30 Años del Mariel

Dos hermanos sacrifican todo para salir de Cuba

GUSTAVO LEDO-SANCHEZ, junto a su hermana Encarnación, muestra documentos de su salida de Cuba en 1980.
GUSTAVO LEDO-SANCHEZ, junto a su hermana Encarnación, muestra documentos de su salida de Cuba en 1980.

Para los hermanos Gustavo y Encarnación Ledo-Sánchez, la apertura de la embajada de Perú en La Habana, el 4 de abril de 1980, creó una salida para su religiosa familia.

Meses antes, Gustavo había recibido su licencia como cirujano. Salir de Cuba significaba tener que empezar de nuevo, pero no vaciló.

``Convencí a mi hermana y su familia de que vinieran conmigo'', dijo Gustavo, que ahora tiene 61 años. ``Nuestra madre estuvo de acuerdo en que fuéramos a la embajada aunque eso significaba que la teníamos que dejar detrás; sabíamos que era nuestra última oportunidad de salir de Cuba''.

El 5 de abril, junto con Encarnación, su cuñado y su sobrina de 2 años, Gustavo saltó la cerca de la embajada, pocas horas antes de que la cerraran con 10,800 cubanos dentro.

Durante las próximas dos semanas, sufrieron condiciones terribles: sin comida ni servicios sanitarios y con sólo un pedazo de tierra para dormir. Había excrementos por todas partes.

``No había más remedio'', recordó Encarnación, de 59 años.

Una foto de una revista peruana durante su estancia en la embajada hizo la portada. Muestra a una exhausta Encarnación con su hija, Leonor Carrande, que ahora tiene 32 años y es maestra en Hialeah Gardens. Todavía guarda la foto.

Pero, después de 15 días, salió de la embajada y regresó a su casa.

``Quería quedarme [en la embajada] porque quería que mi hija tuviera una vida mejor y que no sufriera como mi hermano y yo, pero no quería poner en peligro su vida'', dijo Encarnación.

Gustavo se mantuvo en la embajada durante 28 días, sumándose a un equipo médico no oficial. Pero él también se tuvo que ir cuando la situación se tornó violenta. Le dijeron que esperara por sus documentos de salida. Para entonces, Encarnación y su familia tenían lugares reservados en embarcaciones para Cayo Hueso.

A la semana, Gustavo también estaba en un barco que salía de la Bahía del Mariel, con su licencia médica escondida en un zapato. Le dieron un pasaporte con la letra ``E'', el rótulo gubernamental para escoria. Todavía está orgulloso de ese pasaporte.

Cuatro meses después de llegar al sur de la Florida, Gustavo fletó un barco pesquero para traer a su madre y otros parientes ancianos.

Hoy es un cirujano con una práctica en Hialeah. Encarnación es enfermera de su consulta.

``Todos tenemos una vida agradable en este país, que todos consideramos como el mejor del mundo'', dijo Gustavo.

-- LUISA YANEZ

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