Sur de la Florida

Sobrevivió seis minutos de terror durante la masacre. Ahora regresa a la escuela con valor, pero llena de recuerdos

Taylor Morales en su casa de Coral Springs el 22 de febrero del 2018.
Taylor Morales en su casa de Coral Springs el 22 de febrero del 2018. cherrera@miamiherald.com

Taylor Morales se niega a tenerle miedo a su escuela.

Así que cuando la joven de 18 años llegue el miércoles a la secundaria Marjory Stoneman Douglas, recurrirá a la misma feroz determinación que la ha ayudado a sobreponerse por los últimos 14 días, desde que un atacante abrió fuego dentro de su escuela el Día de San Valentín.

Taylor, escondida dentro de un aula de ese edificio, sobrevivió al ataque que mató a 17 personas, incluyendo a su vecino, Joaquín Oliver, y su compañera de la guardia de estandartes Gina Montalto. Cuando regrese, los nombres estarán en la valla metálica que rodea la escuela, con conejitos de juguete color rosa y azules, cruces de madera blancas y estrellas de David cerca de la entrada principal.

“Nadie piensa que ir a la escuela por la mañana sea un logro, una forma de enfrentar tu miedo”, dijo. “No debería ser un acto de valentía, pero lo es”.

Durante el tiroteo tuvo que calmar su terror de que hubiera más atacantes. La Policía dice que Nikolas Cruz actuó solo. Taylor tuvo que aprender a controlar su miedo a los ruidos durante la noche. Y tuvo que encarar el edificio de primer año, donde vio a los muertos acurrucados en una mezcla de sangre y cristales rotos, donde pensó que ella también moriría.

Durante la jornada de puertas abiertas del domingo para padres y estudiantes, Taylor echó un vistazo al edificio, ahora separado del resto de la escuela por una valla decorada con carteles que honran a las víctimas.

Lo extraño fue que, a pesar de la matanza, el lugar no había cambiado.

“Es solo un edificio, pero ahora todos le temen”, dijo. “Para mí, el asesino ya no está allí y sé que los cuerpos ya no están allí. Es solo un edificio hueco. Por fuera, no tengo problemas con eso”.

Padres y estudiantes caminan el 25 de febrero junto a un memorial cerca de la secundaria Marjory Stoneman Douglas en honor a las víctimas de la masacre del Día de San Valentín.
Padres y estudiantes caminan el 25 de febrero junto a un memorial cerca de la secundaria Marjory Stoneman Douglas en honor a las víctimas de la masacre del Día de San Valentín. David Santiago dsantiago@miamiherald.com

Volver a la escuela también significa que otros estudiantes como Taylor, que están promoviendo el control de armas, se verán de nuevo. La extensa publicación de Taylor en Facebook sobre su experiencia y su posición sobre la violencia con armas de fuego ha llegado a decenas de miles de personas desde Canadá hasta Australia.

“Ponte de pie con nosotros. O de pie contra nosotros “, escribió Taylor. “Estoy en el lado de la vida. ¿En qué lado estás tú?”.

Aunque nadie sabe cuántos estudiantes se quedarán en casa el miércoles, Taylor vio a bastantes de sus compañeros durante la jornada de puertas abiertas del domingo para saber que realmente la cantidad que vendrá es significativa. Y el día podría incluso ser normal, especialmente si un maestro asigna tareas, dijo con una sonrisa.

“Van a asistir y vamos a terminar el día”, dijo. “Y al final, cuando no suceda nada, será un paso en la dirección correcta”.

Seis minutos de terror

Los terribles acontecimientos del 14 de febrero ya se conocen en su mayoría, pero el terror de esa tarde sigue siendo intenso para quienes lo experimentaron.

Ese miércoles por la tarde, Taylor acababa de poner su examen de Álgebra 2 en una pila al frente del aula al terminar el día de clases. “OK, es un B+ bien sólido”, recordó haber pensado.

Temprano en ese día, ella y sus amigas habían repartido pequeñas tarjetas y chupetes por el Día de San Valentín. Un simulacro de incendio en la segunda parte del día había durado más de lo normal, y los maestros habían anotado los nombres de los estudiantes como parte de un nuevo protocolo escolar para asegurarse de que no faltara nadie. Con la prueba de Álgebra ya terminada, junto con un examen anterior de Economía, lo único que quedaba en su día era la práctica de la guardia de estandartes.

Algunos, vestidos como ángeles, fueron el 25 de febrero del 2018 a la escuela Marjory Stoneman Douglas a rendir tributo a las víctimas de la peor masacre en una escuela secundaria de Estados Unidos.
Algunos, vestidos como ángeles, fueron el 25 de febrero del 2018 a la escuela Marjory Stoneman Douglas a rendir tributo a las víctimas de la peor masacre en una escuela secundaria de Estados Unidos. David Santiago dsantiago@miamiherald.com

Entonces un sonido como el de un tiroteo desgarró el aire.

