Putin los llama ‘mosquitos’. Pero la guerra en sus países refuerza los lazos de una comunidad del sur de la Florida
La ucraniana Olena Doronina y la rusa Alexandra Ignatkina se inclinan sobre sus teléfonos celulares para ver los videos enviados por el hijo y los hermanos de Doronina, que están atrapados en Kherson, una ciudad portuaria del Mar Negro en el sur de Ucrania ocupada por soldados rusos.
Vieron un video que mostraba la destrucción en Kiev, enviado por un amigo de Ignatkina, y otro clip de las protestas contra la guerra en Moscú, enviado por el hermano de Ignatkina.
“Estoy preocupada por todos los ucranianos, porque los pudieran bombardear en cualquier momento, y estoy preocupada por cualquiera en Rusia que dice: ‘¡No a la guerra!’, porque pudiera ser encarcelado 10 años”, dijo Ignatkina.
Doronina e Ignatkina se reunieron para compartir las noticias sobre la invasión rusa de Ucrania en Matryoshka, la tienda de comestibles rusa de Sunny Isles Beach, donde Doronina acababa de terminar su turno de cajera. En el interior y en el exterior de la tienda, que es un popular punto de encuentro para los inmigrantes de Europa del Este, se desarrollaron conversaciones tensas similares.
Pero, a diferencia de lo que ocurre en su país, la guerra parece haber reforzado los lazos entre los vecinos de esta pequeña ciudad de 22,342 habitantes frente al mar, donde vive la mayor concentración de europeos del este en el sur de la Florida, según los datos del Censo federal. La mayoría procede de Rusia y Ucrania, pero también de Bielorrusia, Moldavia, Georgia y otros países del ex bloque soviético, y dicen que siempre estuvieron unidos por la lengua, la cultura y la historia, y que rara vez permitieron que las viejas fronteras fueran barreras para la amistad.
Esto es evidente en los pasillos de Matryoshka, donde los compradores llenan sus cestas con pescado seco, pan de centeno, borscht, albóndigas, caviar y cerveza Baltika, mientras los anuncios de un club de ajedrez y una empresa inmobiliaria suenan en ruso por los altavoces. Hicieron una pausa para compadecerse de lo que les ocurría a sus seres queridos o a sus barrios desde que el presidente ruso Vladimir Putin ordenó atacar a Ucrania.
“Putin está loco y destruirá no solo a Ucrania, sino también a Rusia”, dijo Ignatkina, estilista que emigró de Stavropol hace nueve años después que la Policía la golpeó durante una manifestación contra Putin. “No, gracias, nunca volveré a Rusia. Muy poca gente aquí apoya a Putin y los que lo hacen son los zombis a los que les han lavado el cerebro”.
La guerra de repente colocó a Sunny Isles Beach y su población de expatriados en el punto de mira. El propio Putin criticó este mes a los rusos de Miami, tachándolos de traidores a la patria. Los medios de comunicación nacionales han sacado a relucir la etiqueta de Pequeño Moscú que los lugareños desprecian.
Aunque en Sunny Isles Beach no viven grandes, hay mucho dinero ruso de origen turbio invertido en relucientes rascacielos, coches exóticos, yates y empresas.
Seis torres con la marca Trump se han comercializado directamente entre los rusos porque su relación amistosa con Putin tienen un gran atractivo en Rusia. Una investigación del Miami Herald de 2016 descubrió que la mayoría de las unidades de las Trump Towers son propiedad de empresas ficticias y que al menos 13 compradores fueron objeto de investigaciones gubernamentales, ya sea personalmente o a través de sus empresas, incluidos los miembros de un grupo de crimen organizado rusoestadounidense condenado en Estados Unidos por su papel en una red de apuestas deportivas ilegales de alto riesgo dirigido a los oligarcas, y un empresario ucraniano detenido por fraude y acusado de lavado de dinero.
Incluso corre el rumor de que Putin, descrito como uno de los hombres más ricos del mundo por economistas que han investigado sus fuentes secretas de riqueza, posee propiedades en la playa. La ciudad, junto con otros enclaves rusos ricos, está ahora en el radar de las agencias federales que trabajan para congelar o incautar los activos vinculados al líder ruso, así como a los oligarcas que han hecho una fortuna a costa de su gobierno.
