejaban una desconfianza cada vez mayor. “Ustedes no tienen nada que buscar aquí; ¡qué sinvergüenzura!”, le dice el hombre al soldado.

Mientras las tropas se retiran, se escucha a otra persona gritar: “¡Respeten las tragedias de los demás, respeten!”.

Estas denuncias son difíciles de verificar de forma independiente, y las autoridades venezolanas no se han pronunciado públicamente sobre muchas de las acusaciones que circulan en internet.

No obstante, las imágenes virales han reforzado una percepción que ya se estaba arraigando entre muchos supervivientes: la de que las instituciones gubernamentales han tenido dificultades no solo para responder con eficacia, sino también para ganarse la confianza de la ciudadanía. Los desastres no provocan automáticamente una convulsión política; sin embargo, cuando una catástrofe choca con una desconfianza preexistente, puede agravar rápidamente los agravios ya acumulados.

En Venezuela, donde la confianza en las instituciones ya se había erosionado tras años de colapso económico y represión política, el terremoto podría estar acelerando ese proceso.

“La emergencia está sacando a la luz todo aquello que la gente ya consideraba roto”, afirmó Chirinos.

Crisis de confianza

El régimen también se enfrenta a un creciente escepticismo respecto a las cifras de víctimas.

Las cifras oficiales sitúan el número de fallecidos por encima de los 1,719, con miles de heridos y más de 12,000 desplazados. Sin embargo, muchos venezolanos creen que la cifra real es mucho mayor.

Los registros de personas desaparecidas en línea contienen decenas de miles de nombres aportados por familias que buscan a sus seres queridos. Esto no significa que todas las personas incluidas en las listas hayan fallecido o estén desaparecidas en el sentido estricto -es probable que muchas entradas reflejen interrupciones en las comunicaciones-, pero la brecha entre las cifras oficiales y la percepción pública sigue ampliándose. Los venezolanos ya han vivido situaciones similares.

Durante la pandemia de COVID-19, muchos acusaron a las autoridades de subestimar el número de fallecidos y las tasas de infección. El terremoto está reavivando esas sospechas.

“Las cifras del gobierno no reflejan lo que la gente cree que está viendo”, afirmó Chirinos.

Que tales percepciones sean acertadas o no puede importar menos que el daño político derivado de la creencia de que las autoridades están minimizando la magnitud de la tragedia.

Una prueba decisiva

Para Delcy Rodríguez, el terremoto se ha convertido en la crisis más grave de su breve mandato. Antes del desastre, su administración interina intentaba equilibrar la cooperación con Washington, la estabilización institucional y la prevención de un vacío de poder tras la salida de Maduro.

El terremoto alteró esa ecuación. Ahora, su gobierno enfrenta presiones simultáneas para agilizar la entrega de ayuda, mantener el orden público, evitar el malestar social y preservar su legitimidad política.

Por el momento, parece poco probable que se produzcan disturbios generalizados. La mayoría de los venezolanos sigue centrada en la supervivencia inmediata: conseguir medicinas, refugio y agua, así como localizar a familiares desaparecidos.

Sin embargo, los analistas advierten que esta situación podría cambiar.

“La emergencia es lo único que está conteniendo la rabia”, dijo Chirinos. “La gente está enfocada ahorita en ayudarse mutuamente. Pero una vez que se estabilice la crisis inmediata, esa rabia encontrará hacia dónde dirigirse”.

Antonio Maria Delgado
el Nuevo Herald
Galardonado periodista con más de 30 años de experiencia, especializado en la cobertura de temas sobre Venezuela. Amante de la historia y la literatura.
Ana Claudia Chacin
Miami Herald
Ana Claudia is an investigative reporter at the Miami Herald and el Nuevo Herald. She was born in Venezuela, grew up in Miami and was previously a fellow with The Washington Post’s investigative unit through the Investigative Writing Workshop at American University, where she obtained her Master’s degree.Ana Claudia Chacin es una periodista investigativa para el Herald. Fue criada en Miami y previamente fue interna del equipo investigativo en el Washington Post.
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