Sur de la Florida

Una llamada a mi padre exiliado, y un vistazo a la vida que dejó atrás

Fernando Frías se une a los celebrantes en La Pequeña Habana después de anunciarse el fallecimiento de Fidel Castro.
Fernando Frías se une a los celebrantes en La Pequeña Habana después de anunciarse el fallecimiento de Fidel Castro. cfrias@miamiherald.com

Subo al carro, marco su número y me pongo a recorrer las calles de La Pequeña Habana mientras suena el timbre.

Cuando contesta, se lo digo sin respirar:

“¡Papi, se murió Fidel!”

La primera llamada que hice después de enterarme de la muerte del dictador Fidel Castro fue a mi padre.

No importó que fuera la 1:09 de la mañana o que mi padre tenga 88 años. Yo sé exactamente lo que está haciendo y dónde está, el mismo lugar a donde va todos los viernes: a jugar dominó con sus hermanos.

“¿Cómo? Pero muchacho, ¿de verdad?”

Sí, papi. Esta vez es verdad.

“¡Escuchen esto!”, les dice a los que estaban con él. “¡Dice que Fidel Castro se murió!”

Al principio ríe con nerviosismo. Y entonces se le quiebra la voz. Y a mí también. Cuelgo escuchando la gritería de los que lo acompañaban. Manejo en una nube de adrenalina hacia el restaurante Versailles, el epicentro del exilio cubano donde La Pequeña Habana hace erupción; echo mano a mi iPhone para tomar fotos en que las emociones de otros quedan perfectamente encuadradas en una pantalla de vidrio de 5 pulgadas.

No fue el sábado hasta pasadas las 10 de la mañana que desperté de una noche de ver a otros gritar, llorar, cantar, tomar cafecitos, encender tabacos, descorchar botellas de champán, mostrar letreros pintados a mano, llevar a sus hijos sobre los hombros y decir cosas como “he esperado toda mi vida por esto”.

Toda una vida.

Toda una vida es la que he vivido de este lado del Estrecho de la Florida. Toda una vida, toda una vida diferente es la que mi padre había vivido cuando salió de Cuba a los 42 años. El hombre que yo conozco no es el mismo que quedó atrás. El campesino, uno de 11 hijos que trabajaron duro para irse de la zona rural de la provincia de Oriente a La Habana, donde él y sus cinco hermanos se hicieron dueños de cafés.

Nunca conocí al hombre al que le confiscaron sus siete tiendas y bodegas cuando el gobierno nacionalizó todos los negocios privados. El hombre que estuvo dos años en prisión después de tratar de huir del país en una embarcación y escuchó el fusilamiento de otros 17 en su primera noche en la cárcel. (Sabe que fueron 17 porque contó 17 tiros de gracia).

No, solamente conozco al hombre, dos años más joven que Fidel Castro, quien de alguna manera sobrevivió al dictador. Dos de sus hermanos y hermanas no lo lograron.

¿Fue cierto lo de esa noche?

Echo mano a mi teléfono, lo veo lleno de mensajes y, todavía con esa neblina mental, llamo a mi papá, quien responde al teléfono igualmente atontado en su casa de Pembroke Pines.

Entonces se prepara para venir a Miami. En Pembroke Pines no hay Calle Ocho y él quiere estar donde está el barullo, donde la atmósfera es hispana, donde la gente da rienda suelta a sus emociones, donde 12 horas después la gente sigue cantando, llorando, coreando, riendo y lamentándose, y mientras los helicópteros sobrevuelan la zona.

“Vamos juntos”, me dice.

OK, me escucho decir. Pero ya me estoy preparando.

Mi padre conduce 25 millas hasta mi casa en Flagami y juntos recorremos calles interiores poco transitadas en silencio. Otros vehículos pasan rápido tocando el claxon y agitando banderas cubanas desde las ventanillas cuando llegamos al Versailles. La Pequeña Habana está repleta de carros de otros vecindarios. Lo dejo cerca del restaurante, le digo que me espere en el mostrador del café y me voy a estacionar.

Me apresuro a regresar en medio de la multitud con la que estuve 12 horas antes. No lo encuentro cerca del mostrador y empiezo a preocuparme. Así que me lanzo al gentío que repleta la Calle Ocho de una acera a la otra.

La multitud se mueve como una ola. Busco a mi padre, que tiene puesta una gorra rojiblanca, en medio de los cientos que cantan esa pieza de Willy Chirino. Ondean banderas cubanas y estadounidenses. Las personas tropiezan unas con las otras y se disculpan con una sonrisa sin dejar de cantar.

En el medio de la gente, donde un hombre toca un bongó, creo reconocer una cabeza, con una gorra rojiblanca sobre cabello cano, y allá voy.

La música sube de tono mientras más me acerco, el canto más frenético. Todos bailan. La multitud se mueve, y el hombre de la gorra roja de repente aparece ante mí.

Está dando palmas y cantando mientras se me acerca, cantando a coro. Y cuando se da una vuelta, mira hacia el cielo. Y lo veo por primera vez. No sólo a mi padre, sino al Fernando Frías de toda una vida antes de conocerlo.

Sus ojos castaño enrojecidos sonríen, y pronto los míos lo imitan.

He esperado por esto toda mi vida, dice.

Esperando, aquella vida de hace tanto tiempo.

Carlos Frías es editor de la sección de comida del Miami Herald y autor de Take Me With You: A Secret Search por Family in a Forbidden Cuba.

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de noviembre de 2016, 0:27 p. m. with the headline "Una llamada a mi padre exiliado, y un vistazo a la vida que dejó atrás."

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