Estados Unidos

Un presidente desbocado que no respeta reglas

Durante dos años, trataron de controlarlo y enseñarle. Hicieron lo posible para que aprendiera historia, le explicaron matices y trataron de mitigar las reverberaciones. Lo exhortaron a que deliberara con cuidado, le aconsejaron autocontrol, que tratara de vender medidas neutrales a una base conservadora con hambre de cambiar las cosas radicalmente. Pero al final fracasaron.

La era de tratar de contener al presidente Donald Trump se acabó.

Uno por uno, a los asesores experimentados, a los que se consideraba los únicos capaces de controlar los impulsos temerarios de Trump, han sido echados a un lado o, como en el caso del secretario de Defensa, Jim Mattis, la semana pasada, renunció en un extraordinario acto de protesta. Lo que el presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Bob Corker, republicano por Tennessee, una vez calificó de “guardería para adultos”, se ha quedado sin empleados.

Así las cosas, Trump comienza su tercer año en la presidencia en un estado de descontrol, en guerra contra los que percibe como enemigos, decidido a cumplir las promesas de línea dura de su campaña insurgente y temeroso de que se vea algún punto débil en su coalición política.

Hasta el momento, el resultado ha sido más descontrol. Ciertas operaciones del gobierno federal no están funcionando. Los mercados bursátiles están en caída libre. Aliados extranjeros dan la alarma. Potencias hostiles, como Rusia, se regodean. Y legisladores republicanos otrora temerosos de irle la contraria al presidente ahora se muestran abiertamente críticos.

“Yo quiero que salga adelante, pero me veo en una posición en que la mejor manera que tengo de ayudar al presidente es decirle la verdad, tal como yo la veo”, dijo el senador Lindsey Graham, republicano por Carolina de Sur, confidente de Trump, con quien juega golf frecuentemente, al denunciar la repentina decisión del presidente de retirar las fuerzas estadounidenses de Siria, contra la opinión de sus asesores militares.

Trump se está rodeando de hombres y mujeres que no contradicen ninguna de sus decisiones —al menos en lo concerniente a Mattis y otros generales que trataron de contenerlo— y que consideran que su trabajo es ejecutar la visión del mandatario, incluso cuando no estén de acuerdo. Trump ha designado algunos funcionarios, entre ellos el nuevo jefe de despacho de la Casa Blanca, Mick Mulvaney, en calidad de interinos, lo que significa que deben hacer un esfuerzo extraordinario por complacer al presidente para poder ocupar los cargos permanentemente. Y ahora la ha tomado contra la persona que escogió personalmente como presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, a quien culpa por el desplome de los mercados bursátiles y dice que nunca debió haberlo propuesto.

Mientras tanto, sus familiares siguen en ascenso. Su yerno Jared Kushner es visto como un interlocutor cada vez más influyente ante gobiernos extranjeros, como el de Arabia Saudita, y lo despachó, junto con el vicepresidente Mike Pence y Mulvaney, al Capitolio la víspera de la interrupción de las operaciones del gobierno para tratar de negociar un acuerdo de gastos con líderes legislativos.

El presidente, cada vez más aislado, explicó sus posturas en una entrevista el 27 de noviembre con The Washington Post: “Mi sexto sentido me dice más cosas que lo que el cerebro de cualquiera me puede decir”.

Hace unos meses, Trump comenzó a rechazar el consejo de asesores económicos como Gary Cohn, quien renunció en marzo, y siguió sus instintos nacionalistas para implementar aranceles.

Pero la salida de Mattis y las implicaciones de seguridad nacional que ello significa crearon en Washington y capitales mundiales un nivel de preocupación mucho mayor que sus decisiones en materia de comercio.

“Esta es una presidencia al garete”, dijo Barry McCaffrey, general retirado del Ejército.

“El Sr. Trump, a los ojos de nuestros aliados y de los profesionales en áreas clave de nuestra seguridad nacional, es un incompetente y un impulsivo, y está tomando malas decisiones e insultando a aliados históricos de Estados Unidos, para acercarse a personas que son amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos”, dijo.

Estos son algunos de esos expertos echados a un lado o que han renunciado:

Mattis, un venerado general de la Infantería de Marina respetado en todo el mundo, especialmente entre los países de la OTAN, quien renunció después que Trump lo desafió sobre la retirada de Siria. Su carta de renuncia fue un asombroso rechazo a la visión que Trump tiene del mundo, que presentó como una amenaza al orden mundial que Estados Unidos ayudó a establecer durante los últimos 70 años. El domingo, Trump anunció que Mattis dejará su cargo el 1 de enero, dos meses antes de lo planeado.

