El Challenger: 30 años de la tragedia que marcó una niñez
Al igual que muchos niños de 10 años, a Michael Rojas, el hijo de Michelle Soto, le fascinan las cosas del cosmos. Así que cuando el año pasado su madre lo llevó al Centro Espacial Kennedy en Cabo Cañaveral se maravilló con el polvo de la luna, los viejos cohetes y muchas otras cosas del espacio.
Cuando llegaron al salón dedicado a la tragedia del transbordador Challenger, Michael se comportó respetuosamente, aunque no le impactó especialmente la historia. Después de todo, la explosión que mandó al Challenger y a sus siete astronautas al fondo del mar ocurrió dos décadas antes de que él naciera, en un siglo que para él no son más que viejas historias.
Su madre, sin embargo, estalló en llanto. De repente, también ella tenía 10 años, y estaba en su aula de cuarto grado rodeada de niños enmudecidos y pasmados, maestras que lloraban, todos absolutamente estremecidos por el desastre que acababan de presenciar por televisión cuando se reunieron en el aula para ver al Challenger despegar y llevar al espacio a la primera maestra norteamericana en participar en el programa de NASA.
“Me llegó al alma”, recordó esta semana Soto, que en la actualidad trabaja como especialista de base de datos en un bufete de abogados de Miami. “Se me ha quedado en la mente todos estos años. Lloré en 1986, y volví a llorar el año pasado, y a lo mejor lloro de nuevo ahora al mencionarlo. Fue un día muy desgraciado”.
Soto y otros estudiantes de la escuela católica St. Kevin, en Miami, estaban entre los millones de niños que miraban la televisión el 28 de enero de 1986, muchos de ellos a través de un satélite especial conectado a la NASA. La agencia espacial, en una decisión de relaciones públicas que terminó en la horrible tragedia, había incluido en la tripulación del Challenger a una maestra de Estudios Sociales de New Hampshire llamada Christa McAuliffe y llevaba semanas anunciando que sería la primera maestra en viajar al cosmos.
Sin embargo, McAuliffe se convirtió en una de las víctimas de la primera misión fatal de la NASA cuando el Challenger estalló en pequeños pedazos, y se desplomó con la tripulación en aguas del Atlántico a más de 200 millas por hora, todo ello frente a los horrorizados ojos de los niños.
Se me ha quedado en la mente todos estos años. Lloré en 1986, y volví a llorar el año pasado
Michelle Soto
presenció la tragedia cuando era estudiante en St. Kevin, MiamiTreinta años después, muchos de esos niños aún recuerdan el Challenger como el momento en el que recibieron un golpe descomunal, supieron lo que era la atrocidad de la muerte, y que los adultos también lloraban.
“Nunca había visto a ningún maestro llorar”, dijo Santi Gabino, que trabaja en Homestead como planificador de eventos y era uno de los compañeros de Soto en St. Kevin. “Nunca. Nuestra escuela era una tradicional escuela católica, es decir, no muy emocional. Pero la señorita Martínez, que era la maestra de nosotros, se puso blanca y cuando apagó el televisor vi que las lágrimas le bañaban la cara. Después, cuando mi mamá fue a buscarme al final del día, vi que ella también estaba llorando”.
“Fue realmente la primera vez que tuvimos algo que ver con la muerte”, dijo. “Cuando aquello, todavía mis abuelos estaban vivos, de modo que nunca me había enfrentado a la muerte. Y tener que descubrirla de una manera tan impactante y trágica fue tremendo”.
Para algunos muchachos, las lecciones llegaron de forma personal muy perturbadora. Charles Kerr, que en la actualidad tiene una tienda de publicaciones en Hollywood, entonces tenía 16 años y era estudiante de segundo año de secundaria en Houston, donde está el centro de control de misiones de la NASA. Kerr vio el lanzamiento del Challenger en un televisor de su aula de Ciencias de Aviación junto a un grupo de muchachos que soñaban trabajar algún día en la industria aeroespacial.
“Se podía sentir cómo crecía el entusiasmo cuando el conteo regresivo llegó a los dos minutos, donde siempre hacen una pausa para un último chequeo de los sistemas”, recuerda. “Todo parecía normal hasta un minuto después del despegue. Entonces vimos una gran llamarada y mucho humo y enseguida pedazos de la nave que caían en todas direcciones.
Nunca había visto a ningún maestro llorar
Santi Gabino
tenía 10 años cuando ocurrió la tragedia“Nos quedamos sin hablar y miramos a la maestra, que era prima o prima segunda de Christa McAuliffe, y vimos como las lágrimas le llenaban la cara, y entonces supimos bien lo que había pasado”.
Sin embargo, no había necesidad de ser familia de un astronauta para sentir el terrible impacto de ver al Challenger cayendo al mar. Los lanzamientos y sus transmisiones regulares por televisión desde la órbita terrestre habían creado una relación de amor del pueblo norteamericano con el programa espacial, y el país estaba muy conectado con todas la misiones de la NASA.
Algunos chicos se recuperaron más que otros. La maestra retirada Barbara Bernstein de Homestead se acuerda que sus alumnos de la clase de quinto grado que enseñaba en la escuela primaria Southside se sobrecogieron enormemente cuando vieron el accidente.
“Gritaban sin poder contenerse, de modo que corrí y apagué el aparato”, dijo. “En esa época, todavía orábamos en la escuela, así que les dije vamos a tener un momento de paz y orar y pensar en las familias de los que acaban de morir. Y eso ayudó a calmarlos un poco”.
Gritaban sin poder contenerse, de modo que corrí y apagué el aparato
Barbara Bernstein
maestra jubilada de HomesteadBernstein supo que los niños siguieron pensando en lo sucedido al Challenger durante meses, porque el tema siempre surgía cada vez que les pedía escribir una composición, sobre toda una llamada Las cosas que me dan miedo.
“Pero los niños son fuertes”, agregó. “Muchos de mis estudiantes eran emigrantes y refugiados de guerras en Centroamérica, y no es que aceptaran con indolencia lo que había pasado con el Challenger, sino que ya habían escuchado cuentos muy duros de donde venían.
“Además, eran muy religiosos, lo que me parece que los ayudó mucho. Más de lo que yo pude hacer. Traté, pero es muy difícil qué decirles. ¿Por qué ocurrió algo tan espantoso? Nadie tiene una respuesta para eso”.
Y entonces pasó el tiempo. Los niños de Southside, de St. Kevin y de otras escuelas se hicieron adultos, y llegaron nuevos niños para quienes el Challenger no era un recuerdo, sino un acontecimiento que se estudió en la escuela, vagamente triste, pero sin duda olvidable.
Hace dos años, la marca de ropa American Apparel usó una foto del Challenger envuelto en llamas y humo en el momento en que cae al mar y la colgó en internet como una celebración del Cuatro de Julio. La compañía luego pidió disculpas y argumentó que la instantánea la había escogido una diseñadora que no había nacido cuando ocurrió la gran tragedia.
La artista pensó que se trataba de una fotografía de fuegos artificiales.
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de enero de 2016, 6:15 p. m. with the headline "El Challenger: 30 años de la tragedia que marcó una niñez."