El Parque del Dominó: símbolo de la Pequeña Habana y de su gente
Las fichas suenan con insistencia. Producen música sin saberlo. Es temprano en la tarde a comienzos de la semana, y las carcajadas y las decenas de voces que se escuchan simultáneamente evocan el ánimo de una verbena.
El Parque Máximo Gómez, mejor conocido como el Parque del Dominó, como otros lugares, es un vaivén de identidades. Allí, en La Pequeña Habana, en el espacio ubicado en la Calle Ocho y la Avenida 15 –a pasos del Tower Theater– los locales han jugado dominó durante décadas, mientras la mirada de turistas insiste en ser testigo de ese juego de mesa en el que la camaradería y la rivalidad se entrelazan.
Silencio de concentración. Fichas y carcajadas que parecen castañuelas interrumpen la tregua como señal de que el juego ya comenzó en la mesa.
“¡Te estoy diciendo que te concentres!”, recrimina un señor al jugador que tiene frente a sí. Los jugadores en la mesa velan sus movidas y uno de ellos escribe en una hoja dividida entre los puntos anotados por “Nosotros” y “Ellos”. La banda sonora del parque es una suerte de gallera. Los “gazebos” cobijan mesas donde distintos señores juegan. Casi todos juegan dominó pero hay algunas mesas ocupadas por el rey, la dama, los alfiles, los caballos, las torres y los peones del ajedrez. Algunos son espectadores y animan a los jugadores y otros dan palique.
Durante nueve años, Alfredo Coffiñi, “Pinocho”, no ha dejado de ir al parque. Es uno de los personajes que aglutina este sitio en el que se juega mientras el pasado, el presente y el futuro se invocan, a veces con sosiego, a veces con pasión. Aquí la vida transcurre como en cualquier otra plaza, como la que describió Italo Calvino en Las ciudades invisibles: “En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos”. Coffiñi es uno de esos.
Con su camiseta azul, gafas de sol enganchadas a su gorra roja, cadenas y su sonrisa decorada con dientes de oro, Coffiñi es el alma de la fiesta. “Aquí paso mi tiempo tranquilo: juego dominó con las personas mayores, descanso, converso, tomamos café, nos fumamos un cigarro en la acera. Uno habla de deportes, otro de pelota, de política, de dominó. Que si ‘yo soy mejor que tú’, que si ‘tú me ganaste a mí’, que ‘yo te gané a ti’. Veinte cosas, vaya, esa cosa del ‘cubaneo’ ”, reflexiona al acomodarse la pequeña toalla que tiene sobre su hombro.
Coffiñi lleva 35 años aquí. Recuerda que vino por el Mariel, que su vida ha sido dura, que hace poco le mataron un hijo. “Cosas de la vida. He tenido par de buenas y par de malas. Llegué aquí cuando tenía 33 años y ya tengo 68 años de edad”, dice, y resume su vida, “Llevo más aquí que en Cuba”.
La pelota enciende los ánimos
A espaldas de Coffiñi, el volumen del coro aumenta repentinamente, aviso de discursos divergentes que confluyen en una conversación. Política, Cuba (“Que si en Cuba pasó esto o lo otro, que si la gente van a Cuba y no pueden venir porque los cogieron en el mar”, relata Coffiñi) y otros temas cotidianos se hablan, pero el deporte es el discurso predominante. La pelota, sobre todo.
Coffiñi se da la vuelta a ver quiénes hablan y qué dicen los partícipes de la discusión que empieza a cuajarse en nombre de la pelota. Alejo O’Reilly y Rafael Palmeiro son algunos de los nombres mencionados y claro, el Hall of Fame.
“¿Quién ha roto el récord atlético?”, cuestiona con ímpetu uno de los señores que prefirió no identificarse. “¿Quién ha roto el récord?”, repite, casi sin voz.
“¡Usted no ha visto mundiales!”, le responde uno.
“Coño”, suelta otro en la parte de atrás, pronunciando toda la longitud de las “o” en esa expresión. “¿Quién tiene más ponches?”, cuestiona otro con la rapidez de una máquina.
“No, no, sin discusión”, interviene Coffiñi intentando mediar en la conversación a la que todavía le queda bastante pendencia.
“Te voy a mentar cuatro Hall of Fame que vi en vivo y en directo”, responde uno.
René Janero, de 92 años “y cuatro meses”, los escucha sentado en el banco y se muere de la risa entre los cuentos de los participantes de este duelo.
“Hay siete peloteros. Siete peloteros. Más de 3,000 hits, y más de 500 jonrones. ¡Son siete peloteros! Hay que saber de pelota”, discute exaltado la voz cantante del choque.
“¿Tú has visto uno mejor que Palmeiro?”, suelta uno en esta polémica entre aficionados del béisbol en la que mencionan varios peloteros y las proezas que les adjudican entre hits y jonrones.
“Usted es un bobo. ¡Usted es un bobo!”, le riposta el otro, como los apasionados debates de la “Esquina caliente”, no la tercera base sino la del Parque Central de La Habana.
Janero, espectador de las distintas versiones sobre los jugadores de pelota, es el fundador del Parque del Dominó. Natural de Santiago de las Vegas, Janero relata que llegó a Miami en el 1961 y junto a otros organizó el parque. “Chapeamos el terreno, pusimos un carro viejo ‘cundío’ de dominó y surgió esto que ves”, cuenta quien entrenó peloteros como Rafael Palmeiro –y hoy le da nombre al Centro de Recreación en Shenandoah Park–, al enseñar una foto pegada en la ventanilla de la administración del parque. Era el 1963 y la fotografía lo muestra jugando dominó en una mesa sobre un terreno baldío. Aquel terreno se convirtió en el lugar que acoge diariamente –según el Departamento de Parques y Recreación de Miami– a 200 jugadores y aproximadamente 850 turistas.
Un espacio para socializar
El dominó es juego y conversación. “Ha sido un placer, hermanos míos, ya se pueden ir. Los quiero mucho”, suelta Roberto García, con la frescura que la victoria produce tras colocar todas sus fichas sobre la mesa.
“¡Juega! Cuenta con los ojos no con las manos”, grita un jugador en otra mesa. Irma López de la oficina del parque toca un pito para que bajen el volumen de las discusiones. “A veces los turistas piensan que están peleando pero no se están peleando, es que se emocionan”.
Los turistas entran continuamente a través de “bus tours”. Unos llegan con bolsas, otros con helado de coco y otros ya se comieron la ropa vieja o se tomaron el mojito de los negocios de alrededor. Uno que otro menos tímido se acerca a las mesas de dominó. Dieter, de Alemania, dice que “tenía que venir”, que “It’s Little Havana in USA, cigars, good coffee... something you don’t see everyday” (Es La Pequeña Habana en EEUU, cigarros, buen café... algo que uno no ve todos los días) .
Nydia Mouriño y Flora Rodríguez son de las pocas señoras que vienen a jugar. “Juego con ellos, otras veces con gente que no conozco. Me llevo bien con las personas que son igual que yo. Las que no son igual que yo, las detesto; vaya, las que son sucias”, comenta Rodríguez, de 84 años, quien revolvió las fichas con sus uñas pintadas de rojo y tuvo que armarse ante las protestas de uno en su mesa.
En las conversaciones del Parque del Dominó, el lugar que de tanto verlo algunos olvidan, se socializa al negociar el juego pero ante todo, la cotidianidad y la vida, tan individual y colectiva a la vez.
Siga a Carmen Graciela Díaz en Twitter: @carmen7graciela
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de julio de 2015, 6:47 p. m. with the headline "El Parque del Dominó: símbolo de la Pequeña Habana y de su gente."