La nueva ola feminista acaba con el tabú
Nunca hablábamos de ese problema. Solo exigíamos obtener igualdad legal ante el empleo. No planteábamos nada sobre la protección contra los depredadores sexuales que perpetraban los poderosos y los no tan poderosos en las oficinas. Ni tampoco que había que suprimir el “bullying” o acoso de nuestros colegas y jefes.
Éramos las feministas de los años 70, que seguíamos el liderazgo de Simone de Beauvoir, autora de Le Deuxième Sexe, Betty Friedan, de The Feminine Mystique, y Gloria Steinem, de la revista MS. Pero era tabú hablar de las agresiones sexuales. Por miedo y por vergüenza pública quizás. Estábamos buscando leyes igualitarias. Y en esas décadas hubo varios logros legales, como por ejemplo que podía comprar una casa por mí misma, sin contar con la firma de un hombre.
Aquel era un movimiento civil. Ahora estamos ante un movimiento moral y de supervivencia. Porque cada vez se ha recrudecido más y más la situación, y nos acordamos de lo que nos pasó muchos años atrás y no aguantamos más. El movimiento “Me Too” ha estallado con la fuerza de un huracán. Es la nueva ola feminista que rompe un tabú de siglos.
Hubo mujeres destacadas desde la Edad Media que fueron puestas en un pedestal, las reinas por ejemplo, como María de Molina, en Castilla, que inspiró la comedia española La prudencia en la mujer, de Tirso de Molina; o la reina Isabel la Católica, que aún inspira series televisivas. Hubo una Madame de Staël, en Francia, y tantas otras como las novelistas del siglo XIX. Sin embargo, en España no se las admitía en la Academia Real Española, como sucedió con Emilia Pardo Bazán, autora de Los pazos de Ulloa, feminista a ultranza a fines del siglo XIX.
Por esa época comenzó un movimiento de sufragistas que se consideró la primera ola feminista, principalmente en Inglaterra. En Estados Unidos no lograron el voto hasta el 26 de agosto de 1920 con la Enmienda 19 a la Constitución.
La segunda ola feminista fue del 1960 a 1980 en Estados Unidos y ahí participé junto con las estudiantes y profesoras universitarias en Women in the Academic Community, grupo que se reunió en la Universidad de Pennsylvania, una institución coeducacional que le negaba la cátedra a las mujeres. Queríamos que se considerara a las aspirantes femeninas por su talento y no por su género. Mi propio mentor y maestro de la Universidad me dijo que por ser mujer no podía aspirar a una plaza allí porque no podían confiar en mujeres casadas.
La presidenta de Sarah Lawrence College, que me ofreció trabajo en su universidad, me advirtió que podría perder a mi marido al avanzar en mi carrera. Lo decía recordando su propia experiencia.
Ahora bien, en ningún momento se habló del tabú. Que una mujer tenía que sobrepasar los ritos de entrada a los puestos superiores. El miedo era el de encontrarse con el brujo, tal como lo ha descrito más recientemente Salma Hayek acerca de Harvey Weinstein. Una secuela de terror ha dejado ese hombre pintado muy severamente en la portada de “Time” como “Producer, predator, pariah” (23 de octubre, 2017).
Pero la tercera ola comenzó en una época en que alguien levantó el cerrojo del tabú y acusó a Clarence Thomas de acoso sexual. No tuvo ningún éxito, sin embargo, Anita Hill, de quien escribí en aquel entonces una columna el 13 de octubre de 1991 que titulé “El drama de Anita Hill”. Su confrontación con Clarence Thomas podía haber estado estructurada como una tragedia griega clásica, con toda su ironía, destino ineludible, falla del héroe trágico y catarsis, o desahogo de todos los espectadores que participaron del drama.
En aquel entonces Thomas ganó. Aunque hizo un discurso en el que parecía que iba a renunciar, pero se echó para atrás y comentó que nunca se vio a sí mismo como acosador. Pero es que el hombre que solicita sexo cree que tiene derecho, aunque le digan que no. Thomas aún está en la magistratura más alta de la nación después de 26 años de la declaración de Anita Hill, quien nunca quiso hablar contra Thomas, pero fue forzada, y es que sabía que no le iban a creer.
Si las mujeres no se hubieran salido de sus casillas, si no hubieran entrado en la Universidad de Yale (en 1967), si no estuvieran en puestos profesionales y con ambiciones antes reservadas a los hombres, no ocurrirían estas cosas, decían muchas amas de casa en aquel entonces.
Y es todo una verdadera pena, porque ya está afectando a gente que yo admiraba en su profesión, como Charlie Rose, Matt Lauer y Kevin Spacey. Pero no se puede volver atrás. Ahora se completa el ciclo de la revolución feminista. Rompimos el silencio, finalmente acabamos con el tabú.
olconnor@bellsouth.net
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de diciembre de 2017, 0:45 p. m. with the headline "La nueva ola feminista acaba con el tabú."