Cómo Fidel Castro se convirtió en el padre involuntario del Miami moderno
La puerta del continente americano: Así es como los líderes empresariales y cívicos de Miami etiquetarían de forma grandiosa aunque esporádica a la ciudad a mediados del siglo pasado. En realidad, el lema era una ilusión, poco más que el material de folletos promocionales.
En contra de la imagen histórica de ciudad turística adormecida que parece mantenerse hoy, Miami ya era entonces una ciudad dinámica que había crecido espectacularmente tras la Segunda Guerra Mundial. Pero miraba firmemente hacia el norte mientras absorbía olas de neoyorquinos, gente del llamado Medio Oeste y sureños, tanto blancos como afroamericanos, que se asentaban en Miami en busca del buen tiempo y las oportunidades.
Entonces llegó la revolución cubana.
La marcha de Fidel Castro hacia La Habana al frente de un ejército de revolucionarios barbudos en los primeros días de 1959 se convertiría en el acontecimiento más importante de la corta historia de Miami. Durante las cinco décadas siguientes, el régimen de Castro, cada vez más represivo y eventualmente en bancarrota económica, enviaría olas sucesivas de refugiados emprendedores a Miami, transformando la incipiente metrópolis en una verdadera ciudad internacional que mira tanto al sur como al norte, aunque probablemente de un modo que aquellos líderes cívicos de los años 40 y 50 nunca imaginaron.
Es una de las ironías de la historia que el difunto Castro, el héroe revolucionario cubano fallecido a los 90 años hace cinco, que se cumplen esta semana, fuera el padre involuntario de la Miami de hoy: una ciudad global cosmopolita, políglota y multicultural que sirve de nexo supercapitalista de las finanzas, el comercio y la cultura entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe.
Todo se remonta al enclave centrado en La Pequeña Habana y la Calle Ocho que las primeras olas de exiliados cubanos establecieron en la década de 1960, dicen los historiadores y sociólogos que han estudiado el éxodo.
Estos exiliados, en su mayoría miembros educados de la élite y la clase media cubanas, en gran medida privados de sus derechos —con una ayuda sustancial de un gobierno estadounidense deseoso de mostrar las ventajas del sistema estadounidense sobre el régimen comunista cubano— echaron mano a sus habilidades y experiencia para crear empresas locales, proporcionando empleos para cada grupo de recién llegados, antes de ramificarse en empresas más grandes y en la banca y el comercio internacional. A partir de esa base, los exiliados cubanos lograron algo casi inédito: alzarse con un poder político y económico dominante y remodelar una gran ciudad estadounidense en una sola generación.
A ello contribuyó que los primeros exiliados fueron lo que Guillermo Grenier, sociólogo de la Universidad Internacional de la Florida (FIU), quien también es exiliado cubano, denomina “el tipo adecuado de inmigrantes” —en su inmensa mayoría blancos y con formación, muchos familiarizados con Miami y con Estados Unidos y sus costumbres comerciales— que llegaron en masa en un momento propicio.
La inmigración se estaba abriendo a los no europeos, los refugiados de la Guerra Fría eran bienvenidos y, a partir de 1966, la Ley de Ajuste Cubana, un amplio programa de asistencia a los refugiados y generosos préstamos federales para pequeñas empresas, dieron a los exiliados un estatus migratorio privilegiado y una marcada ventaja económica. Mientras tanto, la población y la economía de Estados Unidos estaban iniciando un cambio histórico hacia el llamado Cinturón del Sol y la legislación sobre derechos civiles prohibía la discriminación de las minorías, señala Grenier.
Miami, una ciudad en desarrollo preparada para el crecimiento y sin una élite profundamente arraigada, era un terreno fértil para un grupo decidido de recién llegados, dijo.
“Los cubanos no hicieron Miami, sino que Miami estaba lista para que la hicieran”, dijo Grenier en una entrevista en el momento de la muerte de Castro. “Había un caldero perfecto con este ambiente en que los inmigrantes con las características de los cubanos tendrían que meter la pata a lo grande para no prosperar. Y prosperamos”.
