Confiar es un riesgo que puede costarle... como a mi
Definitivamente los tiempos cambian; pero lamentable en la mayoría de las ocasiones los cambios no son para ocasionar mejoras, si no, todo lo contrario.
Hace unas semanas mostré a un cliente un apartamento en el edificio sito en 1980 S. Ocean Drive, en Hallandale. En realidad fue todo un gusto. El complejo The Hemisphere es un lugar paradisíaco. Cuatro edificios donde los vacacionistas, las familias residentes y los jubilados conviven en contubernio con el mar, en un relajado ambiente de gozo pleno. Para allanar aún más el terreno hacia la felicidad, existe en el complejo un restaurante y una cafetería donde se come delicioso, en calma, sin prisas y se bebe el mejor café que he saboreado en años.
Pero volvamos al tema de esta columna. Decía que le mostraba el apartamento a mi cliente y preguntamos lo que en realidad no era necesario ni preguntar, puesto que estaba señalado en el MLS (Servicio de Listado Múltiple): ¿El apartamento se vende amueblado? La respuesta a la pregunta fue inmediata: “¡Desde luego que sí! Todo está incluido en el paquete”
Se preparó el contrato de compraventa de inmediato. Compra de contado, con cierre en treinta días. Realmente procuré que el contrato fuese lo más simple posible, para eliminar problemas u obstáculos que demoraran el proceso.
Luego de breves negociaciones se logró un acuerdo y de ahí se procedió a dar los pasos necesarios para efectuar el cierre y traspaso de título. Entonces surgieron las sorpresas.
Como referí anteriormente, hice el contrato lo más simple posible para facilitar el negocio, confiando en todo lo expuesto en el MLS y lo expresado y asegurado por mis colegas durante la presentación del inmueble; pero sorpresas, a la hora del cuajo, como decimos en mi tierra, nadie se hacía responsable de asegurarme que los muebles se quedarían en la unidad.
La primera en echarse atrás fue la bróker de la otra compañía de bienes raíces, y al verse con la posibilidad de sacar unos dólares más, el propietario de la unidad solicitó un pago extra por los susodichos muebles.
Como para mí el mandato número uno y regla de honor en esta profesión es cumplir con lo que ofrezco a mi cliente, de inmediato asumí el error de haber confiado en los demás y pagué el importe que requería el vendedor por los muebles, y seguimos adelante hacia el cierre, el cual se efectuó en tiempo y forma, dándome la oportunidad, una vez más, de dejar un cliente complacido.
Conclusión: Mi confianza ha mermado considerablemente en quienes, hasta ahora, consideraba hermanos de profesión y de viaje. Comprendí que ante el dinero, la moral y la solidaridad profesional se relajan hasta dejar de existir. La suerte fue que el aprendizaje solo me costó dólares y como decía mi buen amigo Paco: “Todo lo que se pueda resolver con dinero no es un problema”.
José A. “Tony” Ruano
es autor del libro “Bienes raíces. Manual práctico de compra,
venta y administración.”
tony@ruanobrokers.com
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de julio de 2015, 6:21 p. m. with the headline "Confiar es un riesgo que puede costarle... como a mi."