¿Gana hoy más que sus padres? Cómo se mide el sueño americano por regiones
El término “sueño americano” fue acuñado durante la gran depresión. Proviene de un popular libro del historiador James Truslow Adams, publicado en 1931, en el que lo define como “ese sueño de una tierra en la que la vida ha de ser mejor, más rica y más plena para todos”.
En los años que siguieron, ese sueño se hizo realidad. Gracias al crecimiento económico, rápido y bien distribuido, casi todos los niños crecían para lograr la definición básica de una vida mejor: ganar más dinero y disfrutar de un nivel de vida más alto que sus padres.
Ahora podría decirse que la gente está más preocupada por el sueño americano que en ningún otro momento desde la gran depresión. Pero no había habido una verdadera medición de esto, a pesar de todos los datos disponibles. Nadie ha sabido cuánto más los estadounidenses son más ricos que sus padres ni cómo ha cambiado ese número.
Es una pregunta espinosa, pues requiere seguir a familias específicas a lo largo del tiempo más que tomar una instantánea del país (como hace la mayoría de las estadísticas).
Los principios del desglose se dieron hace años, cuando un equipo de economistas encabezados por Raj Chetty, profesor de Stanford, tuvo acceso a millones de declaraciones de impuestos que abarcaban varios decenios. Los documentos eran anónimos y venían con estrictas reglas de privacidad pero, no obstante, permitían vincular generaciones.
La investigación resultante es uno de los trabajos económicos más reveladores de los últimos años. Y es probable que la gente haya escuchado algunos de los hallazgos aunque no lo sepa. Por ejemplo, la investigación muestra que la posibilidad de escapar de la pobreza varía mucho por región, hecho que ha influido en la política federal de vivienda.
Cuando empezaron a aparecer las investigaciones, le mencioné a Chetty y a sus colegas que podrían tener la oportunidad de hacer algo que nadie había hecho: elaborar un índice del sueño americano. Les llevó meses de trabajo, consultando viejos registros del censo para calcular fechas de hace mucho tiempo, pero finalmente lo hicieron. Elaboraron una serie de datos que muestra el porcentaje de estadounidenses que ganan más o menos dinero del que sus padres ganaban a la misma edad.
El índice es profundamente alarmante. Es el retrato de una economía que decepciona a un grueso número de gente a la que le han dicho que vive en un país donde la vida mejora, pero que experimenta algo bastante diferente.
Su frustración explica en parte no solo la inquietante campaña presidencial de este año, sino también la creciente desconfianza hacia casi todas las instituciones sociales, desde el gobierno federal, el mundo corporativo y los sindicatos hasta los medios informativos y la religión organizada.
Empero, esos datos ayudan a señalar el camino hacia algunas soluciones promisorias.
El estudio empieza con los niños nacidos en 1940, menos de diez años después de la publicación del libro de Adams, The Epic of America. Los investigadores empezaron el trabajo suponiendo que la mayoría de esos niños habían ganado más dinero que sus padres. Pero se sorprendieron al descubrir que casi todos los habían superado, explica David Grusky, uno de los investigadores, también de Stanford. A la edad de 30 años, un 92 por ciento de los nacidos en 1940 tenían ingresos domésticos antes de impuestos y ajustados a la inflación más altos que los de sus padres a esa misma edad. (Los resultados fueron similares en grupos de mayor edad y con ingresos después de impuestos.)
Y los pocos que ganaban menos que sus padres por alguna razón también estaban en buena posición. Generalmente ganaban menos porque habían tenido dinero desde chicos: hijos de altos ejecutivos que llegaron a ser médicos, abogados o profesores.
Realizar el sueño americano fue prácticamente una garantía para toda esta generación, sin importar que hubieran asistido a la universidad, se hubieran divorciado o hubieran sido despedidos. ¿Por qué? Porque pasaron sus mejores años trabajando en una economía con dos maravillosas características. Crecía rápidamente y la riqueza que producía fluía por igual a los ricos, la clase media y los pobres.
Ni siquiera la generación de la posguerra, nacida a fines de los años 1940 y principios de los 1950, tuvo tanta suerte. El crecimiento económico empezó a perder velocidad cuando ellos entraron en el mercado laboral en los años 1970, en parte debido a la crisis de la energía.
