Estados Unidos

Una unidad militar acechada por el suicidio trata de salvarse


Manny Bojorquez sirvió en el Segundo Batallón, Séptimo Regimiento de Marines, en Afganistán, en su apartamento en Mesa, Arizona, en abril de este año. Esta una de las unidades más afectada por el suicidio.
Manny Bojorquez sirvió en el Segundo Batallón, Séptimo Regimiento de Marines, en Afganistán, en su apartamento en Mesa, Arizona, en abril de este año. Esta una de las unidades más afectada por el suicidio. NYT

Después del sexto suicidio en su antiguo batallón, Manny Bojorquez se hundió en su cama. Con una botella media vacía de “bourbon” Jim Beam junto a él y una pistola en la mano, empezó a llorar.

Había ido a Afganistán a los 19 años como ametrallador en el Cuerpo de Marines. En los 18 meses desde que salió de la milicia, se había dejado crecer el cabello y un bigote espeso. Era el 2012. Trabajaba a medio tiempo en una tienda, vendiendo cachuchas de béisbol, asistía a un centro de estudios superiores y vivía con sus padres en los suburbios de Phoenix. Era raro que mencionara la guerra a sus amistades y familiares, y nunca mencionó las pesadillas.

Pensó que se estaba acostumbrando a los suicidios en su antigua unidad de infantería, pero el más reciente lo golpeó como si fuera un ladrillo: el cabo Joshua Markel, un mentor de su subunidad de infantería que parecía inquebrantable. En Afganistán, Markel se ofrecía como voluntario para patrullas extras y bromeaba durante las balaceras. De regreso en Estados Unidos, Markel parecía sólido: un empleo en la oficina de un alguacil, una camioneta nueva, una esposa y tiempo para cazar venados con su padre. Sin embargo, esa semana, mientras veía el fútbol americano en la televisión con amigos, había entrado en su recámara sin decir nada, había tomado una pistola y se había suicidado. Tenía 25 años.

Todavía impresionado por la noticia, Bojorquez estudió su cuarto de la infancia y el chaleco blindado, desteñido por el sol que colgaba del pilar de la cama. Luego, bebió un largo trago de la botella.

“Si él no pudo hacerla”, recordó haber pensado, “¿qué posibilidades tengo yo?”.

Presionó la pistola cargada contra la ceja y tiró del gatillo.

Bojorquez, de 27 años, sirvió en una de las unidades militares más duramente golpeadas en Afganistán, el Segundo Batallón, Séptimo Regimiento de Marines. En el 2008, el 2/7 se desplazó a una franja silvestre en la provincia de Helmand. Por ubicarse mucho más allá de las líneas confiables de suministros, era frecuente que el Batallón padeciera escasez de agua y municiones, mientras que estaba bajo fuego a diario. Durante ocho meses de combate, la unidad mató a cientos de combatientes enemigos y sufrió más bajas que ningún otro batallón de marines ese año.

A su regreso, la mayoría de los elementos dejaron la milicia y volvieron a fusionarse en el panorama civil. Tenían familia y jugaban softbol, impartían clases en secundaria y asistían a universidades de la “Ivy League”. Sin embargo, muchos también batallaban sin poder encontrar consuelo. Y, para algunos, nunca terminó la agonía de la guerra.

Casi siete años después del desplazamiento, el suicidio se está propagando en la antigua unidad como un virus. De alrededor de 1,200 marines que se desplazaron con el 2/7 en el 2008, se han suicidado al menos 13, dos cuando estaban en servicio activo, el resto después de dejar la milicia. La tasa de suicidios resultante para el grupo es de casi cuatro veces la de los jóvenes veteranos hombres en su conjunto y 14 veces la de todos los estadounidenses.

“Cuando comenzaron los suicidios, me enojé”, dijo, en entrevista telefónica desde Oregón, Matt Havniear, otrora soldado de primera que portaba un lanza cohetes en la guerra. “Con los pocos que siguieron, yo solo estaba confundido y triste. Luego, como para el décimo, empecé a sentir que era inevitable; que nos va a atrapar a todos y que no había nada que pudiéramos hacer para detenerlo”.

Durante años, los líderes en los altos niveles del gobierno han reconocido el alto índice de suicidios entre los veteranos y han gastado mucho para tratar de reducirlo. Sin embargo, los suicidios han continuado y, en su mayor parte, todavía no se responden las interrogantes básicas sobre quiénes están en mayor riesgo y cuál es la mejor forma de ayudarlos. Las autoridades ni siquiera están conscientes del punto máximo de los suicidios en el 2/7; expertos en suicidio del Departamento de Asuntos de los Veteranos dijeron que no monitorizan las tendencias del suicido entre los veteranos de unidades específicas de las fuerzas armadas. Y el Cuerpo de Marines no rastrea el suicidio de los que fueron elementos suyos.

Cuando el décimo se suicidó, empecé a sentir que era inevitable; que nos va a atrapar a todos y que no había nada que pudiéramos hacer para detenerlo

Matt Havniear

ex soldado de primera

La mañana después de que Manny Bojorquez trató de dispararse en el 2012, abrió los ojos ante la luz del sol que se filtraba por la ventana y encontró la pistola cargada en el suelo. Con todo y el dolor de cabeza por el whiskey, logró atar cabos, y concluir que se había atascado el arma y que se había desmayado por la borrachera.

