Florida sigue construyendo viviendas y edificios en las islas barrera. Esto implica un alto costo
Desde Miami Beach hasta Melbourne Beach, desde Marco Island hasta Captiva, las islas barrera son los paraísos de postal de Florida. Son también estrechas franjas de arena que, por definición, soportan la fuerza de los huracanes y las marejadas ciclónicas, actúan como barreras protectoras para el continente y se encuentran entre los lugares más precarios para vivir en el estado.
En su estado natural, las islas barrera son efímeras. Lenta pero continuamente, las olas modifican su forma. A lo largo de miles de años, el mar las ha empujado hacia tierra firme, una migración grano a grano desde kilómetros mar adentro hasta el borde de la costa. Su belleza se hizo visible con el tiempo, y cada vez más irresistible para los seres humanos.
Y los promotores inmobiliarios siguen construyendo en ellas y la gente sigue mudándose a ellas en un auge de la construcción en terrenos destinados a ser arrasados por el mar.
Un análisis del Miami Herald —el primer mapeo exhaustivo del desarrollo en todas las islas barrera de Florida— reveló que estas franjas de arena, inherentemente inestables, albergan ahora a casi 765,000 residentes, la mayor cantidad del país. Entre 2010 y 2023, la población de las islas barrera de Florida creció aproximadamente un 6 por cietno, incluso a medida que empeoraban los riesgos climáticos.
Hoy en día, muchas de las islas barrera de Florida han sido diseñadas y ampliadas, con secciones elevadas y blindadas para resistir el embate del tiempo. Los datos del Herald muestran que estos bancos de arena, ya densamente poblados, están creciendo hacia el cielo para albergar a más personas: un tercio de todas las viviendas en las islas barrera se encuentran ahora en edificios de más de 50 unidades.
Según un análisis del Miami Herald de los registros de ingeniería y un estudio dirigido por la Universidad de Miami, algunos de estos imponentes edificios se están hundiendo más de lo previsto por los ingenieros. Las razones exactas, las consecuencias y los riesgos de este hundimiento aún no se han investigado, y aunque ninguno de los expertos entrevistados por el Herald señaló problemas de seguridad inmediatos, el posible impacto a largo plazo en el mantenimiento de las propiedades podría afectar a uno de los sectores económicos más importantes de la zona.
Pero el hundimiento de los edificios no es el mayor riesgo al que se enfrentan las comunidades de las islas barrera.
Cuando se avecinan los huracanes, las rutas de evacuación colapsan y algunos residentes se niegan a marcharse, una decisión que resultó fatal en 2022, cuando más de 100 floridanos murieron, muchos arrastrados por la marejada ciclónica en las islas barrera del suroeste de Florida.
Y construir miles de millones de dólares en propiedades en zonas de riesgo acaba costándonos a todos. El auge de la construcción en las islas barrera a menudo ha incrementado los daños causados por los huracanes, contribuyendo al aumento vertiginoso de las primas de los seguros de propiedad en Florida y cargando a los contribuyentes de todo el estado con la creciente factura de la protección de las costas, desde la fortificación de las playas erosionadas y la restauración de las dunas hasta la reconstrucción de carreteras, puentes y otras infraestructuras costosas.
“Intrínsecamente riesgosas y vulnerables”
Al cruzar las bahías que separan las 80 islas barrera de Florida del continente, su encanto se hace evidente. La vida parece transcurrir a un ritmo más pausado, al compás de las olas y la caricia de la brisa refrescante. En algunas, incluso se pueden encontrar tortugas marinas, luchando por abrirse paso entre las olas bajo un cielo despejado.
Son un paraíso, hasta que llega la temporada de huracanes. Y los huracanes azotan Florida con una regularidad ineludible. Desde el año 2000, solo los 10 peores causaron daños materiales por valor de más de $200,000 millones y casi 500 muertes. Las islas barrera, que protegen más de la mitad de la costa de Florida, sufrieron algunos de los peores estragos. Sus paisajes fueron literalmente remodelados.
Las marejadas ciclónicas, que pueden alcanzar los 5 metros o más, pueden arrasar fácilmente dunas y comunidades. El huracán Ian, por ejemplo, arrancó de raíz y desplazó casas adosadas enteras e inundó viviendas y apartamentos, llenándolos de arena de playa a lo largo de la costa del Golfo de México.
El año pasado, el huracán Helene abrió una entrada de agua de 40 metros de ancho en una zona despoblada de la isla barrera de Siesta Key.
“Si esto hubiera ocurrido en una zona residencial, habría sido un verdadero caos, un desastre absoluto”, afirmó el científico costero Stephen Leatherman, profesor del departamento de Ciencias de la Tierra y el Medio Ambiente de la Universidad Internacional de Florida y un destacado experto en islas barrera.
Y, por suerte, Florida ha evitado escenarios mucho peores. En 2012, el huracán Sandy abrió varias brechas en las islas barrera de Nueva York, incluyendo una de 457 metros frente a la costa de Long Island, cuyo relleno costó $6 millones. En 2003, el huracán Isabel abrió una entrada de 610 metros en los Outer Banks de Carolina del Norte. Con la carretera arrasada, los habitantes quedaron aislados durante dos meses.
