Padres frustrados con el cierre de las escuelas en Puerto Rico
Parece que ha pasado una eternidad desde que el huracán María azotó Puerto Rico, y los padres ya están impacientándose con las colas para comprar agua y gasolina, además de tener que enfrentar apagones constantes, mientras sus hijos se aburren cada vez más.
“Ya empezaron a pelear en la casa. Se ponen agresivos”, dijo Luis Ortiz Correa, que trabaja en un taller de chapistería y tiene cuatro hijos. “No tienen nada para entretenerse”.
Una de las víctimas del huracán María, la monstruosa tormenta de Categoría 4 que acabó con la isla el 20 de septiembre, son las escuelas del país. Cientos de escuelas están cerradas y muchos padres en pequeñas ciudades y pueblos del interior no tienen la menor idea de cuándo podrían volver a abrir.
Muchos dan por sentado que las escuelas van a estar cerradas durante varios meses. Algunas familias esperan enviar a sus hijos en edad escolar a Estados Unidos a vivir con familiares y asistir a la escuela allí. Los distritos escolares de todo el país se preparan para una llegada masiva de estudiantes puertorriqueños.
Angel Amaro, de 16 años, dice que el huracán le trajo muchas tragedias.
“Mi familia y yo vivíamos en una casa de madera, que quedó completamente destruida”, dijo el estudiante de décimo grado, de pie junto a su bicicleta en Maunabo, en la costa sureste de la isla. “Perdí la ropa, la cama. Lo perdí todo”.
Angel y su hermana de 15 años, Yamaris, tienen la esperanza de viajar a Oklahoma para vivir con un familiar y estudiar allí. Tiene otros familiares que viven en Rhode Island y Massachusetts.
“No sabemos si vamos a perder todo el curso”, dijo.
En la localidad de Yabucoa, equipos de trabajadores usaban maquinarias pesadas para sacar árboles derribados y remover líneas eléctricas caídas. El tráfico se mueve muy lentamente. Hay largas filas en las gasolineras. Tanto los automovilistas como los peatones andan con recipientes que esperan llenar de combustible.
La escuela secundaria local de dos pisos sirvió brevemente como refugio durante el huracán y después que la tormenta pasó por la isla. Uno de los estudiantes de la secundaria, Leonardo Rivera, de 17 años, quien cursa el último año, expresó su angustia porque no sabe cómo podrá terminar la escuela y asistir a la universidad.
“Nos vamos a atrasar mucho. Es frustrante”.
Leonardo y su hermana de 16 años, Gabriela, viven en una casa robusta que sufrió pocos daños. Su madre, Wanda Alvarez de Jesús, pertenece al concejo de Yabucoa. Sus padecimientos son los mismos que sufren muchas familias.
La familia tiene un generador que usa durante poco tiempo durante el día y la noche: cuatro horas encendido y cuatro horas apagado para darle corriente a un refrigerador y algunas luces.
Sin embargo, los dos ya sienten la presión de estar encerrados y todos los problemas que tienen ahora entre manos.
“Uno se acostumbra a una rutina y este huracán acabó completamente con ella”, dijo Leonardo.
Mientras esperaba para llenar de gasolina un recipiente en una estación de gasolina del área, Humberto Piovanetti, empleado gubernamental que trabaja en el Medicare, dijo que ya pagó para matricular en una escuela privada a su hija de 10 años, Angelisse.
“La escuela a la que iba quedó completamente destrozada. No sabemos cuándo abrirá de nuevo”, dijo Piovanetti.
Sin servicio telefónico y sin electricidad, excepto la poca de los generadores, además de la batalla diaria para comprar comida, Piovanetti dijo que no sabe cómo su familia va a hacer para soportar las penurias de las semanas y meses que se avecinan.
En la localidad montañosa de Aguas Buenas, al sur de San Juan, Angel Pérez Bernard dijo que él y su esposa están debatiéndose sobre qué hacer con sus hijos, Andrea, de 7 años, y Diego, de 12.
“Las escuelas van a estar cerradas un largo tiempo”, dijo Pérez. “Estamos pensando mandarlos a Indiana. Tenemos familia allí”.
“En realidad, todo depende de los boletos de avión. Se han puesto muy caros”, dijo su esposa, Glenda Fontanez Aponte.
Los distritos escolares del este de Estados Unidos —desde Miami-Dade y la zona central de la Florida hasta Nueva York y Boston— se preparan para una llegada sin precedentes de alumnos puertorriqueños tras la devastación que causó el huracán. Algunos distritos dijeron que están en contacto con la secretaria de Educación de Puerto Rico, Julia Keleher, para saber a qué atenerse.
Keleher anunció durante el fin de semana que 22 escuelas abrirían a partir de este lunes para funcionar como centros comunitarios, sin clases formales. Las 22 escuelas tienen agua corriente, dijo, aunque al parecer no tienen luz.
En su casa de Aguas Buenas, Pérez no ha escuchado ninguna noticia, excepto que los funcionarios de educación están aconsejando a los padres “empezar a darle lecciones a sus hijos para evitar que se atrasen más de la cuenta”.
“El problema no es solamente la electricidad, sino también el servicio de teléfonos celulares, conseguir comida y gasolina”, dijo Fontanez. “No creo que los niños van a sentar a estudiar y a hacer las tareas”, dijo mirando a sus hijos.
Un hijo decidió participar en la conversación. “Hay un tremendo caos con la gasolina”, dijo en inglés, idioma que aprendió durante una temporada que pasó en Estados Unidos cuando era más pequeño.
El matrimonio ponderó los pros y los contras de enviar a sus hijos fuera de la isla.
“Como dice un vecino: es más fácil conseguir comida para dos personas que para cuatro”, dijo la madre. Cuando se le preguntó durante cuánto tiempo podría mandar a sus hijos fuera, se le entristeció el semblante.
“No creo que pueda estar sin ellos un año entero”, dijo.
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de octubre de 2017, 5:52 p. m. with the headline "Padres frustrados con el cierre de las escuelas en Puerto Rico."