Este retirado de 88 años no quiere dejar de trabajar, y necesitamos su optimismo
A Antonio Guaps se le dan bien las sonrisas. Será por eso que muchos clientes del supermercado Milam, en Miami Springs, piden que sea él quien les empaque la mercancía que compraron.
Guaps, de 88 años, trabaja hace 17 en el Milam, y sabe que hay artículos que no se pueden juntar. Un pequeño arte que no todo el mundo domina. En su caso, se le da natural porque siente orgullo por lo que hace y quiere hacerlo bien.
“Soy de buen trato y ‘jaranero’ ”, dice, usando una palabra que ya parece a punto de desaparecer del vocabulario del cubano.
Eso no es difícil saberlo. Todo el que lleva tiempo viniendo a este supermercado, conoce a Antonio, aunque no sepa su nombre. Es de esas personas que están ahí para hacernos la vida fácil. Ahora en la temporada de fiestas, con el estrés de las compras, con las comelatas que se preparan para celebrar la Navidad en familia, es como si necesitáramos más este perenne optimismo.
Por eso valen las preguntas: ¿quiénes son esos ancianos que ayudan a las cajeras? ¿Será suficiente esa propina, ese dólar que se les da como premio a su amabilidad? Con las pensiones tan limitadas que reciben los retirados, ¿necesitan ese trabajo para sobrevivir?
En su caso, la duda se despeja muy rápido. “Trabajo para darme mis lujos, cuando llego a mi casa, me tomó mi ‘whiski’ white label”.
Guaps se retiró a los 62 años, tiene cuatro hijos, vive con uno de ellos en North Miami desde que su segunda esposa falleció hace un año, y él mismo conduce su auto para venir a trabajar.
“Me pagan por ser vago”, dice con ese tono que ya anunció que le permite tomarse todo con ligereza.
En realidad, quiere mantenerse activo. El trabajo lo mantiene en forma física y mental. Le permite relacionarse con más personas. En fin, dar y recibir, y además completa su pensión.
“Nunca me pongo bravo, y cuando eso pasa, trato de calmarme yo mismo”, cuenta, consciente de que sus compañeros y sus jefes lo aprecian.
La mánager que está de turno el día de la entrevista, Melissa García, pasa y lo ve conversando. Sin dudarlo, se retrata con él. Antes, una de las cajeras pasó a ofrecerle cafecito a Antonio.
“Ayudo en la limpieza de los baños, hago una lista de las cosas que se van acabando. En fin, hago cualquier cosa que me pidan”, resume sobre sus responsabilidades.
Guasp es un inmigrante curtido en el trabajo. Toda su vida fue zapatero. El oficio lo aprendió de su padre, que tenía una “fábrica de calzado para señoras en la calle San Cristóbal, en el Cerro”, un vecindario habanero de raigambre obrera.
Cuando el futuro no fue suficiente en Cuba o la tentación que le brindaba Estados Unidos fue más fuerte, vino para Nueva York en el año 1955. Un cuñado que vivía allí fue de visita a Cuba y le hizo la invitación. También puso la carta y la cuenta de banco necesaria para traer a un inmigrante. Entonces se necesitaba para entrar al país una oferta de trabajo.
“Llegué aquí y en Inmigración me inscribieron para el servicio militar”, dice. “Pero luego me dijeron que era muy bajito y que tenía cuatro hijos”.
Al principio, Guaps trabajó en varias tiendas de la cadena Drago Shoe Repair, donde, al borde de las aceras neoyorquinas, se reparaban y limpiaban zapatos.
Al año comenzó a trabajar en una fábrica de zapatos. “Ganaba 75 centavos la hora”, recuerda. Era miembro del sindicato de zapateros, al que entregaban más de $2 mensuales del salario para que protegiera a los trabajadores.
“Esto representaba ventajas, porque había que cumplir las leyes”, dice sobre la labor del sindicato.
En esa época ya era común ver a latinoamericanos que trabajaban en Nueva York en posiciones de servicios, desde camareros del Waldorf Astoria hasta de busboys en un diner. Los inmigrantes eran una presencia natural en el paisaje de una gran ciudad, y también había deportaciones.
“Cuando había varias personas paradas en una esquina, llegaba Inmigración y pedía papeles, y al que no tenía, lo mandaban para su país”, recuerda.
Guaps se mudó para Miami en 1958 cuando llegaron sus hijos de Cuba. Trabajó siempre como zapatero hasta que en 1970 abrió su propio negocio, un taller de tapicería, del cual se retiró.
Pero le gusta mantenerse activo y por eso ha elegido seguir trabajando. El dinero extra le viene muy bien para darse gustos.
“Cuando llego a mi casa el viernes, mi hijo me está esperando con mi salario”, cuenta.
En cuanto a la propina, el cliente no está obligado a darla, pero sí pueden aceptarla.
“Mi trabajo es servir contento”, concluye, mientras comienza a empacar la compra de un cliente.
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Esta historia fue publicada originalmente el 21 de diciembre de 2017, 8:30 a. m. with the headline "Este retirado de 88 años no quiere dejar de trabajar, y necesitamos su optimismo."