Estados Unidos

‘La gente piensa que somos lo peor’, los adictos de Puerto Rico tienen menos ayuda tras huracán

Los pocos programas que ayudan a los adictos en Puerto Rico tienen dificultades para prestar sus servicios

Los trabajadores de una organización llamada Mountain Point (Punto en la Montaña) proporcionan a quienes utilizan drogas paquetes de jeringas limpias, toallitas antibacterianas y rollos de gasa. Pero el suministro es cada vez menor. Su objetivo de
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Los trabajadores de una organización llamada Mountain Point (Punto en la Montaña) proporcionan a quienes utilizan drogas paquetes de jeringas limpias, toallitas antibacterianas y rollos de gasa. Pero el suministro es cada vez menor. Su objetivo de

Los tres trabajadores de la misión de ayuda condujeron a través de las montañas para entregar abastecimientos a indigentes en un región rural de la isla que resultó muy afectada por el huracán María.

Pero no entregaban combustible, hielo ni comida caliente.


Lo que los trabajadores, miembros de una organización llamada Mountain Point, entregaban eran paquetes de jeringuillas limpias, toallitas antibacterianas y rollos de gasa de un suministro que cada vez es menor. Después de la tormenta, el objetivo del grupo es mantener a los adictos a los opioides —Puerto Rico tiene un largo historial de crisis de adicción— libres de enfermedades mortales que pudieran contraer al inyectarse drogas. Enfocados en ese objetivo, los tres llevaron incluso pequeños recipientes de aluminio que con frecuencia usan los adictos para preparar la heroína y después inyectársela.

Oliver Franco Rivero, que es drogadicto desde hace años, entró lentamente en una escuela abandonada para conocer a los voluntarios de Mountain Point. Los adictos se reúnen en el lugar día y noche, a pesar de que no hay paredes y cientos de agujas usadas llenan el suelo.

A los 34 años, Rivero ya perdió la pierna izquierda debido a la diabetes. Tiene el cuerpo lleno de úlceras de incontables pinchazos durante casi dos décadas. Llevaba entre los dedos una jeringuilla, con un líquido turbio que era una mezcla de agua, heroína y cocaína que en la calle se conoce como speedball.


“Ha sido muy duro”, dijo Rivero, en un susurro ininteligible, cuando se le preguntó por las condiciones de vida después del huracán María, que arrasó la isla el 20 de septiembre. “No tengo dinero. Tengo que pedir limosna”.

Momentos más tarde, mientras otros adictos recogían jeringuillas usadas del piso para dárselas a los trabajadores de Mountain Point, Franco pinchó con lentitud la piel de su mano izquierda, un poco más arriba del nudillo del dedo cordial. Fue un proceso lento e inquietante. Gotas de sangre le rodaron por entre los dedos y salpicaron el piso de su silla de ruedas.

La tragedia del huracán María no ha hecho sino añadir más miseria a las decenas de miles de drogadictos que viven en tugurios de Puerto Rico, y dificultades al pequeño número de voluntarios que tratan de ayudarlos a mantenerse limpios, a salvo y regresar a una vida normal.

Para Mountain Point, que atiende a los pueblos pobres del oeste y el sur de San Juan, las condiciones de vida tras la catástrofe que dejó María los ha obligado a reducir la cantidad de viajes que hacen y la cantidad de agujas que entregan. Les quedan suministros para solamente dos meses y no ha llegado ningún cargamento de Estados Unidos. El combustible es caro y hay que estirar el dinero lo más posible. Las ampolletas de agua estéril que por lo general se entrega a los adictos para que puedan preparar sus inyecciones de drogas sin contaminación, se acabó días después de la tormenta.

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Carlos Perríos recoge jeringas sucias para cambiarlas por nuevas en una escuela abandonada en Cidra, Puerto Rico, el 19 de octubre del 2017. AL DIAZ adiaz@miamiherald.com

“En estos momentos en Puerto Rico la mayor parte del agua está contaminada”, dijo Victor “Panamá” Alba, un voluntario criado en el Bronx que trabaja en Mountain Point. “Si no es segura para tomar, tampoco es segura para inyectarse”.


Durante décadas, Puerto Rico ha debido batallar contra una epidemia de adicción a las drogas que se inyectan, sobre todo la heroína, además de tener que lidiar con el fentanil y sedantes para caballos que han surgido en fechas recientes. En un país con una deuda de $73,000 millones y que lleva años con una economía que se desmorona, hay pocas deseos públicos de gastar dinero en tratamiento para estas personas.

Como muchos drogadictos se inyectan drogas, Puerto Rico tiene una de las tasas más altas de VIH y sida del país, y se sospecha que casi el 40 por ciento de los infectados ha contraído el virus a través de drogas intravenosas.

A diferencia de muchos estados norteamericanos con epidemias similares, Puerto Rico tiene pocas opciones de tratamiento y solamente hay unos unos 12 centros de desintoxicación con cerca de 4,400 camas en instituciones de tratamiento, de los cuales unos pocos ofrecen fármacos como metadona y buprenorfina para desintoxicar a los adictos a la heroína.

Un estudio de dos años y medio sobre drogadictos en el área de Cidras que realizó la Universidad de Nebraska concluyó que Puerto Rico “tenía prioridades que sin duda tienen más que ver con el castigo que con el tratamiento y la rehabilitación”. Y grupos de activistas como Intercambios Puerto Rico han criticado fuertemente el método seguido por algunos centros donde muchos adictos fueron trasladados a programas de poca reputación en Estados Unidos.

