Sur de la Florida

Anatomía de una masacre: minuto a minuto, el horror dentro del Club Pulse

Patience Carter, estudiante universitaria de Nueva York que hacía su primera salida nocturna en sus vacaciones en la Florida, estaba lista para llamar a Uber. El cantinero del club Pulse en Orlando acababa de anunciar que en los próximos minutos ya no servirían más bebidas, y una noche que había sido casi mágica –“la noche que habíamos soñado– … la experiencia más hermosa que tres jóvenes pudieran tener en su primera salida de noche en unas vacaciones” llegaba a su fin.

Pero, qué manera más extraña tenían los bares de la Florida de sacar a los clientes a la hora de cerrar. ¿Disparando armas de municiones? “¿Todo eso para que la gente saliera del club?”, pensó Carter. “Al principio pensé que era un arma de municiones, o que el DJ estaba tocando sonidos de balazos”.

Pero los disparos eran de verdad, los primeros de cientos que se dispararon en el Pulse en las horas antes del amanecer el domingo. Cuando terminó la balacera, el Pulse había quedado reducido a una ruina, lleno de huecos causados por los proyectiles, con un fuerte olor a pólvora, y los cadáveres de 49 de sus clientes, además de docenas de heridos que se aferraban a la vida en hospitales de la zona.

“Pasamos de disfrutar los mejores momentos de la vida a la peor noche de nuestra vida”, dijo Carter, “todo en cuestion de minutos”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

2:00 a.m.

Michael Belvedere, que llevaba mucho tiempo de cantinero en el Pulse y quien también tiene un espectáculo vestido de mujer, lleva cuatro horas de un turno pesado en el Adonis Lounge del club cuando escucha los disparos. “Todos pensaron que era música”, dijo a la revista Billboard.


 

 

 

 

Más clientes –había entre 200 y 300 para una noche de tema latino– seguían bebiendo y bailando. No tenían idea de que Omar Mateen, de 29 años, guardia de seguridad de Fort Pierce, y un policía de Orlando fuera de servicio que trabajaba en el club como guardia de seguridad, se batían a tiros.

“Los disparos sonaban al ritmo de la música, bang bang”, dijo Chris Hanson, quien vive en Miami y estaba trabajando en un campamento de verano en Orlando, en su primera visita al Pulse.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

El policía está armado, pero Mateen tiene un fusil semiautomático y una pistola, y el agente queda en franca desventaja. Ahí mismo comienzan las bajas.

2:02 a.m.

La Policía de Orlando emite una alerta máxima, en que todos los agentes disponibles deben responder. A los pocos momentos, más policías llegan a la pista de baile del club, y se baten a tiros con el agresor. Para ese momento, los clientes huyen a la parte trasera del local, buscando refugio en el Adonis Lounge o en una zona del club afuera.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Ray Rivera, un disc jockey conocido en Orlando como DJ Infinite, toca reggae music en el patio trasero. Rivera piensa que alguien está disparando fuegos artificiales dentro del salón principal del club, hasta que observa una ola de personas correr y tratar de escalar desesperadamente la cerca que separa la instalación del estacionamiento. Otros se apresuran a ocultarse debajo de su kiosco de DJ.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

“¡Afuera! ¡Afuera! ¡Afuera!”, grita mientras apaga la música. “Yo sabía que no podíamos quedarnos allí. … Escuché los disparos, que eran cada vez más fuertes, como si se me acercaran”.

“Era un disparo tras otro, y otro, y otro”, dijo Jason González, de 33 años, y gerente de operaciones en Disney World. “Parecía que nunca iba a acabar”.

2:05 a.m.

Lejos de la pista principal de baile, donde todos pueden escuchar los disparos pero no pueden ver de dónde vienen, nadie está seguro de qué sucede. Durante una pausa, una mujer en el Adonis Lounge sale a la carrera de donde estaba escondida y grita: “¡Esto no es de verdad!” Casi de inmediato, los disparos vuelven a comenzar, y el ruido se siente más fuerte que nunca.

Todos se dirigen a la carrera al salón trasero. Algunos escapan a un callejón, pero ocho personas, entre ellas Michael Belvedere, se refugian en el vestidor de los artistas. En otras partes del club, los que se alejan corriendo de los disparos tratan de parapetarse dentro de los baños.

