Estados Unidos

Ingeniero cubano de la NASA ayudó al éxito de astronautas pioneros en la Luna

El ingeniero Miguel Hernández frente al Space Shuttle, ubicado sobre el avión 747 que lo transportaba.
El ingeniero Miguel Hernández frente al Space Shuttle, ubicado sobre el avión 747 que lo transportaba.

Tres hombres llegaron a la Luna el 20 de julio de 1969, pero 400,000 personas hicieron posible esa travesía cuya significación tan bien describió el comandante de la misión del Apollo 11, Neil Armstrong, “un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”.

Al cumplirse cinco décadas del viaje del Apollo 11, el astronauta Michael Collins, que comandaba la nave principal a 60 millas de la Luna mientras Armstrong y Edwin “Buzz” Aldrin caminaban la superficie, recuerda en una vívida narración que se puede ver ahora en el doodle de Google la participación de esas 400,000 personas en la carrera espacial, cuyo objetivo situó tan alto el presidente John F. Kennedy en 1961.

Miguel Hernández, un ingeniero que se graduó de la Universidad de la Florida en 1966, seis años después de llegar de Cuba sin hablar inglés, formó parte del grupo que entrenó a los astronautas en los simuladores de las naves en el Kennedy Space Center, desde donde despegó el Apollo 11 el 16 de julio del 1969.

“Neil era una persona extraordinaria. Técnicamente tenía mucha sangre fría. En los momentos difíciles tenía mucha conciencia de lo que debía hacer”, recuerda Hernández en entrevista con el Nuevo Herald desde Houston.

El ingeniero, que entró a trabajar en la NASA en 1967, pudo desarrollar una relación de trabajo cercana con el primer grupo de astronautas que se convertirían en héroes por sus misiones en los Géminis y Apollos.

Hernández (La Habana, 1941) señala que la aventura del Apollo 11 vivió su momento de tensión, cuando en la bajada hacia la Luna, los pilotos descubrieron que la computadora los conducía hacia a un cráter, lo que habría provocado que se volcarán al alunizar.

“Armstrong tomó el mando manual para mover la nave, y eso causó que utilizarán más combustible”, rememora, apuntando que se tomaron más tiempo buscando un terreno plano para tocar la Luna.

“La señal de que tenían poco combustible se encendió. Contaban con menos de dos minutos para alunizar y lo hicieron cuando les quedaban alrededor de 30 o 40 segundos”, precisa el ingeniero, indicando que todos los astronautas eran pilotos avezados, que solían volar naves experimentales y ajustarse a situaciones de vida o muerte.

El espacio captó por primera vez la atención de Hernández cuando a los 16 años se enteró que los rusos –entonces los soviéticos– lanzaron el primer Sputnik el 4 de octubre de 1957.

“El satélite estuvo tres semanas en órbita. Era del tamaño de una pelota de basketball”, cuenta Hernández, que pudo ver un modelo de Spunitk que trajó un barco soviético a La Habana en 1959.

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El ingeniero cubano Miguel Hernández trabajó para la NASA desde 1967 y participó en el proyecto Apollo entrenando a los astronautas y también desde el Centro de Control en Houston. Cortesía

El ingeniero indica que los norteamericanos lanzaron su primer satélite, el Explorer 1, en enero del 1958 y este estuvo en órbita hasta los años 1970.

En medio de la Guerra Fría, la carrera por el espacio era crucial y para ganarla, el presidente Dwight Eisenhower creó la NASA en julio de 1958, y puso al al mando del programa de cohetes al ingeniero alemán Wernher von Braun.

Pero, ¿cómo entró Hernández, un joven casi recién llegado de Cuba, a ese círculo de la NASA que imaginamos tan exclusivo?

“Los que nos graduábamos en esa época teníamos mucha oportunidad de escoger porque había cantidad de trabajo”, recuerda Hernández que se había destacado en dibujo mecánico.

La NASA lo reclutó en la Universidad de la Florida, pero él no estaba muy convencido porque pensaba que tendría que mudarse a Houston, y quería quedarse en la Florida.

Entonces le especificaron que su trabajo sería en el Kennedy Space Center, en Cabo Cañaveral. En el complejo tenían el Simulation Building, donde un grupo reducido preparaba a los astronautas en el manejo de las operaciones de la nave.

A unas dos semanas de estar allí fue el fuego del Apollo 1, recuerda sobre la tragedia en que perecieron los astronautas Gus Grissom, Ed White y Roger Chaffee, el 27 de enero de 1967, por una sobresaturación de oxígeno y una chispa que causó la explosión.

“Nadie pudo llegar a ellos. Hubo gente que se quemaron las manos tratando de abrir la puerta”, apunta.

Esa tragedia detuvo el programa espacial por casi dos años mientras se investigaban las causas del accidente.

