Elecciones

Marco Rubio, el prometedor senador hispano que no quiso esperar su turno

El senador hispano Marco Rubio abandonó este martes las elecciones primarias republicanas tras sufrir una dolorosa derrota en Florida, el estado que impulsó su fulgurante carrera y donde hace un año desafió a los que le pedían esperar su turno para competir por la Casa Blanca.


Rubio, de 44 años, entró en la carrera electoral en contra de la voluntad del núcleo tradicional de partido y el martes se fue como su última esperanza para vencer al explosivo Donald Trump con un candidato que tenga posibilidades de ganar a los demócratas en las elecciones del 8 de noviembre.

Según encuestas y analistas, el senador habría sido el candidato republicano que podría haber llegado a un sector más amplio del electorado en las generales, pero en estas primarias abarrotadas y belicosas no logró pasar de ser una segunda opción con solo 3 victorias en 31 votaciones.


El “establishment” del partido apostó por él solo cuando Jeb Bush abandonó las primarias, los ultraconservadores han preferido la versión más rigurosa de Ted Cruz, y los moderados han dividido su voto entre él, Bush, el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, también ya retirado de la contienda, y el de Ohio, John Kasich.

El colapso de su campaña presidencial es la primera derrota política de un joven acostumbrado a triunfar rápido y contra todo pronóstico.


Nacido en una familia humilde de inmigrantes cubanos, Marco Rubio comenzó a destacar con tan solo 28 años como comisionado de su ciudad, West Miami, y a los 35 ya era el primer presidente cubanoamericano de la Cámara de Representantes estatal.

En Florida fue también donde en 2010 sorprendió al país con una arrolladora victoria sobre el entonces popular gobernador Charlie Crist que le llevó al Senado federal con 40 años, y en su estado fue donde el pasado abril anunció que se presentaba como candidato a la Presidencia con tan solo 43.

Como él mismo ha reconocido en numerosas ocasiones, el aparato del partido le pidió entonces que “esperara su turno” para competir por la Casa Blanca, pero él confío en volver a contradecir las expectativas y lograr una nueva victoria como ‘underdog’ (el que tiene las de perder).


Sus planes, como los del partido, quedaron dinamitados con el improbable ascenso de Donald Trump como arrollador favorito y figura dominante en una campaña atípica marcada por su retórica xenófoba, ultranacionalista y de tintes machistas.

Rubio, apremiado por la necesidad de ganar tras un decepcionante primer supermartes, cometió uno de los errores más criticados de su campaña al caer en el insulto vulgar en un cuerpo a cuerpo con el magnate en el que llegó a sugerir que había mojado sus pantalones en un debate y a ridiculizarlo por el tamaño de sus manos.


Arrepentido, el senador reconoció recientemente que con esa actitud había avergonzado a sus cuatro hijos: Amanda (15 años), Daniella (13), Anthony (10) y Dominic (8).

Casado con su amor de juventud, la estadounidense de origen colombiano Jeanette Dousdebés, Marco Antonio Rubio es un hombre de familia y fe, cercano a las posturas ultraconservadoras del “Tea Party”, que le impulsó en 2010, pero con unas formas comedidas y una hábil retórica que le permiten atraer a los moderados.

Está en contra del matrimonio homosexual, quiere prohibir los fondos federales para el aborto, defiende que “la ley de Dios” está por encima de la de los hombres, prometió revocar todas las medidas de alivio migratorio, defiende a ultranza el derecho a poseer armas y propone volver a una política exterior dura e intervencionista.

Hace tan solo unos años, a alguien con su perfil se le definía como ultraconservador. Sin embargo, el Partido Republicano se ha ido escorando tanto a la derecha que en 2016 Marco Rubio ha llegado a ser considerado una opción “moderada”.

La inmigración es el tema más incómodo para el senador: debe argumentar cómo el hijo de un camarero y una empleada que llegaron al país sin nada en 1956 quiere negar las mismas oportunidades a quienes hoy buscan un futuro mejor en Estados Unidos.

En 2013 soliviantó al “Tea Party” al impulsar una ley que ofrecía una vía a la ciudadanía para los indocumentados, ley que abandonó al ver que no prosperaba y de la que ahora reniega. “No se puede hacer nada antes de garantizar la seguridad de la frontera”, defiende.

A pesar de sus vaivenes en inmigración y de sus coqueteos con el “Tea Party”, el núcleo tradicional del partido detectó enseguida el potencial de este carismático joven hispano que conjuga su conmovedora historia de “sueño americano” con una defensa sin ambages de los “valores conservadores”.

El senador es una estrella ascendente del partido desde 2012, cuando llegó a barajarse su nombre como vicepresidente del entonces candidato presidencial Mitt Romney y pronunció un celebrado discurso en la Convención Nacional del partido.

Como los que vieron sus comienzos en Florida, nadie en Washington dudó nunca de que le esperaban grandes cosas. Pero Marco Rubio no quiso esperar por ellas.

Se enfrentó con solo cinco años de política nacional y una base sin solidificar a las primarias republicanas más competitivas e impredecibles que se recuerdan.

Ahora quedan por ver las consecuencias del fracaso de esta quijotesca campaña: si logrará resurgir con su demostrada habilidad política y volverá a presentarse a un cargo público contradiciendo a los que sentencian hoy que su futuro como posible gobernador, vicepresidente o aspirante de nuevo a la Casa Blanca ha quedado muy resentido.

“No es el plan de Dios que sea presidente en 2016, o quizás nunca”, dijo el martes al anunciar que abandonaba la carrera electoral, en un discurso en el que recordó su juventud pero evitó dar pistas sobre si competirá por la gobernación de Florida en 2018 o por la Presidencia en 2020.

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