Finanzas

Las lecciones de las crisis financieras

El crac de la Bolsa de Valores en 1929 desató la más profunda crisis financiera en la historia. Sus efectos fueron universales y se prolongaron por muchos años.
El crac de la Bolsa de Valores en 1929 desató la más profunda crisis financiera en la historia. Sus efectos fueron universales y se prolongaron por muchos años. Archivo

“Hay crisis buenas y hay crisis malas. Toda crisis rompe con un punto muerto y pone en marcha los eventos. Es o un desastre o una oportunidad. Una mala crisis es aquella en la que nadie tiene el poder de aprovechar la oportunidad y, por tanto, acaba en desastre. Una buena crisis es aquella en la que están presentes el poder y la voluntad de aprovechar la oportunidad. De tales crisis surgen las soluciones”. - Walter Lippmann, 7 de marzo de 1933

El mundo ha experimentado una crisis financiera tras otra en los últimos años: inflación desbocada, el crac de la bolsa de valores de 1987, la crisis del este de Asia a fines de los noventa, el estallido de la burbuja de las empresas punto com ante los escándalos contables y, finalmente, la crisis que nos llevó a la gran recesión.

Y aun así, al menos de acuerdo con el mercado accionario, éstos han sido los años dorados. Desde hace 36 años, el precio de las acciones de Estados Unidos jamás había estado tan bien como está ahora.

Ese simple hecho es una indicación de que el mundo, en promedio, ha manejado las crisis bastante bien; o, al menos, de que los inversionistas ahora piensan que es así. Esta columna, que concluirá la próxima semana cuando ponga fin a mis 26 años de carrera en The New York Times, es un intento por evaluar esas crisis y por ver que a veces las comprendemos mal de modo que regresan a acosar al mundo años después. La inflación fue la gran crisis de los años setenta, cuando empecé a escribir sobre economía y mercados. Su persistencia desacreditó a los economistas y a los gobiernos y drenó la fe en la economía estadounidense.

En 1979, la revista Business Week publicó un artículo que estaba destinado a convertirse en un ejemplo clásico de lo mucho que pueden equivocarse los periodistas. La muerte de las acciones ordinarias, proclamó la portada. Se difundió la práctica de apostarle a la inflación a través de los precios del oro y la plata. Los bonos de largo plazo fueron conocidos como “bonos de confiscación” pues era seguro que los inversionistas iban a salir perdiendo. La marcha ascendente de los precios del petróleo era considerada algo seguro.

La inflación fue derrotada por Paul Volcker, que fue designado presidente de la Reserva Federal en 1979 y que mostró una resuelta determinación para combatirla.

Lo hizo en gran medida elevando las tasas de interés a niveles que anteriormente hubieran sido impensables. Desde la guerra civil – cuando estaba en juego la sobrevivencia misma del país – el gobierno federal jamás había pagado hasta 10 por ciento por pedir dinero prestado. Antes de que acabara Volcker, el gobierno estaría pagando más de 15 por ciento y habría recesiones consecutivas a principios de los años ochenta.

Volcker no era precisamente popular en ese tiempo – iniciar una recesión no es una estrategia efectiva para mejorar la posición en las encuestas – pero más adelante se convertiría, muy merecidamente, en toda una leyenda.

La crisis se resolvió; el mercado de acciones despegó a fines de 1982 y las tasas de interés pronto empezaron a bajar.

Pero, al igual que muchas otras soluciones, la victoria creó otros problemas. Contribuyó a destruir el negocio de ahorros y préstamos, que estaba basado en recibir depósitos de corto plazo y prestar el dinero para hipotecas a 30 años. El sistema bancario de sombra – en gran medida exento de las regulaciones bancarias normales – llenó la brecha cuando las tasas de interés se elevaron por encima del nivel al que los bancos estaban autorizados a pagar.

