La CIA frenó primicia del Herald sobre la invasión de Bahía de Cochinos
La Guerra Fría trajo consigo muchos días oscuros, pero hace 54 años tuvo lugar uno de los peores, al menos para Estados Unidos.
El presidente John F. Kennedy envió un ejército de exiliados anticastristas respaldado por la CIA a la playa en la Bahía de Cochinos en Cuba a sufrir una sangrienta y catastrófica derrota. Fue “la paliza de nuestras vidas”, el abatido Kennedy diría a los pocos días mientras se preguntaba en voz alta por qué nadie le había disuadido de ello.
Una de las preguntas más interesantes de la historia de la Guerra Fría es, ¿pudo el Miami Herald haber hecho eso mismo — disuadirlo? En un conflicto poco conocido entre periodismo y la seguridad nacional, el Herald, siete meses antes de la Bahía de Cochinos, había preparado una noticia diciendo que Estados Unidos estaba planeando lanzar una operación militar contra Cuba. Pero los directivos del periódico cancelaron la historia después de que el director de la CIA Allen Dulles advirtió que publicarla pondría en riesgo la seguridad nacional.
“Es difícil saber estas cosas”, dice Peter Kornbluh, analista principal del Archivo de Seguridad Nacional, que ha publicado varios libros sobre la Bahía de Cochinos. “Pero, ¿podría una audaz, dramática historia reportando que Estados Unidos estaba planeando una invasión haber detenido la Bahía de Cochinos? Creo que la respuesta podría ser sí”.
La historia de la primicia del Herald sobre la Bahía de Cochinos y su posterior rendición a la CIA en su mayoría ha sido un misterio desde hace cinco décadas. Fue explorado brevemente en Anything but the Truth, un libro escrito por periodistas de Washington William McGaffin y Erwin Knoll que fue publicado en 1968 y rápidamente desapareció.
Todo comenzó con algunos niños tirando petardos sobre una cerca en Homestead.
‘JÓVENES EN BÚSQUEDA DE EMOCIONES’
En la noche del 26 de agosto de 1960, John Keogh, de 16 años de edad, había invitado a algunos de sus amigos adolescentes a la granja de aves de su familia en Homestead para ayudarle a arrear un montón de pollos que iban a ser enviados a unos clientes. Pero el camión de reparto no se presentó, y los niños aburridos al final se dieron por vencidos y se fueron a una pequeña tienda donde podían comprar algunas Coca-Colas y hablar sobre las chicas.
En el camino, sin embargo, uno de los jóvenes mencionó haber visto un campamento para trabajadores agrícolas inmigrantes cerca. “Dijo que bailaban alrededor del fuego en la noche y actuaban extraño”, recordó Keogh, actualmente de 70 años y que trabaja en un negocio mayorista de automóviles en Land O ‘Lakes. “Así que pensamos que nos gustaría ver eso. Y más tarde, eso nos llevó a ser llamados ‘los jóvenes en busca de emociones’ en los periódicos”.
Cuando llegaron al campamento, uno de los chicos sugirió que sería divertido tirar unos petardos por encima de la valla. Una gran cantidad de pensamientos surgirían por la mente de Keogh en los momentos posteriores a que los petardos estallaran, y uno de ellos era, éstos no son trabajadores agrícolas regulares. Una gran cantidad de armas, incluyendo ametralladoras calibre .30, fueron sacadas desde el interior del campamento. Una de las balas entró por la ventana de la camioneta de Keogh, lo golpeó en la parte posterior de la cabeza y lo dejó ciego. Durante las próximas 72 horas, fue sometido a tres cirugías.
Cuando llegó la policía, los hombres del campamento dijeron que eran miembros de un entrenamiento contrarrevolucionario cubano del ejército para derrocar a Castro. Los policías, para nada impresionados, arrestaron a 15 de ellos, en su mayoría por vagancia. Pero dos enfrentaron cargos de intento de asesinato.
Curiosamente, sin embargo, las acusaciones no parecían estar conduciendo a juicios verdaderos. Hasta los procedimientos legales más habituales no estaban programados, y todos los cubanos parecían haber salido de la cárcel. Finalmente, un policía le susurró a un reportero que el Departamento de Estado había pedido descartar los casos.
Fue entonces cuando los editores del Herald llamaron a David Kraslow.