Esa fue su primera idea: sonó como disparos, no petardos. Y era cerca. Ella estaba en una de las 11 aulas en el primer piso del edificio de primer año.

No podría ser un tiroteo real. En los anuncios de esa mañana, la escuela les había recordado a los maestros que no dejaran salir a sus alumnos durante los primeros y últimos 10 minutos del día porque podría haber un simulacro de Código Rojo (Code Red) que iba a parecer real.

Simulacro o no, la clase de unos 29 estudiantes, se puso de pie y se escondió, algunos detrás del escritorio de la maestra, otros alineados contra la pared trasera. Taylor se agachó detrás de una pila de sillas cerca de una esquina. Junto a ella, una chica cuyo nombre no conocía estaba sollozando.

“Es falso, es falso, es falso”, Taylor le aseguró. “¿Recuerdas los anuncios?”.

“¿Estás segura de que es falso?”, preguntó la chica.

“Sí, estoy segura”, dijo Taylor.

Pero, curiosamente, la alarma de incendios sonó de nuevo y se cortó abruptamente. La campana de salida de las 2:40 p.m. también se apagó poco después. Nadie se movió, aunque los sonidos de los disparos habían disminuido.

Su maestra corrió hacia la puerta para cerrarla. Justo cuando llegó allí, la amiga de Taylor, Ashley Baez, entró.

Pero algo andaba mal. Ashley tenía sangre en la pierna, que le salía profusamente y empezaba a salpicar el piso. Estaba en el suelo frente al escritorio de la maestra y los estudiantes comenzaron a agacharse a su alrededor. Se sostenía una herida en la parte superior del muslo, donde una bala le había perforado los jeans.

Fue entonces cuando los compañeros de Taylor comenzaron a llorar. La maestra agarró su teléfono celular e hizo una llamada, tratando desesperadamente de explicar que un estudiante herido estaba en su aula. La chica que Taylor había estado consolando comenzó a sollozar incontrolablemente.

Ashley, una estudiante de segundo año de 15 años de edad, reconoció a su amiga Taylor. Pero la nueva ubicación puso a Taylor en un lugar más vulnerable. Podía ver el pasillo a través de una estrecha abertura rectangular en la puerta. Ashley estaba hablando en un susurro frenético, temerosa de no sobrevivir. Le pidió a Taylor que llamara a su familia y a su mejor amiga.

“Solo quería que les dijera que estaba bien y que no sentía dolor, y que aunque no acabara bien, en esos momentos [supieran que]... no sentía dolor, lo cual probablemente era una mentira", recordó Taylor.

Por encima de sus susurros, las ráfagas comenzaron de nuevo. Pop, pop, pop, pop. Venían del aula vecina de la derecha. Esta vez, todos gritaban: por ayuda, por sus padres, por la policía.

Y cuando los gritos disminuyeron, Taylor lo vio.

Nikolas Cruz, el presunto atacante, pasó por la puerta de su aula, caminando por el pasillo. Lo vio por la ventana desde donde ella estaba en el piso. Solo fue una fracción de segundo, pero vio una persona borrosa, encorvada.

La calma de Taylor finalmente se resquebrajó. Su cuerpo comenzó a temblar. Pensó en su iPhone, que había puesto al frente del aula antes del examen. No podía enviar mensajes de texto a sus padres. “Voy a morir y no van a escuchar mis últimas palabras”, pensó. No podía recordar lo último que les había dicho.

Afuera, Cruz estaba ahora en el segundo piso. Los disparos resonaron por el techo encima de ellos. Hubo más gritos. Taylor y sus compañeros de clase intentaron detectar los pasos de Cruz.

Los pasos fueron ligeros. Después… nada. Disparó en una dirección. Silencio. “¿Está afuera de nuestra puerta?”, se preguntó ella. “¿Está al lado? ¿Se ha ido finalmente?”.

Solo habían pasado seis minutos.

La ayuda llegó rápidamente. Escuchó varios pasos, la policía hablando, las puertas de las aulas abriéndose y los estudiantes saliendo al pasillo. Un policía golpeó la puerta de su clase, pero nadie se movió. Golpeó de nuevo, frenético: “¡Abran la puerta!”. Esta vez se levantaron, tropezando los unos con los otros por el entumecimiento de sus piernas.

El agente recogió a Ashley, un charco de sangre quedó en el piso. Mientras se la llevaban, Ashley le recordó a Taylor su promesa. Taylor tomó su teléfono —la conexión tangible con sus padres, con todo lo seguro y normal — y salió al exterior.

Fragmentos de vidrio y casquillos de balas cubrían el piso. Los policías gritaban: “NO MIREN HACIA ABAJO. ARRÍMENSE A LA PARED IZQUIERDA. MANTENGAN SUS MANOS ARRIBA. DÉJAME VER TUS DEDOS. NO MIRES HACIA ABAJO”.

