Estados Unidos

La campaña de Jeb Bush pierde fuerzas antes de comenzar


El previsible candidato presidencial republicano, Jeb Bush, saluda al presidente polaco electo Andrzej Duda el jueves en Varsovia.
El previsible candidato presidencial republicano, Jeb Bush, saluda al presidente polaco electo Andrzej Duda el jueves en Varsovia. AFP/Getty Images

Al preguntársele dónde fue que la campaña presidencial de Jeb Bush empezó a encontrar tropiezos, muchos confidentes de la misma dijeron una sola palabra: Dallas.

Mike Murphy, el alter ego político de Bush, decidió desde muy temprano celebrar reuniones regulares de los miembros principales de la campaña en una ubicación inusual: un hotel Hyatt en la terminal del Aeropuerto Internacional Dallas/Fort Worth. La idea era que se trataba de un lugar de reunión céntrico y relativamente barato para un disperso equipo con miembros en lugares tan lejanos uno del otro como Los Angeles, donde vive Murphy, a Miami, donde reside el aspirante a candidato.

Al principio todo fue bien, pero pronto la rutina se hizo incómoda. Donantes y otros republicanos encontraron que el arreglo era algo torpe para un proyecto de campaña que se suponía tuviera su sede en la Florida.

Además, a viejos colaboradores de Bush les empezó a molestar la rápida contratación llevada a cabo por nuevos asesores, y se crearon tensiones entre ellos, de acuerdo con asociados de Bush. Y, a medida que el ex gobernador de la Florida empezó a tener tropiezos en sus actividades de campaña y en las encuestas, las conversaciones se volvieron ácidas discusiones sobre cómo dividir fondos y recursos entre la súper PAC aliada de Bush y su campaña oficial.

“Estas cosas siempre se vuelven un tira y afloja”, dijo de las sesiones iniciales Thomas Rath, amigo de la familia de Bush en New Hampshire. “Es casi como el primer día de curso en la escuela, con todo el mundo tratando de conseguir el mejor lugar y hacerse de los mejores asientos”.

Las reuniones en el aeropuerto fueron sólo una de muchas señales de que esta operación política estaba desviándose del curso debido, desarticulada en su mensaje y en su método, dividida en facciones, y menos enfocada de lo que parecía en la superficie. Los primeros seis meses de Bush como candidato en todo menos el nombre se han visto definidos por una serie de errores de cálculo, lo cual disminuyó su posición considerablemente antes de su entrada formal en la campaña el martes.

En entrevistas realizadas esta semana, docenas de partidarios de Bush y de republicanos bien informados –la mayoría de los cuales hablaron con la condición de conservar el anonimato para hablar libremente– describieron una campaña extremadamente optimista e incluso altanera. Sus errores estratégicos fueron exacerbados por tropezones inesperados del candidato y el conflicto interno dentro de su equipo, los cuales culminaron en una serie de cambios inesperados esta semana entre sus empleados.

La premisa original de la candidatura de Bush –que un comienzo osado y raudo ahuyentaría a sus posibles rivales y le ayudaría a dejar atrás el fardo de su apellido– ha probado ser incorrecta.

La habilidad de su campaña para conseguir grandes donaciones también alimentó unas expectativas igualmente infladas. Sus partidarios admitieron esta semana que una súper PAC aliada probablemente se quedará corta –tal vez sustancialmente corta– con respecto a los pronósticos de que recaudaría $100 millones en la primera mitad del año.

En sus discursos, Bush se ha atenido a su promesa de no desviarse a la derecha para ganar las primarias, pero sus posiciones centristas sobre inmigración y educación han parecido más bien fuera de sintonía con su partido que astutamente pragmáticas. Sus flojos intercambios de preguntas y respuestas con los votantes parecen más bien conferencias universitarias que llamados amistosos a recibir votos.

