La vida y los tiempos salvajes de Ron Magill. Cómo el rostro de Zoo Miami se convirtió en una estrella internacional
Cuando los chimpancés ven a Ron Magill, se vuelven locos.
“Whoo, whoo, whoo”, grita Magill para saludar a Samantha, Bubbles, Hondo y Niger mientras se dirige a su patio en el Zoo Miami.
“Whoo, whoo whoo”, responden, deslizándose con pies y nudillos hacia el foso que los separa de Magill. Hondo saluda. Bubbles aplaude.
Reconocen inmediatamente a su compañero de seis pies y seis pulgadas de estatura. No es fácil imaginarse a Magill en su patio, de recreo, columpiándose en las cuerdas, trepando a los árboles, persiguiéndolos por la hierba para jugar.
Lanza trozos de manzana a los cuatro chimpancés. Ellos cogen la fruta y se la meten en la boca.
“Dame una sonrisa, Bubs”, dice, y ella muestra una gran dentadura amarillenta. Lanza otra manzana que Níger arrebata a Hondo. “Vaya, ¿viste esa intercepción? Los Dolphins te necesitan, Niger”.
Samantha suelta una carcajada aguda.
“Ok, Sammy, lo sé, pero es mucha manzana, mastícala y trágatela”, dice Magill. “Buena chica, buena chica”.
“Los chimpancés son nuestros primos más cercanos, inteligencia fenomenal, mamíferos muy vocales. Y Niger es el maravilloso chimpancé alfa de este inadaptado grupo”, dice Magill, enseñando mientras habla, compartiendo fragmentos de su conocimiento enciclopédico. Si se le pregunta por cualquier especie del planeta, habla de su comportamiento, su dieta y sus hábitos de apareamiento, al tiempo que imita los ruidos que hacen.
Los chimpancés aumentan el volumen de su emoción, jadean chillan. Magill también aumenta el volumen, jadeando y chillando. La conversación se vuelve enrevesada. Pronto, mirando de un lado a otro del hombre al chimpancé, es difícil saber quién está diciendo qué. Todos hablan el mismo idioma.
El cargo de Magill director de Comunicaciones del Zoo Miami, que cumple 40 años en diciembre, el quinto zoológico más grande de Estados Unidos con 3,000 animales en 740 acres. Pero el término “portavoz” se queda corto para describir a Magill, de 61 años, quien empezó su carrera en 1980 sacando excremento de las jaulas en el antiguo Crandon Park Zoo.
Magill es el Dr. Doolittle de Miami. Con el paso de las décadas, se ha convertido en mucho más que un experto en la fauna. Es un activista de los animales, fotógrafo galardonado, estrella de radio y televisión ganador de un Emmy, fundador de su organización de conservación que lleva su nombre, el cubano más alto de Miami (según sus amigos) y una de las personalidades más reconocidas y queridas del sur de la Florida. Es una celebridad internacional.
Lo conocen en África. Ha hecho 53 viajes al continente para estudiar y fotografiar elefantes, leones, guepardos, jirafas, cebras. Lo conocen en Sudamérica, donde ayuda a financiar un proyecto de seguimiento de jaguares.
Lo conocen en una remota aldea de Panamá, donde viven los indígenas de la tribu emberá. Viajó hasta allí como parte de su esfuerzo por salvar el águila arpía, en peligro de extinción, y conseguir su designación como ave nacional.
“Tuvimos que remar en una canoa durante horas y atravesar un tupido bosque, donde nos encontramos con el jefe de la aldea, un tipo con un taparrabos, no bromeo, que me miró y dijo: ‘Ron Magill’”, dijo Magill.
El jefe reconoció a Magill por sus presentaciones en el popular programa de televisión Sábado Gigante.
“Tenía un televisor conectado a la batería de un coche y una antena parabólica”, dijo Magill. “Don Francisco siempre me decía que su programa me permitiría llegar a un público muy amplio”.
En Cuba lo conocen. Llevó a su madre a la isla para su cumpleaños 85. Ella es neoyorquina pero siempre quiso visitar el país natal de su difunto marido. Escuchó su nombre gritado por los guardias de seguridad cuando llegó al Aeropuerto de La Habana, por la gente que lo saludaba desde los balcones, por los policías a lo largo del Malecón.
“¡Ron Mageel!” dijo Magill con acento cubano. “¡Hola! ¡Bienvenidos! ¡Fue increíble!”
