‘Los olvidados’: después del huracán María, barrio de Puerto Rico sigue aislado del mundo
La hilera de casas que se levantan en una colina desde donde se ve el río Arecibo en la zona montañosa central de Puerto Rico se conoce como Río Abajo.
Era un sitio apacible hasta que el huracán María golpeó con toda su furia, convirtiendo el río en marejadas feroces que terminaron por derrumbar el puente de concreto que conectaba al barrio con el cercano pueblo de Utuado. Durante 15 días, mientras las reservas de agua se acababan y la salud de todos empeoraba, los residentes esperaron que llegara la ayuda. Y cuando no llegó, bautizaron el barrio con un nuevo nombre: El Campamento de los Olvidados.
En la actualidad, en el extremo del puente roto, una bandera de Puerto Rico ondea al viento. Debajo, en un letrero escrito en un pedazo de cartón, el nuevo nombre fue escrito con claridad con pintura roja de aerosol.
Más de un mes después de que pasara el huracán, los residentes de Río Abajo todavía están aislados. Ahora tienen suficiente comida y agua: la Guardia Nacional, la Cruz Roja, funcionarios del gobierno y un sinfín de voluntarios han llevado todo tipo de suministro y mercancías que los residentes mueven a un lado y otro del río con la ayuda de una línea amarrada a un cable y un carrito de supermercado.
Siguen sin poder cruzar el río de forma segura. Para llegar a Utuado, tienen que subir dos escaleras de madera recostadas contra una loma de ramas caídas y escombros. Después tienen que chapotear en el agua contaminada, pasar por encima de torres de concreto derribadas y subir por el banco del río hasta llegar al otro lado.
Y todo eso si no llueve. Recientemente, una tormenta provocó una crecida del río y se volvió demasiado peligroso de cruzar. Río Abajo estaba otra vez aislado del resto del mundo.
“No tenemos cómo llegar a la civilización, ir al supermercado ni a la farmacia”, dijo el residente Samuel de Jesús Díaz. “Estamos locos, desesperados por irnos”.
Esperando la ayuda
Mildred Santiago vio todo en primera fila cuando el huracán llegó el 20 de septiembre. Desde su casa que da al río, Santiago vio cómo el agua subió dos pies por encima del puente y desbarató la conexión que había unido a su barriada con Utuado durante casi 50 años.
“No parecía real. No podíamos creer lo que estábamos viendo, aunque vimos cómo pasó”, dijo. “Nos quedamos vacíos. ¿Y ahora qué hacemos?”.
La tormenta destrozó una glorieta y un carport afuera de la casa, y derribó un árbol encima de su automóvil. Río arriba, el daño fue peor. El viento se llevó el techo de la casa del vecino Daniel Pagán y le derrumbó varias paredes.
De Jesús Díaz no podía creer lo que estaba viendo. Después que cesaron los vientos, salió para ver cómo estaban sus vecinos. Le preocupaban sobre todo los enfermos y los ancianos, de los cuales hay muchos en Río Abajo. Una mujer que vive cerca necesita un tanque de oxígeno. Otro vecino tiene problemas para caminar.
Al día siguiente, cuando la ayuda aún no había llegado, de Jesús Díaz trató de llamar al 911. No tenía servicio de teléfono celular, pero intentó de nuevo al día siguiente y otra vez al otro día. Durante casi dos semanas, de Jesús Díaz no dejó de llamar. Pero no había forma alguna de comunicarse.
“Nos sentíamos totalmente olvidados”, dijo. “Sabíamos que el país había quedado totalmente destruído, casi en un 100%. Que fue una catástrofe enorme. Y sabíamos que no íbamos a ser los primeros en recibir ayuda, pero como resultaba imposible llegar a la carretera principal, no había forma de irse”. De Jesús Díaz se preocupaba de lo que podría pasar si alguien sufría un ataque cardíaco o se enfermaba de repente. “¿Qué podíamos hacer? ¿Adónde podíamos llevar a un enfermo? Muchas cosas nos pasaban por la mente”, dijo.
Mientras esperaban por la ayuda, las casi 25 familias que viven en Río Abajo se ayudaron entre sí. Los vecinos que tenían generadores compartían la electricidad con otros residentes; los que tenían botellas extra de agua se las daban a los necesitados. Cuando el agua embotellada empezó a escasear, algunos residentes tuvieron que beber de un manantial natural que queda en la zona. Habían almacenado suficientes suministros para varios días sin acceso al mundo exterior, pero no para dos semanas, dijo de Jesús Díaz. Nadie esperaba que el puente se desplomara.
Después de casi una semana sin noticias de los rescatistas, un residente usó una soga para cruzar los bancos del río y caminó las cinco millas hasta Utuado en busca de ayuda. Aunque los amigos y familiares todavía se recuperaban de sus propias calamidades, comenzaron a llegar al río.
Carlos Ocasio, policía retirado y residente de Río Abajo, construyó un sistema de poleas para enviar alimentos y agua al otro lado. Después construyeron las escaleras de madera. Los más jóvenes y saludables les llevaron medicinas y suministros a los vecinos que no pudieron hacer el viaje.
El 5 de octubre, según los residentes, los miembros de las unidades militares por fin llegaron. Desde su balcón, Santiago los vio cruzar el río al atardecer. Se sintió aliviada. Más que nada, esperaba que los rescatistas le llevaran algún mensaje a su familia.
Mucha comida, pero sin puente
Los residentes de El Campamento de los Olvidados dicen que ya no se sienten olvidados.
A medida que corría la noticia del puente que se derrumbó, un aluvión de voluntarios ha llegado con abastecimientos. Los médicos han visitado a los residentes ancianos; veterinarios han examinado las mascotas de Río Abajo. Una famila cocinó un puerco entero para toda la barriada. Un niño de un pueblo cercano rompió su alcancía, donde había ahorrado $160, y usó el dinero para donar alimentos.
Hace poco, un grupo de una iglesia de Isabela, una localidad costera a una hora de distancia, pasó la tarde bajando bolsas y cajas.
Los políticos de sitios cercanos y de otros más lejos también han visitado el lugar con cajas de comida y de agua. Recientemente, una delegación del Congreso, encabezada por la representante de Puerto Rico, Jenniffer González Colón, recorrió el barrio.
De Jesús Díaz dijo que los residentes de Río Abajo están agradecidos por toda la ayuda y atención recibida. “Nos mantiene motivados, fuertes, con deseos de salir de esta situación”, dijo.
Pero, lo que de veras necesitan ahora, agregó, es otro puente. Y no se sabe cuánto tiempo va a pasar hasta que se levante uno nuevo.
Entretanto, el nuevo nombre del barrio parece haberse. Si se le pregunta a cualquiera en el pueblo de Utuado por El Campamento de los Olvidados señalan el camino, del otro lado del río, donde las casas que todavía están en pie parecen sujetarse de la nada.
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Esta historia fue publicada originalmente el 4 de noviembre de 2017, 7:38 p. m. with the headline "‘Los olvidados’: después del huracán María, barrio de Puerto Rico sigue aislado del mundo."