Estos problemas han minado la imagen que Bush ha tratado de presentar como el único republicano verdaderamente listo para la presidencia. Ha perdido terreno en las encuestas, de presunto favorito a uno de varios candidatos más o menos mezclados al frente de un campo cada vez más apiñado.

El miércoles, hablando en Berlín, Bush se mostró confiado. “Es junio, por favor, nos queda un largo camino por recorrer”, dijo, y agregó luego: “Yo voy a competir por todos lados. Si voy a ser candidato, saben que yo no tengo mentalidad de quedar en quinto lugar”.

Un verano que se pronosticaba originalmente como una temporada de presentaciones lentas y cálidas a los votantes está ahora a punto de convertirse en una batalla por parte de Bush para recuperar su puesto a la cabeza de los candidatos.

“Los Bush siempre han subestimado la profundidad del descontento de los votantes de base con su política, e interpretan las críticas como si fueran personales”, dijo en una entrevista Laura Ingraham, presentadora de radio conservadora.

Los asistentes se molestan por lo que consideran la obsesión de la prensa por el pasado personal y profesional de Bush. Ellos afirman que, en sus visitas de campaña a más de una docena de estados, él ha estado haciendo exactamente lo que debe hacer.

“Intercambiar opiniones en sus viajes con personas que lidian con problemas reales… eso es lo que causa verdadera alegría a Jeb”, dijo Sally Bradshaw, por largo tiempo asesora de Bush, en un reciente correo electrónico.

Encuestas recientes colocaron a Bush a la cabeza, empatado con otros cinco candidatos. Le dan amplia ventaja en Nueva Hampshire, pero otras a nivel nacional y en los estados tempranos lo colocan por debajo de Rubio y Walker.

Muy temprano, hubo indicaciones de que la habilidad de Bush para recaudar enormes sumas de dinero para su súper PAC aliado Right to Rise (Derecho a Levantarse) emergía como la característica dominante de su candidatura potencial.

“El era más bien un candidato estilo súper PAC que un candidato en la calle”, dijo un republicano con lazos cercanos a la campaña de Bush. “El candidato no ha salido a hacer visitas de campaña durante algún tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que le pidió a alguien que le dé su voto? Han pasado algunos años”.

Esas preocupaciones, que han estado cociéndose a fuego lento bajo la superficie, se desbordaron finalmente una semana a mediados de mayo durante una serie de entrevistas centrada en el tema más evidente que se pueda imaginar para un Bush: la guerra de Irak.

Comenzando con una entrevista transmitida en Fox News el lunes 11 de mayo, Bush pasó trabajo durante cuatro días para responder si él hubiera autorizado la guerra que comenzó su hermano, dado lo que sabemos ahora sobre los datos erróneos de inteligencia que llevaron a esa decisión. El dijo primero que sí, luego que “tal vez”, y por último se negó a dar respuesta alguna.

Finalmente, trató el jueves de cerrar el tema en un evento de estilo de campaña en Arizona. “Esta es la cosa”, dijo. “Si se supone que todos contestemos preguntas hipotéticas –sabiendo lo que sabemos ahora, qué hubieras hecho– yo no lo hubiera hecho. Yo no hubiera ido a Irak”.

El episodio sirvió para cristalizar algunas de las principales preocupaciones con respecto a Bush: su reticencia a criticar o a distanciarse de la impopular política de George W. Bush, y su tendencia a mostrarse irritado cuando se le presiona.

Amigos y donantes suyos tienen la esperanza de que Bush haya enderezado su trayectoria, y de que sus recursos, que son sustanciales, lo lleven más lejos que los demás.

“Tratará de hacer las cosas a su manera, sin preocuparse de cualquier cambio de viento, y sin perder su dignidad tratando de contentar a todos”, dijo John “Mac” Stipanovich, cabildero de Tallahassee y aliado de Bush.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de junio de 2015, 9:37 p. m. with the headline "La campaña de Jeb Bush pierde fuerzas antes de comenzar."

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