Y lo conocen en Zoo Miami, donde lo detienen cada 10 segundos cuando hace su ronda diaria. La gente le pide autógrafos, apretones de manos, abrazos. Le piden fotos, y Magill sonríe y se inclina instintivamente para encajar en el marco. Recuerda nombres y contactos, como si fuera el alcalde de una pequeña ciudad. Una mujer que le pidió que posara con su hija de 6 años contó que Magill había visitado su clase del jardín infantil con un halcón de cola roja hace 25 años.
Muchas personas son amantes de los animales o encantadores de caballos. Pero Magill posee un nivel de afinidad más profundo. Le encantaría ser una de las criaturas que ve en la naturaleza o a las que alimenta en el zoológico. Estaría encantado de intercambiar su lugar con un orangután, un elefante, un águila o una pitón. Y por eso su pasión contagia a todos los que conoce.
El asombro nunca decae.
“Mi vocación es mi vocación”, dice. “Me pagan por hacer lo que la gente paga por hacer. ¿Puedes creerlo? Estoy muy agradecido por cada día”.
En el interior del despacho de Magill, decorado con cráneos de animales, recuerdos de sus viajes, artículos de prensa enmarcados y placas de premios, una pared está cubierta de fotos de famosos, políticos y miembros de los medios de comunicación. Ahí está Sir David Attenborough, el documentalista, autor y naturalista británico del que Magill habla en tono reverente como su héroe. Fue elegido para entregar a Attenborough la Medalla Audubon, “un profundo honor. De hecho, lloré durante la ceremonia”. Está Jim Fowler, el ídolo de Magill y uno de sus mentores. De niño, Magill no se perdía un episodio de Fowler presentando Mutual of Omaha’s Wild Kingdom y soñaba con hacer lo mismo. Ahí está Dan LeBatard. Magill es un habitual de su programa de radio y su podcast. Está Don Johnson. Magill fue manipulador de animales en la serie Miami Vice.
“¿Recuerdas a Elvis el caimán?”, preguntó. “Teníamos cinco Elvis”.
Están Christina Aguilera y Michael Jackson. En una ocasión, Magill llevó a Jackson, a sus tres hijos y a un guardaespaldas a una visita privada y discreta al zoológico. Aunque a Magill le sorprendió el aspecto de cera de Jackson (le salía un trozo de plástico de la nariz), su piel gris y lo que seguramente era una peluca, le fascinó la costumbre de Jackson de hacer un suave sonido rítmico mientras chasqueaba los dedos y marcaba el ritmo con los pies. Los niños eran excepcionalmente educados y a Magill le conmovía ver la alegría que le producía a Jackson pasar tiempo con ellos. Su parada favorita fue en el recinto de los chimpancés. Jackson hablaba maravillas de la amabilidad de Magill, y un par de años después Magill recibió una invitación para el funeral de Jackson.
Cuarenta y un años es mucho tiempo en un trabajo. Magill empezó a trabajar para el Condado Miami-Dade en el Crandon Park Zoo, en Key Biscayne. Había visto un cartel que anunciaba la construcción del nuevo Metrozoo Miami cerca de la casa de su familia en Redland y decidió que tenía que trabajar allí. Pensó que un trabajo de nivel inicial en Crandon era su trampolín, así que abandonó la Universidad de la Florida antes de su último año para convertirse en cuidador de zoológico por un sueldo de $9,900.
Formó parte del equipo de transición. Tiene una foto de una jirafa en un camión que va hacia el sur por la U.S. 1, agachando la cabeza bajo un semáforo.
“Era como el arca de Noé”, dijo.
Presionando por mejores zoológicos
Magill recuerda sus primeros días con sentimientos de vergüenza. Crandon era el epítome del zoológico anticuado, donde los animales, capturados en sus hábitats naturales, eran contemplados en celdas estrechas.
“Los chimpancés nos arrojaban agua y heces”, dijo Magill. “Llevaba a los bebés a la televisión para conseguir publicidad, aunque eso no fuera lo mejor para el animal”.
Aunque el Metrozoo era un lugar espacioso e innovador, uno de los primeros zoológicos “sin jaulas”, las funciones iniciales de Magill como manipulador de reptiles, cuidador principal del zoo y ayudante del conservador incluían la celebración de espectáculos con animales salvajes en el anfiteatro, algo que lamenta.