De moteles a millonarios
En las últimas décadas hubo una notable transformación de lo que antes era un paraíso turístico de clase media lleno de moteles. Hoy en día es más bien una autoproclamada Riviera de la Florida que alberga a temporales y acaudalados habitantes de condominios de lujo con vistas a la playa desde estériles torres que se apilan una tras otra a lo largo de 2.5 millas de Collins Avenue.
Del apogeo de la década de 1950 protagonizado por el Castaways Island Hotel y su Shipwreck Bar, solo sobreviven el Thunderbird Motel y el Sahara, con sus camellos y pastores desvencijados. Fueron sustituidos por las Muse Residences de 50 pisos, las Acqualina Mansions, donde el penthouse de 9,100 pies cuadrados y 47 pisos se vendió por $27 millones el año pasado, y el futuro edificio de condominios Bentley de 70 pisos, donde —como también ocurre con la Porsche Design Tower, de 57 pisos— un elevador para automóviles llevará su coche de $300,000 a su garaje privado. La Administración Federal de Aviación acaba de aprobar una torre St. Regis que puede presumir de ser un pie más alta que el Bentley.
La isla barrera, que celebra su 25 aniversario como ciudad incorporada, se anuncia en su página web como “la cumbre de la vida”. Un puñado de centros comerciales separa los edificios de condominios de unas 500 casas situadas cerca del Canal Intracostero, que es el límite este de la ciudad.
Las torres de la ciudad han sido durante mucho tiempo un imán para los inversionistas rusos y el capital extranjero que huye de América Latina. El primer auge de la construcción coincidió con el ascenso de la élite rusa tras la caída de la Unión Soviética en 1991. El dinero, y la gente, han seguido llegando.
Según los datos más recientes del Censo, recogidos en la Encuesta Comunitaria en 2016-2020 sobre el lugar de nacimiento de la población nacida en el extranjero, en Sunny Isles Beach viven 2,708 personas que se identifican como de Europa del Este, y de ellas, 1,082 son de Rusia, 947 de Ucrania, 175 de Moldavia, 109 de Bielorrusia y 102 de Polonia.
La encuesta, que tiene un margen de error de entre 33% y 50%, también incluye a 8,370 nacidos en América Latina, entre ellos 2,726 de Colombia, 1,510 de Cuba, 1,007 de Argentina, 925 de Venezuela, 644 de Perú y 535 de Brasil. Otras 314 personas dijeron haber nacido en Canadá y 254 son de Israel.
Esa diversidad es la razón por la que muchos vecinos detestan el apodo de Pequeña Moscú.
“Referirse a nuestra ciudad como la Pequeña Moscú es una simplificación excesiva que irrita a todo el mundo aquí”, dijo Larisa Svechin, ex alcaldesa de Sunny Isles Beach y nacida en Bielorrusia. Que ella sepa, fue la primera y única alcaldesa de habla rusa de una ex república soviética de una ciudad estadounidense. “Mucha gente en Estados Unidos no entiende lo compleja que es Europa del Este. Está formada por una gran variedad de nacionalidades, etnias y religiones”.
Svechin calcula que 30% de la población habla ruso. También cree que la población brasileña está infravalorada.
“Las cifras del Censo son inexactas y no reflejan el verdadero volumen, porque la mayoría de los rusoparlantes se identifican como estadounidenses, quieren el estatus de Estados Unidos y se esfuerzan por estar totalmente asimilados”, dijo Svechin, que fue voluntaria del Censo en el pasado. “No responden a estas preguntas porque no quieren que se les marque como europeos del este y temen ser rastreados de alguna manera por el gobierno”.
Como ejemplo, Svechin cita sus interacciones con los alumnos de la escuela pública Miami-Dade Norman Edelcup K-8, que tiene una matrícula de 2,200 alumnos. Svechin, madre de cuatro hijos, habla en las clases sobre liderazgo cívico.
“Cuando pregunto a los niños cuántos no nacieron aquí, entre 50%y 60% levanta la mano, y cuando pregunto cuántos de sus padres no nacieron aquí, 99% levanta la mano”, dijo. “Siempre veo la escuela como un reflejo no científico de la composición de la ciudad.
“Me atrevería a decir que nuestra escuela tiene más diccionarios de lenguas extranjeras —como ruso, ucraniano y búlgaro— que otras escuelas de Miami, que suelen tener diccionarios de español, creole y quizás alguno de portugués”.
