Desamparado tuvo un funeral digno gracias a sus amigos
No había una esposa, hijo o padres a su alrededor para llorar al inmigrante cubano cuyos restos estaban destinados a parar como los de un mendigo –sin honras fúnebres ni entierro– en una cripta reservada para los desamparados.
Lázaro Valdivia, un hombre que llegó hasta segundo grado y sólo sabía escribir su nombre, tuvo una vida miserable como la del San Lázaro cubano, mendigando, durmiendo en las calles, sobreviviendo con lo mínimo, a menudo quedándose con hambre.
En sus últimos días, sin embargo, Valdivia tuvo hogar, vecinos y amigos que lo trataron como de la familia y estuvieron, a pesar de su pobreza, decididos a cambiar el destino de ese hombre a quien dieron una despedida honorable.
El viaje de Valdivia
Por los últimos 10 años de su vida, Valdivia vivió en el Centro de Vivienda Cristiana de Brownsville House, entre decenas de hombres y mujeres desamparados que, como lo hizo también él, habían luchado contra problemas de salud mental, de drogadicción, alcohol, discapacidades físicas, y una miríada de otros problemas que los mantenían en las calles.
Para estos residentes, Brownsville House ofrece no sólo un techo para vivir, sino una oportunidad para vivir como en una familia, algo que muchos no habían tenido en mucho tiempo.
“Esta es la última casa que nos queda”, dice Ralph Mitchell, de 50 años, un ex adicto al crack. “Es la última oportunidad. No queremos dormir más en las calles porque allá afuera hace frío. No fumo crack porque ya no lo necesito. Ahora tengo comida, tengo algún dinero en el bolsillo y en mis 50, estoy aprendiendo a regenerarme. Estamos aprendiendo a vivir de nuevo”.
Joseph Thompson, quien se hizo drogadicto a los 13 años, pasó 26 años en las calles antes de unirse a Brownsville. También pasó tres años en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Jackson Memorial por quemaduras relacionadas con la droga.
“Este es mi segundo hogar. La única casa que conozco ahora que mis padres están muertos. Murieron cuando yo estaba bajo tratamiento por drogas”, dijo. “La última vez que vi a mi madre tenía una sonrisa en su rostro, porque ella sabía que yo estaba recibiendo ayuda y eso me da fuerza e inspiración para seguir adelante con mi vida. Brownsville significa mucho para nosotros. Me ha dado personalmente otra oportunidad en la vida y me ha permitido ser parte de una familia. No cambiaría esto por nada”.
“Aquí somos como uno y eso es extraordinario. Es un hogar para nosotros. Que Dios los bendiga”, dijo Mildred Wilson, de 50 años, que pasó 28 años en la calle y ahora mantiene un hogar ordenado, perfumado con ambientadores y una variedad de frutas colocadas en un bol junto a su cama.
Situado en una pequeña comunidad cerrada en el 4700 NW 32 Ave., el Centro Cristiano de Vivienda de Brownsville está compuesto por 74 departamentos pintados de gris y rodeados por una cerca metálica. Cada unidad tiene cocina, baño, una cama doble, y una unidad de aire acondicionado. Está dirigido por Camillus House y obtiene parte de sus fondos del Condado producto de un impuesto de alimentos y bebidas del uno por ciento. Los residentes deben pagar el 30 por ciento del ingreso bruto ajustado, como parte de su contribución.
En un día cualquiera, un residente puede estar sentado solo en una mesa de picnic o sobre el césped. O un grupo puede reunirse a la sombra de un árbol, absorto en chismes salpicado de risas ocasionales.
En el interior, dos televisores de 42 pulgadas están colocados en esquinas opuestas de la sala común. Las otras dos esquinas las ocupan estanterías llenas de libros de autoayuda como El fracaso y cómo lo logré: Un viaje de la adicción a la esperanza, de Mike Courtney
Aquí es donde los residentes se reúnen después del trabajo, a menudo para compartir una comida, jugar a las damas o simplemente para ponerse al día. Es también el lugar donde Valdivia se reunía con muchos de los residentes y los hacía participar en discusiones acerca de la vida sin renunciar jamás a la esperanza.
“Solía hablar con todos”, dijo Wilson. “Era una buena persona. Fue parte de nosotros y éramos parte de su vida, también”.
El entierro de Valdivia
Valdivia se refirió a sus vecinos como sus amigos y familiares. Vivieron así hasta su misma muerte.
Se suponía que sus restos serían dispuestos de la misma manera que se dispone de los de otros en la misma situación. Su cuerpo sería llevado a la morgue del Condado y se esperarían tres meses para procesar los documentos necesarios en caso de que la familia se presentara a reclamar sus restos.
Más tarde el cuerpo sería cremado, las cenizas recogidas en una urna y, tras una breve oración por un sacerdote, se colocarían en una cripta que Camillus House, a través de la Iglesia Católica, tiene reservada en el cementerio Nuestra Señora de la Misericordia en Doral.
“Camillus House no cuenta con un presupuesto que le permita llevar a cabo un servicio funerario completo por cada residente que fallece y no tiene familia”, dijo Esta Tudela, responsable de casos del centro.
Cuando Valdivia cayó en un coma diabético de dos meses en el Hialeah Hospital, el hogar entero estaba preocupado. Cuando despertó una semana antes de morir, dijo Tudela, todos rezaron por su regreso. Cuando él murió, ellos se negaron a permitir que sus restos pasaran 90 días en la morgue antes de que el cadáver sin reclamar fuera enviado al incinerador.
De modo que los residentes del centro reunieron lo que podían permitirse y se las arreglaron para recaudar $1,100 en una semana para pagar por un servicio fúnebre y una cremación temprana. La mayoría de los inquilinos de Brownsville House fueron a presentarle sus respetos finales. Muchos derramaron lágrimas.
“Yo ayudé a Lázaro porque no creo que nadie deba morir solo y ser desechado por el condado si tiene amigos a su alrededor”, dijo Nancy White, una de 60 residentes de Brownsville House que contribuyó al funeral de Valdivia. “Cuando vine a vivir aquí hace seis años, él fue la primera persona que empezó a hablar conmigo, así que quedamos amigos desde entonces”.
“Aquí, sabemos que sólo nos tenemos a nosotros mismos, y cuando morimos nadie va a venir a buscarnos”, dijo Mitchell, el ex adicto al crack. “Así que tenemos que acudir a nosotros”.
Irene Francesca Rodríguez, de 66 años, dijo: “Lázaro era cubano. Si hubiéramos tenido una Cuba libre como era antes, nadie hubiera tenido que irse al exilio y Lázaro hubiera tenido un entierro apropiado allá con su familia. Para mí fue un deber moral ayudar en esto porque yo estaré en la misma situación cuando me llegue el momento”.
Las cenizas de Valdivia reposarán en Nuestra Señora de la Misericordia.
“Yo no creí que sería posible porque los residentes viven de retiros de entre $600 y $800 al mes y tienen que pagar sus cuentas”, dijo Tudela. “Es un lazo fuerte el que hace que alguien con esos ingresos done $200 o incluso $50. Fue amor, fue la preocupación por los demás, y fue algo muy conmovedor”.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de junio de 2015, 7:20 p. m. with the headline "Desamparado tuvo un funeral digno gracias a sus amigos."