Cuando la desobediencia es la salvación
Los amantes de los perros tienden a encontrarse unos con otros en la vida, pues el resto de la humanidad es, después de todo, dudoso. En un vuelo largo reciente, comencé a conversar con una mujer acerca de los perros. Se convirtió en una conversación sobre la desobediencia, y la necesidad actual que tiene de eso el mundo.
Cuando el poder inmenso está en manos erráticas y beligerantes, como es el caso hoy en día en Estados Unidos, la prontitud de los subordinados para desobedecer se hace esencial. “Befehl ist befehl” –una orden es una orden– era el principio alemán que permitió que los nazis industrializaran el asesinato en masa.
La mujer había estado entrenando a su mascota para que se convirtiera en perro guía. El perro lo hizo bien hasta la fase de entrenamiento dedicada a aprender a desobedecer. Un perro entrenado para guiar a una persona ciega necesita rechazar las órdenes si la dirección que recibe indica hacia el paso de un vehículo, a las vías del metro o a un precipicio.
Su perro había fracasado en esa parte del entrenamiento y se deprimió. Los perros son naturalmente alegres. Verlos desganados es difícil. Hablamos de sentirnos mal por nuestros perros, un gran tema para los amantes de los perros.
Sin embargo, la historia del fracaso de este perro también era alentadora. Sugería que la desobediencia es una habilidad cognitiva más compleja que la obediencia, y afirmaba lo esencial que puede ser. (Una de las cosas más preocupantes acerca de los drones es que no desobedecen.)
Jim Kutsch, el presidente de The Seeing Eye en Morristown, Nueva Jersey, la organización más antigua de entrenamiento de perros guía para ciegos en el país, me dijo hace poco: “En todos los demás casos, el humano da una orden y se espera que el perro obedezca esa orden”. Continuó: “En el caso del perro Seeing Eye, se ve obligado a decidir si la orden tiene sentido. El perro debe quedarse quiero, girar a la izquierda o a la derecha, y alejarme del peligro”.
A lo largo de meses de entrenamiento, a los perros se les enseña a resolver problemas en vez de a obedecer órdenes. Se les muestran las terribles consecuencias de la obediencia ciega. Desde luego, como lo dijo Kutsch, “debe haber una razón seria para que el perro haga uso de la desobediencia inteligente”.
El mundo pasó la primera mitad del siglo XX aprendiendo la centralidad moral y legal de la desobediencia para la preservación de la civilización. En una época en la que el presidente Donald Trump habla acerca de que Estados Unidos está “atrincherado y cargado”, revela una fascinación con las armas nucleares, demuestra un desprecio por la ley e iguala la grandeza estadounidense con su poder militar por encima de todo (comparemos lo que está pasando con los presupuestos en el Departamento de Estado y el Pentágono), un recordatorio es apropiado.
A principios del siglo XX, el “Führerprinzip” (o el principio del líder) tenía un gran poder. Dictaba la obediencia absoluta al líder por encima de la reflexión sobre lo que está bien o está mal. Karl Neumann, el capitán alemán del U-Boot responsable del hundimiento de la nave hospitalaria Dover Castle durante la Primera Guerra Mundial, fue absuelto en 1921 por la corte suprema de Alemania, la cual declaró que todas las naciones civilizadas reconocen el principio de que un subordinado está sometido a las órdenes de sus superiores.
Esas palabras marcaron el camino a Auschwitz. Alemania tardó mucho tiempo en honrar la desobediencia. Cuando era corresponsal en Alemania entre 1998 y 2001, asistí a una ceremonia en la base militar a la que se le dio el nombre de Anton Schmid, un soldado del ejército de Hitler que desobedeció órdenes cuando se enfrentó a la brutalidad nazi contra los judíos en el gueto de Vilnius.
Schmid salvó a más de 250 judíos, antes de que lo arrestaran y ejecutaran en 1942. En su última carta a su esposa, Stefi, escribió: “Simplemente me comporté como ser humano”.
Sin embargo, los seres humanos se habían desvanecido por completo en el trance nazi de la muerte. “Simplemente” fue el adverbio equivocado. “Únicamente” habría sido más preciso. Puede ser excepcional tan solo ser humano.
En los juicios de posguerra de Nuremberg, se estableció la idea de que la obediencia a una orden ilegal no absuelve a un individuo de su responsabilidad criminal. Desde entonces se ha convertido en un principio esencial de la ley criminal internacional. Lo explícitamente ilegal –el genocidio, los crímenes contra la humanidad– deben resistirse aunque sea una orden. La Convención contra la Tortura, por ejemplo, establece que “una orden de un oficial superior o una autoridad pública no puede usarse de pretexto para justificar la tortura”. (Trump pensó que la tortura funciona cuando tomó el mando, pero dijo que les permitiría a los generales ignorarlo.) Alemania ahora enseña “innere Führung”, la brújula moral interna y necesaria para resistirse a la barbarie.
El mundo desconfía de Trump. Los británicos, en su mayoría, lo ven como un cañón suelto. Muchos alemanes lo tachan de ser una broma, en el mejor de los casos. En Asia, sus intenciones en Corea del Norte son temidas. Así que fue alentador que el mes pasado escucháramos al general de la Fuerza Aérea John Hyten, el comandante del Comando Estratégico de Estados Unidos, decir que no obedecería una orden ilegal de lanzar armas nucleares de su comandante en jefe, Trump.
“Si es ilegal”, dijo Hyten, “adivinen qué pasará. Voy a decir: señor presidente, eso es ilegal”.
También el mundo puede caer en un precipicio. La desobediencia puede ser la diferencia entre la humanidad y el apocalipsis. Lo último que necesitamos es que todos hagan un saludo militar. Hasta un perro lo sabe. Alabama, en su desobediencia de Trump, lo sabe también.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de enero de 2018, 5:35 p. m. with the headline "Cuando la desobediencia es la salvación."