Más de veinte años después, el mundo tendría buenas razones para lamentar que ya no estuviera regulada tal actividad financiera. Pero en ese tiempo, lo que estaba claro era que el banco central había resuelto el problema que se decía que habían creado los políticos. Por todo el mundo existía esa tendencia a la independencia de los bancos centrales, cuya brillantez se daba por hecho. El aura de Volcker fue heredada por su sucesor, Alan Greenspan, que en sus primeros días en el cargo se enfrentó a una crisis que sacudió los mercados financieros mundiales. El mercado alcista de los ochenta llegó a un abrupto fin el 19 de octubre de 1987 – fecha conocida inmediatamente como el Lunes Negro _, cuando el promedio industrial Dow Jones perdió 22 por ciento de su valor en un solo día. La reacción inmediata fue de miedo de que ese crac fuera el heraldo de una nueva recesión o algo peor.

Greenspan reaccionó abriendo las reservas monetarias, asegurando que las golpeadas empresas de corretaje tuvieran acceso a efectivo. No hubo recesión y para fines de 1989, los precios de las acciones volvieron a romper récords.

Pero las lecciones que se sacaron de esas crisis en general estuvieron equivocadas o, al menos, resultaron ser contraproducentes. La primera fue que una rápida relajación monetaria rescata cualquier situación. La Reserva no lo hizo inmediatamente después del crac de 1929 y ocurrió el desastre. Pero sí lo hizo en 1987 y todo salió muy bien. El banco central había salvado la situación.

Para muchos inversionistas, la lección aprendida fue que la caída rápida del precio de las acciones crea oportunidades de comprar. Los reguladores y los inversionistas hubieran podido ponderar mejor por qué ocurrió el crac para empezar.

Hubo una especulación que impulsó el precio de las acciones a niveles quizá insostenibles, pero esa especulación no fue tan generalizada como en 1929.

Lo que era diferente eran los mercados mismos. Una causa primaria de la declinación fue la gran popularidad del “seguro de cartera”, una idea elaborada básicamente por académicos de la Universidad de California. La idea era que un administrador de dinero –en ese tiempo eran pocas las mujeres que administraban grandes cantidades de dinero– no tenía que preocuparse de que el mercado se estuviera sobrecalentando.

En cambio, los administradores simplemente usaban los índices futuros de las acciones para reducir la exposición de una cartera al mercado accionario. Si el precio de las acciones empezaba a bajar, vender algunos futuros reduciría los riesgos. Si seguía cayendo, lo único que tenían que hacer los administradores era vender más futuros. De ese modo podían protegerse casi todas las ganancias del mercado alcista.

Esa estrategia se basa en que el mercado de futuros se mantenga líquido: que alguien compre los futuros en caso de que estalle el pánico. Pero en cambio, los corredores del mercado de futuros que compraron los futuros que vendieron los administradores, le dieron la vuelta y vendieron acciones para protegerse ellos mismos. Eso presionó los precios más a la baja y suscitó más ventas de futuros. No todos pudieron salir al mismo tiempo.

¿Qué pudo haberse aprendido? Que se necesitaban nuevos mecanismos regulatorios. Los mercados eran muy diferentes de incluso unos cuantos años antes e involucraban productos que era complicados y eran usados básicamente, cuando no en forma exclusiva, por grandes empresas financieras. Las computadoras se habían vuelto tan rápidas que podían emitir automáticamente órdenes de transacción, y lo habían hecho dando órdenes de vender futuros accionarios aun cuando debió de ser evidente que esas órdenes solo estaban empeorando la crisis.

Si hubiéramos aprendido eso hubieran podido evitarse algunos desastres de los años recientes, como el “crac relámpago” del 2010, en el que la mala programación de las computadoras aunada con el mal diseño de los mercados impulsó a algunas acciones de gran calidad a un precio de un dólar por título.

Pero lo que se aprendió fue que la Reserva podía rescatar a Wall Street si los mercados se salían de control y que podía confiarse en que así lo haría. Greenspan se convirtió en el oráculo que predicaba la sabiduría de los mercados al tiempo que estaba listo para solucionar cualquier lío que causaran éstos. Esto llegó a ser conocido como “el paro de Greenspan”: se podía ganar dinero cuando se elevaban los precios y, al mismo tiempo, evitar pérdidas fuertes pues Greenspan intervendría en caso de que cayeran los precios.

Esto llevaba el germen de su propia destrucción, pero eso no quedó claro sino hasta 2008.

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