Estados Unidos

‘Un llamado nacional a la producción de alimentos’: La agricultura sostenible tras una revolución en Puerto Rico

Este proyecto fue apoyado por una beca de la Columbia Journalism School/Pulitzer Center Campus Consortium que apoya reportajes en profundidad y de alto impacto, al igual que la educación sobre temas de importancia mundial.

El huracán María arrasó la finca de Carmen Ana Acevedo, dejando solo un racimo de plátanos entre los árboles frutales derrumbados.

Las montañas que rodean Barrio Cacao, su comunidad en un valle del municipio montañoso puertorriqueño de Orocovis, eran un paisaje quemado por el viento. Los vecinos de Acevedo —agricultores de cultivo de plátanos, bananas y café— también perdieron sus cosechas.

El centro urbano más cercano estaba casi a una hora de distancia. Los ríos y arroyos desbordados habían derrumbado puentes e inundado calles. La monstruosa tormenta de 2017 derribó las líneas eléctricas y contaminó los suministros de agua.

“Fue como una bomba nuclear”, dijo Acevedo, de 66 años.

Durante tres meses después de la tormenta, Acevedo y sus vecinos, muchos de ellos personas mayores, dependieron de las reservas de alimentos enlatados, de las comidas calientes donadas, de las entregas en helicóptero y de los limitados supermercados locales.

“Estábamos desconectados del mundo”, dijo Acevedo.

La líder comunitaria, Carmen Ana Acevedo [centro], limpia un área del proyecto Escuelita de la Tierra en Barrio Cacao en Orocovis, Puerto Rico, el 18 de septiembre de 2021. También aparecen en la foto, [izquierda] Noelia Martínez y Ryan Acevedo.
La líder comunitaria, Carmen Ana Acevedo [centro], limpia un área del proyecto Escuelita de la Tierra en Barrio Cacao en Orocovis, Puerto Rico, el 18 de septiembre de 2021. También aparecen en la foto, [izquierda] Noelia Martínez y Ryan Acevedo. Erika P. Rodriguez Erika P Rodriguez

A unas 15 millas, en Barrio Botijas, otra comunidad de Orocovis, la escena era notablemente diferente.

Justo después del paso del huracán, un grupo de estudiantes de agricultura de la escuela primaria despejó de árboles y techos de zinc el camino hasta su finca escolar. Inspeccionaron la tierra empapada por la lluvia, cultivaron el suelo e hicieron abono con la destrucción de María.

Dos meses después, los alumnos de la Escuela Segunda Unidad Botijas #1 estaban produciendo alimentos suficientes para unas 200 personas. Los alumnos se llevaban a casa cilantro y coles frescas. Los frijoles se convirtieron en almuerzos para la comunidad rural en la cafetería de la escuela.

“Supieron qué hacer en medio de la tormenta. Literalmente”, dijo Dalma Cartagena, una maestra de 63 años que dirigió el programa de agricultura infantil en Botijas durante dos décadas.

La finca de la escuela se convirtió en el principal suministro de alimentos frescos para la comunidad durante casi seis meses, descubrieron posteriormente los expertos. Es una de las al menos 50 iniciativas que se autoidentifican como parte del movimiento agroecológico de Puerto Rico, las cuales utiliza los recursos naturales disponibles para impulsar la producción agrícola y ganadera en una isla que importa la mayor parte de sus alimentos.

Los agricultores agroecológicos pretenden trabajar mano a mano con la naturaleza, reduciendo la dependencia de materiales externos, como las semillas compradas, y evitando los productos químicos sintéticos utilizados en la agricultura convencional. Plantan frutas y vegetales juntos, en lugar de un solo cultivo, y recogen el agua de lluvia para el riego. El cultivo de frijoles ricos en nitrógeno y el uso de abono orgánico se convierten en alternativas a los fertilizantes. Las cáscaras de huevo y el aceite de neem, un plaguicida natural, ahuyentan y matan a los insectos hambrientos de cultivos.

El huracán María, que mató a miles de personas, diezmó el 80% del valor de los cultivos de Puerto Rico, acabando con las fincas de plátanos, café y bananas. Cerró y complicó las operaciones portuarias, desacelerando la ayuda e interrumpiendo las cadenas de suministro. Los funcionarios federales reconocieron que el ritmo de la ayuda no podía superar la escasez de alimentos, reportó entonces The Guardian.