“No creo en la idea de arrancar animales de la naturaleza y ponerlos en exhibición”, dice Magill. “La prioridad número uno de los zoológicos debe ser garantizar que los animales puedan vivir en la naturaleza, no exhibirlos. Los zoológicos, incluido el nuestro, deben destinar más dinero a la conservación. Lo estamos haciendo mejor, pero nos queda mucho por hacer”.
Magill es un ferviente defensor de la evolución del zoológico estadounidense, que ha pasado de ser un escaparate de explotación a una institución de conservación. Los activistas de los derechos de los animales no ven mucha diferencia entre los zoológicos y las atracciones de carretera Tiger King o los parques temáticos marinos como el Seaquarium, donde la orca Lolita ha vivido en un tanque de 20 pies de profundidad y ha realizado su actuación durante 50 años. Lo que Magill denomina el “movimiento antizoo” sostiene que el zoológico, al igual que el circo, es una reliquia del pasado y debería cerrarse.
“Los zoológicos se enfrentan a un reto si quieren validar su existencia”, dijo Magill. “Cuando empecé aquí estábamos rodeados de un raro pinar rocoso que desde entonces fue desmontado, justo al lado nuestro. ¿Qué tan hipócrita es esa imagen?
“Debemos defender la protección de los animales en su hábitat natural antes que sea demasiado tarde. Un reporte de Naciones Unidas afirma que en los próximos 50 años podríamos perder un millón de especies de animales. Estamos viviendo en plena era del antropoceno, el periodo de extinción masiva más importante desde los dinosaurios.
“Si los zoológicos son el último lugar del planeta donde la gente puede ver animales salvajes, fracasamos”.
Magill no teme ser crítico. Cuando fue nombrado portavoz insistió en la transparencia, publicando comunicados de prensa sobre nacimientos y muertes de animales, incluidos los recientes del orangután Kumang, que probablemente sufrió de un coágulo de sangre tras la extracción de dos dientes, y el suricato Gizmo, que murió en el derrumbe de un túnel.
“Hice un anuncio sobre un tigre que murió de cáncer, aunque sabía que la gente culparía al zoológico del cáncer”, dijo. “Esto no es Disneyland. Este es un lugar real y la comunidad necesita ver los altibajos”.
Magill cree que los zoológicos tienen un propósito vital: convierten a los visitantes en conservacionistas. Fomentan la concienciación sobre la disminución de los hábitats. Plantan una semilla, como lo hizo el Bronx Zoo en él cuando era niño, que se convierte en fascinación y respeto por los animales.
“En un mundo perfecto no tendríamos zoológicos”, dijo, hablando más rápido y subiendo el volumen. “Todos iríamos de safari a África y veríamos elefantes, iríamos al Amazonas y veríamos jaguares, iríamos al Ártico y veríamos osos polares. Los zoológicos nos dan esa ventana al mundo salvaje para inspirar a la gente”.
Financiación de la conservación y la ciencia
Frustrado por el ritmo de inversión de los zoológicos en conservación, Magill creó su propia fundación hace seis años. Desde entonces, Magill ha recaudado millones para la Ron Magill Conservation Endowment en apoyo de proyectos en la Florida, África, Asia y América Central y del Sur. La fundación pagó la investigación sobre colibríes, vehículos en Kenia, un ATV en el Corkscrew Swamp Sanctuary, collares de radio en Brasil, un orfanato de elefantes en Sudáfrica, el cuidado de koalas heridos en incendios forestales en Australia, equipos de rescate de aves en Miami y becas para estudiantes.
“Si no hubiera establecido mi fundación, habría dejado el zoológico porque no podría justificar lo que hago aquí”, dijo Magill, que afirmó que su salario es de $119,000 al año. “Sé el cambio que quiero ver. Quiero dejar un legado que siga protegiendo a los animales cuando yo ya no esté”.
Cuando Magill entra en el recinto de las tortugas gigantes, Goliat levanta la cabeza, eleva su caparazón y avanza hacia Magill tan rápido como una tortuga de 500 libras puede avanzar.
“Aquí está Ron, hola Ron. Me conoce”, dice Magill. “Goliat es de las Islas Galápagos. Se calcula que tiene 100 años y puede vivir hasta los 150”.
Magill se agacha junto a Goliat y le rasca el cuello curtido. Explica cómo, en las islas, un pinzón se come las garrapatas del cuerpo de una tortuga, una relación simbiótica
Goliat pareció haberse adormecido con el tacto de Magill. Estuvo tan quieto como una estatua.