A fuerza de números, controlados en su mayor parte por la decisión de Fidel Castro de abrir o cerrar el grifo a los cubanos que querían salir de la isla, los exiliados estaban seguros de cambiar lo que entonces se conocía como el Condado Dade, que tenía una población de poco menos de un millón de habitantes. Alrededor de 135,000 cubanos llegaron solo en los dos primeros años después de la revolución, seguidos entre 1965 y 1973 por 340,000 más en los Vuelos de la Libertad, que se realizaban dos veces al día, la mayoría de ellos miembros de las clases media y trabajadora de Cuba.
El puente marítimo de 1980, que se inició cuando Castro abrió el puerto de Mariel a todos los que quisieran salir de Cuba, atraería más tarde a otros 125,000 —por primera vez muchos cubanos que habían crecido en la Cuba comunista— en cuestión de meses. En el verano de 1994, después que Castro permitiera la huida de 32,000 personas en balsas, un acuerdo migratorio bilateral que puso fin a la crisis reabrió un flujo constante hasta el día de hoy, en que el gobierno federal se comprometió a conceder un mínimo de 20,000 visas anuales a los cubanos.
Alrededor de 550,000 cubanos han recibido visas bajo el programa desde 1996, dijo Grenier. (Ese flujo legal se ha desacelerado considerablemente en los últimos años porque el Departamento de Estado retiró personal de su embajada en La Habana tras una serie de misteriosos trastornos cuya causa aún no se ha determinado).
La mayoría de esos refugiados terminaron en Miami, entre ellos muchos que inicialmente se asentaron en Puerto Rico, Nueva Jersey o en las numerosas otras costas accidentales de todo el mundo donde los cubanos desembarcaron al exiliarse.
“Por mucho que el gobierno estadounidense haya intentado reubicar a los cubanos en otros lugares, vuelven a Miami”, dijo Silvia Pedraza, socióloga cubanoamericana de la Universidad de Michigan que ha escrito mucho sobre el éxodo cubano.
En la actualidad, más de un tercio de la población de Miami-Dade, de unos 2.7 millones de habitantes, es de origen cubano o nacidos en Cuba, según la Oficina del Censo federal. A lo largo de los decenios, a los cubanos se les han unido otros refugiados políticos e inmigrantes de toda América Latina y el Caribe, como nicaragüenses y colombianos, que encontraron hospitalaria la cultura hispanohablante y también han contribuido significativamente a la internacionalización de la ciudad.
Pero fueron los exiliados cubanos los que primero establecieron amplios lazos comerciales con el resto del hemisferio, buscando diversificar y ampliar sus empresas a través del comercio y las finanzas, dicen Pedraza y otros expertos. Las empresas estadounidenses también reclutaron a exiliados cubanos con experiencia empresarial —a veces obtenida mientras trabajaban para estadounidenses en en la isla— para dotar de personal, dirigir o ampliar las operaciones en otros países latinoamericanos.
La experiencia del padre de Pedraza es ilustrativa. Alfredo Pedraza, que había estudiado en el MIT, trabajó para el fabricante de neumáticos B.F. Goodrich en Cuba y, tras abandonar la isla fue director de Ventas de la empresa en Bogotá durante 12 años antes de establecerse definitivamente en Miami, según la profesora de Michigan. En Miami ayudó a una empresa ecuatoriana a establecer lo que ha resultado ser un sector comercial lucrativo: el envío de camarones frescos por vía aérea de Ecuador a Estados Unidos.
“Miami es en muchos sentidos una ciudad latinoamericana y está abierta a toda Latinoamérica”, dijo Silvia Pedraza. “Hay conexiones de todo tipo”.
Al mismo tiempo, a medida que el enclave cubano de Miami se ampliaba y diversificaba, los empresarios latinoamericanos que querían invertir o ubicar su capital de forma segura en Estados Unidos —especialmente en momentos de crisis política o económica en sus países de origen— se fijaban cada vez más en Miami, donde podían realizar operaciones bancarias y comerciales en español mientras disfrutaban de la comida y las costumbres familiares. Lo mismo ocurrió con los empresarios estadounidenses y europeos que buscaban relacionarse con América Latina.
Estas ventajas ayudaron a Miami a superar a sus competidores en el comercio y el transporte marítimo de América Latina, como Nueva Orleans y Tampa, según el sociólogo Alejandro Portes, profesor emérito de Princeton nacido en Cuba y nombrado profesor distinguido de la Facultad de Derecho de la Universidad de Miami.