Pero los proyectos agroecológicos se recuperaron más rápidamente que las fincas convencionales después de la tormenta según agricultores y académicos, y alimentaron a las comunidades donde la ayuda no llegó durante mucho tiempo.

Sus proponentes afirman que las fincas agroecológicas pudieran producir hasta dos tercios de los alimentos que consume la población de 3.2 millones de habitantes de Puerto Rico, rompiendo la larga dependencia de la isla de la importación de entre el 80% y el 90% de la comida y ofreciendo protección contra la escasez de alimentos tras los desastres naturales.

“No pierdo la esperanza de que Puerto Rico lo haga a nivel nacional”, dijo Cartagena.

El legado de la historia colonial

La historia colonial de Puerto Rico ha hecho que la isla haya cultivado tradicionalmente cultivos comerciales como la caña de azúcar y el tabaco para la exportación, en lugar de dar prioridad al consumo local, un legado que influye en los sistemas agrícolas modernos de la isla.

Nelson Álvarez-Febles, ecólogo social y experto en agroecología, en San Juan, Puerto Rico, el 3 de septiembre de 2021.
Nelson Álvarez-Febles, ecólogo social y experto en agroecología, en San Juan, Puerto Rico, el 3 de septiembre de 2021. Erika P. Rodriguez Erika P Rodriguez

“Se produce lo que no se consume y se consume lo que no se produce”, dice Robinson Rodríguez Pérez, profesor de la Universidad de Puerto Rico.

Cuando comenzó la gobernanza estadounidense en 1898, un sistema económico llamado absentismo sustituyó a las haciendas españolas. Los dueños de las plantaciones estadounidenses quizás nunca habían estado en Puerto Rico, pero gestionaban la producción a distancia, añadió Rodríguez Perez. El huracán San Ciriaco de 1899 destruyó las tierras de cultivo, dejando a muchos puertorriqueños hambrientos y pobres.

El abuelo de Dalma Cartagena nació en 1898, el mismo año en que Estados Unidos invadió Puerto Rico durante la guerra hispanoamericana. Era un obrero agrícola, un agricultor de tabaco que trabajaba para otros, y que se casó con una artesana.

Aunque la isla estaba repleta de caña de azúcar y otros cultivos comerciales, habitantes como el abuelo de Cartagena producían el 65% de todos los alimentos consumidos en 1939, según los registros históricos. La isla comenzó a industrializarse a mediados del siglo XX, cuando el gobierno atrajo a las empresas estadounidenses con oportunidades de manufactura. Mientras los agricultores hacían fila en las cadenas de montaje de las fábricas, Cartagena observaba a su abuelo cultivar la tierra fértil de su casa en Botijas, el mismo barrio donde ella daría clases décadas después.

“No tenía cosas, ni un solo par de zapatos”, dijo. “Pero me crié con en la abundancia del alimento”.

El terreno, el balcón y la cocina de la casa de sus abuelos estaban llenos de frutas, hierbas medicinales y vegetales, con raíces que se enredaban entre sí. Criaban cerdos, gallinas y vacas y cosechaban leche y huevos.

Cartagena vio cómo podían crecer juntos múltiples cultivos sin el uso de pesticidas y fertilizantes químicos. Su educación la llevó a formarse como agrónoma en la Universidad de Puerto Rico. Pero la escuela estaba inmersa en la Revolución Verde, una agricultura posterior a la Segunda Guerra Mundial que aumentó la producción haciendo hincapié en el uso de productos químicos, dijo. Cartagena abandonó la universidad durante seis años, pero finalmente se graduó y trabajó en el Departamento de Agricultura.

“Veo el desastre ambiental en los cafetales. Entonces yo empecé a buscar .... Tenía que haber otras alternativas”, dijo.

Convenció a la agencia pública para que la dejara inscribirse en una clase de conservación de suelos y acabó tropezando con la agroecología.

“Toda la actividad del hogar de mis abuelos era en torno a a ese modo de vivir,” dijo. “Así que la agroecología no es nada nuevo”.

Tras décadas en las que las tierras agrícolas se redujeron año tras año, a finales de la década de 2000 la isla importaba más del 80% de sus alimentos.

Otros puertorriqueños, muchos de ellos jóvenes, se han unido a Cartagena en los últimos años, estableciendo fincas agroecológicas con la esperanza de crear un sistema agrícola que pueda alimentar a la isla.