Una buena ciudad para los inmigrantes
Andrei Linev, de 34 años, ex profesor de Historia y nacido en Siberia, quien tenía un abuelo ucraniano, emigró a Brooklyn, donde hay una gran comunidad de habla rusa, en 2014, después que Putin se anexó Crimea. Tres años más tarde, Linev y su esposa se mudaron a un apartamento en Wynwood y luego, después de escuchar más sobre Sunny Isles Beach y sus negocios rusos, compraron un condominio allí y comenzaron una empresa de remodelación. Dice que alrededor de 80% de los habitantes de su edificio habla ruso, ucraniano o bielorruso.
“Siempre quise venir a Miami, de la que me enteré viendo películas estadounidenses como ‘Scarface’, y supe que era una buena ciudad para los inmigrantes y que todos los días es verano: hay palmeras y mar”, dijo. “Me encanta este lugar. Me siento como en familia”.
Malka Shahar, de 58 años, emigró a Nueva York en 2004. Al igual que Linev, era una activista política que se sentía cada vez más insegura en Rusia a medida que crecía la popularidad de Putin. Trabajó para Boris Nemtsov y su partido de oposición en San Petersburgo y Moscú. Nemtsov, un abierto crítico de Putin, fue asesinado de un disparo en la espalda mientras caminaba por un puente cerca del Kremlin en 2015. Su asesinato sigue sin resolverse.
“Mi vida fue amenazada por el gobierno y me vi obligada a marcharme”, dijo Shahar, que retomó su carrera de Psicóloga y asesora de salud mental en Estados Unidos. Hace tres años se mudó a Winston Towers en Sunny Isles Beach, donde calcula que 70% de los vecinos de su edificio hablan ruso.
“Elegí Sunny Isles Beach porque me siento muy cómoda y la gente se apoya mucho entre sí”, dijo Shahar, mencionando un grupo de Facebook llamado Let’s Help Each (Ayudémonos mutuamente) con 40,000 seguidores dirigido por su amiga Marina Kuznetsova. “Es un paraíso con mucho potencial”.
Ya no es solo un lugar de vacaciones
Habitantes de Sunny Isles Beach desde hace mucho tiempo, como Svechin, dicen que la ciudad está evolucionando hacia un hogar permanente durante todo el año para los rusos más jóvenes y adinerados. Ya no es solo un lugar de vacaciones, ni un refugio para estacionar el dinero de las inversiones, ni un imán para las futuras madres rusas adineradas, que pagan a las agencias de “turismo de parto” para dar a luz en un hospital del sur de la Florida, donde a su bebé se le concede instantáneamente la ciudadanía estadounidense, y luego disfrutan de una mimada recuperación en un condominio alquilado en Sunny Isles Beach.
“No se trata tanto del caché de las vacaciones, de tener una propiedad o de tener un bebé que obtenga el pasaporte estadounidense, sino de establecer una vida aquí y formar parte de la comunidad”, afirmó Svechin. “Sigue siendo una población transitoria, con gente que va y viene para renovar visados, pero yo diría que hoy 10% de los rusos son habitantes temporales o fantasmas”.
Un indicador del cambio es el número de ventanas oscuras en las torres por la noche.
“Definitivamente hay más luces encendidas. Antes me sentaba fuera y miraba hacia arriba y me preguntaba: ‘¿Para qué demonios se construyeron todos estos edificios? Porque estaban vacíos y oscuros”, dijo Svechin.
“Lo que había era la aprobación por parte de la ciudad de grandes edificios bajo el supuesto de que solo 20% estaría ocupado. Los rusos invertirían y pagarían impuestos sobre la propiedad, pero no vivirían aquí”. Los fundadores de la ciudad querían la mayor densidad posible para obtener ingresos fiscales. El Ayuntamiento estaba en la segunda planta de un centro comercial. No teníamos Policía, ni servicios, ni escuelas. Nadie se imaginaba que iba a crecer tanto una vez que los urbanizadores empezaron a comprar los viejos moteles y los terrenos frente al mar”.
El principal tema de debate en Sunny Isles Beach es si la ciudad debería adoptar un límite de altura y frenar el crecimiento, “pero por mucho que la gente se queje del tráfico, admite que todo esa urbanización ha servido para que esto se convierta en una verdadera ciudad con recursos de calidad y un gran acceso público a nuestra hermosa playa”, dijo Svechin.
