Birmanos, jerosolimitanos, etc., otra cosa, pero cubanos, sí
Respetable abogado y periodista Manfred Rosenow: Le escribe un médico cubano residente en Venezuela hace años, casado hace 10 de los mismos con venezolana de nacimiento y, frutos de ese matrimonio, dos hijos de 8 y 2 años de edad. Ambos tenemos visas de turista para Estados Unidos y hemos visitado en varias oportunidades a ese país. La situación política de Venezuela se ha tornado cada día más en una réplica de la que aún persiste en mi país de origen. Por esta razón hemos tomado la complicada decisión de pedir asilo político en Estados Unidos. Siempre pensamos hacerlo en el mismo aeropuerto de Miami con el objetivo de que el oficial de inmigración nos concediera parole a la familia; pero leyendo su respuesta a una venezolana en su artículo del 18 de diciembre del 2014, usted le decía, “... la frase clave de su carta es... solicitamos visa de turista en el Consulado Americano y ya nos la aprobaron. ¡Bingo! Ya ganaron... No existe para el cubano pedir asilo político en el aeropuerto, hacerlo sería ¡un tremendo error! (Sencillamente, no lo necesita...)”
De ahí, mi pregunta es, ¿por qué no existe para el cubano pedir asilo en el aeropuerto, y por qué sería un tremendo error? ¿Qué me recomienda? Ante todo reciba mi más cordial saludo, en espera de su amable respuesta.
“Anónimo” (vía correo electrónico).
Gracias por su carta, anónimo amigo cubano, muy bien escrita y muy reveladora de que nunca debo asumir como lógica una circunstancia que, aunque la he clarificado varias veces durante los 30-y-tantos años que cumple esta columna, exige reiteración por lo singular, y beneficiosa para todos los cubanos.
En términos racionales, las leyes de inmigración de Estados Unidos debieran ser uniformes para todos los extranjeros, pero no es así. Desde mediados del siglo XIX, el Congreso de este país ha estado reflejando en ellas las preferencias y animosidades del pueblo estadounidense hacia algunos más que otros orígenes étnicos de quienes deseaban inmigrar acá. Primeros en padecer esa desigualdad fueron los chinos, más tarde otros asiáticos, y, hasta hace medio siglo, los latinoamericanos, a quienes se asignaban cuotas especiales, todo ello para conceder ventajas a los europeos, los percibidos como auténticos fundadores de esta gran nación. Hoy día, esas discriminaciones han desaparecido y, en cambio, subsiste una ventaja especial para ustedes, los cubanos, la Ley de Ajuste Cubano (Cuban Adjustment Act, CAA, Pub. L. 89-732) del 2 de noviembre de 1966, decretada efectiva retroactivamente desde el 1ro. de enero de 1959 – fecha fatídica en la historia cubana que estoy seguro de que ningún cubano necesita más explicación... Nota: En la marcha política de Estados Unidos no han faltado opositores a esta bendición específica para los cubanos, y ya esta ley habría sido derogada por el Congreso de no ser por la brillante gestión del entonces congresista Lincoln Díaz-Balart quien la salvó agregándole una cláusula que exige para su derogación que Cuba demuestre tener un gobierno elegido por voluntad popular. Todavía estamos esperando...
A su pregunta: si usted se encuentra en la calle dos billetes verdes, uno de un dólar, y el otro de veinte, ¿cuál de los dos se agachará a recoger?! Si Don Anónimo fuera birmano, erosolimitano, ó de donde fuera, y llegara a Estados Unidos sin visa, no tendría más recurso que abogar por un dificultoso asilo Pedir asilo siempre es complicado, hay que probar al menos una de cinco circunstancias específicas, y no es algo que se adjudica en el aeropuerto, sino posteriormente ante un juez de inmigración. Ustedes tienen visa, y “al año y un día” de su admisión, sin más pan ni canastas, ¡pedirán su residencia!
Un detalle: usted y su esposa tienen visa de turismo, lo cual les permitirá abordar el avión en Venezuela y todo lo descrito vale. Pero y los niños, ¿qué?! Si también ellos tienen visa, todo bien, pero si no, la aerolínea no las embarca. De ahí, un primer paso: obtenerles visas como la de ustedes, y asunto arreglado. Trescientos sesenta y seis días después, toda la familia hará ajuste de estatus colectivo y, colorín, colorado, el cuento ha terminado...
MANFRED ROSENOW es un
abogado y periodista de Miami
especializado en temas de inmigración.
Escríbale a El Nuevo Herald,
3511 NW 91 Avenue, Doral FL 33172 o al correo electrónico rosenowesq@aol.com
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de abril de 2015, 5:06 p. m. with the headline "Birmanos, jerosolimitanos, etc., otra cosa, pero cubanos, sí."