Gritos de “¡Por aquí! ¡Por aquí!” se mezclan con los de los heridos y los moribundos. Muchos se lanzan al piso y entonces se arrastran sobre los vidrios rotos. En medio del caos y la oscuridad, muchos nunca llegan a ver al hombre que los está matando.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

“Nunca le vi la cara al agresor”, dijo Angel Colón, de 26 años, quien fue herido de bala al menos dos veces. “No sabía si era hombre o mujer, ni siquiera lo escuché hablar. Hasta que lo vi en la televisión no tenía idea de su aspecto”.

2:06 a.m.

Eddie Jamoldroy Justice, un contador de 30 años que vive en un apartamento de lujo en el centro de Orlando, le envía un texto a su madre, Mina: Mamá, te quiero mucho. Hay un tiroteo en el club.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

2:07 a.m.

Atrapado en el baño. Llama a la policía. Voy a morir, le escribe en un texto Justice a su madre, quien llama al 911.

2:09 a.m.

La página de Facebook y la cuenta de Twitter del club emiten una alerta: “Salgan todos del Pulse y no paren de correr”. Afuera, el mundo horrorizado sigue los sucesos en los medios sociales, y hace lo único que puede hacer: retuitear la noticia. La advertencia fue enviada 10,000 veces en las 12 horas siguientes.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

2:15 a.m.

Un segundo grupo de policías –ahora son 11 de la Policía de Orlando, tres de la Policía del Condado Orange– llega al lugar, y el fuego consistente de los agentes hace que Mateen tenga que entrar en lo más profundo del club. La policía no dice cuántos disparos se hicieron, y muestran cuidado al hablar de una posibilidad terrible: que en el caótico enfrentamiento, en medio de la oscuridad, algunas de las víctimas hayan sido abatidas por la propia policía.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

“Todo eso es parte de la investigación y se determinará”, dijo Jerry Demings, jefe de Policía del Condado Orange. “Todos los agentes que dispararon sus armas, se las han retirado para propósitos de investigación. Y hay que contar todos los disparos que se hicieron … Demorará algún tiempo debido a la cantidad de disparos que se hicieron”.

2:17 a.m.

Twitter está encendido con mensajes apenas coherentes y de terror. @bjoewolf (Brandon Wolf) tuietea: “Omg. Tiroteo en pulse. Nos escondimos en el baño. No podemos encontrar a nuestros amigos”. Para muchos de los aterrorizados clientes del Pulse, echar mano a las redes sociales es lo primero que hacen tras encontrar un refugio temporal en un closet o un baño. “Yo estaba usando Snapchat en el baño”, dijo Patience Carter.

2:20 a.m.

Mateen sigue disparándole a la policía, con tal volumen de fuego que les impide avanzar hasta la parte trasera del club. En medio del caos, la policía tenía dos opciones: lanzarse contra Mateen –una táctica peligrosa incluso para policías armados– o esperar a que llegue un equipo táctico, dicen expertos. Deciden esperar. (La policía dijo después que Mateen dio muerte a la mayor cantidad de personas al principio, cuando había pocos agentes).

Mientras tanto, Mateen recorre los pasillos y salones traseros, sacando a la fuerza a las personas y disparando contra algunas, mientras su macabra risa se escuchaba en el lugar. Algunos sobrevivientes dicen que se asustaron más con los gritos delirantes que con los disparos.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

“¿Cómo alguien puede hacer eso y reírse?”, se pregunta Norman Casiano, quien está en el Pulse para celebrar su cumpleaños 26, y ahora se esconde en un baño, mientras escucha la locura afuera. “Sonaba como una película de horror, como si no fuera de verdad”, dijo el cantinero Belvedere. Los sobrevivientes tratan de huir del club y escuchan una voz que les grita: “Tírense al piso, cabrones”. Algunos piensan que son los policías. Pero después de otra ráfaga de disparos, se dan cuenta que es el agresor.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Belvedere agarra con fuerza una silla con que planea golpear al agresor si entra al baño. Detrás de él, otros siete clientes sienten la presión de los acontecimientos. Algunos lloran, otros rezan, y uno no para de vomitar. Belvedere trata con todas sus fuerzas de no perder la cabeza. Cuando otros tratan de hablarle sobre lo que está sucediendo afuera, les dice que se callen: “No quiero hablar de eso. No quiero saber cuántos cadáveres hay allá afuera”.

2:30 a.m.

Mateen llama al 911 unos 30 minutos después de la balacera inicial, pero cuelga. Entonces vuelve a llamar, iniciando así un ciclo de conversaciones telefónicas intermitentes con la policía durante las tres horas siguientes. En las conversaciones plantea su fidelidad al grupo Estado Islámico, habla del atentado en el Maratón de Boston en 2013, realizado por radicales islamistas, y menciona a Moner Mohammad Abu-Salha, el hombre de Fort Pierce que en 2014 se convirtió en el primer estadounidense en realizar un ataque suicida en Siria. (Se conocían, aunque no está claro el grado de la relación).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

También dice que Estados Unidos debe dejar de bombardear en Siria y advierte que habrá más muertes si la policía se le acerca. Pero no hace ninguna demanda.

