Pensaban que venían de vacaciones pero resultó una vida. El éxodo que forjó grandes amistades
Una gran cazuela de arroz campesino en una casa del suroeste de Miami es el centro de una reunión de amigas que hace más de 50 años compartieron temores, esperanzas y mucho, mucho frío en una escuela religiosa de Richmond, Virginia.
Las risas, anécdotas y emociones de hoy reflejan la solidaridad que se estableció entre ellas cuando, solas en Estados Unidos, extrañando a sus padres que dejaron en Cuba, se enfrentaban a la vida en un entorno desconocido.
Norma Barquet, Mercedes Méndez Agraz, Marta Aguado, Lourdes Buján, Luisa Duarte, Charito Izquierdo, Maria Luisa Martínez, Benita McDermott y Elita Sotorrio Vázquez formaron parte del éxodo de Pedro Pan, mediante el cual 14,000 menores viajaron sin sus padres a Estados Unidos, desde diciembre de 1960 hasta octubre de 1962.
La operación se produjo con la ayuda de la Iglesia católica, bajo el liderazgo de monseñor Bryan Walsh, y el gobierno norteamericano.
El reencuentro del pasado 26 de abril era muy esperado sobre todo por Norma Barquet, una maestra y ejecutiva retirada de Girl Scouts of the USA que vive en Massachusetts y que desde hace 55 años no veía a muchas de sus condiscípulas de St. Joseph Villa, quienes residen en el sur de la Florida.
Barquet trajo a la reunión un set de barajas para recordar los juegos de canastas que les salvaban los fines de semana cuando estudiaban en la escuela religiosa dirigida por las Hermanas de la Caridad, en la que pasaron una época clave de su adolescencia.
A su llegada a Estados Unidos, muchas fueron primero a un campamento en Florida City y después a Richmond, donde al inicio recibieron el fuerte golpe del clima frío, un idioma distinto y la separación de los padres.
“Pensábamos que la separación no iba a durar, que eran como unas largas vacaciones”, dice Barquet sobre su salida de Cuba. “Hasta nos hicieron ropa nueva. Una semana antes nos dijeron que solo podíamos llevar lo que teníamos puesto y todo se quedó atrás”.
“Nos favoreció mucho que vivíamos con las monjas, que eran las maestras”, apunta Barquet, que se emociona recordando su estancia en la escuela dirigida por las Hermanas de la Caridad.
Marta Aguado, que llegó a los 16 años, considera que fue una “bendición” que las mandaron juntas a St. Joseph Villa.
“Fue una sabia decisión de la Arquidiócesis de Richmond de hospedar a todas las adolescentes cubanas juntas y exclusivamente en un mismo edificio”, señala Aguado.
Para ella el viaje tampoco tenía carácter definitivo porque sus padres le decían que “todo era temporal, pues nuestros idealizados amigos americanos no iban a permitir que el comunismo se apoderara de Cuba, un país con muchos negocios y de grandes lazos históricos con Estados Unidos”.
Su mamá incluso se lo describió como una oportunidad para aprender inglés y conocer mejor la cultura norteamericana, recuerda Aguado, nacida en Pinar del Río.
Unos días antes del viaje, que hizo con su hermanito de 10 años, comenzó a sentir temor y aprensión.
Cuando el avión aterrizó en Miami ya se había convertido en “una muchachita muy calladita y atemorizada de vivir sin mis padres, ansiosa por no saber qué me esperaba”.
La última imagen que tuvo de sus padres fue el adiós que le dieron desde la terraza del Aeropuerto de Rancho Boyeros, en La Habana.
“Mi madre alzó su muleta para que pudiera verla mejor. Había tenido un accidente reciente”, rememora Aguado.
A un nivel consciente ella comprendía que era una buena decisión venir a Estados Unidos. Ya para entonces “muchas de las amistades de su familia habían salido de Cuba para esperar la resolución al caos, la intolerancia, el abuso, las confiscaciones de negocios y bienes personales y toda la violencia y odio de clases que la Revolucion estaba causando en el país”.
Por su parte, Charito Izquierdo sintió lo mismo cuando tuvo que separarse de su hermano menor, a quien enviaron también a Virginia, pero a una escuela para varones.
Para comunicarse en caso de que le ocurriera algo malo, establecieron un código. El le enviaría un mensaje diciendo: “Los zapaticos me aprietan”, unos versos que conocen los niños cubanos de casi todas las generaciones porque sus padres se los suelen recitar con frecuencia, a veces para arrullarlos.
Como era de temer, Izquierdo recibió el mensaje de su hermano, quien le decía que los zapaticos le apretaban y mucho, recuerda la empresaria en conversación con el Nuevo Herald.
Aunque lo trataban bien en la escuela, lo afectaba la separación familiar, el temor a lo desconocido, que compartían todos los niños Pedro Pan.
Este fue quizás uno de los momentos más difíciles de la experiencia de Izquierdo en Virginia, porque el dolor era de su hermano, y le llegaba más fuerte.
Aguado señala que también le dolió tener que aceptar que los norteamericanos no conocían mucho de su país y sus costumbres, y que “a nadie le interesaba ayudarnos a combatir el comunismo”.
Al contrario, la prensa, las instituciones de educación superior y muchos de los intelectuales estaban enamorados de la Revolucion Cubana, rememora.
“Qué terrible el darme cuenta que quizás no había regreso, que nuestra estancia en este país podría ser permanente”, afirma, al tiempo que enfatiza que recibió aliento y comprensión de muchos norteamericanos durante esa época de adaptación a su patria adoptiva.
Las amistades norteamericanas que iban haciendo las chicas cubanas de St. Joseph Villa las invitaban a sus casas, compartían la comida en familia y hasta los regalos durante las fiestas.
Barquet cuenta que el primer partido de football que vio fue en casa de unos amigos norteamericanos, donde vivía el novio de otra de las muchachas del grupo. “Recuerdo que era alrededor de la época de Thanksgiving y estaba jugando la Universidad de Michigan”, dice Barquet.
Esa fue la misma universidad donde ella trabajó por más de una década, cuenta Barquet que casi un año después de su llegada a Estados Unidos se reunió con sus padres, y fueron a vivir a Michigan.
Aguado considera que entre las muchachas que fueron a St. Joseph Villa surgió una “inquebrantable hermandad” porque pudieron estar juntas, compartiendo el idioma, la cocina y las costumbres.
Uno de sus momentos favoritos llegaba el domingo cuando las monjas les servían el almuerzo en el comedor formal de la residencia donde se alojaban.
“Siempre era un chicken pie o pot de la marca Swanson”, recuerda Aguado, que esperaba esos almuerzos como cosa buena porque regularmente la comida de la escuela era “terrible, salcochada sin ningún condimento o sabor”, y por lo tanto extrañaban mucho la sazón de su casa en Cuba.
Hoy, ante la perspectiva de reunirse con sus amigas de antaño, concluye: “Siempre las he recordado a todas sin excepción, con cariño y con mucho agradecimiento de que hayan compartido parte de sus vidas conmigo”.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de mayo de 2019, 2:15 p. m. with the headline "Pensaban que venían de vacaciones pero resultó una vida. El éxodo que forjó grandes amistades."