Cultivar alimentos todo el año

En el pueblo montañoso de Aibonito, la finca agroecológica Armonía en la Montaña trabaja para ampliar el acceso y la producción de alimentos saludables. Las temperaturas frescas del lugar permiten a la finca cultivar productos como la col con la Cordillera Central, la cadena montañosa que atraviesa la isla de este a oeste, de trasfondo. Campos de flores anaranjadas, amarillas y violeta viven entre las cosechas para atraer a las abejas polinizadoras.

“La mejor comida en Puerto Rico, la mejor comida libre de pesticidas, cultivada con intención y con amor, es crecida muchas veces en las montañas y en las zonas rurales desaventajadas de Puerto Rico”, dice Daniella Rodríguez Besosa, la bióloga convertida en agricultora que fundó Armonía en la Montaña junto a su equipo. Pero la pobreza puede dificultar que los habitantes de estas zonas se puedan comprar alimentos sanos o cultivados de forma agroecológica, añadió.

Alimentos se cultivan en la granja Armonía en la Montaña en Aibonito, Puerto Rico, el 15 de septiembre de 2021. La granja es un proyecto agroecológico sin fines de lucro que distribuye los alimentos producidos a otras organizaciones sin fines de lucro en la zona con impacto directo en la comunidad sin costo alguno.
Alimentos se cultivan en la granja Armonía en la Montaña en Aibonito, Puerto Rico, el 15 de septiembre de 2021. La granja es un proyecto agroecológico sin fines de lucro que distribuye los alimentos producidos a otras organizaciones sin fines de lucro en la zona con impacto directo en la comunidad sin costo alguno. Erika P. Rodriguez Erika P Rodriguez

Las investigaciones demuestran que las regulaciones de transporte marítimo, junto con la geografía insular de Puerto Rico, hacen que la importación de alimentos sea costosa, y más vulnerable, dependiendo de cadenas de suministro que las puede cortar un naufragio o una tormenta. Los artículos de la tienda de comestibles en la zona de San Juan son casi un 21% más caros que el promedio nacional de Estados Unidos; la tasa de pobreza de la isla es del 43.5%, en comparación al promedio nacional del 10.5%.

Según Rodríguez Besosa y otros agricultores, el aumento de la producción agroecológica pudiera reducir los costos de los alimentos y aumentar su disponibilidad, especialmente en las comunidades de bajos ingresos. Además, pudiera suponer una inyección muy necesaria para la economía local, añadiendo hasta más de 100 mil empleos, afirma el ecólogo social y experto en agroecología Nelson Álvarez Febles.

“Es una agricultura que requiere pensamiento y análisis, que requiere que sean veterinarios, expertos en suelos, que conozcan la climatología como el campesino tradicional”, dijo.

Además de cultivar hortalizas y frutas, Armonía en la Montaña tiene una iniciativa que ofrece servicios gratuitos de distribución de alimentos para los agricultores locales y talleres educativos para enseñar a otros la agroecología. Todo ello forma parte de la visión de Rodríguez Besosa de un Puerto Rico en el que la agricultura local pueda garantizar tanto la seguridad alimentaria–la disponibilidad de suficientes alimentos nutritivos para todos los habitantes– como la soberanía alimentaria: que los agricultores locales y los habitantes puedan controlar cómo se cultivan y distribuyen los alimentos.

“Esto es definitivamente algo que puede cambiar el mundo. Tiene todo el potencial de revertir tantos problemas, sociales, ambientales y económicos”, dijo Rodríguez Besosa. “Hay tanto entrelazado y arraigado en [la agroecología]”.

Expertos como Álvarez Febles, junto con el agricultor y científico Georges Félix, dicen que es posible. La isla pudiera producir alrededor de dos tercios de todos los alimentos que necesita para todos sus habitantes si desarrollara sus 600,000 acres de tierra agrícola reservada como fincas agroecológicas, escriben los expertos en el libro “Climate Justice and Community Renewal” (Justicia climática y renovación comunitaria).

Daniella Rodríguez-Besosa, miembro de la junta directiva de Armonía en la Montaña, cosecha alimentos en la granja de Aibonito, Puerto Rico, el 15 de septiembre de 2021.
Daniella Rodríguez-Besosa, miembro de la junta directiva de Armonía en la Montaña, cosecha alimentos en la granja de Aibonito, Puerto Rico, el 15 de septiembre de 2021. Erika P. Rodriguez Erika P Rodriguez

Una mayor capacidad local de producción a través de la agroecología pudiera salvaguardar el suministro de alimentos de Puerto Rico durante todo el año y en tiempos de emergencia, especialmente cuando se avecina la amenaza del cambio climático. El fenómeno ya está provocando un aumento de las temperaturas en Puerto Rico, según la Agencia de Protección Ambiental (EPA), lo que hace más probable un aumento en la velocidad de los vientos huracanados y de las precipitaciones.

