El laberinto de la inmigración: Jóvenes aprenden a rehacer su vida en el sur de Florida
Es noche de sábado en la iglesia evangélica Amor Viviente de North Lauderdale. Y está a todo trapo.
El grupo musical de la iglesia tiene a todo el mundo de pie, dando palmadas y cantando himnos cristianos a toda voz. La mayoría de ellos son inmigrantes hondureños. Y la mayoría son jóvenes; muchos de ellos fueron parte de la ola de 60,000 menores de edad sin compañía que se presentaron en la frontera de Estados Unidos en el 2014.
Entre ellos está un muchacho hondureño de 15 años llamado Daniel, uno de miles que vinieron al sur de la Florida. (El pidió que no se mencionara su apellido porque su caso de inmigración todavía está pendiente.)
En los servicios de Amor Viviente, Daniel se sienta junto a su madre Mirta, y ellos parecen tan normales como cualquier otra familia en esta congregación que canta a todo dar.
Pero en realidad hasta hace poco eran extraños uno para el otro.
“Yo diría que no nos conocíamos para nada”, dice Daniel.
Cuando Daniel tenía 3 años, Mirta, una madre soltera en la pobreza, dejó atrás la miseria de Honduras y vino a buscar trabajo a la Florida. Dejó a su hijo con la madre de ella en Tegucigalpa. Daniel dijo que crecer sin su madre fue muy duro.
“La pandilla que gobernaba mi barrio me robaba camino a la escuela, me golpeaba y amenazaba con matarme”, recuerda. “La mayor parte del tiempo me sentía solo”.
Mirta, mientras tanto, veía desde la Florida cómo el derramamiento de sangre criminal en Honduras –que era hasta hace un año el país con el índice más alto de asesinatos– aumentaba vertiginosamente.
“Como madre, me estaba matando pensar que las pandillas pudieran destruirlo”, dijo.
Pero, por ser indocumentada, no podía regresar a Honduras sin poner en peligro su regreso a Estados Unidos, y el dinero que ellos necesitaban desesperadamente y que ella enviaba con regularidad a Daniel.
De modo que el año pasado mandó a buscar a Daniel para que él emprendiera la angustiosa travesía cruzando México, durante la cual, según él mismo relata lo robaron y golpearon cada vez que viajaba a pie.
Pero cuando madre e hijo se reunieron, fue como si ambos hubieran regresado de pasar 11 años en una isla desierta, y Daniel volvió a sentirse como un muchacho a la deriva.
“Peleábamos por todo”, dice. “Pienso que yo estaba en realidad furioso con ella”.
Con el tiempo, volvieron a entenderse. Mirta, quien antes de salir de Honduras rara vez vestía a Daniel en algo que no fueran overoles de bebé, aprendió finalmente qué ropa le gusta a los adolescentes. Daniel estudia secundaria en en Deerfield Beach y ayuda a Mirta en sus trabajos de limpiar casas y oficinas.
Casos como este abundan en Amor Viviente –y en el sur de la Florida– y resolverlos toca a menudo a líderes comunitarios como el pastor hondureño americano de Amor Viviente, el reverendo Gabriel Callejas.
“Las personas que vienen aquí necesitan consejo espiritual, pero también necesitan representación legal y ayuda de muchos otros tipos”, dice Callejas, quien ha visto crecer su congregación de menos de 100 miembros hace pocos años a más de 300 en la actualidad.
Eso significa que Callejas ha asumido el papel de consejero de reunificación familiar.
La pandilla que gobernaba mi barrio me robaba camino a la escuela, me golpeaba y amenazaba con matarme”,
Daniel
uno de los miles de jóvenes centroamericanos que vino al sur de la Florida“Es como tener una nueva familia”, dice. Los padres, muchos de los cuales emigraron a Estados Unidos una década o más antes que sus hijos, “tienen que aprender a hacer una nueva relación con sus niños… que ya no son niños”.
De hecho, en casos como el de Daniel, la brutalidad cotidiana de la vida en Honduras los hace parecer mucho mayores. Eso hace que forjar esas nuevas relaciones sea más difícil, cuando no doloroso, y complica la asimilación y el estatus de inmigración de esos jóvenes recién llegados.
Pocos conocen esto tan bien como los consejeros de inmigración del Mennonite Central Committee (Comité Central Menonita, MCC), organización de ayuda que asiste a inmigrantes. El mes pasado, varios de ellos se reunieron en una conferencia en Amor Viviente para elaborar estrategias para enfrentar sus retos.
“Hace una década, no creo que estos padres se hubieran visto a sí mismos teniendo que montar operaciones de rescate para sacar a sus hijos de Honduras”,. afirma Saulo Padilla, director de educación inmigratoria de MCC.
“A menudo los muchachos están llenos de resentimiento”, dice. “En Honduras ellos preguntan: ‘¿Por qué me dejaste aquí?’ Luego llegan aquí, y todos los traumas que han sufrido empiezan a salir”.
“Muchos de ellos no pueden expresar en palabras todo lo que les ha pasado”, dice la abogada de MCC Rachel Díaz. “Y sus padres no tienen la capacidad para escucharlos porque eso aumenta aún más sus sentimientos de culpa”.
Lo que es aún peor, siempre parece cernirse el peligro de una nueva separación.
Uno de los clientes de Díaz es “Pablo”. (Ese no es su verdadero nombre; es lo que él pidió que lo llamaran porque su caso de asilo está aún pendiente).
“Pablo”, de 18 años, es oriundo de la provincia rural de Olancho en Honduras, donde su padre soltero se lo encomendó a familiares suyos en el 2005 antes de venir a la Florida.
“El dinero que él enviaba me permitió sobrevivir”, admite Pablo. “Pero tú necesitas a tu papá contigo. Tú necesitas sus consejos”.
Especialmente cuando violentas pandillas de narcos como Los Cachiros empezaron a apoderarse de su comunidad y los asesinatos se convirtieron en el pan nuestro de cada día. Una pandilla extorsionista mató al tío de Pablo, y, cuando llegó a la adolescencia, él cuenta que pandilleros trataron de reclutarlo y amenazaron con matarlo si se negaba a unírseles.
De modo que el año pasado Pablo se unió a los muchos que emprendían la travesía a Estados Unidos –durmiendo la mayoría de las noches a la intemperie mientras atravesaba México– y a la Florida. El vive ahora con su padre, quien se dedica a pintar casas en Lake Worth. Su padre pidió que no se usara su nombre (él también está indocumentado), pero dijo que está disfrutando ver por primera vez a su hijo jugando fútbol.
“Yo perdí mi oportunidad de ser su padre”, dice. “Al menos ahora puedo ser su amigo”.
Pero conseguir que un juez de inmigración apruebe la solicitud de asilo de Pablo no va a ser fácil. Es probable que él enfrente pronto la deportación, lo cual significa que su padre y él dejarán de verse otra vez durante años.
“Yo trato de no pensar en eso”, dice Pablo, estudiante de tercer año de secundaria que sueña con ser piloto militar. “Sólo pienso en el hecho de que ahora aquí, con mi padre, puedo ser alguien que nunca pude ser en Honduras”.
Pero esa es la realidad del laberinto de la migración en este hemisferio. Chicos como Pablo llegan a menudo a la meta, pero sólo para verse de nuevo en el punto de partida.
Esta historia fue publicada originalmente el 31 de diciembre de 2015, 2:58 p. m. with the headline "El laberinto de la inmigración: Jóvenes aprenden a rehacer su vida en el sur de Florida."