“Está en su trance relajado. Oh, qué bien se siente”, dice Magill, sacando rodajas de manzana de una bolsa de plástico. “Bien abuelo, abre la boca para recibir tu manzana. No ye voy a rascar más”.
Magill sostiene la rodaja de manzana junto a la nariz de Goliat durante un minuto, dos, tres. Las tortugas comen incluso en cámara lenta.
“Vamos, amigo. Huele la manzana”, le dice y Goliat abre la boca de par en par, saca la lengua en la que Magill coloca la manzana, la retrae y aplasta la manzana entre sus mandíbulas. El jugo de la manzana salpica la camisa de Magill.
“Tiene la cara de E.T., ¿no?” dice Magill. “Las tortugas no suelen hacer ruido, excepto cuando cortejan o se reproducen y eso es un gruñido profundo y gutural uh, uh, uh que emite en ráfagas cortas cuando monta a la hembra y luego un gemido prolongado”.
Sexo de tortugas. ¿Hay algo que Magill no haya visto u oído?
Alimenta a Goliat de nuevo.
“¡Y este es mi trabajo, damas y caballeros! ¿Cómo se le puede decir trabajo a esto?”
Maravillas salvajes por todas partes
Más tarde, en ese caluroso día, a Magill lo graba un camarógrafo de FOX con la perezosa Penélope. Penélope es uno de los pocos animales en los que Magill confía para sus presentaciones porque es dócil, cooperativa y una actriz.
“Llegó a nosotros como huérfana desde Panamá”, dice Magill. “El mamífero terrestre más lento, los perezosos se mueven solo seis pies por minuto, aunque son excelentes nadadores. Son tan inmóviles que las algas crecen en su pelaje y una polilla habita en su piel. Viven en los árboles y bajan una vez a la semana para ir al baño. Son casi siempre silenciosas; las crías emiten balidos. No son buenas mascotas, así que ni se te ocurra”.
El perezoso está colgado del cuello de Magill. Parece que lo abraza. Le da de comer una flor de hibisco y luego una habichuela verde.
“¡Mira cómo come con los dedos! Esto es mágico”, dice. “¡Mira su linda cara, una sonrisa permanente!”
Penélope le lame una mejilla a Magill.
“Siento mucho amor”, dice.
La maravilla, la maravilla.
A continuación, Magill revisa a los elefantes. Está más cerca de Dalip, de 55 años, el elefante toro asiático más viejo de Norteamérica y uno de los dos únicos animales que quedan que se trasladaron al Zoo Miami desde Crandon (el otro es una cigüeña de cuello negro de 47 años). Sus enormes colmillos casi rozan el suelo.
“Dalip es muy sabio”, dice Magill. “Ha sido un mentor para los demás elefantes”.
Cuando Magill va a África, uno de sus sujetos fotográficos favoritos es el elefante.
“Los elefantes son unos comunicadores increíbles e inteligentes. Hacen un sinfín de sonidos, incluidos los subsónicos que nosotros no podemos escuchar pero ellos sí desde millas de distancia. He estado cerca de una manada y no puedo escuchar nada, pero siento un estruendo en el pecho”, dice Magill, imitando un gruñido bajo.
“Y hacen el clásico y potente rugido de trompeta”, dice, rompiendo en un gemido agudo.
“Los elefantes son una exhibición controversial en los zoológicos”, dice. “La mayoría de los animales viven más allá de su vida útil en los zoológicos, pero los elefantes no. En la naturaleza necesitan mucho hábitat para vagar. Afortunadamente, aquí tenemos mucha superficie”.
La pérdida de viejos amigos
Magill se pone melancólico cuando reflexiona sobre los veteranos que han muerto.
Si uno no supera que se refiere a los animales, podría estar hablando de amigos cercanos a los que echa mucho de menos.
“A Toshi, el rinoceronte negro, lo descargué cuando llegó de Hiroshima, Japón, siendo un jovencito, y murió de viejo a los 43 años”, dice Magill. “Era el rinoceronte más fino y gentil. Se comía una zanahoria de mi boca. Era un gran embajador. Traía a todos los niños de Make-A-Wish para que conocieran a Toshi. Los dejaba acariciar el lado de su cara. Cuando falleció, lloré mucho”.
Todavía llora la pérdida de la jirafa Pongo y del gorila J.J.