Aunque es poco probable que islas barrera particularmente anchas como Miami Beach se dividan por completo, todas las islas barrera son “intrínsecamente riesgosas y vulnerables”, declaró al Herald Katy Serafin, especialista en inundaciones costeras y riesgos de erosión de la Universidad de Florida.
“No nos gusta eso porque queremos lugares estables para vivir, pero simplemente no lo son”, afirma. Después de todo, añadió: “Están hechas de arena, no de roca, y la arena es móvil”.
Sin un lugar al que llamar hogar
Cuando las islas barrera del Atlántico de Florida se formaron hace unos 7,000 años, se encontraban a decenas de kilómetros mar adentro, invisibles desde la costa.
Una vez que se hicieron visibles, los pueblos nativos supieron que estas islas no eran un lugar adecuado para vivir. Como mucho, las consideraban puestos de pesca. Pero los promotores inmobiliarios, turistas y compradores de hoy en día las vieron como refugios idílicos. En los últimos 150 años, Florida ha colonizado muchas de ellas con magníficos hoteles Art Deco, bares de cócteles a pocos pasos del agua y apartamentos con impresionantes vistas del Atlántico y la costa del Golfo.
El alcance de la transformación y la modificación que los humanos han llevado a cabo en las islas barrera de Florida se hizo evidente cuando el Herald se propuso rastrear su crecimiento. Ningún mapa disponible públicamente mostraba con precisión dónde terminaban las islas barrera naturales y dónde comenzaban las extensiones artificiales. Así que, en colaboración con Leatherman de la Universidad Internacional de Florida (FIU), creamos uno y lo superpusimos con los datos censales más recientes.
El mapeo solo puso de manifiesto los riesgos del desarrollo en las islas barrera. Mientras la población crece, las islas se reducen o cambian de forma.
Esas playas que atraen a tanta gente a las islas barrera también se encuentran en un estado constante de erosión; las olas y las mareas arrastran la arena y la depositan a lo largo de la costa o mar adentro. Este proceso puede ser increíblemente lento o, durante huracanes y tormentas, muy rápido.
Esto no importaba hasta que empezamos a construir viviendas y edificios en ellas y a crear mecas turísticas como Miami Beach.
A finales de la década de 1970, la ciudad había perdido gran parte de la arena que le daba nombre. Los hoteles se quedaron con una estrecha franja de playa para que los turistas tomaran el sol y, lo que es más preocupante, con una delgada barrera de protección contra la fuerza del océano Atlántico.
“En realidad, no hay problema de erosión hasta que la gente construye en la costa. Una vez realizada esta inversión, existe la tendencia a hacer todo lo posible para protegerla”, ya señalaba Leatherman en la década de 1980 en un libro sobre desarrollo costero. Hoy, unos 45 años después, está claro que esos “grandes esfuerzos” no solo incluyeron la reconstrucción de playas enteras prácticamente desde cero, sino que se repitieron una y otra vez.
Ningún estado se destaca tanto como Florida en esta tarea interminable de crear playas artificiales. De hecho, casi cada centímetro de las playas de las islas barrera del estado es ahora artificial.
La primera restauración de la playa de Miami Beach se documentó en 1979. El llamado “reabastecimiento” costó $60 millones para un tramo de 10 millas de playa. Ajustado a la inflación, cada milla de playa costó cerca de $27 millones actuales.
“Este fue el proyecto más extenso y costoso jamás emprendido en el mundo con el simple objetivo de depositar arena en una playa”, escribió Leatherman en 1982.
No fue el último.
Desde entonces, los contribuyentes estadounidenses han financiado $130 millones en un total de 49 proyectos similares para Miami Beach, y es solo el tercero más caro de Florida. Tanto Cabo Cañaveral y Cocoa Beach, con más de $170 millones, como Sand Key en Clearwater, justo al norte de San Petersburgo, con más de $140 millones, todas ellas islas barrera, costaron más. En total, Florida ha gastado más de $2,300 millones en arena para preservar su costa en constante cambio. Esto representa 800 millones de dólares más que Nueva Jersey, que es el segundo estado que más ha gastado en el mantenimiento de sus playas.
Y la factura va a aumentar: cada tormenta arrastra la arena y la protección relativa que ofrece a los edificios, y si bien el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos comparte los costos y dirige los proyectos de restauración, el futuro de la financiación es incierto. Cada vez es más difícil conseguir arena nueva, ya que la arena que queda en el fondo del océano no es lo suficientemente fina ni blanca, ni para los turistas ni para la fauna marina. Actualmente, la arena se transporta en camiones desde una mina en el centro de Florida, a un costo de entre $30 y $50 por metro cúbico. Se necesitan muchos metros cúbicos para restaurar incluso pequeñas secciones de playa.
Los planificadores, políticos y líderes cívicos de Miami Beach se encuentran entre los más proactivos y conscientes de los riesgos climáticos que se avecinan, e incluso los han incluido en sus campañas de marketing.