“No pedía mucho”, dijo John Mina, jefe de la Policía de Orlando. “Los que pedíamos éramos nosotros”.

Varios expertos dijeron al Miami Herald que no había ninguna razón para esperar que las negociaciones rindieran fruto, excepto dar tiempo a la policía para rescatar a unos cuantos rehenes en zonas alejadas del centro del local mientras tomaban posición para el asalto.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Para los equipos SWAT, los perfiles de agresores que toman rehenes van desde los que están dispuestos a rendirse hasta los que han planeado la situación con todo detalle y no esperan sobrevivir, dicen los expertos. Mateen era de ese extremo.

“Ya había tomado la decisión que iba a morir”, dijo C. Frank McClure, quien ha negociado más de 300 situaciones de rehenes con la Policía de Atlanta. “No tengo la menor duda de eso”.

McClure, de 68 años y quien en una ocasión negoció con un hombre armado que tomó las oficinas del FBI en Atlanta en 1981, dijo que Mateen representa una pequeña fracción de los casos que las autoridades enfrentan. La mayoría de los que toman rehenes “en el fondo quieren seguir viviendo, no quieren morir, no importa lo duros que suenen”, dijo.

En el caso de Mateen, no hay señales de que quiera sobrevivir.

En su lugar, los agentes escuchan a un hombre tranquilo, y peligroso.

Al final, “estaba dispuesto a correr riesgos”, dijo Antonio Sánchez, ex segundo jefe de la Policía de Opa-locka que una vez lideró un equipo SWAT. “Eso crea una gran desventaja” para la policía.

2:39 a.m.

Los textos de Eddie Justice son ahora más urgentes. Llámalos mamá. Ahora. Viene por ahí. Voy a morir.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

2:42 a.m.

La madre de Justice pregunta si hay alguien herido. La respuesta es una sola palabra: Muchos.

2:45 a.m.

Mateen hace una pausa para llamar por teléfono a una estación de televisión de Orlando. “Yo soy el agresor”, dice. “Lo hice por ISIS”.

2:46 a.m.

Sigo en el baño, textea Eddie Justice. Nos tiene controlados. La policía tiene que salvarnos.

2:49 a.m.

La señora Justice le dice que la policía ya está dentro del club. Que se apuren, le contesta. Él está en el baño con nosotros.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

2:51 a.m.

Los minutos pasan con lentitud. Es un terror, textea Eddie, y no hay necesidad de preguntar a quién se refiere. La señora Justice pregunta si el agresor está todavía en el baño. , le contesta Eddie, y el teléfono queda en silencio.

2:55 a.m.

Mateen entra a uno de los baños y comienza a disparar mientras los clientes ruegan que no los maten. Pero aparentemente no se da cuenta que hay más personas en otro baño. Aterrorizados, escuchan al agresor manipular sus armas, lavarse las manos y usar un secador de aire. De vez en cuando toca los cadáveres, pera ver si alguien se está haciendo el muerto. Y tiene razón en sospechar, porque varios de los clientes se quedan horas entre los cadáveres, fingiendo estar muertos.

Entre esas personas está un sobreviviente del ataque de Mateen en el baño. Geoffrey Rodríguez, de 37 años, aunque recibió tres heridas de bala, sigue vivo. Cuando el agresor se aleja, Rodríguez se las arregla para textear a su hermano Santos: Me balearon en un club … tengo cadáveres encima .. hay muertos por todas partes ..Voy a morir. Dile a mamá y a papá que los quiero .. Te quiero.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

El hermano piensa que el texto es una broma … pero entonces despierta a sus padres para contarles, por si acaso.

3 a.m.

Los bomberos de Orlando llaman a los especialistas en explosivos. El equipo SWAT de la Policía de Orlando llega al club y comienza a reemplazar a los agentes en la primera línea de fuego.

3:15 a.m.

Cuando Michael Belvedere llega inicialmente al vestidor donde está escondido, empieza a textear para despedirse de sus amigos. Uno de ellos, el gerente del club, lo llama y le dice que no cuelgue, y empieza a darle instrucciones provenientes de la policía.