La desigualdad económica
En los años 1980 empezó a aumentar la desigualdad económica a consecuencia de la globalización, el cambio tecnológico, las políticas públicas que beneficiaban a los más acaudalados y a la declinación de los logros académicos y el grado de capacitación de la fuerza de trabajo. En conjunto, todos estos factores mermaron el ingreso de la clase media y de los pobres. El auge tecnológico de la década del 1990 ayudó –frenando la declinación del sueño americano– pero solo temporalmente.
Para los nacidos en 1980 –los de 36 años de hoy– el índice del sueño americano ha caído al 50 por ciento: solo la mitad de ellos ganan tanto como sus padres. En los estados industriales del Medio Oeste, que le dieron la victoria a Donald Trump, el índice antes era más alto que el promedio nacional. Ahora está unos cuantos puntos por debajo de la media. Ahí, lo normal es ir para atrás.
Las investigaciones psicológicas han demostrado que la felicidad está muy influida por la posición relativa en la vida. Y es difícil imaginar una comparación más destacada que con los propios padres, particularmente en esta época del año, cuando las familias se reúnen para celebrar un ritual que vienen repitiendo por años.
“Uno llega a casa para las fiestas y, aunque no quiera, compara su nivel de vida con el de sus padres”, afirma Grusky. “Es uno de los pocos lazos que mantenemos en el curso de toda la vida. Los amigos van y vienen; los padres son constantes”.
Entonces, ¿cómo se puede revivir el sueño de Adams de una vida “mejor, más rica y más plena” para todos? La solución tiene que implicar cierta combinación de crecimiento económico más rápido y de mayor distribución de la riqueza generada.
Lo malo es que es terriblemente difícil incrementar el crecimiento del producto interno bruto. Trump prometió hacerlo pero sin ofrecer detalles. Cuando mucho, ha dicho que está en favor de las mismas políticas (desregulación y recortes de impuestos) que han fracasado en los últimos años.
Lo bueno es que aumentar el crecimiento es lo menos importante de esa ecuación, observa Nathaniel Hendren de Harvard, otro de los investigadores: el aumento de la desigualdad ha dañado más al sueño americano que la reducción del crecimiento.
Una forma de considerar el papel de la desigualdad es recordar que la economía estadounidense es mucho más grande y productiva que en 1980, aunque no esté creciendo tan rápidamente. El PIB per cápita ahora es casi del doble. En sí mismo, ese incremento debería permitir que la mayoría viviera mejor que sus padres.
Pero no es así, porque los frutos del crecimiento se han ido hacia los ricos de manera desproporcionada.
Los investigadores hicieron una interesante simulación recreando los últimos decenios con el mismo crecimiento del PIB pero sin el aumento de la desigualdad que hubo a partir de 1980. En ese escenario, el porcentaje de estadounidenses que superan a los padres en ingresos saltó de 50 por ciento a 80 por ciento. Cuando se hizo una simulación en la que la desigualdad se mantuvo constante pero con un crecimiento más rápido como antes, el aumento del índice fue considerablemente menor, de 50 a 62 por ciento.
“Para revivir el sueño americano necesitamos un crecimiento más igualitario”, afirmó Chetty.
Dada la economía actual, globalizada y de alta tecnología, la mejor medida sería ayudar a niños de ingresos medios y bajos a adquirir la capacitación necesaria para obtener empleos bien pagados. Notablemente, otros datos muestran que la mayoría de los graduados universitarios ganan más que sus padres, aun considerando la deuda estudiantil.
Pero la capacitación no es la única respuesta. Los ingresos se han estancado también por el auge del poder corporativo y el debilitamiento de los sindicatos, lo que ha permitido que las ganancias crezcan a costa de los salarios. La declinación de las familias con dos padres también es un factor. Y la política fiscal no ha hecho lo suficiente para contrarrestar esas fuerzas: es la clase media, no la alta, la que merece un recorte de impuestos.
La dolorosa ironía de 2016 es que la nostalgia y la rabia por la pérdida del sueño americano ayudaron a elegir a un presidente que pondrá dicho sueño fuera del alcance de más gente, despojándola de su seguro médico, apoyando los inefectivos cupones escolares y agasajando con la generosidad gubernamental a los ricos. Cada uno de esos puntos ameritaría una lucha.
Pero si el sueño americano pudo sobrevivir a la depresión, y después prosperar de una forma que nadie imaginaba, bien podrá sobrevivir nuestros problemas actuales.
Kevin Quealy ayudó en la investigación.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de diciembre de 2016, 6:32 p. m. with the headline "¿Gana hoy más que sus padres? Cómo se mide el sueño americano por regiones."