Las tormentas con fuertes lluvias como la del huracán María tienen cinco veces más probabilidades de golpear la isla hoy que a mediados del siglo XX, según una investigación de la Universidad de Alabama y la Universidad Estatal de Sonoma. Y la tormenta de 2017 demostró que la isla está a solo un desastre de una crisis alimentaria.

“Encontramos en lugares como [el pueblo de] Añasco que quedaron tan incomunicados que no tenían ni agua para tomar ni como comunicarse Subsistieron tomando agua de coco” y agua de río, dijo Robinson Rodríguez, sociólogo rural.

La devastación tras tormentas como María es inevitable, pero las técnicas agroecológicas pueden adaptarse mejor y aumentar la resiliencia tras las catástrofes naturales en comparación con las fincas convencionales, dicen expertos y agricultores.

“El agricultor agroecológico ha estado activado todo el año y, cuando llega la emergencia, está listo para proveer asistencia a la población”, dijo Rodríguez Pérez.

El experto encontró que la mayoría de los productores agroecológicos estaban operando menos de un mes después del huracán María, un hallazgo similar al de un estudio de 2002 que encontró que las fincas agroecológicas de Centroamérica se recuperaron más rápidamente después del huracán Mitch de categoría 5 en 1998.

“Pudieron rescatar cosechas, especialmente los que viven bajo tierra”, dijo Rodríguez Pérez, “y en muchos lugares fueron una fuente primaria de alimentos, mientras llegaba la ayuda y se restablecían las cadenas”.

El Colectivo Agroecológico Güakiá, una finca de 11 cuerdas en el pueblo costero de Dorado, desarrolló su visión en gran parte tras el huracán María. Los cuatro jóvenes fundadores de la granja pusieron en marcha el proyecto en un lote abandonado de San Carlos, un barrio pobre sin sistema de alcantarillado, el verano anterior a la tormenta. Con donaciones de la comunidad y otros proyectos agroecológicos –Güakiá no había empezado a cultivar cuando llegó María–, los agricultores cocinaban 150 almuerzos cada semana en una antena parabólica que la tormenta había arrancado de un techo.

Los miembros del Colectivo Güakiá, [de izquierda a derecha] Marissa Reyes, Francisco J. Daz, Stephanie Monserrate y Jan Poul Lebron, posan en la granja después de un día de trabajo en Dorado, Puerto Rico, el 19 de septiembre de 2021.
Los miembros del Colectivo Güakiá, [de izquierda a derecha] Marissa Reyes, Francisco J. Daz, Stephanie Monserrate y Jan Poul Lebron, posan en la granja después de un día de trabajo en Dorado, Puerto Rico, el 19 de septiembre de 2021. Erika P. Rodriguez Erika P Rodriguez

Sin una fuente directa de agua, Güakiá recoge el agua de lluvia en enormes contenedores blancos. Los mogotes, colinas boscosas de piedra caliza, protegen la finca de los fuertes vientos y las lluvias. La yuca y la batata, hortalizas de raíz que pueden sobrevivir los vientos huracanados, crecen bajo la sombra de los árboles de guanábana, que también protegen a otras plantas de bajo crecimiento.

“Una de las cosas que hace más fuertes los proyectos agroecológicos es su capacidad de transformarse rápidamente”, dijo Marissa Reyes, una de las fundadoras del colectivo, “a diferencia de un espacio convencional con un solo cultivo en el que se pierde todo y tienes que empezar desde cero”.

Se necesita más ayuda del gobierno



Pero los agricultores y los académicos dicen que las instituciones oficiales y las políticas públicas –seguros que no cubren los cultivos múltiples integrados, un censo agrícola que no capta en su totalidad la producción agroecológica y la falta de incentivos económicos– ofrecen poco apoyo a los proyectos agroecológicos.

“El establecimiento agrícola oficial en Puerto Rico no ha sido capaz de integrar la complejidad productiva de la agroecología”, dijo Álvarez Febles.