Ahora parece que puede haber una oportunidad de escapar. Puede escuchar a los policías evacuando el vestidor de enfrente. Pronto, la policía llama para preguntarle exactamente dónde está; después que los guía hasta el vestidor, los agentes empujan un aire acondicionado de ventana.

En la calle, la policía hace que los rehenes marchen en fila, con las manos en los hombros del que va enfrente, por un estacionamiento hasta una calle cercana. A su alrededor, otros salen del club, algunos heridos de gravedad. Varias camionetas se acercan y cargan a los casos más graves, y se los llevan a un hospital a pocas cuadras.

Muchos de los que logran salir ilesos del Pulse se quedan para ayudar con la cantidad de heridos. Malcolm Barraza, vecino de Kendall y de visita en Orlando que escapó en los primeros minutos después de separar un refrigerador de la pared y escapar por un pequeño agujero, observa el caos en las calles y decide quedarse.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

“La gente está gritando, la gente está sangrando, hay gente por todas partes”, dijo. “En ese punto, ¿qué hace uno? Hay que quedarse. Hay que ayudar a estas personas”. Así las cosas, se dedica a colocar vendajes, levantar cuerpos acribillados a balazos y colocarlos en camionetas, enviar mensajes a familiares y amigos de los sobrevivientes, y trata de no mirar mucho a los ojos de los fallecidos.

4 a.m.

Mateen entra a un baño donde tiene a varios rehenes. “¿Hay aquí algún negro?”, pregunta. Un afroamericano le contesta: “Sí, somos seis o siete”.

“Dijo que no tenía problemas con los negros”, contó Patience Carter, que es afroamericana. “Dijo que lo hacía para hacer que Estados Unidos dejara de bombardear su país”, una aparente referencia a Afganistán, donde nacieron sus padres. Mateen nació en Nueva York.

Entonces advierte que los policías se preparan para atacar: “La policía va a entrar, pero no importa, porque tenemos francotiradores afuera”.

“A lo mejor estaba loco, pero pensé que había gente afuera que lo estaba ayudando”, dijo Carter.

Ella no es la única sobreviviente que piensa que Mateen no actúa solo esa noche. Como algunos de los policías que se apresuraron a llegar al club estaban fuera de servicio y sin uniformes, en medio de la confusión del enfrentamiento a tiros, muchas personas creen que hay varios agresores. Más tarde, la policía dijo que estaba segura que nadie ayudó a Mateen en el lugar de los hechos.

4:45 a.m.

Las conversaciones entre Mateen y los negociadores de la policía son cada vez más amenazadoras. “Se habló de chalecos con explosivos, de explosivos por todas partes, y se habló de la pérdida inminente de vida”, dijo Mina, el jefe de Policía. “Ahí fue cuando tomé la decisión de que los agentes entraran”.

5 a.m.

Los momentos finales del asalto, como los del principio, son un caos de explosiones, humo y confusión. Los policías gritan “¡Aléjense de las paredes!” como advertencia a los rehenes, y detonan dos artefactos pequeños para distraer a Mateen. Momentos después, un vehículo blindado BearCat abre un hueco en una pared para que los agentes puedan entrar.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Mateen, que escucha el ruido de la policía afuera antes del asalto final, comienza a retirarse hacia el baño lleno de rehenes donde está Patience Carter. “¡Me quedan muchas balas!”, grita. Se da una vuelta, grita “¡Eh, ustedes!” a los rehenes, y dispara, hiriendo a por lo menos tres. Alguien se retuerce frente a Carter, protegiéndola.

“No sé quién es esa persona”, dijo el martes en una conferencia de prensa televisada. “Si alguien está viendo esto, muchas gracias. Gracias por salvarme la vida. Si no hubiera sido por esa persona que me protegía, me hubieran matado y no estuviera aquí para contarlo”.

La policía grita: “¡Suelta el arma! ¡Suelta el arma!” Suenan disparos y el agua sale a chorros de tuberías rotas, tanta agua que los rehenes que están en el suelo temen ahogarse.

Pero ya todo terminó. Mateen está muerto, aunque el dolor que ha causado a otros perdurará, quizás toda la vida.

3 p.m.

Mina Justice finalmente recibe de la policía la noticia que no quería escuchar: su hijo Eddie está muerto.

11 p.m.

La policía saca el último cadáver del Pulse, y finalmente se calma el coro de teléfonos móviles, que no paran con llamadas de seres queridos.

Audra D.S. Burch, Alex Harris y Joey Flechas contribuyeron a este reportaje.

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de junio de 2016, 1:31 p. m. with the headline "Anatomía de una masacre: minuto a minuto, el horror dentro del Club Pulse."

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