“Que Miami se haya destacado como ciudad global tiene mucho que ver con la llegada de los cubanos, pero también porque su presencia creó una oportunidad atractiva para otros”, dijo Portes. “Para las personas acomodadas en lugares como Argentina, es mucho más conveniente que Miami tenga una comunidad de negocios inteligente que habla español, que ir a Nueva York y hacer negocios a través de un traductor o en un inglés masticado”.
Ese éxito no ha llegado sin batallas, dijo Portes, coautor de “Miami: City on the Edge”, un relato definitivo de la transformación de la ciudad hasta principios de la década de 1990. Al principio, los exiliados cubanos se encontraron con la resistencia de la clase empresarial y política de Miami. Pero a medida que se imponían económicamente y ejercían su influencia a través de organizaciones como la Fundación Nacional Cubanoamericana y la Latin Builders Association, los exiliados cubanos usaron su número y su concentración para empezar a elegir líderes políticos entre los suyos, llegando a suplantar a los líderes empresariales y políticos “anglos” de la ciudad, dijo.
“Este fue un liderazgo ilustrado que abrió y procuró la internacionalización de la ciudad como centro financiero”, dijo Portes, quien en 2018 publicó una secuela con Ariel Armony, “The Global Edge”, sobre el ascenso de Miami a la prominencia internacional desde la década de 1990. “De esas batallas surgieron etapas que han transformado la ciudad en uno de los participantes clave de la economía global, mucho más allá de su pasado como destino turístico de invierno”.
Pero absorber a cientos de miles de refugiados cubanos también conllevó fuertes costos. En ocasiones, las olas de refugiados provocaron una considerable disrupción, como delincuencia y crisis fiscales y políticas, tensos enfrentamientos sobre la primacía del inglés y, con el tiempo, una dramática “fuga de blancos” que ha dejado a la población blanca no hispana de Miami-Dade en franca minoría.
El momento de la llegada de los exiliados también resultó desafortunado para la población negra del condado, justo cuando la lucha por los derechos civiles les podría haber abierto puertas y oportunidades. Vieron cómo se les cerraba el camino hacia el progreso a medida que llegaban cientos de miles de cubanos para ocupar puestos de trabajo como camareros, anfitriones, botones y cocineros en hoteles y restaurantes que antes eran competencia de los afroamericanos.
Hasta hoy, las relaciones entre los cubanoamericanos y los afroamericanos nativos de la ciudad y los inmigrantes haitianos siguen siendo, en el mejor de los casos, distantes, y la segregación residencial es una de las más pronunciadas del país, dicen los sociólogos.
El auge de la economía de orientación internacional de la ciudad que los exiliados cubanos forjaron, un segmento significativo de la misma concentrado en la urbanización, también creó lo que algunos expertos denominan una máquina de crecimiento que agrava las divisiones económicas y la desigualdad en Miami, por no mencionar los problemas de transporte y tráfico; todo lo cual, según Portes, los actuales dirigentes de la ciudad no parecen estar preparados para abordar.
“Las zonas afroamericanas tradicionales de la ciudad no se han beneficiado de forma significativa de la expansión económica de la ciudad. Los ganadores son los urbanizadores, la máquina de crecimiento, los constructores, los banqueros y las personas que viven en condominios en Brickell y el downtown”, dijo Portes. “La ciudad está viviendo las consecuencias de su propio éxito”.
Al dejar de ser una ciudad sureña, Miami tampoco es el norte de La Habana. El éxito de los cubanos ha atraído la competencia de venezolanos y brasileños emprendedores e, incluso —en un último giro de la ironía—, rusos, que están construyendo, haciendo negocios y viviendo, al menos parte del tiempo, en la ciudad. La creciente diversidad ha diluido la influencia de la clase política y económica cubana, dice Portes que sugiere su nueva investigación, sin dejar ningún grupo de liderazgo claro o decisivo.
“Hay muchos errantes, mucha gente que va y viene, y hay pocos de los que podríamos llamar verdaderos miamenses, gente con espíritu cívico”, dijo Portes. “Existe, pero no es muy grande”.
Así que la historia de Miami no termina con los exiliados cubanos, sugiere. Pero con la desaparición de Fidel Castro hace cinco años y su hermano y sucesor Raúl en un “retiro” autoimpuesto, en Miami tampoco está claro quién va a estar al mando a largo plazo.
Partes de este artículo se publicaron previamente en el Miami Herald.