Llegaron de todas partes y murieron en un calor infernal en un asilo de Hollywood
Nacieron rodeados de familiares, y vivieron una vida plena. Algunos tenían hijos, nietos, viviendas y carreras.
Pero fallecieron una muerte agonizante y solitaria.
Algunos ya no podían hablar ni caminar. Otros estaban ciegos. Muchos habían perdido la memoria desde hace años.
Otros ya no tenían familiares.
“Es como si los hubieran dejado en una esquina para que murieran”, dijo Linda Horton, cuya amiga Carolyn Eatherly fue una de las nueve personas que fallecieron en el calor insoportable de esta instalación de vida asistida que perdió el servicio eléctrico durante el huracán Irma.
“Es necesario que esto sea un recordatorio de que hay que atender a las personas mayores, que debemos contar sus historias y compartir su sabiduría”, dijo Horton.
Todavía no se ha dado a conocer la causa de la muerte de los fallecidos, pero fue un epitafio cruel para los más vulnerables, y una tragedia que generó nuevo interés en cómo la Florida y el país cuidan a sus ancianos y discapacitados.
Esas personas, de entre 71 y 99 años, comenzaron a sentirse mal después que un apagón en la instalación dejó el aire acondicionado fuera de servicio.
La instalación quedó sin electricidad el domingo y tenía solamente un generador en funcionamiento, que no era suficiente para alimentar el aire acondicionado central. Unas unidades portátiles de enfriamiento fallaron poco después.
La administración del gobernador Rick Scott declaró que el Rehabilitation Center at Hollywood Hills “fracasó en cumplir con su deber básico de proteger vidas”.
El ancianato se encuentra al lado de un centro privado de atención psiquiátrica, Larkin Community Hospital Behavioral Health Services, y las dos instalaciones están afiliadas al atribulado South Miami hospital llamado Larkin Community Hospital.
Ambos centros se encuentran ubicados frente a un estacionamiento del Memorial Regional Hospital, al cual muchos de los 142 residentes fueron evacuados después que muchos comenzaran a sucumbir bajo el calor.
“Hollywood Hills Rehabilitation Facility [no] puede […] esconder el hecho de que esa instalación de cuidado médico fracasó en su obligación básica de proteger vidas”, manifestó Scott en declaraciones por escrito.
“Esa instalación está fracasando en asumir su responsabilidad por el hecho de que ellos se demoraron en llamar al 911 y tomaron la decisión de no evacuar a sus pacientes a uno de los mayores hospitales de Florida, que se encuentra directamente al otro lado de la calle”, agregó.
El gobernador agregó que el grado de preocupación de las autoridades ha ido en aumento, en la medida en que obtienen más detalles sobre los hechos.
No obstante, aseguró que las autoridades continuarán examinando el incidente.
“Necesitamos entender por qué la instalación tomó la decisión de colocar a los pacientes en peligro, si es que contaban con suficiente personal, si es que habían colocado artefactos para refrescar y cuantas veces chequearon ellos a los pacientes”, dijo.
El martes, los dueños del ancianato resistieron legalmente los esfuerzos del gobernador y de las autoridades de salud por cerrar el centro de asistencia. Tras declarar que el centro estaba “devastado” por la pérdida de vidas, Hollywood Hills le pidió a un juez en Tallahassee que detuviera a los esfuerzos de las autoridades por prohibir las nuevas admisiones y suspender los reembolsos que recibe el centro bajo Medicare y Medicaid.
En momentos que la investigación penal de lo sucedido sigue su curso, familiares y amigos de los fallecidos han encontrado algún consuelo en sus recuerdos.
“Mi padre vino de Colombia en 1970 para dar una mejor vida a su familia”, dijo Pedro Franco, cuyo padre, Miguel Franco, de 92, falleció en la instalación. Su madre, Cecilia, de 90 años, también vivía en el lugar. A ella la trataron por deshidratación y se recupera en el Memorial Regional Hospital, que está al otro lado de la calle del asilo. Más de 100 personas fueron tratadas en el hospital.
“Ella tiene Alzheimer y no sabe lo que le sucedió”, dijo Franco de su madre, quien lleva ocho años en el lugar. Su padre fue llevado a la instalación cuando ya no pudo caminar.
Antes de irse al centro, el padre visitaba a su esposa varias veces a la semana, a pesar de que a veces ella ya no lo reconocía ni a él ni a otros familiares.
“Pensamos que era el mejor lugar para llevarlo también a él, porque quería estar con su esposa”, dijo el hijo.
Franco padre tenía dos empleos para ganar lo suficiente con el fin de traer a la familia, uno por uno, a Estados Unidos. En Colombia fue mecánico de aviones durante 24 años, y cuando llegó a Estados Unidos, a los 55 años, siguió trabajando a tiempo parcial en el Aeropuerto Internacional de Miami por las noches, mientras tenía otro empleo de día como reparador en el Departamento de Parques y Recreación de Miami-Dade.
“Tuvo que hacer eso para traer a su familia, porque eso cuesta mucho dinero, y él quería algo mejor para nosotros”, dijo Pedro Franco.
Costurera retirada
Albertina Vega llegó a EEUU de República Dominicana a los 17 años, Trabajó muchos años de costurera en Nueva York antes de retirarse y mudarse a la Florida con su esposo.
Estuvieron casados más de 30 años pero no tuvieron hijos, dijo Carmen Fernández, una amiga que atendió a Vega durante los últimos 35 años.
El esposo de Vega falleció en 1986.
“Le prometí a su esposo que me mantendría cerca de ella hasta su muerte”, dijo Fernández.
“Ella estaba sola, no tenía hijos, pero sí tenía familia, pero nadie se ocupaba de ella”.
