De rescatistas a chatarreros: venezolanos hurgan en los escombros tras pérdidas por terremotos
Una cartilla con notas escolares, dibujos coloreados, ropa desgarrada, recortes de periódico y juguetes figuran entre los recuerdos que yacen en las ruinas de lo que alguna vez fueron hogares venezolanos, destruidos por el doble sismo que sacudió el 24 de junio al país.
Los restos de los más de 180 edificios derrumbados en La Guaira, la zona cero del desastre, son vertidos por camiones de carga en un terreno baldío de más de un kilómetro entre la carretera y la costa.
Al menos una veintena de personas necesitadas de dinero hurgan en estos escombros en busca de objetos de valor y metales reciclables.
Estos pepenadores encuentran juguetes, ropa, documentos, retratos esparcidos en este campo que colinda con la bahía.
“¿Cuál es la necesidad de nosotros de estar buscando entre los escombros, de estar comiendo de los muertos?”, preguntaba uno de los chatarreros que pidió anonimato por temor a represalias del Gobierno.
Vestido con ropa empolvada, guantes de tela rústica y un gorro para protegerse del fuerte sol de la tarde guaireña, se preparaba para separar con una pala fragmentos de bloque y concreto en una montaña de escombros. “¡¿Dónde está el Gobierno?!”, exclamó indignado.
Esto es basura
La tragedia no solo deja hasta ahora más de 3,500 muertos, sino que también sumió en la precariedad a miles de locales que quedaron sin vivienda ni empleo.
El impacto económico es masivo, los daños se estiman en unos $37,000 millones, según la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres.
Esta turística ciudad, vecina de Caracas, se paralizó por completo por la devastación.
Casi dos semanas después de los terremotos, la necesidad obliga a padres a buscar comida para sus familias.
“¿Qué pasa con la gente profesional? Que se quedaron sin trabajo, entonces uno sale para la calle porque uno tiene muchachos que mantener”, confió a la AFP un mecánico que también pidió el anonimato.
A bordo de una camioneta rústica se dirigió junto a sus dos hijos a la zona de los escombros en busca de cobre y aluminio.
Pueden vender estos metales en hasta cinco dólares el kilo y conseguir ganancias de hasta $30 en una buena jornada.
Dice que le han recomendado centrar su búsqueda en edificios abandonados, pero él se niega porque considera un robo hacerlo en propiedades privadas, incluso en ruinas.
“Aquí no le estamos haciendo nada a nadie y no le estamos robando nada a nadie. Esto es basura, esto lo están botando”, indicó.
Entre los trabajadores del área se dice que algunos han conseguido botines de cientos de dólares en efectivo, probablemente ahorros familiares a resguardo en los apartamentos ahora hechos añicos.
Pesadillas
Muchos de los chatarreros que ahora escarban para hallar mercancía, antes lo hacían para encontrar personas enterradas en los escombros.
La mayoría no resistió la presión psicológica que implica ser rescatista voluntario.
“Yo me metí bajo los escombros, buscando gente”, contó un joven que se estrenaba en esta zona de desechos. “Bajaba hasta tres pisos de escombros, por túneles, así como si fuera un topo”, relató.
Después de varios días de labor, no rescató a ninguna persona con vida, solo encontró cadáveres. Su salud mental empezó a sufrir las consecuencias y prefirió enfocar sus esfuerzos a la búsqueda de metales.
“Es algo que a uno le queda en la mente (...) Un día tuve pesadillas, como que estaba buscando en unos escombros y de repente alguien salía de los escombros”, narró también de forma anónima. “Es una vaina terrorífica”.
Casi una decena de chatarreros entrevistados por la AFP coincidieron en el impacto emocional de escarbar en estos montículos de escombros, donde no solo encuentran objetos, sino memorias de quienes allí habitaron hasta hace apenas doce días.
“Me pega emocionalmente porque lo que uno ve aquí son casas de familias demolidas, escombros que pudieron haber matado a una persona”, dijo uno de ellos. “Todo tiene un dolor, todo”, afirmó.