Sur de la Florida

Fallece en Miami hermano menor de Monseñor Agustín Román

Retrato de la familia Román tomado a comienzos de la década de 1950 en San Antonio de los Baños. De izquierda a derecha, Nivaldo, Juana María, Agustín Aleido (vestido de seminarista), Rosendo e Iraida.
Retrato de la familia Román tomado a comienzos de la década de 1950 en San Antonio de los Baños. De izquierda a derecha, Nivaldo, Juana María, Agustín Aleido (vestido de seminarista), Rosendo e Iraida. Foto cortesía de Daniel Shoer Roth.

Había transcurrido una década desde el nacimiento de Agustín Román en la finca Casas Viejas, no lejos de La Habana, pero a un mundo de distancia en modernidad. El niño que solía jugar aislado, bajo un techo de guano, con un puñado de moneditas colocadas en el bote de una imagen de la Virgen de la Caridad, finalmente tenía un hermanito. “Leyo”, como apodaban al futuro líder espiritual de los católicos cubanos en el exilio, le hacía volteretas en el aire al pequeño Nivaldo y otras piruetas que lo echaban a reír entre palmas reales y flores silvestres.

Pronto, el hermano mayor tendría que sortear charcos de fango, piedras, bosta de ganado vacuno y caballar para llegar a pie a San Antonio de los Baños y forjarse un futuro más promisorio. Los fines de semana regresaba a la finca en aras de ayudar en las faenas agrícolas. Juntos, los hermanos tomaban el guarapo de la caña y disfrutaban de juegos como el escondite y las carreras de saco. Además de compartir travesuras, con el devenir de las décadas, se mantuvieron estrechamente unidos, como en tiempos bíblicos lo hicieran Aaron y Moisés.

Esta semana, los hermanos Román se reencontraron en las reverdecidas fincas de la patria eterna, tras el fallecimiento de Nivaldo el martes en Miami, consecuencia de múltiples enfermedades y una estela de sufrimiento en sus últimos meses de vida. Tenía 76 años.

“Ya ellos están juntos”, aseveró Iraida Martínez Román, la menor de los tres hermanos. “Nivaldo lo obedecía y lo quería mucho. Era muy buena persona, un católico práctico, un padre y un tío excepcional”.

Una misa de Réquiem se realizó el jueves en la Iglesia Sts. Peter & Paul, una de las parroquias en la que Monseñor Agustín Román, el primer obispo cubano en la historia de la Iglesia de Estados Unidos, impregnó su espíritu misionero robusteciendo a los jóvenes con la fuerza de Dios en las confirmaciones, celebrando misas y consolando a los afligidos en servicios funerales como el que congregó a su familia, decenas de amigos y fieles.

Nivaldo Román, motivado por su inteligencia desde temprana edad y sed de superación, consiguió abandonar la vida rural y seguir el sendero emprendido por su hermano mayor en la educación y preparación profesional. De hecho, fue gracias al sacrificio del primogénito, quien trabajaba en ese tiempo como asistente de maestro en el Colegio San Juan Bautista de La Salle, en Marianao, previamente a su ingreso al Seminario, que Nivaldo logró costear los estudios de Comercio e Inglés en la Academia Pitman de San Antonio de los Baños.

Para el entonces Padre Román, el dolor de perder la patria al ser expulsado de Cuba por el régimen comunista junto con un obispo y otros 131 sacerdotes, se acentuó por ser también arrancado de su seres queridos y parroquianos. Pese a los punzantes reveses del destierro y las dificultades económicas, a finales de la década de 1960, el Capellán de la Ermita –el hogar de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre en el exilio– ayudó a su familia a salir de la Isla. Nivaldo, su esposa Hectar y sus hijos Nivaldo Jr. y Roberto fueron los últimos en llegar. La delicia de la mesa familiar para los Román resucitó en esta orilla del Estrecho de Florida, no obstante la incomodidad de residir todos hacinados en una casa de una habitación frente a la Iglesia Sts. Peter & Paul.

Hombre de hogar y familia, Nivaldo Román se dedicó a la administración de una fábrica de gabinetes en Hialeah, hasta que en 1998 sufrió un accidente cerebrovascular que lo dejó con serias limitaciones físicas y de comunicación. Desde entonces, recibió el cuidado de su esposa e hijos, y de sus hermanos Iraida y Agustín quien, entre los múltiples afanes apostólicos de obispo y pastor, siempre le brindó un hombro de soporte seguro y duradero por el cariño entrañable que los enlazaba desde la niñez.

“Pasé mi infancia en el lindo campo de Cuba, con mis padres campesinos y mis hermanos. Vivimos una niñez y adolescencia pobre sin faltar lo necesario, pero muy feliz”, escribió el obispo en 2010, en una columna que evoca la celebración de la Navidad en su hogar paterno. “Recuerdo que mis padres agradecían a las personas que se acercaban en busca de las frutas, porque eran tan abundantes, especialmente el mango, que caían a la tierra y las abejas volaban sobre ellas buscando el néctar en sus jugos”.

Al difunto lo sobreviven su esposa Hectar Román, sus hijos Nivaldo Jr. y Roberto, sus nueras, nietas, su hermana y cuñado Iraida y Jorge Luis Martínez Chinea y sobrinos.

Esta historia fue publicada originalmente el 3 de diciembre de 2014, 11:53 p. m. with the headline "Fallece en Miami hermano menor de Monseñor Agustín Román."

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