Magill puede recitar el tiempo de vida de cualquier especie. Pero, ¿cuál es la vida útil de un hombre? Cuando el zoológico pierde a un anciano, Magill se siente viejo.
“Conozco a Dalip desde hace 41 años. Samantha (la chimpancé) tiene 52 y una vez, cuando estaba enferma y deprimida, los veterinarios dijeron: ‘Busca a Ron’. Cuando escuchó mi voz, abrió los ojos y nos saludamos –whoo, whoo– y volvió a ser feliz. Cuando el último de ellos se vaya, será la señal para irme también”.
Después de todos estos años, ¿no debería Magill haber desarrollado una actitud clínica?
“Escucha, lloro con los anuncios de Publix”, dijo. “Me encantan las lágrimas”.
Su perro Schnauzer de 14 años, Watson, murió hace cuatro años. No se ha atrevido a tener otro perro.
“Le pedí al veterinario que viniera a nuestra casa para sacrificarlo ponerlo a dormir”, cuenta Magill, con lágrimas en los ojos. “Abracé a Watson y me miró como si dijera: ‘Está bien, Ron’. Eso fue muy duro para mí.
“Nunca me he vuelto cínico con la naturaleza. Nunca me canso de salir a ver a los animales. Crear un vínculo con ellos es gratificante. Es con la gente con la que puedo perder la paciencia”.
Un madrugador en el zoológico
A las 7 a.m., Magill está subido a uno de sus lugares favoritos, el banco que da al templo de los tigres. Quiere una foto de Ndari, el cachorro de tigre de Sumatra, con su madre Leeloo.
Empieza su jornada a las 6:30 a.m. para poder observar a los animales cuando están activos por la mañana, antes que abra el zoo. La tranquilidad se ve interrumpida por los gibones que llaman de fondo: un grito operático seguido de wop, wop, wop.
“El cachorro sale, pero la madre es tímida y asustadiza, una tigresa aprensiva”, dice, sacando algunas fotos. “El cachorro es audaz ahora, mira cómo explora. La madre sale a defecar y orinar, y luego vuelve a entrar. Solo hay que esperar”.
Ha aprendido su rutina a través de la observación paciente. En un día libre, una vez estuvo sentado en el banco cinco horas.
“Me gustaría que nuestros visitantes del zoológico se tomaran el tiempo de observar”, dice. “La gente está metida en la gratificación instantánea, ocupada con sus teléfonos. No comprenden la belleza. Un pantano parece aburrido, pero es una intrincada red de vida que te deja boquiabierto si te tomas el tiempo de observar”.
Leeloo sale de la puerta del templo, paseando como una modelo de pasarela.
“¡Está orinando ahí mismo!” Exclama Magill. “¡Ndari lo está olfateando! Eso se llama flehming. Tienen un órgano, el órgano de Jacobson, en el paladar como una computadora que analiza los olores. Las serpientes usan la lengua para recoger los olores. Los olores son una tarjeta de llamada. ¿Sabías que los gatos tienen glándulas aromáticas en las patas y los pájaros tienen glándulas aromáticas en las plumas? Uso el mismo jabón y crema de afeitar todos los días para que los animales se acostumbren”.
Ndari salta sobre la cola de su madre y le muerde los tobillos. La cámara dispara una y otra vez. Magill es un fotógrafo consumado, embajador de Nikon que da charlas en ferias y dirige clínicas.
“He aprendido lo importante que son las imágenes como herramienta para contar historias”, dice. “Eso es lo que soy, un contador de historias”.
Magill muestra una imagen digital de Ndari acariciando el hocico de Leeloo.
“Mira esta maravillosa carita de curiosidad”, dice. “Si estás dispuesto a esperar, los misterios de la naturaleza se abrirán”.
Un nerd criando víboras
Magill creció en Jackson Heights, Queens. Su madre lo llevaba regularmente de al Museo de Historia Natural y al zoológico del Bronx, donde le gustaban los bisontes y los grandes felinos.
Su primera mascota fue Skippy, un setter irlandés. Tenía un acuario. Alimentaba a las ardillas.
Cuando Magill tenía 12 años, la familia se mudó a cinco acres en Redland, a una casa construida por su padre, un carpintero gregario con “una risa que se podía escuchar en toda la manzana”, dijo Magill. “Su sueño era cultivar y vender fruta —mangos, aguacates, lichis—, pero acabó regalándolo todo”.