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Rafael Torruella, director ejecutivo de Intercambios Puerto Rico, en San Juan. Esta organización no gubernamental se centra en reducir los daños causados por el consumo de drogas inyectadas medidante la integración social de grupos marginados, como los adictos, los desamparados y los trabajadores de la industria sexual, mediante programas y servicios, educación e investigación. AL DIAZ adiaz@miamiherald.com

“La situación estaba bastante mala antes que llegaran los huracanes”, dijo Rafael Torruella, director ejecutivo de Intercambios, que administra el mayor programa de intercambio de agujas en Puerto Rico. “Mucha gente que quería recibir tratamiento no tiene acceso”.

Programas como Intercambios y Mountain Point, ya tenían dificultades antes de los huracanes. Han podido sobrevivir gracias a donaciones privadas, no dinero del gobierno. Las autoridades de la isla no permiten la distribución del fármaco antiopioide Narcan, que revive a los drogadictos con una sobredosis. Como contraste, vale decir que el programa de intercambios de agujas de Miami ofrece Narcan a los adictos. Como parte del programa, los adictos acceden a responder preguntas de forma anónima sobre sus experiencias con las drogas que luego se usan para llevar análisis de datos.

Para algunos adictos en localidades aisladas como Comerío, la heroína escaseaba mucho inmediatamente después del huracán María. Angel Omar Colón, de 41 años, tuvo que caminar más de 14 millas por caminos montañosos para comprar bolsas de heroína de $6 en Bayamón.

“Sólo me tranquilicé cuando me la inyecté”, dijo Colón. “Lo único que quiero es paz”.

Sin embargo, en la mayoría de los pueblos se podía conseguir drogas con facilidad. Carmelo López Sandoval, de 50 años, guardia de seguridad de Cayey, dijo que pagó $15 por una mezcla de heroína y cocaína días después de la tormenta.

“La calidad no es la misma y el precio subió”, dijo Sandoval, con un gran hematoma en el antebrazo que se hizo cuando no pudo encontrarse la vena mientras trataba de inyectarse en la oscuridad mientras sostenía una linterna con los dientes.

Para trabajadores de Mountain Point como Alba, Alexandra Rodríguez y Carlos Sánchez, la mayor preocupación ha sido poder entregar insumos a más de 300 participantes. El jueves empacaron y se montaron en un viejo Toyota del 2003 para enfrentarse a los serpenteantes caminos.

Residentes de varios pueblos pequeños en el centro de Puerto Rico hablan de las condiciones difíciles en las que están y de sus esfuerzos por recuperar sus comunidades, después del devastador impacto del huracán María.

En Cayey, a unas 31 millas de San Juan, los tres fueron un supermercado abarrotado de gente para comprar algunas cosas de comer para los adictos. No había agua embotellada, así que compraron jugos. Trataron de comprar cloro, un recurso de emergencia para que los adictos esterilicen las agujas usadas, pero se había acabado hacía un par de días.

Muchos viven en casas modestas en este pueblito. Un hombre se encargaba de recoger agujas para su hijo adulto que se quedó sin jeringuillas después de la tormenta y estaba echando mano a las que usa su madre para inyectarse insulina. Otro hombre les hizo señas mientras circulaban por la plaza central de Cidra.

Algunos de los adictos trabajan como parqueadores de automóviles, y con las propinas que les dan los clientes compran las drogas para satisfacer su hábito. “La gente piensa que somos lo más bajo del mundo”, dijo José Juan Suárez, quien está enganchado con las drogas desde hace 25 años y entregó 90 agujas a los trabajadores del centro. “Pero no creo que sea cierto. En todo caso, somos los más interesantes”.

Pero no todos están contentos de ver a los trabajadores de Mountain Ponit. Algunos narcotraficantes no los dejan entrar en los proyectos públicos de viviendas. En el proyecto Luis Muñoz Morales en Cayey, los tres empleados distribuyeron paquetes mientras un grupo de jóvenes los observaban con atención, mientras uno vendía bolsitas con heroína.

Los tres trabajadores también visitaron casas abandonadas, y Sánchez grita “¡Intercambio! ¡Intercambio!” mientras se acercaba.

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Oliver Franco Rivero sostiende una jeringuilla antes de inyectarse heroína y cocaína en una escuela abandonada en Cidra, Puerto Rico, el 19 de octubre. A la izquierda, Luis Manuel Quiles Santos recoge jeringuillas sucias para cambiarlas por nuevas con la organización Mountain Point. Esta organización no gubernamental ofrece a los participantes jeringuillas nuevas, educación sobre la reducción de riesgos, así como alimentos y artículo de higiene personal y de primer auxilio. AL DIAZ adiaz@miamiherald.com

En una escuela abandonada —que es reparada por un grupo cristiano para usarla como centro de tratamiento— los adictos rodearon rápidamente el todoterreno mientras Rodríguez usaba unas tenazas largas para recoger agujas usadas y colocarlas en una cubeta con un líquido especial.

Con su fuerte voz, Alba le entregó a un hombre una bolsa llena de productos y le dijo: “Aquí tienes 80 agujas. Una olla para cocinar. Algodón. Alcohol. Champú. Desodorante. Crema dental. Esto es lo que cada uno recibe. Nada más”.

“Gracias”, dijo el hombre. “Hasta le voy a dar un beso”.

Se inclinó y besó a Alba en la cabeza rapada, y luego se rió, mientras el grupo empacaba el cubo de plástico lleno de suministros y se dirigía al siguiente pueblo.

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