Además de mantener una enorme barrera de protección en la costa, la ciudad diseñó el Parque South Pointe, de 16 hectáreas, y su paseo marítimo para ofrecer protección adicional contra las inundaciones. Y uno de los mayores motivos de orgullo de la ciudad son las enormes dunas con vegetación que mitigaron las inundaciones durante el huracán Irma. “Siempre digo que somos conscientes de nuestros riesgos, lo cual es bueno; no estamos ignorando el problema”, declaró Amy Knowles, directora de resiliencia de la ciudad, al periódico Herald.
Si bien tales inversiones podrían justificarse en islas barrera densamente pobladas y atractivas para el turismo, como Miami Beach, investigaciones realizadas por expertos en protección contra riesgos costeros, como Eli Lazarus, también demuestran que estas defensas indican al mercado que se invertirán fondos públicos para proteger sus propiedades privadas en las islas barrera. Como resultado, afirmó, “se estimula un mayor crecimiento a la sombra de esa protección”.
Ya en la década de 1980, el gobierno federal, entonces dirigido por Ronald Reagan, tomó medidas para frenar la construcción en las islas barrera y proteger a los contribuyentes de tener que asumir los costos después de los desastres.
La Ley de Recursos de Barreras Costeras eventualmente declaró a unos 3.8 millones de acres de islas barrera como no elegibles para el seguro federal contra inundaciones, desalentando así el desarrollo. Estudios posteriores demuestran que esto ha ahorrado a los contribuyentes cerca de mil millones de dólares al año.
Para entonces, el desarrollo en las islas barrera del condado de Miami-Dade ya se había disparado. Hoy en día, casi el 30 por ciento de esos edificios de alta densidad con más de 50 unidades en las islas barrera de Florida se encuentran en Miami-Dade, desde Key Biscayne hasta Sunny Isles.
La crisis de los seguros en Florida
Pero el mayor impacto del auge de las islas barrera se refleja en la factura anual del seguro de propiedad. Prácticamente todos los propietarios de viviendas y propiedades en el estado pagan más por este motivo.
Los códigos de construcción más estrictos han reducido la amenaza para las estructuras individuales desde que el huracán Andrew azotó la zona en 1992, pero la gran densidad y el valor de las propiedades siguen multiplicando las pérdidas potenciales. Erik Lindgren, experto en riesgos de huracanes de Swiss Re, estima que un huracán similar que tocara tierra en Miami-Dade “probablemente superaría los 200 mil millones de dólares en pérdidas aseguradas”.
Esto lo convertiría en la tormenta más costosa que jamás haya azotado Estados Unidos, el doble del costo del huracán Katrina, el actual poseedor del récord, incluso ajustando la cifra a la inflación.
“Y Andrew ni siquiera representa el peor escenario posible”, afirmó Lindgren.
Una tormenta con mayores precipitaciones o una marejada ciclónica más fuerte en Florida no solo causaría un tremendo sufrimiento humano y económico a nivel local, sino que podría tener repercusiones en todo el país debido a la interconexión de los mercados de seguros e hipotecas, según Ishita Sen, profesora adjunta de finanzas en la Escuela de Negocios de Harvard.
“Es simplemente asombroso lo elevadas que son estas cifras”, dijo Sen, quien testificó sobre su investigación sobre los riesgos del mercado de seguros de Florida ante un comité del Senado de Estados Unidos el pasado mes de junio.
La crisis de seguros en Florida se ha visto exacerbada por la huida de las compañías nacionales del estado debido al riesgo de huracanes, lo que ha dejado la cobertura en manos de la aseguradora estatal Citizens Insurance o de una serie de pequeñas empresas con escasos recursos. Ante un desastre real, alrededor del 20% de estas compañías con sede en Florida han quebrado, una tasa 100 veces superior a la de las aseguradoras nacionales.
Si una tormenta importante como la descrita por Swiss Re azotara el condado de Miami-Dade y sus islas barrera, repletas de rascacielos de lujo, Sen estima que unas 30 compañías de seguros locales quebrarían. Sin sus indemnizaciones, las familias no podrían pagar sus hipotecas.
«Eso son muy, muy malas noticias», dijo, «no solo para las familias, sino también para los prestamistas y todos los que estén expuestos a esas hipotecas», a través de Fannie Mae y Freddie Mac.
En algún momento, las repercusiones podrían llegar a Wall Street, pero comienzan en la costa, a miles de kilómetros al sur. En el peor de los casos, según los expertos, la apuesta de Florida por sus tierras más vulnerables —sus islas barrera— podría provocar una onda expansiva en los mercados de seguros, los sistemas hipotecarios y, en última instancia, en la economía nacional.
Sin embargo, sobre el terreno, funcionarios municipales como Knowles, la responsable de resiliencia de Miami Beach, no ven otra opción que seguir adaptándose.
«Florida se encuentra en la zona de huracanes, ya sea en la costa del Golfo o en nuestra costa; tenemos huracanes y no podemos simplemente irnos a otro sitio», dijo. «Así que creo que se ha tomado la decisión de proteger y adaptarse, de construir mejor».