Un reportero deportivo se pone las botas
En la actualidad se conoce a Kraslow, de 89 años, quien vive en Coral Gables, como miembro de la junta directiva de la Universidad de Miami y como el último director de Miami News, que cerró en 1988.
Pero, en 1960, él era el corresponsal en Washington del Herald, y había sido ascendido de sólo ganar $25 al mes cubriendo deportes mientras estudiaba en la Universidad de Miami gracias a la ley de beneficios de educación para veteranos conocida como GI Bill. Tenía buenas fuentes en el Departamento de Estado –las noticias de Latinoamérica eran una especialidad del Herald– y en el Departamento de Justicia, gracias a que cubría los tribunales federales en Miami.
“Me acuerdo de esa llamada de Miami”, dijo Kraslow la semana pasada. “Me contaron una extraña historia sobre cubanos y ametralladoras en Homestead, y me preguntaron si podría consultar al Departamento de Estado para ver qué estaba pasando”.
Pero Kraslow obtuvo mejores resultados en el Departamento de Justicia. Le contaron del brutal antagonismo existente entre el legendario director del FBI J. Edgar Hoover y la CIA. La CIA quería entrenar un ejército de exiliados cubanos para derrocar a Castro; el FBI tenía la responsabilidad de hacer cumplir la Ley de Neutralidad federal según la cual es ilegal preparar una expedición militar en contra de otro país desde territorio estadounidense.
“Hoover, con toda razón, según pienso yo, consideraba que esta situación estaba comprometiendo al FBI”, recordó Kraslow. “Pero la CIA no quería ceder. Y yo pensé, c…, todo esto está pasando en nuestras propias narices en Miami”.
Para fines de septiembre, después de semanas de reportar y de hacer comprobaciones, Kraslow tenía una noticia bomba. “Tenía alrededor de 1,500 palabras y decía que la CIA estaba reclutando y entrenando en secreto a exiliados cubanos para algún tipo de operación militar a gran escala en contra de Castro”, recuerda. “No decía que se trataba de una invasión enorme en un asalto frontal; no creo que eso ni siquiera se había decidido todavía”.
Los jefes de Kraslow en Miami, no obstante, se sentían inquietos. Publicar historias sobre guerras secretas y otros asuntos de seguridad nacional no eran la práctica común en la industria del periodismo estadounidense. Durante la Segunda Guerra Mundial, los corresponsales de guerra habían presentado sus reportajes bajo la más estricta censura militar. Nadie podía recordar una historia que se pareciera en algo a la de Kraslow.
Los jefes del Herald –entre ellos el jefe de redacción George Beebe y el director ejecutivo Lee Hills– insistieron una y otra vez a Kraslow que pidiera la opinión de varios altos funcionarios del gobierno, incluyendo el secretario de prensa del presidente Eisenhower, James Haggerty. (Kennedy no asumiría la presidencia hasta tres meses después). Todos ellos restaron importancia a la historia y dijeron que no sabían nada del asunto.
Finalmente, dijeron a Kraslow que pidiera una cita con el jefe de la CIA, Allen Dulles. Acompañado del jefe de la oficina en Washington de Knight Newspapers, Ed Lahey, él se dirigió a las oficinas centrales de la agencia.
“Yo no mostré la historia a Dulles, pero le expliqué en detalle todo lo que contenía”, recordó Kraslow. “El se mantuvo impasible, con cara de póquer. ¿Estaría sorprendido? No sé, los directores de la CIA nunca se ven sorprendidos, jamás. Y en ningún momento él dijo nada sobre cuánto de verdad había en la historia. Al final, él dijo: ‘Si usted publica ese tipo de información, usted va a causar grave daño a la seguridad nacional’”.
Ese fue el final de la entrevista. Kraslow llamó a Beebe y Hills en Miami para comentarles lo que Dulles había dicho. Ellos, a su vez, lo discutieron con el director del Herald, John S. Knight. “No puedo probarlo, sólo estoy suponiendo, pero siempre he sospechado que en el mismo segundo que yo salí de su oficina Dulles llamó a Knight y le dijo: ‘No publiques esa historia’”, afirmó Kraslow. “Knight era muy republicano, y un hombre muy patriótico, y creo que Dulles probablemente pensó que apelar directamente a él le sería útil”.