John Kelly, otro general de la Infantería de Marina ampliamente respetado por su experiencia en combate, fue despedido este mes como jefe de despacho de la Casa Blanca tras irle la contraria al mandatario, quien lo criticó por su estilo restrictivo de gestión. Después que otros candidatos rechazaron el cargo, Trump echó mano a Mulvaney para reemplazar a Kelly, al menos temporalmente. Mulvaney ha prometido a Trump se concentrará en administrar al personal, no al presidente.

Nikki Haley, quien como embajadora ante la ONU dio muestras de independencia y fue mucho más agresiva con Rusia y otros adversarios tradicionales de Estados Unidos que el propio presidente, abandona el cargo este mes por voluntad propia. Trump nominó como su reemplazo a Heather Nauert, ex presentadora de Fox News Channel y ahora portavoz del Departamento de Estado.

Hace unos meses, Trump forzó la salida de H.R. McMaster como asesor de Seguridad Nacional, reemplazando a este teniente general del Ejército e intelectual militar con John Bolton, un veterano neoconservador del gobierno de George W. Bush, quien funcionarios del gobierno dicen ha manejado mejor que McMaster los impulsos de Trump.

“Trump quiere libertad total para hacer lo que le viene en gana y está mucho más cerca de conseguir eso, que es lo que va a aterrorizar no solamente al Congreso, sino al resto del mundo también”, dijo Thomas Wright, del Brookings Institution.

Rex Tillerson, el primer secretario de Estado de Trump y con muchos años de experiencia en el mundo empresarial, describió recientemente la inutilidad de tratar de contener a Trump. Dijo que el presidente es “muy indisciplinado, no le gusta leer, no lee los informes, no le gusta conocer los detalles de muchas cosas, y en su lugar se limita a decir: ‘Esto es lo que yo creo’ ”.

Trump despidió a Tillerson en marzo después de meses de tensión y lo reemplazó con Mike Pompeo, con quien tiene una mejor relación.

“En la mente de Trump, y en la mente de algunos de sus partidarios, se está deshaciendo de figuras de la clase establecida que le han impedido seguir sus instintos y cumplir sus promesas de campaña”, dijo David Axelrod, estratega político y asesor de la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama. “Pero sus instintos son impulsivos, casi siempre basados en su visión política estrecha y muchas veces motivados por el resentimiento. Un Trump desbocado es una propuesta aterradora”.

La decisión de Trump de retirar las fuerzas estadounidenses de Siria sorprendió al general Joseph Dunford Jr., presidente del Estado Mayor Conjunto, porque no le permitieron participar en las discusiones finales sobre el tema.

Paul Ryan, republicano por Wisconsin y presidente de la Cámara de Representantes, y el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, republicano por Kentucky, tras recibir seguridades de la Casa Blanca sobre lo que creían que era un acuerdo de gastos a corto plazo, no pudieron impedir el cierre de ciertas operaciones del gobierno federal cuando Trump se echó atrás en reacción a críticas de Rush Limbaugh, Ann Coulter y otros agitadores conservadores.

Algunos de los antiguos asesores y aliados de Trump fuera del gobierno comparten la misma preocupación sobre el comportamiento reciente del mandatario. Un alto funcionario del gobierno dijo que quizás es necesaria “una intervención”. Y un estratega republicano que trabaja de cerca con la Casa Blanca calificó la situación de “extremadamente seria”.

Desde las fuertes derrotas en las elecciones intermedias hace seis semanas, a Trump le preocupa su supervivencia política. Los demócratas toman el control de la Cámara el 3 de enero y han prometido una ola de investigaciones sobre la conducta de Trump, sus finanzas personales y alegaciones de corrupción en toda su administración.

Mientras tanto, varias investigaciones federales se intensifican. La investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la trama rusa ha avanzado a una fase más peligrosa. Esa pesquisa, así como una investigación federal sobre pagos ilegales a mujeres que alegaron haber tenido encuentros sexuales con Trump, han afectado a su abogado personal, Michael Cohen; al ex asesor de Seguridad Nacional Michael Flynn y a su presidente de campaña Paul Manafort, entre otros.

En un caso separado, Trump acordó la semana cerrar la fundación caritativa de su familia, después que la procuradora general de Nueva York, Barbara Underwood, dijo que había participado en “un patrón asombroso de ilegalidades”.

Las alarmas se activaron la semana pasada en todo el establishment de política exterior. La renuncia de Mattis fue considerada un momento singular. Eliot A. Cohen, alto funcionario del Departamento de Estado en el gobierno de Bush y crítico de Trump, escribió en The Atlantic: “A partir de ahora, los altos cargos del gobierno quedarán solamente para los invertebrados y oportunistas, los intrigantes y los trepadores”.

“Quizás traten de manipular al presidente, o hagan alguno que otro esfuerzo por tratar de subvertirlo, pero al final lo van a seguir”, agregó Cohen.

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de diciembre de 2018 a las 2:54 p. m..

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