Myrna Comas, ex secretaria de Agricultura y experta en seguridad alimentaria, promovió la producción agroecológica a través de huertos domésticos, comunitarios y escolares, destacando su papel clave en el aumento del acceso a alimentos saludables. Pero también subrayó la doble misión del departamento, la seguridad alimentaria y el desarrollo económico, diciendo al Nuevo Herald que para recibir más ayuda del gobierno, las fincas agroecológicas deben generar ingresos y producción.

“Hay incentivos que ayudan a personas interesadas en realizar prácticas agroecológicas ... pero tienen que ser fincas comerciales. No pueden ser proyectos agroecológicos de huerto, comunitarios, caseros,” recordó haber dicho a los agricultores durante su administración.

Ramón González, un agricultor que es el actual secretario de agricultura, dijo al Nuevo Herald que está trabajando para establecer incentivos más accesibles para los pequeños y medianos agricultores y priorizar el censo agrícola. Los agricultores y los académicos dicen que el gobierno debe proporcionar más dinero y recursos si quieren que la producción agroecológica aumente y tenga éxito.

“La agroecología no solo produce el producto económico, sino también produce bienestar social, salud, suelos, hábitat para la biodiversidad”, dijo Félix, el agricultor y científico.

Los agricultores desestiman las críticas de que las fincas agroecológicas de Puerto Rico son demasiado pequeñas para alimentar a mucha gente. En aproximadamente un cuarto de cuerda de bosque con más de una docena de cultivos, incluidos árboles frutales, dijo Guakiá al Nuevo Herald, el colectivo ha cosechado 300 libras de batatas y 150 libras de calabazas en los últimos nueve meses.

“El gobierno tampoco ayuda”, dijo Félix. “No lo ven como viable porque no produce según sus estándares”.

Stephanie Monserrate, del Colectivo Güakiá, trabaja en la granja de Dorado, Puerto Rico, el 19 de septiembre de 2021.
Stephanie Monserrate, del Colectivo Güakiá, trabaja en la granja de Dorado, Puerto Rico, el 19 de septiembre de 2021. Erika P. Rodriguez Erika P Rodriguez

‘Un llamado nacional a la producción de alimentos’

En Orocovis, Cartagena se retiró de la enseñanza pública en 2020. Ahora, dirige la Escuelita de la Tierra.

”Ese aprendizaje conjunto con la tierra es alegría,” dijo. “Hace que el ser humano descanse en la naturaleza y se alinee con la naturaleza para producir alimento en abundancia”

Sueña con crear una red de fincas agroecológicas en todo Puerto Rico, pero ha comenzado en su propia comunidad, ayudando a lanzar tres proyectos en otros barrios de Orocovis, incluyendo uno en una escuela primaria.

“Debe haber un llamado nacional a la producción de alimentos sanos”, dijo. “Todos los sectores, todas las comunidades, comiencen a producir alimentos, comiencen a concienciarse de la importancia de la producción de alimentos”.

Vista del proyecto Escuelita de la Tierra en Barrio Cacao en Orocovis, Puerto Rico, el 18 de septiembre de 2021.
Vista del proyecto Escuelita de la Tierra en Barrio Cacao en Orocovis, Puerto Rico, el 18 de septiembre de 2021. Erika P. Rodriguez Erika P Rodriguez

El año pasado, junto con otros residentes, Cartagena y Acevedo rescataron la Escuela Ángel Gabriel Rivera, la cual cerró antes de María. Las montañas de materia vegetal muerta en los terrenos abandonados se utilizaron para abonar sus primeras ensaladas, cosechadas a los 45 días de abrir la finca.

Hoy, los terrenos rocosos de la escuela, enclavados en el verde valle que alberga al Barrio Cacao, se han convertido en bancos de tierra con col rizada, berenjenas, albahaca y calabacines. Las antiguas aulas se han equipado con almacenes de semillas y herramientas.

“La finca te da seguridad porque siempre encuentras algo”, dice Acevedo, que trabaja en la granja de la escuela tres veces por semana y gestiona a los voluntarios.

Barrio Cacao tuvo que luchar por conseguir alimentos frescos y fuentes de agua cuando el huracán María azotó la zona. Pero Acevedo confía en que, si llega una tormenta, los cultivos de la finca escuela alimentarán a los vecinos más necesitados.

“En este espacio entre todos juntos podemos sembrar”, dijo. “Es de la comunidad”.

Esta historia fue publicada originalmente el 4 de octubre de 2021, 4:59 p. m..

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