Sea lo que sea lo que pasó en Miami, Miami, Kraslow recibió noticias de Beebe un par de días más tarde: la historia había sido cancelada. El Herald no la iba a publicar. Kraslow se sintió decepcionado, pero no furioso. “Fue un momento difícil”, dijo. “Ellos –Beebe, Hills, Knight– eran todos personas excelentes y jefes excelentes. Es muy difícil publicar una historia cuando el director de la CIA te dice que va a dañar la seguridad nacional. Yo creo que el Herald se equivocó, creo que el Herald cometió un error, pero fue un error nacido de sus buenas intenciones”.
Aun cuando la historia no se publicó, Kraslow cree que sí afectó la política del gobierno por lo menos en un sentido: el entrenamiento de los exiliados cubanos fue desplazado de Estados Unidos a Guatemala. Mientras tanto, otras publicaciones –de la revista The Nation a The York Gazette & Daily en York, Pennsylvania– se olieron lo de la Bahía de Cochinos y empezaron a investigar el asunto.
Lo mismo hizo el New York Times, que publicó el 10 de enero de 1960 un reportaje sobre la base de entrenamiento de los exiliados en Guatemala. Al día siguiente, el Herald publicó su propia historia sobre la base y el reclutamiento de exiliados en Miami, incluyendo algunos detalles de la historia eliminada de Kraslow, aunque sin acercarse ni con mucho a decir que Estados Unidos estuviera planeando un ataque a gran escala contra Cuba.
Una nota del editor explicaba que el Herald había retenido la noticia “durante más de dos meses” y que la había publicado “sólo después de que la ayuda de EEUU a los combatientes anticastristas en Guatemala fuera revelada por primera vez en otra parte”, lo más que se acercó el periódico a admitir lo sucedido. Incluso dentro de la redacción del Herald casi nadie conocía la historia.
“Recuerdo haber escuchado vagos rumores sobre algo así pocos años después, pero tienen que haberlo mantenido en un secreto total”, dijo Don Bohning, quien durante casi tres décadas fue el editor de América Latina en el Herald. “No me sorprende lo que me ustedes me están diciendo. Esa fue una época muy distinta, y las cosas eran muy distintas entre los periódicos y el gobierno”.
Kraslow no está seguro de que la publicación de su historia hubiera impedido la invasión. “A lo mejor, a lo mejor no”, dijo. “La CIA estaba muy empeñada en hacer eso”.
Kornbluh, no obstante, piensa que sí podría haberlo hecho. “Tanto Eisenhower como Kennedy se preocupaban mucho de que no hubiera indicación de que Estados Unidos hubiera participado en esta operación”, dijo. “Mucha publicidad hubiera llevado a Kennedy a echarse atrás”.
Una persona que pensaba así fue el mismo Kennedy. Pocos días antes de Bahía de Cochinos, el New York Times también tenía todos los detalles sobre lo que iba a suceder. En el último minuto, los editores del periódico suavizaron considerablemente la historia, eliminaron datos clave y le dieron cobertura mínima. Dos semanas después, Kennedy dijo a uno de los principales editores del Times: “Si ustedes hubieran publicado algo más sobre la operación, nos hubieran salvado de cometer un error colosal”.
Pero había por lo menos otra persona fuera del gobierno que lo sabía todo: el pobre John Keogh, el adolescente cuya herida de bala puso al Herald sobre la pista de Bahía de Cochinos. A Keogh le sacaron de la cabeza la mayor parte de la bala –aunque todavía aparecen fragmentos en radiografías y tomografías hasta el día de hoy– recobró la vista y fue dado de alta, y pasó luego varias semanas consultando fiscales y policías mientras trataban de decidir qué se podía hacer sobre su caso, bajo la supervisión del Departamento de Estado.
“A partir de las preguntas que me hicieron y de las conversaciones que tuvieron lugar delante de mí, yo hubiera podido decirles la historia entera de la Bahía de Cochinos meses antes de que pasara”, dijo. “Incluyendo la identidad de su primer herido, que fui yo”.
Su familia se mudó pronto al área de Tampa, y todo el asunto empezó a parecer un sueño. Antes de la semana pasada, Keogh nunca había hablado con un reportero, y él no se lo cuenta a nadie. Bueno, aparte de su barbero: “Tengo que explicarle que no me corte el cabello demasiado bajito para que no se me vean las cicatrices”.
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de abril de 2015, 1:38 p. m. with the headline "La CIA frenó primicia del Herald sobre la invasión de Bahía de Cochinos."