La escuela Edelcup K-8, inaugurada en 2008, ha sido un gran atractivo para las familias. Hay Russia America TV, un canal con sede en Aventura que traduce las noticias locales e internacionales al ruso. Hay clubes y clases de violín, piano, danza y gimnasia impartidas por profesores y entrenadores rusos. Hay restaurantes, farmacias, agencias de seguros, bufetes de abogados, sinagogas y empresas inmobiliarias rusas.
“Tradicionalmente, los agentes inmobiliarios vendían Sunny Isles Beach a los rusos como una inversión, y el paisaje sigue apareciendo en las revistas rusas”, dice Svechin. “Pero ahora es un vecindario en el que te puedes establecer. Los condominios se están convirtiendo en casas elevadas”.
A diferencia de Nueva York, poblada por rusos mayores de las primeras olas de inmigración, Sunny Isles Beach resulta atractiva para los recién llegados.
“Aquí hay gente más joven y de muchas nacionalidades diferentes”, dice Shahar. “Algunos tienen mucho dinero. Algunos escapan de la persecución política o de la discriminación contra los gays y transexuales”.
Participación judía
Svechin tenía 6 años en 1979 cuando ella, sus padres y sus dos hermanas se mudaron a Miami Beach desde Gomel, Bielorrusia, una ciudad cercana a la frontera con Ucrania. Leonid Brezhnev, secretario general del Partido Comunista, permitía a los judíos salir de la Unión Soviética y la Federación Judía del Gran Miami ayudó a patrocinarlos.
“Estados Unidos dijo: ‘Vengan’, y mi padre dijo: ‘Vayamos’, aunque el camino más común en aquella época era ir a Israel. Nos enseñó un mapa y nos dijo: ‘¿Quieren ir a Nueva York o a Miami?’ y mi hermana dijo: ‘Me gusta Miami’”, relató Svechin. “Nos mudamos a un pequeño estudio infestado de cucarachas en 6 Street en Miami Beach. Mi madre limpiaba hoteles por $3.12 la hora. Mi padre, como muchos inmigrantes rusos, era taxista.
“Cuando llegamos aquí, me decían: ‘Eres comunista y una judía sucia’. Una de las primeras cosas que me enseñaron a decir en la escuela primaria Fienberg Fisher fue ‘¿Puedo ir al baño?’ Aprendí inglés rápidamente y en seis meses ya traducía para mis padres y otros niños. Formábamos parte de un grupo numeroso y muy unido de judíos rusos y bielorrusos, y todos nos mudamos a Sunny Isles Beach unos ocho años después. Eso supuso un ascenso de estatus”.
Svechin recuerda haber pasado el rato en Pier Park cuando era una adolescente en la secundaria North Miami Beach. Ella y sus amigos alquilaban habitaciones en Motel Row por $30 los sábados por la noche y celebraban fiestas. Fue a la universidad en Nueva York, consiguió un trabajo en publicidad y se mudó de nuevo a Sunny Isles Beach en 2010 para que sus hijos pudieran estar más cerca de sus abuelos. Svechin se involucró en la ciudad, fue comisionada y alcaldesa, presidenta de la PTSA y actualmente es tutora ad litem y vicepresidenta del Sunny Isles Beach Children’s Fund, una organización sin fines de lucro cuya misión es enriquecer la vida de los niños de la ciudad.
Se maravilla de cómo ha cambiado su ciudad, de la profusión de Rolls-Royce y de pulseras Cartier de $5,000, pero también de cómo un sentimiento de nostalgia pueblerina impregna el lugar.
Putin insulta a los ‘mosquitos’ en Miami
Por supuesto, la guerra en Ucrania —y las críticas de Putin a los rusos de Miami— es el principal tema de conversación en estos días.
En un mordaz discurso del 16 de marzo, dijo que quienes se oponen a su “operación militar especial” forman una “quinta columna” de traidores que han adoptado los valores occidentales, han abandonado sus raíces y han “vendido a su propia madre”.
“El pueblo ruso siempre sabrá distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores, y simplemente los escupirá como a un mosquito que accidentalmente se les metió en la boca”, dijo Putin, recurriendo a la retórica de Joseph Stalin. “Estoy convencido de que esta autodepuración natural y necesaria de la sociedad no hará más que reforzar a nuestro país, nuestra solidaridad, cohesión y disposición a responder a cualquier desafío.
