'Miami puede ser un lugar muy duro, pero muchos son capaces de hacer el bien cuando la cosa se pone difícil'
Las últimas ráfagas del huracán Irma acababan de pasar cuando Carlos Reyes llegó temprano en la mañana al restaurante del que es manager en el oeste de Miami-Dade. Tenía buenas y malas noticias. La mala: no había electricidad. La buena: el pequeño generador mantuvo algunos refrigeradores funcionando y parte de la comida fría. También el restaurante contaba con gas propano.
“Vamos a abrir”, dijo Reyes a su cocinero, la única otra persona que estaba con él en el restaurante y quien asintió un poco escéptico. “Vamos a servir una sola cosa –huevos criollos y revoltillo con jamón ya que es fácil de hacer y a la mayoría de las personas les gusta. También tenemos café, pero solo café americano, no tenemos tiempo de hervir la leche para el café cubano”.
Ya a las 8:30 a.m. una escuadra de cinco camareras había llegado, y el Latin American Restaurant No. 2 en Coral Way y la 107 Ave. del Southwest estaba oficialmente abierto y listo para servir a sus clientes. Casi 12 horas después de que los vientos, ráfagas y lluvia, que trajo el huracán Irma habían pasado, el sur de la Florida estaba en pie.
Y, aunque mucho del trabajo a lo largo del estado estaba en manos de la policía, el departamento de bomberos, el ejército y los camiones de FP&L, otras personas como Carlos Reyes pusieron manos a la obra y en un abrir y cerrar de ojos convirtieron el restaurante en una factoría de comida. Los actos de bondad y cretividad en situaciones extremas se vieron por todo el estado.
Reyes descartó las normas usuales que guían su negocio. Como no había agua caliente y no se podían lavar platos, sirvió todo en platos de ‘Styrofoam’ y en envases desechables, incluyendo cubiertos plásticos. Esta idea solucionó otro problema: era más fácil para sus clientes recoger la comida y seguir su camino, de todas maneras, el salón comedor estaba muy caliente y resultaba pequeño.
A los pocos minutos de abrir, varias personas que estaban en un refugio cerca se acercaron a buscar comida. Corrieron la voz por el albergue y al rato había ya una fila que llegaba hasta el estacionamiento.
Y, aunque tomaba unos 20 minutos esperar en la fila para ordenar comida, una vez que llegaban tomaba uno o dos minutos servirla. El restaurante no estaba sirviendo a la carta, solo órdenes de revoltillo de huevos con jamón. Reyes tuvo que dejar de atender el mostrador y unirse a los cocineros de la parrilla para acelerar los alimentos.
“Debían haberme visto en la cocina donde no hay aire acondicionado, ni siquiera teníamos un abanico”, cuenta Reyes. “Lo único que hacía era sudar”.
La mayoría de los clientes aceptaron tranquilos la oferta de un solo plato del menú. Otros, sin embargo, se alteraron un poco cuando no pudieron ordenar café cubano. De manera que una de las camareras recibía a los clientes diciéndoles, “tenemos café pero solo café americano”… e ignorando las caras que ponían los clientes al no poder tomar su colada o cortadito.
El hecho de que al faltar la electricidad no funcionaran las tarjetas de crédito tampoco fue un obstáculo. En muchas ocasiones un cliente ayuaba a otro si le faltaba un dólar o dos de los $7 que costaba el desayuno. “Realmente todos colaboraron mucho”, contó Reyes.
Escenas similares se repetían a lo largo de Miami-Dade y Broward.
Empresa ofrece espacio, teléfonos y carga para celulares
“Hay cosas que las tienes que hacer tú mismo”, dijo Anthony Askowitz, corredor de bienes raíces de Kendall. “El gobierno no va a venir a quitarte una rama que se atravesó en tu ventana. El gobierno hará cosas más grandes, pero nosotros debemos hacer las pequeñas. Ayudar a otros, eso sí podemos hacerlo”.