En octubre de 1968 se voló con éxito la misión del Apollo 7, con el equipo de astronautas sustituto del Apollo 1.

“Una de las cosas más importante del trabajo que hacíamos es que los astronautas tenían que tener completa confianza en lo que le decíamos”, dice Hernández, indicando, que si ellos le hacían una pregunta y no la sabían, tenían que reconocerlo, pues podía costarles la vida a los astronautas.

Hernández estaba especializado en el sistema de control ambiental, que comprende el aire acondicionado y calefacción. También se ocupaba del funcionamiento de los tanques de oxígeno y de “la conexión del traje que le da vida al individuo”, dice.

En esa época había alrededor de 30 astronautas, que vivían y se entrenaban en un principio en la sede de la NASA en Houston. Cuando llegaban a la Florida ya tenían un vuelo asignado, apunta Hernández.

Después del Apollo 7, siguen las misiones hasta el Apollo 10, que hace el mismo proceso que le tocaría al Apollo 11, y toma fotos del lugar donde se produciría el futuro alunizaje, pero no llegan a hacerlo. “Ya estamos listos”, dijeron.

Entonces comienza la larga vinculación del perrito Snoopy con la NASA, cuando se nombra al módulo lunar del Apollo 10, Snoopy, y al módulo de servicio, Charlie Brown, como los personajes de la tira cómica Peanuts.

Es por eso que la NASA reconoce la excelencia en misiones y seguridad otorgando a sus empleados y contratistas el premio Silver Snoopy.

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Miguel Hernández, que formaba parte del grupo que entrenaba a los astronautas en los simuladores, trabajando como ingeniero de la NASA en una de las misiones del proyecto Apollo. Cortesía.

Hernández rememora además que los ingenieros recibían el llamado de la NASA a trabajar en el centro de control de Houston por turnos, y en el caso del Apollo 11 a Hernández no le tocó estar. Sin embargo, sí estuvo presente durante el vuelo del Apollo 13, cuando uno de los astronautas le comunicó al centro la famosa frase: “Uh, Houston, we’ve had a problem” –que se ha popularizado como “Houston, we have a problem” (Houston, tenemos un problema).

“Lo que hay en la película no es ni un ápice de lo que ocurrió. Tuvimos problemas continuamente”, dice Hernández, refiriéndose a la película Apollo 13 (1995), protagonizada por Tom Hanks.

La misión del Apollo 13 tuvo que ser abortada por las dificultades técnicas que enfrentó, pero los astronautas regresaron a salvo a la Tierra.

Como parte del equipo de la mision del Apollo 13, Hernández recibió la Medalla Presidencial de la Libertad.

Más tarde participó, también desde el Centro de control de Houston, de las misiones Apollo 16 y 17, la última a la Luna, en diciembre de 1972, y la única que llevó un científico, el geólogo Harrison Schmitt.

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Documento de la NASA con el recuento y resultados del vuelo del Apollo 11 Miguel A. Hernández Cortesía

Después de su salida de la NASA Hernández aprovechó su experiencia y fundó Hernandez Engineering en 1983, que empezó como una compañía pequeña de diseño e ingeniería que trabajaba con la industria espacial y militar, fundamentalmente en Europa, y que luego consiguió su primer contrato a gran escala en Estados Unidos por $58 millones.

Más tarde Hernandez Engineering se unió a Bastion Technologies, que hoy preside su hijo, Jorge Hernández, también ingeniero. En la actualidad la compañía es una de las principales proveedoras de ingeniería a la NASA.

Hernández destaca la importancia de las misiones de los Apollo por la valiosa información científica que se derivó de estas sobre la composición de la Luna, que se distribuyó a todo el mundo.

Hoy se planea el regreso a la Luna para el 2024, y Marte sigue siendo un objetivo, entre otras razones porque se cree que hay agua, y que por lo tanto puede haber vida.

“Marte está lejísimo, y puede tomarnos un año llegar, solo un viaje, dependiendo de dónde esté Marte con relación a la Tierra. Si ocurriera algo como lo que pasó con el Apollo 13 en camino a Marte no habría manera de traer [a la tripulación]”, dice sobre los riesgos.

Mientras el viaje a la Luna, o más bien la permanencia allí, sería para aprender a vivir en el satélite, regresar si hay problemas, y entonces estar preparados para Marte.

Si tomamos al pie de la letra lo que dice Collins, él nunca se sintió solo en el espacio. Además, tenía café caliente, acotó el astronauta del Apollo 11 que después hizo una destacada carrera en el servicio público.

Sarah Moreno cubre temas de negocios, entretenimiento y tendencias en el sur de la Florida. Se graduó de la Universidad de La Habana y de Florida International University.
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