Una semana después, estaba parado junto a más de una docena de otros marines veteranos en el funeral de Markel, en Lincoln, Nebraska. Se escuchó el eco del chasquido de los rifles más allá de las lápidas, mientras la guardia de honor uniformada disparaba un saludo.

No se tienen datos sobre los suicidios

A principios del 2005, los índices de suicidios entre los veteranos de Irak y Afganistán empezaron a dispararse drásticamente, y la milicia y el Departamento de Asuntos de los Veteranos crearon diversos programas para combatir el problema. A pesar de gastar cientos de millones de dólares en investigación, el Departamento y la milicia todavía saben poco sobre cómo la experiencia en el combate afecta al riesgo de suicidio, según investigadores del suicidio concentrados en las fuerzas armadas.

Muchos estudios recientes se han centrado en si el desplazamiento es un factor de riesgo para el suicido y encontraron que no es así.

Los resultados parecían mostrar algo paradójico: era menos probable que se suicidaran quienes habían sido desplazados a la guerra. Sin embargo, los críticos de esos estudios dicen que la mayoría de las personas desplazadas a zonas de guerra no enfrentan el fuego enemigo. El riesgo para los verdaderos veteranos de combates está oculto en los resultados más grandes, y nunca se ha examinado en forma apropiada, aseveran.

“Es posible que el riesgo sea 10 veces mayor, puede ser que sea 100 veces, y no sabemos porque nadie lo ha analizado”, señaló Michael Schoenbaum, un epidemiólogo en los Centros para el Control de las Enfermedades y la Prevención.

En cuanto a los primeros suicidios, los hombres del 2/7 tuvieron la impresión de que habían sido al azar. Fue solo al paso del tiempo que llegaron a ver que las muertes eran parte de su historial de guerra; muertes en combate que ocurrieron después de los hechos.

Los marines tendieron a atribuir estos primeros suicidios a impulsos tontos o problemas anteriores a la guerra. Luego, se produjo la muerte que sacudió al batallón y provocó que muchos se preguntaran si había algo mal, no solo con los hombres que se habían suicidado, sino con todos ellos.

El cabo Clay Hunt había sido francotirador en el batallón. Después de salir del Cuerpo de Marines en el 2009, al concluir su segundo periodo de servicio, su desencanto con la guerra aumentó y buscó tratamiento contra la depresión y el TEPT, en el Departamento de Asuntos de los Veteranos.

Se volvió un defensor franco de los jóvenes veteranos, habló abiertamente sobre sus problemas y cabildeó en el Congreso para que se dé mejor atención a los veteranos. En el 2010, lo presentaron en un mensaje de servicio público, en el que exhorta a los veteranos a buscar apoyo con sus camaradas.

Al mismo tiempo, Hunt peleaba por obtener atención adecuada para él en el Departamento de Asuntos de los Veteranos, y encontró prolongados retrasos y tratamientos incompatibles, según su madre, Susan Selke de Houston. Hunt de disparó en su departamento en Texas, en marzo del 2011. Tenía 28 años.

Combatir la etiqueta

Son cada vez más los elementos del batallón que han sentido, en su casa como en Afganistán, que aún los siguen olvidando. Así es que han buscado ayuda con las personas con las que contaban en Afganistán: sus compañeros marines.

En noviembre, Keith Branch de Austin, Texas, quien era un fusilero con 20 años de edad en el 2/7, publicó una solicitud en Facebook en la que pide a los demás que ingresen su dirección en una hoja de cálculo de Google. De esa forma, si un marine en Montana estaba preocupado por un amigo en Georgia, podía revisar la hoja y encontrar a alguien cerca para que lo ayudara.

“Todos nosotros estamos pasando por la misma batalla”, dijo Branch, ahora de 28 años, en una entrevista. “Si conseguimos que alguien allá, con quien un amigo se relacione, esperamos que cambie las cosas totalmente”.

La hoja de cálculo es parte de una toma de conciencia más amplia entre los jóvenes veteranos de que conectarse con otros veteranos –ya sea por medio del voluntariado, los deportes, el arte u otras experiencias que se compartan– puede ser una medicina potente.

Menos de dos semanas después de la creación de la hoja de cálculo en Google, apareció un mensaje de texto en el teléfono de un veterano marine llamado Geoff Kamp. Era poco después de las 11 p.m. de un miércoles de noviembre.

Kamp volteó hacia su esposa y dijo: “Voy a salir un rato”.

Una hora antes, el marine veterano, de 27 años de edad, Charles Gerard, había cambiado su foto del perfil en Facebook por una imagen de un rifle clavado en la tierra, con un casco en la punta _ el símbolo de alguien muerto en acción. En una entrada, escribió: “Ya no puedo más”.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de septiembre de 2015, 4:18 p. m. with the headline "Una unidad militar acechada por el suicidio trata de salvarse."

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