Libro recoge imágenes y recuerdos de Varadero
Alejandro Pascual creció viendo las regatas de canoas que se celebraban todos los años el último domingo de julio en Varadero. Era una de las celebraciones más emblemáticas de la playa más famosa de Cuba, situada en la provincia de Matanzas, a unos 130 kilometros de La Habana. Fogatas en la arena, música para cada grupo de amigos que se reunía en La Playa y un ambiente de carnaval anticipaban la regata la noche anterior.
“Era una gran fiesta nacional en la que miles de cubanos se reunían en el paraíso a ver un mar con cientos de yates y todo tipo de embarcaciones, entre ellas buques de guerra que venían a presenciar la regata”, resume Pascual, un cardenense cuyo patio de juego fue la playa que Beny Moré inmortalizó con esta letra: “Cuando a Varadero llegué, conocí la felicidad”.
En el libro Varadero, nostalgia azul (Linden Lane Press), Pascual recoge esos recuerdos, sin duda muy personales, y los enriquece con datos históricos sobre la Península de Hicacos, donde se encuentra la playa. También se refiere a la urbanización que la convirtió en un resort de veraneo para turistas, y a los personajes que poblaron la playa y que la hicieron destacarse en una etapa que fue pujante para el desarrollo de la isla.
“El libro refleja la vida en Varadero en las décadas de 1940 y 1950”, precisa sobre Varadero, nostalgia azul, que se presenta este sábado 17 en el Centro Cultural CubaOcho. “Estos años después de la II Guerra Mundial hasta el 1959, en los que Cuba logró un crecimiento económico notable. La clase media cubana se iba expandiendo y habíamos alcanzado una posición muy favorable entre los mejores 30 países para vivir en el mundo”, precisa Pascual, que nació en 1950 y se marchó de Cuba rumbo a Estados Unidos en 1964.
Pascual incluye entre los residentes famosos de la playa al multimillonario norteamericano Irenée du Pont de Nemours, que en 1927 compró casi dos tercios de la Península de Hicacos, y en un peñasco apartado construyó su mansión, Xanadú, que después de 1959 se convirtió en el restaurante Las Américas. Du Pont, cuya última visita a Varadero fue en 1957, fue clave en el mantenimiento ecológico de la zona porque cumplió su promesa de conservar el “blanco, azul y verde”, al no permitir que se construyera en terrenos de su propiedad.
El libro reserva espacio, también ilustrado con imágenes, para personajes pintorescos como “el mamoncillero” y “el pirulero”, que vendían su mercancía en la orilla.
“Eran parte del goce diario en la playa”, cuenta Pascual por e-mail desde su otro paraíso azul, Cayo Hueso, donde reside, y que le inspiró el libro Cuba y el Cayo Hueso de ayer (Ediciones Universal, 2011). “Pasaban cada dos horas más o menos. Caminaban desde el [hotel] Kawama hasta el Hotel Internacional pregonando: ‘Pirulí… pirulero’. Y había un mamoncillero que decía: “Mamón, mamón, mamoncillero”. Los pirulíes venían sobre un tablero de tres pisos y separados por sabores. Los más populares eran de limón, fresa, naranja y piña. Lo mejor era meterlos en el agua salada antes de chuparlos”.
Sin embargo, el recuerdo más persistente que Pascual tiene de su infancia en Varadero fue el día que vio a Camilo Cienfuegos. “Tenía nueve años y estaba en la pista de la gasolinera de mi abuelo en Varadero. Camilo Cienfuegos llegó en un lindo convertible Impala verde con tres guardaespaldas y me pidió que le llenara el tanque. Ocurrió en julio de 1959 y lo detallo en el libro”, adelanta.
Ese 1959 Cienfuegos lo describe como “fenomenal”. Octubre fue, sin embargo, el parteaguas. “Ahí llegó el encarcelamiento de Huber Matos y la desaparición de Camilo. Muchos empezaron a dudar de la sinceridad de la revolución. Pero el año más crítico fue 1961, cuando el gobierno se apoderó del sector privado. Ahí se sembró el odio y comenzó Cuba a morir”.
Como el resto del país Varadero también se vio afectado. “El cambio se sentía al ver cómo tus familiares y amigos se iban del país; la presencia de camiones militares y soldados con armas largas registrando automóviles e imponiendo la fuerza de la revolución. Los fusilamientos, encarcelaciones, las golpizas, las arengas contra el imperialismo, todo eso aceleró nuestra adolescencia del azul al rojo. Para mí lo más difícil fue no poder decir lo que quisiera frente a cualquier persona”.
Como contraste, Pascual atesora recuerdos más “gratos y terapéuticos” como los juegos con sus primos en la esquina de la calle 28 al borde la playa –“ese punto de encuentro donde el mar y la arena se acarician”–, y la pesca con sus padres. “Era un oasis dentro del odio que la revolución había sembrado”.
Cada cubano tiene un recuerdo muy personal de Varadero, desde que se entraba en la carretera que conducía a la playa saliendo de la ciudad de Matanzas, inundada por el fuerte olor de los manglares, hasta que se llegaba al hotel Oasis, con esa inmensa pajarera en un patio central, que fue la sorpresa de muchos niños, la playa anunciaba que se estaba a las puertas del paraíso.
¿Es entonces un mito que Varadero es la playa más linda o has visto después otras playas que la superan en belleza ?
La pregunta tiene dos respuestas, dice Pascual. “Pues claro que sí, el corazón no miente”, y la otra: “Hay cientos de playas así, cada una con atractivos propios que las hacen únicas. Pero en Varadero ocurre un fenomeno mágico; en el libro lo llamo un ‘sacro hechizo’. Es un sentimiento divino que te inunda cuando presencias aquel mar azul y esa arena blanca, fina y polvorienta. Un sosiego se apodera de tu ser...”, concluye Pascual que vuelve a recordar la canción del Beny y unos versos escritos por su madrina.
Varadero, nostalgia azul se presenta el sábado 17, 6 p.m., en CubaOcho, 1465 SW 8 St.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de enero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "Libro recoge imágenes y recuerdos de Varadero."