Vega, de 99 años, entró en el asilo hace unos 10 años, cuando perdió la vista y le diagnosticaron demencia. Fue una buena decisión, porque Fernández vive junto al asilo y la visitaba con frecuencia.
Fernández dijo que llamó al centro después del huracán y le dijeron que Vega estaba bien. Entonces, un día después, el miércoles, la llamaron para decirle que Vega había fallecido.
No fue hasta que llegó la policía que se enteró de la agonía que había pasado su amiga.
“Nunca me dijeron que había problemas. Me debían haber llamado. Yo hubiera sacado a Albertina de allí y me la hubiera llevado a mi casa”, dijo.
Aspiraciones de artista
Betty Hibbard, de 84 años, y Carolyn Eatherly, de 78, nunca se casaron y no tenían familiares, dijeron varios amigos.
Las dos sufrían de demencia y sus amistades las cuidaron hasta que su salud se deterioró.
Eatherly nació y creció en Bowling Green, Kentucky. Ella y Linda Horton eran amigas desde hace 30 años. Eatherly se mudó a la Florida para cuidar a su madre, hasta que la señora falleció.
Estudió arte y quería ser pintora, pero trabajó de contadora varios años hasta el el Alzheimer le empezó cuando tenía cincuenta y tantos años.
Horton cuidó de Eatherly muchos años, hasta que su amiga empezó a huir de la casa para deambular por el vecindario. Cuando Eatherly fue llevada inicialmente al asilo, Horton la visitaba regularmente, pero esas visitas eran muy dolorosas para las dos.
“Cada vez que me iba a marchar ella se ponía a llorar. Ella no quería estar allí, pero no había nada que yo pudiera hacer. Estuve llamando al asilo todas las semanas durante un año hasta que dejé de hacerlo”, dijo.
“Les di mi nombre y número de teléfono, y les dije que ella no tenía familia, que yo era la única persona que ella tenía, pero nadie me llamó. Murió sola”.
Hibbard tampoco tenía familia, pero su amiga de muchos años Jean Johnson, quien creció con Hibbard en Miami, la cuidaba.
Las dos trabajaron en bienes raíces durante 40 años.
Hibbard practicaba deportes y en su juventud buceaba y se iba de campismo. En sus últimos años comenzó a fallarle la memoria y le costaba trabajo recordar si se había tomado sus medicamentos.
“Al principio odiaba el asilo, pero no tenía otro lugar a donde ir, y después que llegó y le ajustaron los medicamentos se pudo mucho mejor”, dijo Johnson, quien vio a su amiga el día antes de fallecer.
“Había tanto calor que ella casi no podía respirar”, dijo Johnson. “Es muy triste, fue un precio muy alto que pagar”.
Una persona social
Jeffrey Nova dijo que su madre Gail Nova, de 70 años, asistió a la Universidad de Miami y fue técnica de radiología hasta que enfermó. La mujer, quien lo crió sola, era una persona extravertida y social.
La mujer llevaba unos 8 años en el centro, dijo, y él pensaba que era un buen lugar porque estaba frente al hospital.
Jeffrey Nova dijo que quería mantener en privado sus recuerdos.
“Es como un libro de recuerdos, y a veces uno no se lo muestra a nadie”, dijo Nova.
Bobby Owens, de 84 años, nació y se educó en Georgia, tenía cinco hijos, un hijo adoptado, ocho nietos y 16 biznietos, dijo su familia.
Trabajó 30 años en servicios ambientales en el Hospital Jackson Memorial antes de retirarse.
Se fue a vivir al asilo hace aproximadamente una década después que un derrame cerebral le afectó el habla.
“Le gustaba mucho su trabajo, vestirse bien, jugar a las cartas y pescar. Es terrible que su vida haya terminado así”, dijo su nieta Tynisha Owens.
Manuel Mario Mendieta, de 96 años, vivía en Miami antes de irse al asilo, muestran los registros. Una portavoz de la Funeraria Caballero dijo que no habría servicios funerales y que la familia declinaba hablar.
No está claro si la octava víctima, Estella Hendricks, de 71 años, tenía familia. Los registros muestran que vivió en St. Thomas, en las Islas Vírgenes, y posiblemente en Puerto Rico, antes de irse al asilo.
Un anciano cubanoamericano de 93 años, Carlos Canal, fue la novena víctima y falleció el martes en la mañana.
Según la hija, Lily Schwartz, Canal falleció de neumonía y tenía fiebre de 105 grados Fahrenheit (40.5 grados centígrados).
Ella llamó el pasado viernes desde Austin, Texas, para saber cómo estaba su padre antes del huracán, y una recepcionista le dijo que el hospital estaba preparado para enfrentar los efectos del ciclón. Schwartz dijo que su padre estaba teniendo problemas para escuchar la llamada y que confió en las enfermeras para que le dijeran cómo estaba su padre. Le habían dicho antes de huracán que él estaba bien.
Su padre emigró a Miami desde Cuba en 1960, dijo. Él vino primero, y Schwartz, su madre y dos hermanos vinieron poco tiempo después. Esperaba construir una vida mejor y más segura para ellos, trabajando en la empresa de productos lácteos Borden Dairy mientras intentaba iniciar otros negocios. Dijo que fue un aspirante a empresario.
“Eso es algo por lo que siempre estaré agradecida”, dijo Schwartz.
Si alguno de los lectores tenía un ser querido en este asilo, o si visitó el lugar después de la tormenta, nos gustaría hablar con usted. Por favor, envíe un mensaje al correo electrónico de la reportera Julie K. Brown a jbrown@miamiherald.com.
Carol Marbin Miller y Mary Ellen Klas contribuyeron con esta información
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de septiembre de 2017, 5:18 p. m. with the headline "Llegaron de todas partes y murieron en un calor infernal en un asilo de Hollywood."