Confinamiento. Un testimonio desde Francia
En 1348, siete mujeres y tres hombres se refugian en una villa del campo toscano. Huyen de la peste que azota Florencia y se ha cobrado muchas vidas. Es el telón de fondo del Decamerón, de Giovanni Boccacio, en que cada día hay lugar y tiempo –mucho tiempo–, para diez sesiones en que los personajes contarán historias. Algo que tenía casi olvidado y que me recordó mi madre quien fue, ironías de la vida, quien me dio las clases sobre los cien inmortales cuentos del escritor florentino cuando cursaba mis estudios secundarios.
Como los personajes de esta historia, me encontraba fuera de la ciudad, en un pueblo de los Alpes de la trastierra de Niza llamado Sigale, cuando empezó circular el rumor de que, como antes en Italia y España, faltaba poco para que se decretara el confinamiento de la población, o sea, la obligación de quedarnos en casa hasta nuevo aviso. Entonces, contrariamente a los personajes de Boccaccio, regresé a la ciudad. Entre otras cosas, porque en el campo ya no se vive, como antes, en autarcía. También porque soy un citadino nato y me hubiera resultado difícil quedarme por tiempo indefinido con las montañas y el cielo por única vista.
El lunes 16 de marzo el presidente francés decretó finalmente el temido confinamiento –una palabra que causa mal efecto, pero no es peor que encierro, reclusión, aislamiento o enclaustramiento– y que viene del latín medieval “confinare” y del clásico “confinis”, que significa “compartir límites comunes”, aunque con el tiempo solo haya conservado el sentido de “límite” en su acepción. El decreto cobraría efecto a partir del mediodía siguiente y, por lo pronto, durante quince días.
Hubo algunos lugares en donde la gente huyó en estampida (París, por ejemplo), otros en que algunos acapararon alimentos y productos de primera necesidad hasta vaciar las tiendas. En Niza, mi ciudad de confinamiento, el abastecimiento no faltó en los supermercados y aunque se vieron algunos huecos en los estantes hay siempre suficientes productos para pasar quince días o más en casa.
Escasearon, desde hace semanas ya, máscaras y geles desinfectantes, así como un aceite esencial a base de ravintsara que tiene muchas propiedades antivirales y que todos compran cada vez que hay brotes virales. Lo más difícil es que la gente aprenda a guardar distancia de más de un metro en colas y lugares públicos, aunque no es menos cierto que muchos locales son pequeños y, por eso, los propietarios han limitado el acceso a dos personas a la vez.
En realidad, quienes necesiten salir de casa deben descargar en Internet un documento llamado “declaración de desplazamiento excepcional”. Hay que marcar el motivo de la salida, so pena de ser multado si la razón no es válida. Las casillas que podemos marcar son: actividad profesional, compra de productos de primera necesidad, motivos de salud, motivos familiares imperiosos o salidas breves vinculadas a una actividad física (correr) y a las necesidades de las mascotas (perros en este caso). Al final se firma y se pone fecha, de modo que un documento solo puede utilizarse en el mismo día. Asimismo, quienes no tengan impresoras o tinta para hacerlas funcionar pueden copiar el documento a mano, lo que a la larga es una forma de entretenerse y de pasar el tiempo si no sabemos qué hacer con tantas horas por delante.
El confinamiento es, más que todo, un asunto de conciencia personal
Como se puede apreciar cualquiera puede salir varias veces al día con el mismo documento y utilizar idéntico pretexto. En países como China, en donde el estado policial es característica propia del sistema totalitario, esto resultó imposible. En una gran ciudad europea, a menos de caer dos veces con el mismo vigilante, es imposible determinar si la persona sale por primera vez o lo ha estado haciendo todo el día.
Acostumbrados a que la libertad ha sido una constante durante décadas, los ciudadanos de Occidente deben someterse a su propia conciencia. Si evitar contactos con otras personas es vital para que el personal sanitario, constantemente expuesto, pueda hacer frente a una situación tan dramática, debemos pensarlo dos veces antes de incumplir o desafiar lo decretado.
Y en caso de que salir sea imprescindible, se imponen reglas de higiene que van desde dejar los zapatos fuera de la casa al regresar (los japoneses lo hacen desde siempre y curiosamente, estando tan cerca de China y Corea, no cuentan entre los países más afectados), lavar la ropa que estuvo en contacto con otras superficies, lavarse las manos o desinfectarlas constantemente, limpiar con lejía disuelta en agua, alcoholes y otros desinfectantes potentes picaportes, pasamanos, cerraduras y objetos que se manipulan con frecuencia en la calle.
Por ahora, las calles de Niza están desiertas
Excepto las tiendas de comestibles, los estancos y las farmacias, todo permanece cerrado, y el Gobierno francés ha decretado el cese de los alquileres e impuestos para los comercios y empresas que han tenido que cerrar.
He estado observando el movimiento y apenas se ven transeúntes. Ni siquiera se ha dado el caso de una invasión de paseantes de perros, como esperaba sucediera conociendo como conozco la poca disposición de los franceses para acatar órdenes. El tranvía que veo pasar desde las ventanas está prácticamente vacío. El cartero arrastra su carrito y es uno de los pocos que permanece fuera distribuyendo la correspondencia. Mis vecinos suben y bajas las escaleras como manera de hacer ejercicio, pero evitan hacerlo a la vez. Una asistenta social pasa dos veces al día a visitar a un señor nonagenario que vive en el primer piso. Nunca antes las calles han estado tan limpias, sin una colilla de cigarrillo, sin un papel ni botella abandonada. Hasta la naturaleza se ha confabulado porque las plantas florecen como nunca y veo cantidad de aves que no había visto antes – o tal vez no había tenido tiempo de ver – desde la ventana.
Como me veo obligado a pensar la distribución de las comidas nunca he comido tan equilibrado y variado. El momento se ha prestado para oír la voz de amigos y familiares a los que casi nunca llamaba o con las que me mantenía en contacto a través de mensajes de texto solamente. He preparado una pila de libros que tal vez nunca hubiera leído por falta de tiempo o desidia. Me he visto racionando las obligaciones cotidianas, sobre todo las referentes al trabajo, para mantenerme ocupado.
Es muy probable que lo que estamos viviendo ahora en Europa lo vivan del otro lado del Atlántico en pocos días. Mientras la gente siga en contacto es imposible detener el crescendo del contagio. Y ya hemos visto como un virus microscópico ha dado al traste con los esfuerzos de años de crecimiento económico en apenas unos días.
Estamos ante lo inevitable, pero siempre se pueden evitar daños mayores. Limitar la catástrofe. Exigir las decisiones pertinentes, pues por el momento todo el dinero del mundo no sirve de nada cuando alguien entra en la fase crítica de la enfermedad, cuando la naturaleza nos recuerda que no somos más que simples mortales.
Por lo pronto, nada impide darle rienda suelta a la imaginación y crear desde casa. Inventarnos mundos paralelos. Ponerle una pausa al ritmo trepidante con que hemos estado viviendo. Y, sobre todo, por qué no, contarnos historias, muchas historias, algunas cómicas, otras trágicas y hasta subidas de tono, que de seguro nada tendrán que envidiarles a aquellas que en el siglo XIV un florentino inventó para que la gente se olvidara de sus penas.
William Navarrete es un escritor cubano establecido en París.