Su madre, que todavía vive en la casa y nada en la piscina a diario, es también “una persona con el vaso medio lleno y mi mayor fanática, incluso cuando dudaba de mí mismo”, dijo Magill.
Cuando era adolescente, Magill rehabilitó en un lavadero una lechuza herida. Crió víboras de Gabón y vendió las crías por $300.
“Tienen colmillos de cinco centímetros y hacen un ruido espeluznante”, dijo, exhalando lentamente por los labios. “Suena como un demonio del infierno, ¿no?”
En el establo donde habían guardado dos caballos, Magill crió una colonia de escarabajos derméstidos carnívoros para limpiar los cráneos de los animales atropellados que traía a casa. Secaba los cráneos bajo una lámpara de calor y los ponía en una caja con los escarabajos.
“Se comen todo el tejido y se meten en las grietas y hendiduras sin dañar zonas sensibles como los huesos de los cornetes nasales”, explicó Magill. “Son las pirañas del mundo de los insectos”.
Trabajó los veranos en el serpentario como cuidador de reptiles y guía turístico. Su fundador, Bill Haast, lo enseñó a leer a las serpientes. Tiene una foto de Haast con una cobra real de su famoso acto, para el que su esposa Clarita hacía un comentario de suspenso: “Mira, mira, mira, mira...” mientras Haast agarraba la cobra en una fracción de segundo y ordeñaba sus colmillos en busca de veneno.
“Esto fue justo antes que lo mordieran y acabara en un pulmón de acero”, dijo Magill. “Lo mordieron más de 160 veces”.
En la secundaria Palmetto, Magill era un nerd alto y torpe, apodado Lurch y Frankenstein. El entrenador de baloncesto Jay Bouton lo sacaba del pasillo y pasaba dos horas cada tarde moldeándolo para enseñarle a jugar.
“No sabía nada, tropezaba durante los ejercicios de calentamiento” cuenta Magill. “Era el hazmerreír del grupo”.
Pero Bouton le dijo a Magill que tenía algo que no se podía enseñar: La altura. Magill se convirtió en el pivot titular de uno de los mejores equipos del distrito. Una vez que se legalizaron los remates en los partidos de escuela secundaria, Magill perfeccionó un remate de 360 grados.
“El entrenador Bouton cambió mi vida y me enseñó lo que se puede conseguir con trabajo duro y alguien que crea en ti”, dice Magill, que juega todos los sábados con un grupo de amigos.
En la Universidad de la Florida, Magill tenía como mascota una pitón llamada Monty. Su objetivo era ser veterinario “hasta que tomé mi primera clase de química y me di cuenta de que tenía que volver al plan B”. Se graduó en Ciencias Animales.
El año pasado fue elegido para el Premio al Ex Alumno Distinguido a pesar de no haberse graduado, elogiado por el presidente de UF por haber realizado un trabajo “digno de varios títulos”.
La voz del Zoo en tiempos difíciles
Magill fue nombrado portavoz a los 31 años y un año después, en 1992, el zoológico enfrentó a su mayor crisis. El huracán Andrew destrozó la instalación. Incluso se habló de que nunca volvería a abrir.
A medida que se acercaba Andrew, el personal se apresuró a encontrar lugares seguros para los animales. A los flamencos los refugiaron en un baño.
“Entré a la mañana siguiente y había monos ensangrentados del centro de investigación de primates cercano caminando por la carretera”, dijo Magill, que fue fotografiado acunando a una cría de antílope que había nacido durante la tormenta y había sido abandonada por su madre. “El monorraíl parecía una percha retorcida. La pajarera estaba destruida. El lugar estaba irreconocible. La zona de penumbra. Perdimos 100 aves, pero solo cinco mamíferos. Necesitábamos mucho apoyo y donaciones para reabrir y lo hicimos cuatro meses después”.
La tragedia llegó en 1994, cuando el cuidador David Marshall murió mordido por un tigre blanco.
“Decidí que dejaríamos entrar a los medios de comunicación y no ocultaríamos nada. Hice el anuncio y lo perdí”, recuerda Magill. “El director quería despedirme, pero el alcalde [Alex] Penelas me salvó el puesto”.
Desde entonces, el zoológico no ha dejado de crecer y batió un récord este mes, al superar el millón de visitantes en el año.
