El problema del sargazo en Miami se está disparando. ¿Tiene la culpa el cambio climático?
El sargazo está llegando a las playas del sur de la Florida en cantidades colosales, pudriéndose hasta convertirse en una masa nauseabunda. Está ahuyentando a los turistas, provocando picazón a los bañistas y costando millones de dólares su limpieza. Los científicos afirman que el problema está empeorando. Las proliferaciones son cada vez mayores y llegan más temprano. Este mes de enero, imágenes satelitales mostraron algunas de las masas de sargazo más grandes jamás registradas para ese mes, según Chuanmin Hu, de la Universidad del Sur de la Florida, pionero en el seguimiento satelital del sargazo utilizando datos de la NASA. “Lo que me asusta como científico es que, en los últimos dos o tres años, se están alcanzando cada vez más récords históricos”, comentó Hu. “En cierto momento pensaba se trata de récord, pero tres meses después, se registraba otro récord”.
Entonces, ¿a qué se debe este aumento y en qué medida se le puede atribuir al cambio climático? “Es una pregunta difícil”, señaló Joaquín Trinanes, investigador de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), que también monitorea el crecimiento y el desplazamiento del sargazo. No obstante, indicó que es probable que existan varios factores que estén impulsando estas proliferaciones. Algunos científicos creen que la contaminación y verter fertilizantes podrían estar alimentando estas proliferaciones, permitiéndoles multiplicarse a medida que flotan a través del mar. Ríos caudalosos como el Amazonas, el Mississippi y el Congo transportan aguas ricas en nutrientes hacia el Atlántico. El polvo arrastrado por el viento desde el desierto del Sahara podría actuar como un fertilizante transportado por el aire. Sin embargo, la respuesta no es tan simple como la contaminación costera.
Trinanes explicó que investigaciones recientes respaldan la teoría de que las proliferaciones son desencadenadas, muy probablemente, por ciclos climáticos de las profundidades oceánicas. Esto ocurre mediante un proceso denominado “afloramiento ecuatorial”, en el cual los vientos empujan las aguas superficiales hacia afuera, permitiendo que el agua rica en nutrientes proveniente de las profundidades ascienda hacia la superficie iluminada por el sol. El afloramiento es un proceso natural, pero el cambio climático puede alterar su periodicidad e intensidad. El aumento de la temperatura de los océanos, vinculado al cambio climático, puede crear condiciones más propicias para el crecimiento del sargazo cuando nutrientes como el fósforo llegan a la superficie, dijo Trinanes. El rango de temperatura ideal para el sargazo ronda los 82 grados Fahrenheit, cifra que coincide con la temperatura marina registrada recientemente frente a South Beach, donde toneladas de algas se han estado acumulando a lo largo de la orilla.
En el Golfo de México, Trinanes señaló que el sargazo tiende a disminuir una vez que las temperaturas oceánicas ascienden a unos 87 grados, dado que “el metabolismo de esta alga no puede funcionar con la misma eficiencia bajo un calor extremo”.
Toda la industria turística sufre un duro golpe cuando sus playas, dignas de postal, se ven cubiertas por montones de algas de olor fétido. Algunos estudios estiman que las pérdidas para el sector turístico ascienden, como mínimo, a 2.700 millones de dólares. Para evitar que las costas ofrezcan una imagen tan desagradable, el condado de Miami-Dade invierte cerca de 4 millones de dólares en retirar las algas de las playas y transportarlas a vertederos, donde se descomponen y liberan metano, un potente gas de efecto invernadero. Ante la imposibilidad de detener este fenómeno —y a falta de tecnologías aprobadas para eliminar la totalidad de las algas por otras vías—, los investigadores trabajan en el desarrollo de mejores sistemas de rastreo que permitan a los gobiernos decidir con mayor acierto dónde desplegar a sus costosos equipos de limpieza. Ashley Miznazi es reportera especializada en cambio climático para el Miami Herald. Su labor cuenta con el respaldo financiero de la Lynn and Louis Wolfson II Family Foundation y de MSC Cruises, en colaboración con Journalism Funding Partners.