Askowitz recuerda cómo otra compañía grande de bienes raíces ofreció café y espacios gratis en sus oficinas a otros agentes que habían sido desplazados debido al huracán Andrew en 1992 y decidió hacer lo mismo. El martes, su página de Facebook ofrecía espacio en su oficina: escritorios, teléfonos y carga para celulares para negociantes que no tenían electricidad. Llegaron 50 personas. El miércoles ofreció almuerzo gratis. También vio como otras personas anunciaban lo mismo por los medios sociales. “Miami puede ser un lugar muy duro. Pero en el fondo, casi todo el mundo es buena persona. Muchas personas son capaces de hacer el bien cuando la cosa se pone difícil. Y eso es lo que vemos en estos momentos”.
Otro hecho que surgió espontáneamente fue cuando el lunes, un bloque completo en Ortega Avenue, una pequeña calle residencial de Coral Gables, la calle apareció llena de troncos y árboles caídos.
Cerca de las 9 a.m. media docena de jóvenes salieron de las casas en Ortega armados con sierras y guantes. Juntos fueron liberando la calle de todas las ramas y árboles caídos, 20 minutos después, todo estaba cortado almacenado al borde de la calle y los carros podían pasar sin problemas.
Por otro lado María Payor estaba recogiendo todos los cocos que cayeron en un estacionamiento de Haulover Beach en Collins Avenue. Fue a bañarse a la playa para descansar un poco del calor y la tensión de la tormenta cuando oficiales de la ciudad le advirtieron que el agua podía estar contaminada.
Así que en vez, metió cocos en el baúl de su coche ya que el agua de coco podía beneficiar a sus vecinos de North Miami Beach. “Llevamos sin electricidad tres días”, explicó Payor. “Si no la quieren al menos el estacionamiento estará más limpio”.
Entre las numerosas víctimas del huracán están los milennialls a los que se podía ver a lo largo de Lincoln Road y Dadeland Mall buscando enchufes en las paredes para cargar sus celulares.
Lourdes Casal de Coral Gables prácticamente se mudó al Publix de su vecindario cuando el martes aún no tenía electricidad. Allí, en la pared del supermecado que da a Red Road, se unió a una nueva comunidad de refugiados del huracán, todos cargando sus celulares y disfrutando un poco del aire acondicionado de la tienda.
“Me quedé allí hasta que cerraron”, dijo Casal de 57 años. “Cuando vi que estaban entrando las sillas, me tuve que ir de vuelta a mi casa, en la oscuridad”.
Inventos para protegerse del huracán
Facebook mostró también imágenes de inventos para protegerse del huracán, especialmente en Hialeah: mesas y artículos del jardín servían como paneles contra huracán en las ventanas; carros levantados en bloques para evitar que se inunden, o envueltos en plástico como las maletas en el aeropuerto. Otras casas tenían sogas para sujetarlas y que no salieran volando.
La buena voluntad no terminaba con la línea del estado. Max Pearl de Miami, iba rumbo a Georgia huyendo del huracán. Según tomó la rampa de salida de la I-75 en Macon, vio a un grupo de personas con carteles y pensó que era algún tipo de protesta política. Habían hombres, mujeres y niños con pancartas que decían: ‘BIENVENIDOS LOS EVACUADOS DE LA FLORIDA. COMIDA Y ARTÍCULOS GRATIS”.
“Según me detenía al llegar a un semáforo, un grupo de ellos se acercó con las manos llenas de comida, agua, incluso comida para perros”, contó Pearl. Quiso dar las gracias pero en vez lo único que hizo fue empezar a llorar.
Connie Ogle, Joey Flechas, Lance Dixon, Carol Rosenberg y Grace Tamayo contribuyeron con esta información.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de septiembre de 2017, 3:14 p. m. with the headline "'Miami puede ser un lugar muy duro, pero muchos son capaces de hacer el bien cuando la cosa se pone difícil'."