Magill es una de las principales razones por las que el Zoo Miami es conocido como uno de los mejores del país, dijo Merrett Stierheim, ex administrador de Miami-Dade.
“Ron es un gigante en su campo que marca una diferencia duradera con su fundación de conservación”, dijo Stierheim. “Cuando algo le molestaba, solía enviar un memorando muy directo, porque es muy apasionado. Tuvimos algunos enfrentamientos. Si algo aprendió de mí fue a ser diplomático”.
La mordedura de un cocodrilo espoleó el romance
Fue debido a otro accidente en el zoológico que Magill conoció a su esposa. Un cocodrilo lo mordió en la mano y hubo que operarlo. Su fisioterapeuta fue Rita Nickels.
“Entró vestida con una bata y me quedé prendado”, dice. “Tuvo que masajearme la mano y fue una especie de cosa íntima”.
Ella lo había visto en la televisión y él se ofreció a darle una vuelta por el zoológico.
“No estaba especialmente interesada en el zoológico, pero a mitad de la visita supe que quería casarme con Ron”, cuenta Rita. “Estaba muy emocionado por compartir sus conocimientos. Pero entonces, ¿cómo le digo a mi madre que estoy enamorada de un guardia del zoológico? Era simplemente eléctrico. Y cada día me vuelvo a enamorar de este hombre”.
Rita estaba embarazada de nueve meses cuando el huracán Andrew se abatió sobre su casa de Kendall, pero decidió no ir al hospital. Confiaba en que si el bebé llegaba, Ron podría traerlo al mundo.
Tienen dos hijos, Sean, de 28 años, videógrafo del programa de pesca de Rick Murphy, y Alexis, de 25 años, profesora en España, que una tarde reciente habló por Facetime con Magill mientras se acercaba a una vaca negra en un campo de las afueras de Madrid, preguntando: “Papá, ¿puedo tocar esa vaca?” Había aprovechado la oportunidad para irritar a su padre.
“No, no, no, te va a dar una cornada y estarás a horas de un hospital y morirás desangrada”, respondió él.
Rita fue reacia a realizar su primer viaje a África.
“No me gustaban las actividades al aire libre. La única mascota que tenía era un hamster. ¿Cómo me iba a secar el pelo en un safari?”, dijo. “Pero una vez que vas, África se te mete en el alma”.
Les gusta ir a los Everglades, a los Cayos, a Black Point. Ella lo acompaña a innumerables eventos para recaudar fondos.
“Rita, más que yo, es una persona sociable”, dijo Magill. “Yo soy aburrido. A Rita le preguntan si soy tan animado en casa. Gracias a Dios, no. Me gusta tumbarme en el sofá, desconectarme, ver Netflix”.
Lo primero que se ve al entrar en la modesta casa de Magill es un esqueleto de cobra de 14 pies. Si te sientas en el sofá de la sala, no puedes pasar por alto las mesas auxiliares, grandes cráneos de rinoceronte e hipopótamo con cristales encima.
Tiene cráneos alineados en las estanterías, que se extienden de una habitación a otra. Un cráneo de león, uno de tigre, de lobo, de morsa, de búfalo de agua, de canguro, de babuino, de jirafa, de gacela de Thompson, de oso polar, de serpiente de cascabel, de tortuga mordedora, de barracuda, de caimán, de murciélago, de topo, de musaraña. Podría abrir un museo.
“Soy un fanático de los huesos”, dijo. “Se puede aprender mucho examinando un cráneo. Todo lo que se ve aquí murió de forma natural”.
Su colección incluye un cráneo de rinoceronte fosilizado de 20 millones de años procedente de las Badlands.
“¿Qué comía? ¿Qué tocó?”, dijo. “Es arte por naturaleza”.
Aquí hay un diente de mamut lanudo juvenil, garras de águila arpía, un caparazón de armadillo gigante, un huevo de dinosaurio fosilizado, cajas de exhibición de escorpiones, cigarras, escarabajos.
“Mi pieza más preciada: El cráneo de un oso cavernario extinto conservado en una ciénaga de Rusia”, dijo Magill. “Tiene una dentadura perfecta, 20,000 años después”.
Resulta que a Magill le encantan todos los animales, vivos o muertos.
‘Tarzán con un vientre muy blando’
Magill entra en el estudio del Dan LeBatard Show With Stugotz en el Clevelander Hotel acompañado de un búho real euroasiático llamado Phantom, una pitón albina birmana de 14 pies y 100 libras, un sapo Bufo y una rana arborícola cubana.