Pero tenía que mirar hacia abajo o iba a perder el equilibrio.

Había sangre, grandes charcos de sangre en el suelo y sangre que goteaba por debajo en la pared. Olía a óxido. Taylor trató de evitarla, pero resbalaba. La sangre le manchó los zapatos negros.

Dos cuerpos yacían en el pasillo, un chico y una chica, acurrucados. Tenían las manos sobre sus caras.

“Los policías estaban ayudando a unos chicos, sacando a otros de las aulas, empujándonos para que saliéramos al pasillo, pero lo único que hacían era caminar alrededor de los cuerpos. En aquel momento no entendí por qué no los ayudaban”, dijo Taylor. “Parecía que estaban muertos”.

Ruidos en la noche

En los días posteriores al tiroteo, Taylor le tenía miedo a la noche.

El menor ruido podría hacerla estallar: su sobrina de 3 años, Madison, moviéndose mientras dormía. Los gatos, Baby, Lovey e Iggy, inquietos por la noche. Su Yorkie, Ginger. El aire acondicionado. Los helicópteros afuera.

Mientras iba del sofá a su habitación por la noche, llamaba a uno de sus amigos para hablar mientras se cepillaba los dientes o escuchaba música alta para bloquear los sonidos.

Taylor Morales en su casa en Coral Springs el 22 de febrero del 2018. Taylor es una sobreviviente del tiroteo en Marjory Stoneman Douglas que dejó 17 muertos el Día de San Valentín.
Taylor Morales en su casa en Coral Springs el 22 de febrero del 2018. Taylor es una sobreviviente del tiroteo en Marjory Stoneman Douglas que dejó 17 muertos el Día de San Valentín. Chabeli Herrera cherrera@miamiherald.com

Dos días después del tiroteo, para procesar su frustración, comenzó a escribir en su teléfono notas sobre su experiencia. Inspirada por sus compañeras de clase, incluida Emma González, quien habló en un mitin sobre el control de armas en el Tribunal Federal del condado Broward el 17 de febrero, Taylor terminó un ensayo de 1,279 palabras y lo publicó en Facebook.

“Alerta: Contenido gráfico”, escribió en la parte superior de la publicación, y luego agregó: “(Pero si sobreviví, estoy segura de que puedes leerlo)”. Dos semanas después del tiroteo, se había compartido casi 33,000 veces y los “me gusta” eran más de 36,000.

“No puse mi dolor en pausa, sino que lo convertí en determinación para hacer algo, cualquier cosa”, dijo.

En Facebook, dejó clara su posición: apoya la prohibición de los rifles semiautomáticos, estableciendo controles exhaustivos de antecedentes y de las redes sociales, que requieren que los propietarios de armas se sometan a evaluaciones de salud mental de forma anual o bianual, y que aumenten la edad de posesión de armas de fuego a 21 años.

El mensaje ha llegado a propietarios de armas en todo el país, algunos de los cuales han enviado a Taylor videos en los que entregan sus armas o cortan sus rifles a la mitad.

“Ahora veo que cada pequeña cosa que todos hacemos se va sumando. Cada publicación, cada manifestación, cada voto”, dijo. “No pueden ignorarnos. Eso me hizo sentir útil”.

Hay algo más: ya no le teme a la noche.

Hacia adelante

La vida de Taylor ha cambiado irreversiblemente; ella lo sabe. Pero no quiere que el tiroteo la detenga.

Llegará la graduación, aunque sin Meadow Pollack, Joaquin Oliver o Nicholas Dworet, las tres víctimas que estaban en el último año de secundaria.

La universidad todavía está en sus planes. No ha decidido si ir a Lynn University, cerca de su casa en Boca Raton, o mudarse a Florida Gulf Coast University, en Fort Myers. Pero todavía quiere ser psicóloga. Su reacción de tratar de ayudar a otros durante el tiroteo es lo que la coloca aún más en ese camino.

“Además, esto me aporta experiencia, no la experiencia que quería”, dijo. “Quería mejor algo así como una pasantía”.

También planea seguir activa en el movimiento sobre el control de armas que sus compañeros de clase están liderando. Se unirá a ellos cuando marchen en Washington D.C., el 24 de marzo, siempre que pueda convencer a su instructor de la guardia de estandartes, el grupo que baila con la banda de música, para que le permita ausentarse de la competencia regional en Orlando ese día.

Ella seguirá adelante, pero no olvidará lo sucedido, incluso cuando las cámaras se hayan ido de Parkland.

“Nos pasó a nosotros y no vamos a poder apagar las noticias y olvidarnos”, dijo Taylor. “La historia no va a cambiar para nosotros. No importa si los medios se van, no nos detendremos”.

Chabeli Herrera: 305-376-3730, @ChabeliH

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de febrero de 2018, 10:29 p. m. with the headline "Sobrevivió seis minutos de terror durante la masacre. Ahora regresa a la escuela con valor, pero llena de recuerdos."

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