“No condeno a los que tienen villas en Miami o en la Riviera Francesa, a los que no pueden vivir sin foie gras, sin ostras o sin las llamadas libertades de género. No es un problema. El problema es que muchas de esas personas están mentalmente allí, en Occidente, y no aquí, con nuestro pueblo, con Rusia. No recuerdan o simplemente no entienden que solo son prescindibles usados con el fin de infligir el máximo daño a nuestro pueblo”.
Poco después, unas letras que decían “Putin Kaput” fueron pegadas en una papelera de la tienda de comestibles y delicatessen Matryoshka.
Svechin escuchó el discurso en ruso y entendió los matices de su mensaje. Cuando dijo Miami, se refería a Sunny Isles Beach, Aventura y Hallandale Beach, dijo.
“Es un tremendo orador que utiliza un lenguaje emocional para provocar a la gente”, dijo. “Hizo hincapié en que si sigues el pensamiento occidental estás en su casta y eso te hace débil y desleal a tu historia, a tu pueblo. Los rusos son gente sencilla y trabajadora, así que puedes comprar todos esos departamentos de lujo y comer todo el foie gras que quieras, pero nunca serás uno de ellos, nunca te aceptarán allí, nunca pertenecerás”. Estaba recordando los días de la Unión Soviética. Los líderes estadounidenses hacen lo mismo cuando hablan de democracia”.
Una brecha política generacional
Si hay alguna brecha en Sunny Isles Beach, no es entre rusos y ucranianos, sino entre generaciones. Algunas personas mayores que crecieron en la Unión Soviética sí sienten afinidad por Putin y su objetivo de reconstruir el imperio ruso. Svechin decidió no hablar de Putin con su madre, que tiene 77 años.
“Les inculcaron desde la infancia os valores soviéticos y la idea de la dominación soviética”, dijo Svechin. “De hecho, yo soy hija de la Unión Soviética y el primer retrato que dibujé de niña fue de Lenin. La figura del hombre fuerte, del gran hombre agresivo y autoritario es muy atractiva. Al igual que Donald Trump tiene mucho atractivo. La maquinaria de propaganda es eficaz, a través de la censura, la poesía, la música. No vas a cambiar la mente de la gente mayor, así que le pido a mi madre que haga sus pancakes de papa y no le doy lecciones”.
Linev dijo que el miedo al gobierno ruso y sus tentáculos llega hasta Sunny Isles Beach. Asiste a reuniones locales del partido político que dejó atrás, Nueva Libertad para Rusia, pero se comunica sobre todo por WhatsApp para evitar problemas.
“Tengo miedo por Rusia, no solo porque las sanciones pudieran destruir la economía, sino por la posibilidad de una guerra civil entre la gente que quiere construir el futuro y la gente que adora a Putin como un nuevo Stalin y quiere que la vieja Unión Soviética vuelva a dominar Europa”, dijo. “Hay muchas conexiones familiares con Ucrania. Es una terrible y triste guerra entre hermanos”.
Shahar dijo que algunos amigos y familiares que están en Rusia están horrorizados por la invasión de Putin, pero deben tener cuidado con lo que dicen en público.
“No echo de menos Rusia y pudiera volver para cobrar mi pensión, pero no lo haré”, dijo. “Me resulta doloroso pensar en mi hogar. No hemos sido capaces de erradicar al malvado Putin. El pueblo ruso merece vivir una vida mejor, pero si apoya a Putin, debe compartir la responsabilidad de su destrucción”.
En la ciudad también existe el temor de que las sanciones económicas del gobierno estadounidense contra Rusia puedan repercutir en los negocios y los propietarios locales. El gobierno de Biden apuntó a docenas de oligarcas rusos cercanos a Putin que han generado miles de millones gracias a sus tratos con su gobierno e invirtieron su dinero en Estados Unidos. Las agencias federales del sur de la Florida insisten en que no están persiguiendo a los rusos de a pie.
“Los propietarios de pequeñas empresas tienen miedo de que cualquier golpe les perjudique”, dijo Svechin. “Las personas que han comprado condominios caros y no son ciudadanos tienen miedo que se los puedan confiscar”. No tenemos ninguna aclaración del gobierno de Biden sobre lo que podría suceder a los propietarios”.
El redactor del Miami Herald Jay Weaver contribuyó a este artículo.
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de marzo de 2022, 2:52 p. m..