El oficio del afilador en Miami perdura en las manos de un habanero
Pasadas las 8 de la mañana, el cubano Jorge Luis Gonsález se sube a su vehículo y comienza una odisea de hasta 60 millas en busca de clientes.
Gonsález no es taxista ni chofer de autobús, tampoco es conductor de Uber. Él es afilador.
Todos los días, este hombre de 50 años se trepa al “Mastodonte”, un camión de correo convertido en taller para amolar, pone por altoparlante la distintiva escalerilla musical anunciando su presencia, y recorre las calles del sur de la Florida ofreciendo su servicio.
“La gente te dice ‘hey ahí, ¿que es lo que tu haces?’ Otros se ríen, otros se ponen un trapo en la cabeza y piden un deseo”, cuenta Gonsález. “Eso lo hacía la gente antes, decían que si pides un deseo frente al afilador se te cumple”.
En la época de las relaciones virtuales, de la compra y venta por la internet, de la cultura “desechable” que en un país como Estados Unidos inculca que es más práctico usar y tirar que intentar reparar las herramientas de corte, Gonsález ha logrado vivir y criar a sus 10 hijos del trabajo ambulante que practicaron su padre y su abuelo en Cuba.
“El oficio mío lo aprendí de mis generaciones anteriores”, dice Gonsález.
Él recuerda que su padre y su abuelo tenían 18 “molachones”, cajones de madera propulsados a pie por medio de una rueda conectada a la piedra de afilar, distribuidos por diferentes pueblos desde La Habana hasta la Provincia de Oriente.
“Mi papá se bajaba del tren en cualquier lado y tenía un molachón, se bajaba con su pito, y yo lo acompañaba”, explica Gonsález mientras gesticula con sus manos, dos tenazas forjadas por el trabajo duro.
VIAJE ‘ACCIDENTAL’ A EEUU
En abril de 1980 y con tan solo 15 años Gonsález llegaría a EEUU “por accidente”.
Tras escaparse de la escuela con un amigo, el joven enfiló por la Quinta Avenida del barrio Miramar hasta la Calle 72 y se topó con una multitud de cubanos que había logrado ingresar a la fuerza a la Embajada de Perú para solicitar asilo político.
La marea de gente lo fue “empujando” cada vez más adentro del terreno de la embajada. Cuando quiso salir ya era tarde — el régimen de Fidel Castro había cercado el perímetro del edificio; el gobierno cubano luego los trasladó al puerto de Mariel, desde donde la mayoría fueron deportados por embarcaciones hacia EEUU.
Sin quererlo, Gonsález era ahora parte de uno de los éxodos más grandes en la historia de la isla. Pasarían más de 10 años hasta que el joven volvió a ver a sus padres.
Una vez en Miami, sin saber inglés y sin conocer a nadie más que a una tía lejana, Gonsález decidió rebuscárselas de la única manera que sabía, afilando.
Construyó un carro de amolar y salió bajo el sol ardiente a tocar puerta tras puerta como un comerciante.
“Caminaba unas 10 millas diarias, tenía unos músculos en los pies que podía partir un dos por cuatro”, bromea Gonsález, haciendo referencia a una tabla de madera.
Poco a poco el negocio fue mejorando, y tras cinco años recorriendo las calles a pie pudo comprarse una motocicleta. Luego vinieron los camiones, primero “Mi Juguete”, luego “La Niña”, “El Jorobado”, “El Blanco”, hasta ahora que tiene “El Mastodonte”, el más grande de todos.
“Cada camión yo le pongo su nombre”, dice lleno de orgullo.
UNA FAMILIA NUMEROSA
También llegaron los hijos, 10 en total de distintas relaciones. Hoy viven con él en su casa de Homestead tres de ellos, Katharine de 23 años, John de 22 y Jean Claudio de 17, junto a su esposa Aylema.
“Me gusta lo que hace”, dice Katharine, quien es enfermera. “Es un trabajo que uno siempre va a necesitar de él. A mis amigos les parece interesante, algunos le piden montarse con él en el camión”.
Su esposa Aylema es la copiloto del Mastodonte. Ella se encarga de tomar los pedidos, de entregar las hojas afiladas, y de llevar las finanzas.
“Cuando lo conocí pensé que eso no servía”, dice Aylema, también cubana, sobre el oficio de su esposo. “Porque en EEUU no existe eso”.
Ambos recorren entre 40 a 60 millas diarias entre los condados Miami-Dade, Broward y hasta Palm Beach, tomando ordenes para afilar. Los costos van de $3 a $8, dependiendo del tamaño y estilo de la pieza.
“Por donde me lleve el carretón por allá voy”, sentencia Gonsález.
La mayoría de sus clientes fijos son hispanos y gente cuya profesión depende de la eficacia del corte de sus herramientas: cuchillas de chefs, tijeras para salones de belleza, para el cuidado de animales, barberías, y rodillos de pizzerías.
“Él afila de todo, cuchillos, tijeras, lo que sea”, dice Roberto Méndez, un electricista al que Gonsález le afila sus pinzas, tenazas y tijeras de trabajo. “Es el mejor que hay aquí, hay unos cuantos pero el mejor es él”.
NUEVA VIDA EN LAS HERRAMIENTAS
Gonsález dice que la satisfacción más grande que le otorga su trabajo es poder darle vida a herramientas que de otra manera hubieran sido descartadas.
“Se las pulo, se las hago nuevas”, dice. “Cuando uno le arregla una herramienta la gente le da a uno hasta propina … hay herramientas que valen la pena, yo las arreglo y la gente se va con una sonrisa ‘Colgate’”.
Pero como en la mayoría de los trabajos físicos y manuales, su cuerpo también ha pagado el precio. Día tras día Gonsález respira el óxido y el polvo metálico de las herramientas que afila; más de una vez ha sido afectado por limallas y chispazos que le lastiman los ojos.
A pesar de todo, él dice que no cambiaría ser afilador por ningún otro trabajo.
“Tengo dos carros del año, mi casa en el Southwest, les celebro los cumpleaños a mis hijos todos los años. Todo eso son satisfacciones que me ha dado el filo”, dice. “Yo me voy a morir siendo afilador. Yo no voy a cambiar mi oficio por nada”.
Siga a Sergio Cándido en Twitter: @sncandido
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de julio de 2015, 9:49 p. m. with the headline "El oficio del afilador en Miami perdura en las manos de un habanero."