Es una ocasión especial, un maratón de 24 horas para lanzar el nuevo podcast de LeBatard, así que Magill, uno de los invitados más populares de LeBatard, se trajo al cuarteto del zoo. Se le pidió que trajera a los anfibios para molestar al copresentador Stugotz, que tiene fobia a esas criaturas.
Todo el mundo en el set se puso nervioso cuando Magill sacó a Phantom de su jaula y lo subió a su antebrazo. Comenta la agudeza auditiva de los búhos y Phantom agita de repente sus grandes alas mientras LeBatard y Stugotz retroceden.
“Dios mío, es un pájaro”, dice Stugotz. “Nos estamos divirtiendo mucho. ¿Me va a sacar los ojos?”
A continuación, Magill saca la pitón y, respirando con dificultad bajo su peso, se echa la serpiente de color limón a los hombros.
“No son venenosas, matan por constricción y seguirán causando estragos en los Everglades hasta que un patógeno natural acabe con ellas”, dice Magill.
Tras guardar la pitón, Magill sostiene la pequeña rana en una mano y el venenoso sapo Bufo en la otra. El equipo de producción se asusta y se divierte. El infierno se desata.
“Ron tiene animales que me ponen nervioso”, dice Stugotz con una mirada de horror. “Dan, creo que me está dando un ataque al corazón”.
Se quita los auriculares y sale corriendo del estudio. Risas estruendosas.
“Stugotz se largó”, anuncia LeBatard.
El resto del equipo se reúne ante Magill, escuchando atentamente mientras imita a la rana: “Mmmmrah, mmmmrah”.
“Vean al sapo Bufo, también llamado sapo de caña, hinchándose para parecer más intimidante. Cuidado con las secreciones tóxicas de sus glándulas. Un Bufo puede matar a un perro. Si ves a un perro echando espuma por la boca y regurgitando, métele una manguera en la boca y llévalo al veterinario”, dice Magill.
Mientras tanto, LeBatard está realiza una buena subasta en vivo de la foto de Magill del cachorro de tigre, cuyos ingresos se destinarán a la fundación de Magill. Las ofertas llegan hasta $7,000.
El programa presentó a Magill a una audiencia nacional. Combinado con su papel de asesor de vida salvaje para Good Morning America, ABC, CNN, Telemundo, Univisión y CNBC, es famoso, “el Joan Embery hispano”, bromea. También es presentador de “Mundo Salvaje” en HITN, una cadena de televisión pública en español.
Sin embargo, es tan humilde como siempre, dedicado a difundir su mensaje, dice LeBatard.
“Ron es auténticamente infantil. No puede fingir su pasión por los animales”, dice. “Es Tarzán con un vientre muy blando”.
Magill esperaba calmar el miedo de Stugotz presentándole personalmente a la rana y al sapo. Parte de su misión es ayudar a la gente a relacionarse con los animales.
“La mayor idea errónea es que los animales son muy diferentes de las personas”, dice. “He visto a los caballos interactuar con niños en terapia y a los delfines con niños discapacitados, y los animales parecen saber que hay que tener un cuidado especial. Del mismo modo, debemos tratar de entenderlos. Observar las señales que envían con su lenguaje corporal. Escuchar su lenguaje, como los cantos de las ballenas jorobadas que atraviesan los océanos”.
La razón por la que creó su presentación “Sex With the Animals” en el zoológico fue mostrar que los humanos y los animales tienen mucho en común, incluso sus instintos más básicos.
“Debemos aprender a coexistir y el planeta será más sano”, dice. “Hay que dejar de comprar productos de aceite de palma y destruir el hábitat de los orangutanes. Todo está conectado”.
Magill siempre habla con fuerza, pero en este tema parece aún más serio y urgente. La mortalidad está muy presente en su mente.
“La Tierra es resistente, pero los humanos se extinguirán”, dice, y quizá algún día sus huesos sean objetos de colección de la especie que nos sustituya.
“Ya sean abejas o bichos, todas las especies están inextricablemente ligadas a los humanos”, dice. “Salvar a los murciélagos salva nuestros cultivos y nos salva a nosotros. En efecto, nos protegemos a nosotros mismos”.
“Pero nosotros somos una brizna, una pizca de brizna. Somos como la mosca de mayo”.
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de noviembre de 2021, 7:14 a. m..